El mono de trabajo.

Hoy ha sido un día especialmente duro. Tengo ganas de llegar a casa y quitarme la ropa de trabajo.

Cuando la cuelgo en el perchero de la entrada, siento que me libero, por fin, de toda la tensión acumulada durante la jornada. De ese peso leve y antiguo que cargo sobre los hombros.

El peor momento, sin duda, ha sido el de ese niño que estaba a punto de cruzar con el semáforo en rojo, mientras su madre, distraída, hablaba con una vecina.

Ha costado desviarlo, pero lo he conseguido.

Miro la agenda para mañana. Será un día intenso: la tengo llena de solicitudes.

Un Sant Jordi de libros y terraza.

Relato

Terraza viene de tierra. De lo pegado al suelo, de lo abierto al aire, de una superficie lisa expuesta a la luz. En la vida doméstica, es un espacio exterior unido a la casa: un lugar de intemperie domesticada.

A Amelia, sin embargo, fue lo que menos le interesó del piso cuando el comercial de la inmobiliaria le hizo la visita guiada.

Había sido una de las últimas veces que salió a la calle.

El hombre se empeñaba en enseñarle el tamaño —más que suficiente, según él— para poner una mesa de jardín de seis plazas y la escalera de caracol que subía al terrado, donde el piso tenía una zona de uso privativo que podía convertir en solárium. A un lado estaba la parte de libre disposición para los vecinos; al fondo, la del ático.

Pero Amelia no pensaba en el mar ni en las cenas al aire libre.

Lo que necesitaba saber, antes de decidir si compraba aquel piso, era otra cosa: cuántos metros lineales tendría para libros. Libros en estanterías y libros en cajas. Libros por leer, leídos, releídos, subrayados, heredados, comprados por impulso, rescatados de librerías de segunda mano. Necesitaba espacio. Mucho.

El comercial le dio una cifra.

A ella le bastó.

Compró el piso y lo convirtió en su casa-biblioteca.

En el salón había un sofá pequeño, una televisión, un sillón mullido con reposapiés —donde acostumbraba a leer— y una mesa de comedor que también le servía de despacho. Trabajaba como correctora y traductora para una multinacional. No necesitaba presencia física. Casi nada en su vida la necesitaba ya.

Padecía una agorafobia feroz y había dejado de salir de casa. Lo hacía solo cuando no tenía más remedio: alguna gestión presencial, una prueba diagnóstica, una visita inaplazable. Iba tan medicada que, muchas veces, apenas conservaba recuerdos de esos trayectos; el dentista, por ejemplo, era una nebulosa de luces blancas y olor a desinfectante.

Por lo demás, podía ser funcional sin poner un pie en la calle. La compra llegaba a domicilio. También el médico, el psiquiatra, los mensajeros, los paquetes, el trabajo.

No tenía fobia social. Recibía a familiares y amigos, pero siempre dentro del piso, en aquel lugar seguro, ordenado, lleno de libros.

Nadie la entendía del todo, aunque quizá tampoco importaba. Ella era feliz así. Cuando terminaba de trabajar, elegía un libro, se acomodaba en el sillón y viajaba. No necesitaba gran cosa más.

Miró el reloj.

Se acercaba la hora de Daniela.

Blue, su perro, se removió junto a la puerta, inquieto. Ya la estaba esperando.

Daniela era su vecina del primero. Vivía con su hijo, Carlitos, y con Fátima, una joven marroquí tan discreta que parecía pedir perdón al pasar. Cuando el trastorno de Amelia empeoró, comprendió que iba a necesitar ayuda para algunas tareas. La primera fue la basura.

Durante un tiempo todavía consiguió bajar las escaleras y dejar las bolsas en los contenedores, a cinco metros escasos del portal. Hasta que un día el felpudo de su casa se convirtió en una frontera. Invisible, sí. Pero tan infranqueable como un muro.

Fue por entonces cuando una gotera del baño le hizo conocer a Anselmo, el vecino de abajo. El agua se filtraba por su techo y él subió a avisarla para que llamara al seguro.

La cantidad de libros le llamó la atención. También el orden.

Amelia acumulaba libros con una disciplina casi obsesiva, una especie de síndrome de Diógenes literario, pero sin polvo ni caos. Estaban clasificados por géneros, por autores, por orden alfabético. Los que seguían en cajas llevaban por fuera una etiqueta con nombres y títulos.

No solía hablar de su enfermedad. Había aprendido que casi nadie entiende de verdad ciertas cárceles invisibles. Decir «no puedo salir de casa» rara vez sale bien parado cuando se compara con un cáncer o con un ictus.

Pero Anselmo intuyó que algo pasaba.

—¿Estás bien? Nunca te veo salir.

Amelia se lo contó. Todo. También su angustia absurda y concreta con la basura. Y habló más de la cuenta, mucho más de lo que hablaba incluso con su psiquiatra. Anselmo la escuchó sin impaciencia, sin compadecerla demasiado, lo justo para no ofenderla. Luego se quedó pensando y le habló de Daniela.

—La chica va justa de dinero. Le puedes dar algo por bajarte las bolsas.

Y así empezó.

Daniela comenzó sacándole la basura. Poco después Amelia se hizo amiga de Anselmo. Una vez por semana, él subía con un táper en la mano y alguno de sus guisos. A veces se quedaba a comer. Otras solo charlaban un rato.

Mientras tanto, el mundo de Amelia se iba encogiendo y acolchando a la vez. Cada vez más confortable, cada vez más pequeño. Sus amigos empezaron a visitarla menos. Algo más en verano, cuando iban a la playa y luego subían a comer, pero ya había en ellos cierta incomodidad, una torpeza. Su familia —padres y hermano— observaba con preocupación que, lejos de mejorar, iba retrocediendo.

