El autobús dorado que solo veía el abuelo.

Recupero este texto  del 2011…

Es tierno… Para contrarrestar a La Asesina del Pollo … ; – )

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Rogelio Rojo Reja había nacido en el autobús número 27 de la Línea 2 , casi llegando a la calle Balmes de Barcelona. Y digo casi, porque el conductor tuvo a bien parar el autobús, en medio de la calzada , a un semáforo de esa calle y ayudar a la madre de Rogelio a dar a luz ..

Rogelio, que así se llamaba el señor conductor , fue el que sostuvo los delicados hombros de Rogelio Jr y lo giró y estiró y lo sacó del interior de su madre para darle la bienvenida al mundo, en un autobús viejo y desvencijado. El niño lloró como un poseso, inundado sus pulmones del aire que había en el autobús, rodeado de los escasos viajeros que hacían la ruta del 27, a las 5:30 a.m . En aquella mañana fría de invierno, Rogelio se convirtió en una anécdota enternecedora que explicarían a sus hijos y a sus nietos. Siempre recordarían la oscura madrugada en la que vieron nacer a un niño en un autobús…

Rogelio nunca se sintió diferente por haber nacido en un autobús. Desde muy pequeño, había hecho la misma ruta con su madre una y otra vez y sabía el lugar exacto en el que había hecho su aparición estelar en el planeta. Incluso, antes de que desguazarán el autobús , el tío Rogelio, su chofer durante tantos años, había conseguido los dos sillones en los que su madre lo había parido . Los conservaban en el garaje, bien lustrados y brillantes.

El día que cumplía 18 años, Rogelio estaba en la esquina, a unos metros de la calle Balmes ,donde el tío Rogelio había estacionado el vehículo y él había nacido, celebrando su mayoría de edad. Hacía dos años que faltaba su madre y desde su desaparición aquel ritual de ir a aquella esquina y observar la circulación, la calle y a las personas que caminaban había cobrado un sentido diferente. En aquel lugar se sentía conectado a ella…Estaba ensimismado, reflexionando sobre que decisión tomar en su vida en ese momento tan trascendental. Quería estudiar derecho en la Universidad pero también le atraía la Sociología. Estaba hecho un lío. Además, la chica por la que bebía los vientos iba a hacer Psicología y esa facultad estaba en el mismo edificio que la de Sociología y…Sus ojos detectaron un destello. Un autobús ascendía por la calle, en dirección Balmes y el sol incidía en la carrocería de forma que parecía envuelto en un halo dorado. Rogelio lo contempló fascinado y casi se le detuvo el corazón cuando vió cómo el autobús estacionaba en la esquina. No se abrieron las puertas, ni había nadie en su interior. En el lateral que quedaba frente a su mirada, había un gran anuncio de relucientes letras y luces de neón que decía: “Derecho en la Autónoma”. El autobús reemprendió la marcha y se perdió calle arriba mientras Rogelio recuperaba la respiración sabiendo, ya , que iba a estudiar la carrera de Derecho. Y en la Autónoma.

Al año siguiente, el suceso se repitió. Apareció el autobús dorado con un mensaje concreto : «Quédate en España». Y Rogelio rechazó una beca para un intercambio en una ciudad europea que se vio arrasada por un terremoto. El epicentro se produjo en las inmediaciones de la Facultad de Derecho…

Año tras año, Rogelio acudía a aquella esquina el día de su cumpleaños y año tras año, el anuncio del autobús le guiaba en las decisiones que debía tomar . Escogió un trabajo en un bufete pequeño aún teniendo la posibilidad de trabajar en uno de renombre. Al poco tiempo, el gran bufete se vio afectado por un gran escándalo que hundió la carrera de los abogados que allí trabajaban. Su despacho ganó reconocimientos internacionales en temas de Derecho Medioambiental y Rogelio se convirtió en una figura de gran prestigio en este campo. Se casó con una finlandesa, enamorada de la ecología ,aunque a punto estuvo de dejarla escapar…pero el anuncio del autobús le mostró hasta el anillo de compromiso que debía regalarle. Rogelio conoció el amor y tuvo dos niños preciosos, Rog y Elio, que lo hicieron inmensamente feliz.