—Está ocurriendo justo lo contrario —le dijo su madre una vez—. Vas a peor, y muy deprisa.

Un día se presentaron en su casa con un cachorro de pastor belga.

A Amelia le gustaban los perros, pero nunca había querido tener uno. Menos aún en sus circunstancias. Le parecía injusto para el animal.

Su padre, sin embargo, había ideado un plan que le sonaba infalible: si adoraba al perro, acabaría saliendo a pasearlo.

En su cabeza debió de parecer una gran idea.

A Amelia no.

Discutieron. Se fueron enfadados. Y le dejaron el cachorro.

Lo llamó Blue y, por supuesto, se enamoró de él.

Mientras fue pequeño, todo resultó sencillo. Compró juguetes online, pienso equilibrado, cepillos, arneses, mordedores. Le dio amor y atención sin medida. Cuando ella leía, Blue se tumbaba a sus pies con la cabeza apoyada sobre ellos y la acompañaba en silencio, como si entendiera que la lectura también era una forma de recogimiento.

Parecía comprenderla mejor que mucha gente.

Pero creció.

Y entonces Amelia empezó a mirar de otra manera la terraza.

Allí habilitó una zona para que Blue hiciera sus necesidades. Solo se atrevía a abrir el ventanal un par de horas al día y jamás lo cruzaba. El perro correteaba por la terraza, subía la escalera de caracol, alcanzaba el terrado y volvía a bajar cada poco, ladrando para reclamar su presencia, como si no aceptara que aquel rectángulo de suelo exterior pudiera estarle vedado.

Fue entonces cuando decidió convertir la terraza en un lugar amable. Algo que la invitara a estar allí con Blue, a tomar el sol, a sentarse un rato fuera. En las últimas analíticas domiciliarias le habían detectado un déficit de vitamina D.

El nieto de Anselmo tenía una pequeña empresa de reformas. Lo contrató para cambiar el suelo —lo quiso de madera—, sustituir la escalera de caracol, instalar un toldo, arreglar la llave del agua y pintar toda la zona, incluida la parte del terrado de uso privativo.

Poco después vio un anuncio de una tienda online que parecía diseñado para ella: una terraza gris y anodina se transformaba, gracias a una campaña de primavera, en un minijardín lleno de macetas, flores y verde.

Se puso manos a la obra.

Compró una mesa para seis personas, maceteros de varios tamaños, tierra, abono, plantas, flores y una manguera que conectó al grifo de la pared. Con ayuda de Anselmo y de su nieto fue montándolo todo. Amelia preparaba las macetas en el salón y se las pasaba; ellos las colgaban de la baranda o las colocaban en el suelo siguiendo sus indicaciones. Blue brincaba a su alrededor, eufórico, como si supiera que aquello también iba a cambiar su vida.

Y la cambió.

Consiguieron crear un espacio precioso, lleno de verde y color, con una discreta muralla de arbustos al frente que lo resguardaba de las miradas de la calle. Daba ganas de sentarse allí con un libro y pasar la tarde entera sin levantarse.

En una videollamada, se la enseñó a su psiquiatra.

Él sonrió.

—Es importante. Mucho. Aunque de momento solo puedas imaginarte ahí fuera.

Solo tenía que dar un paso. Uno solo. Cruzar el ventanal, dejar atrás el salón y sentarse en la silla más cercana.

No pudo.

Anselmo presenció una de sus crisis de pánico cuando intentó apoyar el pie en el suelo de la terraza. No fue la peor que había sufrido, pero bastó: la respiración se le descompuso, el aire dejó de llegarle, el corazón empezó a golpearle el pecho con violencia y el sudor le empapó las manos.

Anselmo se asustó, sí. Pero no se rindió.

Desde entonces iba cada día a su casa, abría el ventanal y la invitaba a salir. Nunca la empujaba ni la sermoneaba. No decía frases de calendario. Si veía que ella se quedaba bloqueada, cerraba la puerta de cristal y se llevaba a Blue a pasear por la playa.

—Está muy grande ya, Amelia. Tiene que correr, oler, revolcarse. Vivir como perro. Él no tiene agorafobia. Pídele a Daniela que lo saque cuando baje la basura. Os hará bien a todos. Sobre todo a él, que es un santo.

Así empezó Daniela a pasearlo. Algunas mañanas lo hacía Anselmo; al atardecer, casi siempre, bajaba Daniela con Carlitos y se lo llevaba a la playa.

Carlitos también se había enamorado de Blue.

Desde el salón, Amelia los veía alejarse calle abajo hacia el paseo marítimo. Lo hacía con unos prismáticos de última generación. Pero los arbustos le tapaban parte de la vista y tenía que subirse a un taburete. Un día perdió el equilibrio y cayó mal. No se hizo gran cosa, solo una pierna dolorida, pero el aviso fue claro: o renunciaba a observarlos o salía por fin a la terraza.

Lo intentó una y otra vez.

No pudo.

Así que cada tarde oía los ladridos de Blue y los chillidos de alegría de Carlitos sin llegar a verlos, hasta que un día, a esa música habitual, se añadió el chirrido de un frenazo y un coro de gritos.

Tenía entre las manos un ejemplar de Flush, de Virginia Woolf, y el susto casi se lo arrancó de los dedos.

Cogió los prismáticos, abrió el ventanal y salió.

Sin pensar.

Apartó unas plantas y enfocó la calle. Daniela increpaba a un conductor. Carlitos estaba a salvo en la acera. Y Blue, plantado frente al coche, ladraba con una furia desconocida.

Todos estaban bien.

Entonces Amelia notó la brisa del mar sobre la piel. La luz anaranjada del atardecer caía sobre la terraza con una suavidad nueva. Respiró hondo.

Estaba fuera.

Así, en apenas unos segundos, la terraza dejó de ser una amenaza y empezó a parecerse a un lugar seguro. No la calle, no todavía. Pero sí un borde habitable del mundo.

Pasó allí cada vez más tiempo.

Aquello se convirtió en su particular ventana indiscreta, aunque fuera una terraza. Ella misma la rebautizó en secreto como «La terraza indiscreta». Encargó incluso una placa, como las de las calles, donde se leía «Woolrich Avenue», en homenaje a Cornell Woolrich, el autor de It Had to Be Murder, el relato en que se basó la película de Hitchcock. Era uno de sus favoritos.

En la terraza tomaba cerveza con Anselmo, comía con su familia, recibía a los pocos amigos que seguían visitándola, leía al sol mientras Blue patrullaba entre las macetas y observaba, medio oculta entre las plantas, la vida de los vecinos con sus prismáticos.

Fue conociéndolos así.

Y, como no podía evitarlo, acabó asignándole un libro a cada uno.

A Anselmo le correspondía El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Tenía algo de Allan Karlsson: la humanidad, el humor seco, cierta ligereza sabia de quien ya ha visto bastante.

Si madrugaba y el día salía claro, Amelia aprovechaba la terraza para leer con la primera luz. El sillón del salón había quedado para las noches y para el invierno. A esas horas oía unos pasos, el roce de unas ruedas, la cadencia regular de alguien que empieza el día con prisa contenida.

Era Ignacio, el vecino del bajo.

Anselmo le había hablado de él. Divorciado, instalado allí tras la separación en un piso heredado de sus padres, muertos durante la pandemia. Algunos días salía corriendo; otros, empujando una bicicleta que no montaba hasta llegar al paseo marítimo. Ingeniero, al parecer. «Buena gente», decía Anselmo, con esa convicción suya que no admitía réplica.

Amelia lo pensaba como un personaje de Murakami.

Su particular Toru.

Más tarde aparecía Daniela, casi siempre tirando de Carlitos, siempre con prisa. A esas alturas Amelia ya intuía mejor su historia: la huida del maltrato, la precariedad, un país extraño, la intemperie de ser joven y estar sola con un hijo. Y, sin embargo, Daniela conservaba una alegría luminosa, casi insolente frente a la desgracia. Llevaba siempre una sonrisa prendida en la cara.

Le recordaba a Ifemelu, la protagonista de Americanah. No tanto por la biografía como por esa mezcla de dignidad, inteligencia y resistencia.

Enseguida doblaba a la derecha para dirigirse a las casas de primera línea, donde limpiaba sin contrato y cobrando en efectivo.

Un poco después pasaba Fátima. Alta, fina, silenciosa, con el velo cubriéndole el cabello. Más que andar, parecía deslizarse. Siempre con la mirada baja, como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible. Daniela le había contado algo de ella: su timidez, sus dificultades, esa vida suspendida entre la obediencia y el deseo de otra cosa.

A Amelia le venía entonces a la cabeza El harén político, de Fatima Mernissi.

No porque creyera conocer a Fátima —sabía que apenas la veía pasar—, sino porque algunas mujeres arrastran, incluso al caminar, el peso entero de dos mundos.

Después de Ignacio y de las dos chicas, la calle se calmaba. Anselmo salía a comprar, a pescar o simplemente a dar una vuelta.

Manuela, la vecina del segundo, era la que más se dejaba ver. Iba a comprar, iba a la peluquería, volvía con el pelo armado de otra manera, más lustroso, más firme. Tenía dos hijos y una nieta. Amelia los había visto poco, pero lo suficiente. Sabía también que en su casa todo el que entraba debía ponerse unas zapatillas como las de hotel para no dañar el parquet recién pulido.

La idea le hizo tanta gracia que Amelia compró una cesta y veinticinco pares en Amazon. Daniela le pasó el enlace.

De Manuela sabía menos que del resto. Era viuda, cocinaba bien y se quejaba de que sus hijos la visitaban poco. Cada vez que Amelia tanteaba a Anselmo sobre ella, él se ponía raro, parco, casi ruborizado. Amelia sospechaba que entre los dos empezaba a asomar algo.

Para esa historia le encajaba These Foolish Things, de Deborah Moggach: gente que ya ha vivido mucho y, aun así, no ha terminado del todo con las segundas oportunidades.

El único vecino que la descolocaba era el del ático.

A Blue no le gustaba nada.

Si coincidían en el terrado, el perro se tensaba y le ladraba con estridencia. El hombre tenía aspecto de ejecutivo de multinacional —Amelia los conocía bien; trabajaba para una—. Salía muy temprano, regresaba muy tarde y, por las noches, fumaba en el terrado mientras hablaba por teléfono. A veces en inglés. Otras, en ruso.

Ni Anselmo ni Daniela sabían gran cosa. Anselmo creía que el piso pertenecía a una empresa que lo usaba para alojar temporalmente a sus directivos. Piso turístico no era: la comunidad había votado en contra en la última reunión y, además, el Ayuntamiento tenía paralizadas las nuevas licencias.

A Amelia le bastaba con la reacción de Blue.

Aquel hombre le evocaba a Patrick Bateman.

No porque supiera nada de él, sino por esa pulcritud sin calor, por una rigidez impecable que no inspiraba confianza.

Blue ladró junto a la puerta.

Su ladrido alegre.

Amelia fue a por las tres bolsas de basura reciclada que guardaba en el patio. Abrió. Saludó a Daniela con dos besos y a Carlitos, que ya acariciaba el lomo del perro como si fuera suyo. Los vio bajar entre risas por la escalera.