Vendió las acciones que había heredado cuando se lo indicó el autobús y consiguió una considerable fortuna. Dejó su trabajo en el momento indicado y se dedicó a escribir. El título de su primera novela, basada en una trama de desastres medioambientales que fue best-seller mundial, también fue cosa del autobús…

Pasó el tiempo, sus hijos se casaron y su querida esposa falleció. La pena lo dejó agotado , hasta que el autobús le anunció que volvería a ver a su finlandesa y que estaba bien. Tuvo tres nietos a los que les explicaba la historia de su nacimiento en el número 27 de la Línea 2, a unos metros de la calle Balmes y que lo acompañaban, el día de su cumpleaños, a ver el autobús dorado que sólo veía el abuelo

Rogelio envejeció rodeado de cariño y nunca dejó de acudir a su cita de aniversario. Los niños ya habían crecido y ya no les divertía aquello de estar en la esquina, viendo al abuelo con aquella gran sonrisa y la mirada perdida, mirando algo que nadie podía ver así que llegó un día que Rogelio volvió a ir sólo, sin hijos ni nietos .

Lo vieron feliz cuando los abrazó y se despidió. Nunca más supieron de él.

Los que estaban en aquella esquina , no repararon el aquel anciano de gran sonrisa y semblante sereno, que se esfumó en el aire como por arte de magia. Nadie vio el autobús dorado que se paraba en la esquina, con un gran anuncio que decía : “Bienvenido.” Ni se percataron de cómo Rogelio subía a él y se abrazaba a los viajeros. Su madre, el tío Rogelio y su querida finlandesa…

A unos metros de la calle Balmes, el autobús se perdió en el horizonte…Dejó una estela dorada pero…casi nadie la pudo ver . Los que sintieron aquel destello momentáneo , aseguran que era el autobús número 27 de la Línea 2.

Chubasquero amarillo, botas azules.

Aviso Urgente: Se busca mujer de mediana edad, ataviada con un chubasquero amarillo y unas botas de agua de color azul.

Zona Puerto.

Paciente del Centro Psiquiátrico Luces.

Telef….

Donde yo vivo, llueve muy poco. Tan , tan poquito que no es necesario tener unas botas de agua . Esta se evapora, rápidamente y tamiza la tierra pero no la encharca…Nunca , jamás, he necesitado unas botas de agua así que considero un fenómeno inexplicable , la irresistible atracción que sentí por esas , las de color turquesa… Me sorprendí a mi misma, babeando delante del escaparate de aquella tienda de prendas de segunda mano. Vintage, me corregiría mi hermana…

Cuando entré, decidida a probármelas, un chubasquero de un color amarillo estridente captó mi atención. Era de mi talla y me lo puse, mientras me calzaba las botas de agua. La imagen que me devolvió el espejo del probador, era impagable. Estaba a medio camino entre un pescador y un payaso… Ridícula en esta tierra seca… No obstante sentí que me daba igual y que tenía que adquirir ambas piezas. Lo hice. Es más, salí de la tienda “vintage” con ellas puestas…

De camino a casa, me encontré con una vecina especialmente odiosa, conocida por saber todo de todos y de todo y criticar a destajo a esos todos. Me inspeccionó, observándome de arriba abajo y con voz despectiva me preguntó por qué llevaba un chubasquero. Sin dar tiempo a articular mi respuesta del cerebro a la boca, me oí decir : Por qué me da la gana, señora. La vecina, tiesa como el palo de una escoba, me respondió que me quedaba horrible y que hacia el ridículo, en un día tan radiante. Y me pasó lo mismo. Mi voz se activó y dije : Me da igual lo que tú creas, vecina cotilla. Seguí caminando, haciendo un extraño chof –chof con mis botas de agua y un suave frus-frus con mi chubasquero. Deseé llegar a casa y , como por arte de magia, me encontré a las puertas de mi edificio…

En el rellano de mi casa, me estaba esperando mi hermana. Por la postura defensiva, supe que su visita era problemática. Me acerqué a ella y me lanzó su discursito habitual sobre asuntos domésticos. Su voz me llegaba lejana. Sentía como todo lo que me decía, me resbalaba literalmente…A su inquisitoria pregunta ¿Me estás escuchando? , mi voz renovada la invitó a irse y le confirmó que lo que me estaba diciendo no me importaba ni lo más mínimo. Un pimiento, para ser más exactos.

Ya en casa, recibí varias llamadas telefónicas. Mi ex, mi ex suegra, mi jefe…Quejas, reproches o amenazas…A todos, les indiqué que no tenía ningún interés en lo que me decían. Cada vez que colgaba el teléfono, me invadía un estado de suprema satisfacción.

Me percaté que durante todo este tiempo, no me había sacado el chubasquero…Acaricié el plástico rígido y brillante y pensé que sería una buena prenda para los lluviosos Highlands Escoceses, por ejemplo. Siempre había deseado ir allí. Y, claro, fue abrir los ojos y estar en el centro de un paisaje verde profundo, con unos acantilados preciosos y una lluvia densa que resbalaba por el cuerpo, enfundado en el chubasquero amarillo.

Empecé a andar, sin saber muy bien qué hacer a continuación cuando mi mirada se demoró en mis chorreantes botas de agua…Pensé que en casa, estaría seca y calentita… Y allí aparecí.

Tarde unas horas en darme cuenta … Lo que me ocurría era tan, tan prodigioso que me parecía imposible. ¿Me estaría volviendo loca? Decidí confirmar mis sospechas: Mi ex. Un ser odioso. Sus palabras me irritaban. Todas. Un simple “Hola”. Lo llamé y provoqué su ira. Como era de esperar, su respuesta fue desmesurada y…odiosa . Lo que siempre me dejaba hecha un ovillo, un mar de lágrimas con ataque de ansiedad incipiente, se convirtió en indiferencia. Lo que me decía aquel tipo me traía al pairo.

La segunda prueba fue más divertida . Me imaginé en Nueva York, París y Tokio y…allí estuve.

Así que, finalmente, me di cuenta que el chubasquero me protegía emocionalmente .Lo positivo, lo seguía percibiendo con la misma intensidad pero lo negativo… resbalaba , literalmente. Y, después, estaban las botas. En realidad, un artefacto mágico para tele-transportarse por el mundo…El único inconveniente era que en el lugar al que me trasladaba, siempre, siempre estaba lloviendo pero tampoco era para ponerle pegas al invento.

Hice de mi chubasquero amarillo y mis botas de agua azules, mi uniforme de vida. Sólo me lo sacaba para dormir…

Al final, consiguieron internarme en este lugar. Al llegar , me vistieron con un horrible camisón de hospital pero, tras una semana simulando ataques de pánico, he conseguido que mi terapeuta acceda a realizar las sesiones con las prendas puestas. Cree que estaré más tranquila y relajada.

Se acerca la hora. Oigo a la enfermera . Abre la puerta y deja mi chubasquero y mis botas a los pies de la cama.”En 10 minutos, tienes la sesión con el doctor”. Cierra la puerta.

Ahora , sólo tengo que escoger un destino.

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NB : Este relato lo publiqué en el 2012. Aún están buscando a la mujer del chubasquero amarillo y las botas azules… Si la veis por ahí, no la delatéis…

Princesa.

princesaPuedes oír la palabra princesa y evocar a Sabina.

O acordarte de ese novio meloso o ese camarero de barra que te dejaba la copa con un «Aquí tienes, princesa«.

Según el tono y la circunstancia en el que la palabra es emitida, el princesa puede sentar como una caricia-halago o , en su sentido más contrario, como una verdadera patada en los huevos ( ovarios, en este caso).

A casi todas las mujeres, las han llamado «princesa» en algún momento de la vida. Y si te pones a pensar, el mejor de todos, es en la infancia, cuando todo es rosa y purpurina y lo que más deseas en el mundo es que te regalen vestidos que giren y giren y giren… Es en ese momento de nuestra vida, cuando aun no sabemos en qué consiste la susodicha, cuando debemos disfrutar hasta el derroche el ser princesas. Después, pierde la gracia.

Hoy, me ha sorprendido ver en una agenda de móvil , mi número de teléfono identificado con la palabra princesa y mi foto Es un móvil de hoy, en manos de uno de los personajes más queridos de mi infancia. Al ver esa palabra, he recordado tantos y tantos momentos en los que yo fuí una princesa, rodeada de regalos y cariño.Y, ese recuerdo siempre me llena de felicidad. De satisfacción. De privilegio, por ser una de esas niñas que pudieron ser princesas.

Tengo la teoría de qué muchos de esos recuerdos felices ayudan a configurar otra «felicidad» , de otro tipo, en el futuro. Es como un almacén de reserva…Los recuerdos de mi infancia desde la perspectiva de una vida ya bastante caminada, me hacen sentir esa explosión interior de algo -que -no -sé- definir pero que conforta . Y, sin darme cuenta, eso -que -no- sé -definir, me ayuda a seguir caminando la vida …con un paso más ligero .

Más cursi no podía haber quedado pero es que hoy, vuelvo a ser una princesa…

N.B : Gracias, padri.