Se quedó un momento quieta.

Bajó la vista.

Sus pies estaban sobre el felpudo.

Entonces dio un paso atrás, sorprendida de sí misma.

El felpudo seguía siendo una frontera. Pero ya no parecía tan férrea.

Volvió a la terraza. Cogió el libro que estaba leyendo, Eleanor Oliphant está perfectamente, de Gail Honeyman, y lo abrió por la página donde había dejado el marcapáginas. Nunca doblaba una esquina ni usaba la solapa.

Empezó a leer:

«A veces lo único que necesitas es tener a alguien agradable a tu lado mientras lidias con las cosas».

He elegido este texto para Sant Jordi porque es, en el fondo, un homenaje a los libros y a las personas que viven a través de ellos. Amelia mira el mundo desde su terraza, pero también desde su biblioteca: lee a los demás como si fueran personajes y encuentra en la literatura una forma de compañía, de refugio y de esperanza. Me parecía un texto especialmente adecuado para un día como Sant Jordi, en el que celebramos precisamente eso: el poder de los libros para ayudarnos a entender la vida y sentirnos menos solos.

Forma parte de Cuentos de andar por casa, una colección de relatos de lo cotidiano.

Alma de cántaro.

Se sentía feliz.

Tal vez «feliz» fuera una palabra excesiva para aquella sensación apacible que lo habitaba, pero no encontraba otra mejor. No era euforia ni plenitud, sino una tregua interior. Por primera vez en muchos años, tenía la impresión de que su vida funcionaba razonablemente bien.

Aquella mañana desayunaba en el porche con un espresso entre las manos. En algún momento dejó de leer la prensa y alzó la vista hacia el jardín. Su mujer había conseguido convertir aquel pequeño rectángulo de cemento en un refugio natural: vigas de madera envejecida en el suelo, mimbre, lino color crema, algunas plantas, el sauce llorón y, debajo, el cántaro.

Ese cántaro.

Lo habían encontrado en una casa medio derruida, en un pueblo perdido. Ella se había subido a una montaña de escombros para rescatarlo y él había tenido que sujetarla mientras se estiraba para alcanzarlo. La torre se vino abajo, los dos acabaron en el suelo y el cántaro salió indemne. Desde entonces ocupaba uno de los rincones preferidos del jardín y un espacio memorable y risueño en sus recuerdos.

Durante unas semanas siguió sintiendo aquella calma. Hasta que dejó de sentirla.

No ocurrió nada en su vida. Lo que cambió fue la de los otros. Las pruebas médicas confirmaron la demencia de su padre. Sus mejores amigos se separaron. En la empresa donde trabajaba empezaron los despidos. Nada de aquello le sucedía a él directamente, pero todo le afectaba.

Le resultaba imposible disfrutar de su paz mientras los demás se hundían.

A veces pensaba —y se avergonzaba de pensarlo— que solo podría ser feliz aislado del dolor ajeno. Pero no era así. Había en él una disposición involuntaria a sufrir con los suyos.

Estaba sentado en el porche con un whisky de malta en la mano cuando oyó un susurro.

Era una voz hueca, como salida del interior de un recipiente vacío.

Miró alrededor. No vio a nadie.

La voz sonó de nuevo.

Venía del cántaro.

Dentro del cántaro, el alma de cántaro llevaba siglos esperando. Su misión era sencilla: necesitaba que un ser humano llenara el recipiente de agua, bebiera de él y formulara un deseo. Durante siglos aquello había sido fácil pero luego llegaron los grifos, las tuberías, y las botellas de plástico. Los cántaros dejaron de ser útiles y pasaron a ser objetos decorativos. Y ella había terminado atrapada en uno de ellos, debajo de un sauce llorón que se pasaba media vida soltando hojas que lo iban llenando lentamente.

Cuando él se inclinó para escuchar mejor, la voz dijo:

—Soy el alma de cántaro.

Miró una vez más a su alrededor. Nada. Se asomó al interior.

Solo había hojas.

Sonrió ante lo absurdo de la situación y, sin saber muy bien por qué, decidió limpiar el cántaro. Lo vació de hojarasca, lo enjuagó, lo dejó reluciente y lo llenó con agua fresca. Después vació el whisky al pie del sauce y llenó el vaso con agua del cántaro.

Le pareció la más limpia y fresca del mundo.

Antes de beber, pensó:

Ojalá todo mejore para todos.

Y apuró el vaso de un trago.

Dentro del cántaro, el alma sintió una sacudida de júbilo. El rito se había cumplido.

Un ser humano había bebido del cántaro.

Y había deseado.

Conmovida, pronunció la fórmula:

Que todo mejore para todos.

A los pocos minutos empezó a sonar el teléfono.

El diagnóstico de su padre era erróneo.

Sus amigos se habían reconciliado.

La empresa había conseguido un contrato millonario: no habría despidos.

Aquello fue solo el principio.

La insatisfacción llevaba demasiado tiempo convertida en atmósfera del mundo. Nunca era suficiente: ni el cuerpo que tenías, ni el trabajo, ni la casa, ni el dinero. Entonces empezaron a ocurrir cosas extrañas. La acumulación perdió importancia. Se hundieron industrias enteras construidas sobre el descontento. Descendió el consumo de ansiolíticos. Las guerras empezaron a apagarse. El bien común empezó a parecer razonable.

No era una felicidad excesiva.

Era una felicidad suficiente.

Una tarde, sentado en el porche, oyó un ruido al otro lado de la valla. No le dio importancia. Se levantó y se acercó al sauce. El cántaro, casi oculto por las ramas, recogía agua de lluvia.

—Tenemos al objetivo a tiro. ¿Procedemos, señor?

Nadie oyó el disparo.

Él solo sintió una vibración en el aire y un calor repentino en el pecho. Después se aferró a una rama, abrazó el tronco del sauce y cayó contra el cántaro.

El agua empezó a derramarse.

Él empezó a morirse.

—Objetivo derribado, señor.

—Recuperen el artefacto. Borren huellas. Desaparezcan.

Hombres vestidos de negro irrumpieron en el jardín. Lo oyó todo desde muy lejos. Entendió, sin comprenderlo del todo, que lo habían identificado como el Propagador del Virus de la Felicidad.

¿Él?

Buscaban «el artefacto».

El dolor lo iba venciendo. Quiso moverse, preguntar, insultar. No pudo. Cayó con la cara sobre la tierra húmeda y, a unos centímetros de sus labios, el cuello roto del cántaro siguió soltando gotas lentas de agua de lluvia.

Pensó en su mujer.

Pensó en cuánto le gustaba a ella aquel cántaro.

Y sonrió.

Una gota le cayó en la boca.

La bebió.

Su último pensamiento fue limpio, feroz:

Ojalá no encontréis nunca ese artefacto, cabrones infelices.

Dentro del cántaro, el alma comprendió que el barro no resistiría. Antes de marcharse, concedió el último deseo del moribundo:

Que no encuentren el artefacto. Nunca.

Los lobbies de las industrias más poderosas del planeta reaccionaron tarde, pero no lo bastante como para resignarse. Habían estudiado el fenómeno, localizado su origen y entrenado a un equipo especial para neutralizarlo. Descubrieron que todo partía de un individuo insignificante: un hombre corriente en un bajo con jardín. A partir de él, la felicidad se había propagado de forma exponencial.

Y la felicidad, para ciertos intereses, era una catástrofe.

Sin insatisfacción no había negocio.

Registraron el jardín. Sus detectores señalaban la zona del sauce. Revisaron las imágenes. El Propagador abrazaba el tronco antes de caer sobre el cántaro.

El cántaro, sin embargo, estaba hecho añicos.

Arrancaron el sauce y lo trasladaron a un laboratorio en Wichita. Allí reprodujeron el clima, la humedad, la luz. Ensayaron hipótesis. Tal vez el árbol. Tal vez el abrazo. Tal vez el whisky. Durante meses, los especialistas abrazaron el sauce, le hablaron, bebieron junto a él.

Nada ocurrió.

Mientras tanto, la felicidad siguió extendiéndose.

Imparable.

El alma de cántaro, por su parte, pensó durante unos días en instalarse en una botella de plástico, pero le pareció un destino vulgar y poco estable. Al final se decidió por un botijo hermoso que colgaba de una higuera, en un campo labrado.

No era un cántaro.

Pero se le parecía bastante.

Nota :Alma de cántaro

Según la RAE, “Persona sumamente ingenua o pasmada.” Expresión coloquial y poco usada

Leer las bases y querer escribir.

Recibo alertas de premios y concursos literarios porque, de vez en cuando, alguno actúa como catalizador y me empuja a escribir algo nuevo.

Tengo mis cosas. Priorizo los que permiten envío digital. Me da bastante pereza todo ese ritual de imprimir, encuadernar, meter en un sobre, ir a Correos y certificar. También necesito que el tema me seduzca. Si es libre, mejor. El premio, en cambio, me da igual. Lo que de verdad me atrae es escribir y saber que alguien al otro lado —un jurado, unos lectores— va a dedicarle atención a ese texto.

Prefiero, además, que sea un cuento. Breve. Las novelas, incluso las cortas, exigen un tiempo y una organización que no siempre encajan con esa pulsión instantánea que siento cuando leo unas bases y algo hace click. Un relato, en cambio, puede aparecer de golpe: rápido, entero y, con suerte, sin demasiado sufrimiento.

Hace poco descubrí la nueva convocatoria de Verano de Cuento, organizada por Teatrofia. El plazo de envío termina el 30 de abril, y confieso que me han entrado ganas de presentarme solo por el tono de sus bases. Están escritas con una mezcla de humor, cercanía y falta absoluta de solemnidad que me resulta casi irresistible.

No es habitual encontrar unas bases que parezcan redactadas por personas reales que saben perfectamente lo que pasa cada año: textos que llegan mal, correos pidiendo confirmación, autores que no leen las instrucciones y participantes que se saltan, con entusiasmo, lo que parecía clarísimo. 

La propuesta es sencilla y tentadora: tema libre, un solo relato por persona, en castellano, con una extensión máxima de dos folios y envío por correo electrónico. Nada de plicas, nada de ceremonias innecesarias. Solo tu texto, tu nombre o seudónimo.

Entre mis partes favoritas de las bases está esa advertencia de que no hace falta llegar a los dos folios, que un relato puede ser incluso un párrafo, siempre que funcione. O esa otra en la que piden que no copies el texto en el cuerpo del correo “por dior”. Y, por supuesto, el tercer premio: un abracito. Solo por eso, ya merecen ser leídas.

No sé todavía qué voy a escribir. No sé si saldrá algo decente. No sé siquiera si lograré terminarlo a tiempo. Pero quiero intentarlo. Y he pensado que quizá a alguno de vosotros también le pase lo mismo al leerlas: que le entren ganas. No de competir, necesariamente. No de ganar. Solo de sentarse y escribir un cuento, si se deja.

Que, al final, ya es bastante.

Si os pica la curiosidad, aquí están las bases. XXVII Festival de Narración Verano de Cuento, organizado por Teatrofia. Cierre el 30 de abril de 2026.