Mientras escribo, leo «Mientras escribo»…

Mientras escribo, estoy leyendo “Mientras escribo” de Stephen King

En este libro, King reflexiona sobre su experiencia como escritor y he llegado a él, de nuevo, después de investigar sobre el famoso Síndrome de la Página en Blanco que es uno de los temas sobre los que pivota “La increíble historia de un escritor sin historias”, mi #NaNoWriMo2015

textos libres

Siempre he escrito porque me llenaba. Puede que sirviera para pagar la hipoteca y los estudios de los niños, pero eso era aparte. Yo he escrito porque me hacía vibrar. Por el simple gozo de hacerlo. Y el que disfruta puede pasarse la vida escribiendo.

Mientras (yo) escribo, disfruto. ¡Igual que Stephen King! Obtengo una sensación muy placentera que deseo repetir, y que intento repetir, cada vez que me siento con el pobre escritor sin historias que me he inventado.

Escribo porque me gusta el proceso de escribir. Porque me gusta meterme en la historia. Porque mi mente se muda allí, a ese espacio privado y a la vez, muy habitado, en el que me pierdo durante un rato y me lo paso en grande.

escribir

Lo que viene después, cuando acabas la obra, la editas y la muestras con más o menos suerte y con más o menos impacto, es, ya, la guinda del pastel. Si va bien la cosa, la satisfacción se multiplica infinitamente pero… el pastel ya me lo he zampado antes, mientras escribía y , confieso, ese pastel estaba delicioso…

Visto lo visto, escrito lo escrito, llego a la conclusión a la que llega Stephen King: Escribir es mágico.

Escribir es mágico; es, en la misma medida que cualquier otra arte de creación, el agua de la vida. El agua es gratis. Así que bebe. Bebe y sacia tu sed.

NB : Pasteles o agua…Viene a ser lo mismo….Magia.

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He capturado un conseguidor de deseos…

Soy totalmente selectiva con las señales. Igual que no me creo nada de todo eso que da mala suerte, soy una ingenua y ferviente crédula con las señales “buenas”.

Se me cruza un gato negro y lo saludo.

Me encuentro una flor de diente de león y…pido un deseo.

Con estos calores y las disputas sobre el aire acondicionado que hay en el trabajo, para llegar a un consenso no-agresivo y por respeto a los que están o han estado resfriados, hemos abierto las puertas y ventanas para que entrará el airecito y no la ola de calor africano ( que es lo que finalmente ha entrado). Y en eso, que veo un precioso ángel (así los llamaba mi padre) que revolotea a mi alrededor y se posa en mi agenda.

Con la corriente de aire que hemos generado con tanta ventana abierta, el ángel amenazaba con salir volando de nuevo. He sido rápida. “Este deseo es mío”- he pensado mientras cogía un vaso de plástico y lo capturaba.

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Una vez que he tenido el ángel a buen recaudo, he salido a la terraza y lo he liberado. Ha ascendido, hacia el cielo azul y más allá, y en su viaje, se ha llevado mi deseo…

Espero que se cumpla.

Para todos.

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Una cuchara.

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Mi madre siempre me decía que, nunca, jamás, utilizara otra cosa que la cuchara de madera para remover los guisos. A ella, se lo había dicho mi abuela y a mi abuela, su tatarabuela y así, hacia atrás, toda la cadena de mujeres de mi familia habían recibido ese consejo que, con el tiempo, se había convertido en una regla casi sagrada.

Nosotras, las mujeres Sazón, tenemos una característica diferencial que nos hace especiales: cocinamos muy bien.Tan magistralmente que, a lo largo de la historia, hemos conseguido embaucar a amantes, hacer claudicar a enemigos, hemos provocado guerras y , también , tratados de paz…

Nos dota de poder.

Por lo menos, eso nos han dicho siempre. Si eres una Sazón, desde la más tierna infancia has escuchado todas esas historias mientras en el horno, se iba tostando un pollo de corral al punto justito. Ese en el que la piel esta doradita y crujiente y la carne blanquita, sedosa, melosa…Nosotras oímos “Juliana” y no pensamos en una mujer…Pensamos en el corte de las verduritas en tiras de 3 a 5 centímetros de largo por 1 a 3 milímetros de grueso…

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Todas recibimos un gran regalo en nuestro catorceavo cumpleaños: una fantástica cuchara de madera de boj con nuestro nombre grabado en su mango de una longitud extra-large . Además de ser más larga de lo habitual, la cuchara es más plana que cóncava. Casi que la podríamos llamar pala, pero tampoco…Es la cuchara de las Sazón.