XCleanLife 3.200 Turbo

Tengo la solución definitiva para la paz mundial. ¡Sí! Habéis oído bien: paz en el mundo. Nada de guerras ni disputas… ¿No es maravilloso? Yo creo que sí, pero parece que soy la única. Nadie me cree y, claro, seguimos matándonos y peleando entre nosotros.

No solo poseo esta panacea: también quiero compartirla. La he ofrecido a todos los gobiernos, gratis. No pido nada a cambio. Incluso pongo el detergente y el suavizante, pero… nada. No hay respuesta.

Mi lavadora está en casa.

La compré en unos grandes almacenes y no fue ninguna ganga. Yo era una experta cazadora de ofertas: siempre encontraba electrodomésticos con una tara por exposición o mobiliario de otras temporadas. “Bueno, bonito y barato” era mi lema. Hasta que mi vieja lavadora hizo su último centrifugado, seguido de un gran ¡crack! que resonó en todo el piso.

Así empezó la operación lavadora nueva.

Aquella vez no fui a comparar modelos con calma. La XCleanLife 3.200 Turbo me atrapó en cuanto la vi. Y, sobre todo, en cuanto lo oí a él, el vendedor, con una voz profunda e hipnótica,..

—Esto no es una lavadora —dijo—. Es un milagro. Detecta tejidos y colores, calcula dosis, evita arrugas y hasta inicia un ciclo si la deja cerrada para que no huela a humedad. Consume lo mínimo. Hace exactamente lo necesario.

Mientras hablaba, acariciaba la máquina con una ternura extraña.

—¿Qué le parece?

Yo ya tenía la tarjeta en la mano. Y, sin saber por qué, acaricié el bombo. Sentí una euforia extraña, como si acabara de tomar una decisión importante. Un enorme acierto.

En pocos minutos lo dejé pagado todo: transporte, instalación, la lavadora más cara del mercado.

Cuando ya me iba, él me tomó del brazo y me habló al oído:

—Se lleva algo más que una lavadora. No estoy autorizado a decirle nada más que esto: la XCleanLife 3.200 Turbo… lava los trapos sucios. No lo olvide.

Me giré para preguntarle qué quería decir, pero había desaparecido. Lo busqué por la sección, entre pasillos. Nada. Harta, pensando en el atasco de salida, me fui.

Dos días después la XCleanLife 3.200 Turbo llegó a mi vida. Era tan bonita que mi cocina parecía otra cocina: más elegante, más sofisticada. Y funcionaba sola: yo metía la ropa y la sacaba. Nunca mi colada estuvo más blanca ni más perfumada.

De vez en cuando recordaba aquello de “lavar los trapos sucios”, sobre todo cuando metía los paños de la limpieza general. Salían impecables. Los miraba… y ya está.

Hasta que dejó de ser “ya está”.

Una tarde vino a verme mi amiga Herminia. Éramos amigas, aunque lo habíamos sido mucho más en otros tiempos. Entre Herminia y mi novio de entonces ocurrió algo. Ella nunca lo admitió, pero yo tenía pruebas, incluida la confesión de él. Además, yo sabía lo del lunar con forma de corazón que Herminia tiene en la ingle más profunda.

El tiempo pasó, él desapareció y yo me quedé destrozada. Herminia —paradójicamente— fue quien me obligó a levantarme. Aun así, aquello no se borró. Se quedó ahí, como una mancha pequeña pero imposible de ignorar.

Herminia admiraba la lavadora cuando escuché, no sé dónde, la voz del vendedor:

Lava los trapos sucios.

Miré a Herminia y lo supe. No lo pensé: lo supe.

Le pregunté por mi ex. Por lo que había pasado. Se quedó rígida. Y, sin entenderlo del todo, accedió cuando le pedí que se quitara una prenda.

Herminia se sacó la camiseta. Yo me saqué la mía y metí las dos en la lavadora.

—Vamos a lavar nuestros trapos sucios —dije.

El bombo empezó a girar. Hubo destellos y fogonazos de una luz dorada. Cuando terminó, nos volvimos a poner las camisetas.

Herminia me miró y, sin rodeos, confesó. Me pidió perdón.

Y yo —lo más sorprendente— la entendí y la perdoné.

Aquello que nos separaba se evaporó. El afecto volvió limpio, como si siempre hubiera estado ahí esperando una sola cosa: que se dijera la verdad.

Después de ese día empecé a llevar a casa a personas de confianza. Vecinas que se boicoteaban la colada por turnos de tender; dos hermanos enfrentados por una herencia; una pareja que ya solo se hablaba a base de frases con veneno. Todos traían una prenda. Todos salían distintos.

Cuando vi que funcionaba, quise probar con algo más grande.

En mi barrio había un conflicto por una biblioteca pública dentro de un edificio que iban a demoler. Se hablaba de informes amañados, de intereses cruzados, de presiones. Un amigo tenía una solución razonable, pero nadie lo escuchaba. Había demasiado dinero en juego.

La forma de mi experimento fue poco ortodoxa. Lo admito.

Conseguí somníferos y dormimos al presidente de la asociación vecinal, al nuevo propietario y al concejal de Urbanismo. Estaban reunidos y les ofrecimos un té frío atiborrado de pastillas. Les sacamos una prenda a cada uno y yo me fui a casa.

Los trapos sucios se lavan en casa, me decía la voz.

Lavé las prendas. Volví. Los vestimos. Esperamos a que despertaran.

Cuando abrieron los ojos, primero se miraron con desconfianza. Después hablaron. Hablaron de verdad.

La propuesta de mi amigo se aprobó y la biblioteca se salvó.

Y entonces , sorpresa, me denunciaron.

Por drogarlos sin consentimiento. Por sacarles la ropa. Por atentar contra su intimidad.

Me llevaron a juicio.