No es una herramienta mágica. Nunca he conseguido nada especial con mi cuchara .Es simple madera de boj y años de aprendizaje y consolidación de conocimientos gastronómicos de generación en generación. Hasta ahora, ninguna de nosotras ha fallado: cocinamos muy bien y cada una, tiene su cuchara. Bueno, vamos a decir que en tiempo presente, esto no es del todo cierto…. Hay una de las Sazón que no tiene su cuchara.Y, claro, si alguien de la familia estaba predestinada a perder la cuchara , esa era yo.

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Lo que es cocinar, se me da fenomenal. Mis amigos me llaman Manos de Ángel pero en lo que al orden y concierto se refiere, soy un desastre total. Cuando acabo mis suculentos platos, mi cocina parece arrasada por un huracán. Tardo más en recoger lo que ha dado de sí mi proceso creativo en la cocina que en ejecutar las recetas…Es por eso que acabo molida cuando en la mesa hay más de diez personas : si algo tenemos las Sazón es que no nos vamos a dormir si la cocina ( y la correspondiente cuchara de boj) no reluce como los chorros del oro.

Mi desgracia ocurrió en la mudanza. Después de muchos meses de espera, me habían entregado mi pisito , con cocina hecha a media, en un pueblo a unos kilómetros de la ciudad. Los nuevos inquilinos de alquiler que dejaba, me habían pedido avanzar la fecha de entrada en el piso. ¿Por qué no? –pensé. Me instalaría antes en mi nueva casa… Yupi!

Maldita la hora. De repente, tuve que empaquetar toda “mi vida” (incluida la cuchara de boj de las Sazón) en unas pocas horas y con menos cajas de las que hubiese necesitado y si yo ya tengo un problema organizativo de base, sólo me falto la urgencia y el escaso material de apoyo, para que mi mudanza y mis paquetes fueran un verdadero caos. La montaña de bolsas de basura, con los objetos frágiles envueltos en papel de periódico en su interior y cerradas con cinta aislante, era un claro reflejo de mi sentido de la organización.

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Sólo recuerdo que envolví la cuchara en un paño de cocina de los de rizo ( para que estuviera bien protegida) y la metí en una de esas bolsas negras . Sé que la marqué con una cruz, con la cinta aislante roja pero…nunca más volví a ver la bolsa ni su contenido.

La noticia fue recibida con gran consternación por parte de mi madre, mi abuela, mi tía y mis dos primas. El boj era seleccionado por un ebanista del pueblo y lo hacía en la noche del día de nuestro nacimiento. El carpintero, evidentemente, no guardaba restos de reserva de aquellas maderas: según la tradición sólo se podía crear una única cuchara…

Mi madre, a la que el apellido Sazón le pesó menos que el amor maternal, siguió queriéndome igual pero el resto de las mujeres de la familia me retiraron la palabra. Desesperada, me dediqué a buscar la cuchara de boj que más se asemejara a la nuestra, ya no por las Sazón si no por mí misma. Mis platos no eran lo mismo si no los removía y achuchaba con mi cuchara de madera…

Pero, ahora, algo ha cambiado. Tengo una nueva cuchara de boj!

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Hace un mes, paseando por un mercadillo de frutas y verduras, me topé con una parada llena de objetos de madera para la cocina: tenedores, cucharas, boles, morteros, ollas, platos…Un hombre anciano, estaba sentado en medio del tenderete, mientras sus manos trabajaban la madera en lo que parecía: ¡Una cuchara! Iba a empezar a tallar la madera de la cazoleta cuando lo interrumpí y le pregunté si podía hacer la cuchara un poquito más plana. El hombre sonrió y me hizo un signo de afirmación con la cabeza. Mientras continuaba su trabajo me preguntó: ¿Estás casada? Y yo le contesté, para darle conversación y agradecerle su dedicación exclusiva, que no había tenido mucha suerte y que el amor se me escapaba de las manos cada dos por tres.

La segunda pregunta se refería a mi trabajo. Le expliqué la verdad: aunque siempre había querido ser cocinera, no había pasado de ayudante rasa en restaurantes de gran prestigio. Casi había acabado cuando me planteó la tercera cuestión que se refería a la forma de la cuchara. Le expliqué la historia de mi familia y lo dolida que estaba con su comportamiento por mi extravío involuntario. Me habían apartado de su vida social de forma fulminante…

Al cabo de un rato, me entregó una cuchara que casi, casi, podía haber pasado por la mía original. Lo único que faltaba era grabar mi nombre en la madera. Alentada por la buena disposición del anciano, se lo pedí con amabilidad. Me respondió que sí, que lo haría pero que al grabar mi nombre, se activaría su magia. Al oír su cháchara sobre sus poderes mágicos, me arrepentí de habérselo pedido pero, no pude ni quise pararlo cuando las letras empezaron a aparecer en la madera.

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Cuando me iba, el hombre se levantó de la silla y puso su mano en mi hombro. Acercó su rostro arrugado y me susurró: la magia está en las tres preguntas.

De vuelta a casa, coloqué la cuchara en el bote que le tocaba, cerca de los fogones, preparada para actuar. Intenté recordar qué me había preguntado el anciano : Si estaba casada, en qué trabajaba y por qué quería una cuchara con aquella forma…Pensé en las preguntas y las respuestas y después, miré la cuchara. La observé detenidamente. La volví a mirar. ¿Qué magia ni qué ocho cuartos? Era una cuchara bonita, con mi nombre…y casi, casi, como la de las Sazón.

La primera pregunta tuvo su respuesta mágica, unos días después. Tengo un amigo que es muy, muy amigo. Tanto, tanto, tanto, que no me he atrevido nunca a decirle que estoy locamente enamorada de él. Prefiero optar a su amistad que a no tenerlo en mi vida. Disimulo cuando me explica sus últimas aventuras amorosas y aparento normalidad aunque me muero por dentro. Lo invité a cenar para probar mi cuchara nuevo cómo había hecho cientos de veces, pero ese día, tras degustar una deliciosa crema de coco con filamentos de miel crujiente y nieve de cacao puro, me clavó su mirada profunda y me confesó su amor, inmenso, acumulado a lo largo de los años…Estamos planeando nuestra boda que, deberemos aplazar unos meses porque…¡He conseguido trabajo como Chef en el afamado “Maison Le Ciciricot”! Sí, ya sé que estáis pensando. Era la segunda pregunta.

Debía acudir a la entrevista de selección con una de mis mejores recetas. Así que con mi cuchara nueva, preparé una lasaña natural de calabaza y verduritas con una suave compota de manzana gratinada que me llevó directa al puesto de finalista y , tras la recreación del postre sublime del día en el que él me declaró su amor, conseguí el puesto de trabajo. ¡Aún no me lo creo!

Con estos dos hechos prodigiosos, se me dan las respuestas mágicas a las preguntas que me formuló el señor de las cucharas pero estoy algo desconcertada con la tercera. Sólo recuerdo que le expliqué lo molesta que estaba, sobre todo con mis primas por el vacío familiar al que me estaban sometiendo ya que sólo por afinidad generacional me debían haber comprendido… Su actitud me ha revelado su verdadera personalidad: son unas brujas. Se han enterado de mi nuevo trabajo en el prestigioso “Maison Le Ciciricot” y me han llamado para cotillear. He disfrutado tanto, pasándoles mi condición de Chef profesional por delante de las narices, que creo que bien pueda ser la respuesta mágica a la tercera pregunta. Están muertas de envidia: todas las mujeres Sazón queremos ser cocineras y lo mío, es…un éxito sin precedentes. Toma ya!

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Las he invitado a cenar… Para hablar y para limar asperezas…

He encontrado una receta sorprendente: una ensalada de tréboles, endivia y canónigos, con cebolla caramelizada y semillas de beleño. No sé cómo conozco los efectos del beleño pero sé que la ingestión de más de 150 semillas por adulto puede ocasionar la muerte. Y que produce dolor de cabeza, embriaguez, retención de orina y espasmos de los músculos de la mandíbula.

Mi ensalada no lleva más de 150 semillas , me he ocupado de medir la dosis con exactitud para que no haya peligro de alergias o…algún riesgo vital. Aunque tenga efectos secundarios, el plato es delicioso. Qué buena pinta tiene! Yo no la probaré porque no me gusta el beleño…

¿Qué como lo sé? Ni idea.  Tengo la certeza absoluta aunque no lo haya catado nunca. Es un poco raro, sí. Lo admito pero ¿qué más dará que coma o no de ese plato?… Me debo concentrar. Mi ensalada debe quedar perfecta. A ver, las semillitas. Pongo 200 … ¿O las he puesto ya? … Mira, no lo sé. …

Soy tan despistada y tan, tan desorganizada que hasta perdí la cuchara de las Sazón, en una simple mudanza.- Mientras,  colmo la ensalada de semillas de  beleño…

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NB: Cuadro (colgado ya en mi cocina ) con cuchara de boj artesana. #DIY

Tocar fondo…

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Estoy muy cansado… Me asfixio, me falta el aire…

Prefiero dejarme ir, flotar, hundirme, morir,…No hacer nada porque ya no tengo fuerzas para hacer nada. Nada. Eso es lo que siento que soy en estos momentos, una gran Nada que pesa toneladas de Nada, en medio de la Nada absoluta…