Herminia declaró. Mis vecinas declararon. Los hermanos declararon. Todos afirmaron que yo lavaba los trapos sucios con mi lavadora XCleanLife 3.200 Turbo.

En el centro comercial, por supuesto, no existía ningún vendedor como el que describí. En la sección de electrodomésticos solo trabajaban mujeres y un hombre que no se parecía en nada a aquella voz.

El juez, abrumado por los testimonios y por mi propia historia, decidió que yo sufría un “trastorno mental transitorio” y que debía ser tratada en una clínica especializada.

Mi condena fue un internamiento forzoso.

Y aquí estoy.

Recluida… pero por poco tiempo.

Hasta ahora solo he dicho la verdad: mi lavadora lava los trapos sucios. Pero si se lo digo a mi psiquiatra —ya lo he insinuado, incluso le propuse probarlo y no quiso— me tendrá aquí más tiempo.

Herminia me ha aconsejado que diga que ya no creo en el poder de la XCleanLife 3.200 Turbo. Que finja que es una lavadora normal.

Y lo voy a hacer.

En unas semanas estaré fuera. Podré seguir buscando la forma de llegar a los gobiernos del mundo para ofrecerles mi lavadora. Esta vez con cuidado. Pasando desapercibida. Sin darles motivos para dudar de mi cordura.

Pero entendedme: tengo que intentarlo.

Es mi misión.

Mientras tanto, para cuando salga de aquí, dejo abierta una lista de espera. La XCleanLife 3.200 Turbo estará disponible para todo aquel que tenga trapos sucios que lavar. He descubierto que casi todos tenemos algo que limpiar, así que preveo muchas peticiones.

Los turnos se establecerán por orden de contacto.

Se aceptarán donativos voluntarios para sufragar los gastos de luz, detergente y suavizante.

Hacer balance.

No sé si esto es un sueño o una experiencia entre mágica y mística, pero estoy aquí. ¿Me habré dormido en el sofá? Lo último que recuerdo es estar encogida, llorando de pura tristeza, agarrada a aquel cojín…

Cada año, por estas fechas, me enfrento a eso que se llama “hacer balance”. A pocos días del 31 de diciembre, todo el mundo se empeña en aglutinar las cosas buenas, las malas, las expectativas, la esperanza y la desesperanza.
Es un comportamiento de histeria colectiva: balance, balance, balance..

El mío me lleva, inevitablemente, a un estado de frustración. Ninguno de mis planes se cumple… Ni mis deseos, ni mis sueños. Según el año, se añade a mi balance alguna buena nueva, pero también las desgracias y los dramas de la vida. Y yo sigo transitando por el tiempo, un poco despistada, afanándome en sobrevivir a cada nuevo día, pasando de año sin pena ni gloria.

Pero, en este mismo instante, nada de esto es importante. Estoy en este precioso campo lleno de lavanda. Siento el aire fresco, que me acaricia la piel, como vistiéndome y protegiéndome del frío. Soy como el aire. Me siento aire. Me desplazo, deslizándome, bailando al son del viento, deleitándome con los colores.

Quiero caminar por él. Noto la textura de la hierba en mis pies descalzos. Es suave y parece de algodón.

Mientras avanzo, vienen a mí imágenes preciosas de experiencias vividas en este año. No son grandes cosas, son nimias pero, a la vez, son hiperbellas. Un abrazo inesperado, paladear un cucurucho de helado en una cala solitaria, una inspiración con aroma a tierra húmeda, la emoción del último capítulo de un libro disfrutado, un desayuno dulce después de haber hecho el amor…

Al final del trayecto, me espera una cesta. Es sencilla y contiene todas esas cosas sencillas. Me llevo todas mis experiencias, las que yo creía insignificantes y que ahora se han convertido en un tesoro de valor incalculable.

Ahí están todas. Mi balance.

Cuando despierto, sé que todo ha sido un precioso sueño que mi mente, caprichosa, me regala con su recuerdo. Esto me extraña, ya que nunca me acuerdo de lo que sueño… Entonces, me llega un tenue olor a lavanda y, allí, en una esquina al lado de la puerta, veo la cesta. Está llena de las flores violetas…

Confieso que cada tarde me recuesto en el sofá y agarro ese cojín. Adopto la misma posición que ese día e intento dormir para ver si hay suerte y me vuelven a llevar a ese lugar en el que todo aquello que parece insignificante se vuelve brillante.

De momento, no lo he conseguido, pero, inexplicablemente, la lavanda no se marchita y, cuando la miro o la huelo a distancia, me recuerda que debo identificar y disfrutar esos pequeños instantes maravillosos que ocurren cada día.

De dónde han salido esa cesta, ni me lo planteo…

NB : Fotos de Léonard Cotte y Dóri Halászlaki en Unsplash

 

Bola o piedra.

Era un día normal, de los de rutina. Aquel hombre agradecía ese devenir sin cambios. Los cambios podían proporcionar alegrías pero, también, sustos y él había conocido más de lo segundo que de lo primero así que el famoso “No news,good news” era su slogan preferido.

Pero, aquel día iba a ser de todo menos rutinario. En la mesa de su anodino despacho, se encontró un pisapapeles en forma de bola de cristal. El hombre preguntó a todo el que encontró en la oficina, pero nadie sabía de quien era aquel objeto. La luz incidía en el centro e irradiaba rayos luminosos que lo hacían todo más bonito así que decidió dejar el pisapapeles y devolverlo a su propietario en caso de que alguien lo reclamara.

Después de comer el menú en el restaurante de siempre, el hombre volvió a su despacho. Para su sorpresa, al lado de la bola de cristal, había una piedra de color marrón. También podía ser un pisapapeles– pensó. Volvió a preguntar al personal de su planta, pero nadie sabía de quien era aquella piedra. No era muy bonita, pero, al suponer que también tendría un dueño, la dejó encima de una columna de papeles que siempre volaban al abrir la ventana.