¿Qué se va a perder?, ¿Una vida triste y gris?…

¿Quién me va a echar de menos? En mi Nada no hay Nadie. Los he ido expulsando de mi vida, poco a poco… He sido egoísta y no he querido amar.  Ha sido tanto el dolor que ha padecido mi alma,  que escogí no amar para no perder… Para no sufrir…

Si no hay Nada ni Nadie que me importe, Nada ni Nadie me hará sufrir. Y no he sufrido pero… me he quedado vacío. Tan, tan hueco de todo, que me extraña que ahora mismo no pueda flotar…

Me estoy meciendo, empiezo a bajar. No quiero moverme. No quiero respirar.

Me sorprende un tópico: mi vida pasa por delante de mis ojos en pequeños retazos de imágenes y sensaciones.

Me veo de niño, sonriendo, con aquel gran paquete envuelto con papel de regalo, que contenía ese velero auto dirigido con el que tantos mares exploré.

La sonrisa de mi madre, a la vera de la barbacoa en la playa, asando unas sardinas mientras nos observaba chapotear en la orilla.

Veo la cara de Mar, sus ojos irisados y también brillantes diciéndome que sería mi compañera de vida.

Una imagen de una rosa blanca encima de una lápida y la tristeza inmensa al decir adiós al amor de mi vida.

La mano de mi sobrino, envuelta en la mía. Sus ojos arrobados mientras le explico los secretos de mi antiguo velero de juguete.

Una comida familiar salpicada de risas. Oigo las risas.

Las oigo.

El rostro de mi madre, de nuevo pero envejecido… con esa gran sonrisa eterna mientras me abrazaba, ayer, antes de lanzarme a este viaje maldito.

Oigo a Mar diciéndome Vive por mí.

Todo brilla.

Resplandece.

Siento que he vivido con los ojos cerrados y no he podido percibir esos deliciosos destellos de luz que irradian los que me rodean pero, ahora, a punto de dejar que mis pulmones se inunden de agua, estoy abriendo los ojos y, aunque todo está oscuro, yo veo como brilla.

Y no quiero dejar de verlo.

Mis manos y mis pies despiertan y empiezan a moverse, buscando el mejor movimiento para emerger hacia la luz que yo veo, aunque ahí fuera la noche sea profunda.

La sonrisa de mi madre y la voz de Mar, me impulsan hacia arriba. Mis pulmones están a punto de estallar pero una fuerza brillante me anima.

Subo, subo, subo…y, por fin, respiro. Lo hago con furia, mientras el agua se mezcla con ese aire frío que me vuelve brillante y poderoso. Me bebo el oxígeno a grandes bocanadas, mientras mi cuerpo reacciona con violencia a esta nueva situación.

No quiero hundirme.

Estoy exhausto pero feliz. He visto toda la luz que me rodea y no quiero perderme en este mar oscuro.

Lentamente, mi respiración se acompasa. Me tiendo sobre el agua, mirando hacia el cielo, con los brazos en cruz. Me río, pensando que estoy haciendo el muerto cuando lo que he decidido es vivir.

El agua me mece y me lleva. Mis músculos se relajan y se preparan: hay que nadar hacia ese mundo brillante que me espera.

Algo me roza el brazo y me inquieta pero me hace sentir vivo. Tengo miedo y después de tanto tiempo sin Nada ni Nadie, recibo con placer un sentimiento, aunque sea ese.

Nado, nado, nado y nado.

Mi mente me tatarea una canción y acoplo el ritmo de mis brazos a lo que oigo en mi cabeza.

Nado, nado y nado.

Sólo me importa avanzar.

Nadando.

Cuando acaba la música,  mis brazos y piernas se hacen más pesados. Me preparo para descansar, de nuevo. Parar, relajarme y seguir nadando hacia la luz pero, cuando mis piernas alcanzan la posición vertical, siento algo en la punta de los dedos.

Es algo mórbido y mullido, que me acaricia los pies y que siento como una delicada caricia.

Me conforta.

Me deleito en la sensación, intentando mantenerme a flote hasta que mi cerebro procesa una posibilidad.

El fondo.

Estoy tocando fondo.

Me impulso pero esta vez hacia abajo y las plantas de mis pies chocan con una superficie arenosa que me llena de alegría.

La energía es tan poderosa que me permite dar unas brazadas más, venciendo a mi cuerpo que ahora es de plomo, e incorporarme, emergiendo del agua, con mis pies firmemente clavados en la fina textura de esa arena milagrosa.

Camino sin ver, arrastrándome, dejando surcos que anuncian que estoy vivo.

Me derrumbo en una playa pequeña, en la arena seca que aún conserva la tibieza del sol.

Encima de mí, un manto de estrellas relucientes me da la bienvenida.

Todo brilla.

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Los objetos perdidos, San Cucufato y las neuronas.

San Antonio cumpliendo su cometido de nuevo… Hace un tiempo os hablaba de la pérdida de mi carnet de conducir y la milagrosa intervención de San Antonio a un par de horas de ir a hacer una cola kilométrica y lenta en la Dirección General de Tráfico.

Esta mañana, un amigo me ha comentado que había perdido su cartera. No sólo había irritación por la pérdida de la documentación, las tarjetas de crédito y el dinero si no que allí, en esa cartera, habitaban los números de Lotería a los que jugaba este año. Propios y compartidos ( Glups! aquello del “guárdalo tú”).

Además de repasar su último-recorrido-antes-de-perder-de-vista-la-cartera, le he dicho que hiciera lo de San Antonio (la verdad, es que nos hemos inventado una “oración”; – )) A media tarde he recibido un mensaje : SAN ANTONIO, QUE GRANDEEE!

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Recuerdo que me comentasteis que, además de San Antonio, hay un San Cucufato al que, por medio de coacción física, se le amenaza cruelmente para que nos permita encontrar el objeto perdido. Básicamente, al decir la “oración”, se atan unos nudos a un pañuelo, en alegoría a atarle los testículos. Pensad, por un momento, lo que se le está haciendo a ese Santo…

 

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Así que me ha dado por buscar la historia de San Cucufato, el pobre santo con congestión testicular. Resulta que es el patrón de la ciudad de Sant Cugat (Barcelona), lugar que frecuento por los buenos amigos. Este hombre, que vivió a mediados del S.III, resultó ser algo así como un súper-héroe. Por mucho que intentaban matarlo, sacrificarlo, torturarlo, él salía siempre bien parado. Le abrieron el estómago y le sacaron las tripas. No problem. Él se las metió de nuevo y se cosió la barriga. A lo Mc Gyver. Lo echaron a las fieras y se tumbaron a su vera. Mansas. Pues…a la hoguera y …el viento la apagó. Hay diferentes finales para su historia. En una versión se dice que el Santo quería morir mártir y que así lo pidió a Dios y este, para recompensarle, se lo concedió. Lo desollaron vivo. La otra versión es que , hartos de no poder acabar con él, las Autoridades del momento mandaron decapitarlo y parece ser que en esta ocasión nada falló ( podía haberle dado un infarto al decapitador, por ejemplo) y finalmente, San Cucufato nos dejó.

La figura, por eso, está contrastada a nivel histórico y documentada por las Crónicas del escritor Aurelio Prudencia, contemporáneo al santo.

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Sus restos están en la basílica del monasterio de Sant Cugat del Vallés ( precioso, por cierto).

SantCugat2

Vista la vocación de mártir de San Cucufato, supongo que lo del pañuelo no se lo tomará a mal. No obstante, puestos a elegir lo de San Antonio me parece menos…doloroso.

Hagamos un San Cucufato o un San Antonio ¿Qué es lo que pasa por ahí, en el mundo de nuestras neuronas, para qué estas “invocaciones” funcionen? Esto es lo que he descubierto:

  • Hay un proceso de concentración inducida. El hecho de recitar las oraciones ( o mantras o chascarrillos) o atar los nudos del pañuelo, nos permite instaurar la calma vs la precipitación. En el momento en que nos damos cuenta que hemos perdido algo, nos domina la compulsión. Buscamos sin sistema, presionados por la consecuencia de la pérdida. En realidad, no hay objetos perdidos, si no buscadores nefastos. Calma y Sistema. Eso es lo que nos proporcionan Cucufato & Antonio.

 

  • Activación de las conexiones neuronales. El recuerdo de la “oración” (San Cucufato, San Cucufato, con este pañuelo los huevos te ato y hasta que (objeto que queremos encontrar) no aparezca no te los desato.) y el recitarla de memoria, activan las conexiones neuronales y esto provoca que se faciliten los recuerdos. Buscan la información.

recordar

Por lo tanto, hay dos opciones : 1) Creerse que hay un Santo que te guía en la búsqueda (por qué sí o bajo coacción) o 2) que las neuronas se activan y recuerdan.

Y sea la que sea la opción que nos motive, el objetivo se cumple : encontramos.