Por la tarde, ya casi a la hora de fichar, se fue al tablón de anuncios. Había impreso un folio, notificando donde estaban esos pisapapeles, por si alguien los buscaba. Entonces, se percató del silencio, anormal en aquel horario. No había nadie. Estaba solo. El hombre miró su reloj y después, aquella sala vacía. Algo le llamó la atención: una luz brillaba en su despacho.

Alguien había colocado la bola de cristal y la piedra marrón en el centro de la mesa. También había una nota caligrafiada.

Puedes elegir uno de estos dos objetos: la bola de cristal que adivina el futuro o la piedra,esa con la que van tropezando los seres humanos a lo largo de la historia”.

Abrió la puerta para mirar si había alguien gastándole una broma, pero la oficina seguía vacía. Sin sonido, sin una brizna de aire en movimiento. Parecía que el tiempo se había detenido. Y sin saber por qué, el hombre creyó que la bola era mágica y la piedra era la famosa piedra, así que tenía que elegir entre ver el futuro o no volver a equivocarse.

Se fue con uno de los objetos dentro de su maletín y al salir, vio a todo el personal del departamento, trabajando, casi a punto de finalizar su jornada. 

Al cabo de una hora, el hombre feliz con su rutina se dirigió al aeropuerto.

Antes de la detención, los testigos confirmaron que el hombre estaba muy eufórico, un poco fuera de sí. Vociferaba, pero casi no se le entendía, que tenía la solución para no volver a cometer los errores que la historia nos enseña que no debemos repetir, que si el fin de los conflictos, que la paz mundial, bla, bla, bla. Lo peor fue cuando sacó una piedra de su maleta y quiso entrar en el edificio con ella en la mano, en alto. Al intentar reducirlo, la piedra impactó contra la colosal escultura de Poseidón que decoraba el vestíbulo.

Mientras el detenido esperaba la tramitación de la extradición a su país, se le hizo un examen psiquiátrico para valorar su grado de peligrosidad. 

El hombre explicó que tenía que elegir entre ver el futuro o no equivocarse nunca más pero que, por una vez en su vida, decidió no seguir las normas y no quedarse solo con una opción.

Miró la bola de cristal y vio el futuro. Después, aún conmocionado por la visión, cogió la piedra y se fue, directamente, al aeropuerto.

Su destino era la 405 E 45th St. de la ciudad de New York, la sede de la ONU, Organización de las Naciones Unidas.

Quería que tuvieran la piedra…

NB 1 : “El hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma Piedra” del historiador griego Polibio.

NB 2 : Significado: El ser humano no siempre sabe discernir conforme a la razón y por esa causa no aprende de la experiencia y vuelve a equivocarse en una situación semejante. (Centro Virtual Cervantes)

¿Te apetece venir a tomar un café?

Foto de Thomas Murphy en Unsplash

“Tomar un café” es uno de esos ritos encantadores que nos hace más sociables, más amigos y, claro, en un primer impulso me vas a decir que sí. Quedaremos en mi casa, te haré pasar a mi salón y te dejaré sentado en mi nuevo sofá color chocolate.

Un poco de música suave enriqueciendo la atmósfera, te hará sentirte cómodo. Tendrás ganas de hablar de la vida, de lo transcendental o, simplemente, de lo que es superfluo, pero nos hace reír.

Mientras comentamos la jugada, me oirás trastear por la cocina. Sacaré mi vieja cafetera de puchero de uno de los armarios y, tú, sorprendido, me preguntarás por mi máquina de espresso de diseño. Sí, la de las capsulitas. Yo te responderé que he vuelto a mis orígenes y que te estoy preparando el mejor café del mundo en la vieja cafetera de mi abuela. Te distraeré, describiéndote los orígenes que he elegido para esta mezcla de granos: un poco de Kenia, Brasil y un toque napolitano…

Foto de Alexandra Gorn en Unsplash

A los pocos minutos de encender el fuego, empezarás a sentir la fragancia sutil del café que se hará más insistente, más poderosa. Ya estarás absolutamente relajado y dispuesto a que nos conectemos con este ritual del tomar el café… Entonces, la cafetera alcanzará su punto místico, al borde de la ebullición y se pondrá a cantar La Traviata. Sí, no lo has leído mal: La Traviata de Verdi.

Serán unos compases que tú no oirás…

Lo descubrí el día ese tan famoso en el que se fue la luz. La avería general afectaba a mi calle y la voz automática del Servicio de Atención al Cliente, me informó que tenía para cinco horas sin suministro.  Esperaba visita así que empecé a pensar como iluminarnos…

Busqué la linterna y no encontré la linterna. Tampoco di con las velas de emergencia que todos, todos, tenemos en casa así que recurrí al precioso velón de vainilla que me regalaron para mi cumpleaños que me había resistido a encender para no perder la delicada forma cubista en la que estaba esculpido.

La cocina se iluminó tenuemente con la suave luz de la llama y un aroma dulzón de vainilla se esparció por la cocina. Me apeteció un café. Un rico espresso, de esos aromáticos y cremosos. Un Blue Mountain sería una buena elección, pero miré mi preciosa máquina de café, de diseño, con sus capsulitas y totalmente muerta y borré de mi mente la idea del café. Pero la idea se imponía en mi cabeza: café, café, café….

Desde pequeña, he vivido el” tomar café” como un rito sagrado. Íbamos a un tostadero, dónde mi padre elegía según los orígenes. Lo compraba en grano, ya que consideraba imprescindible molerlo instantes antes de ponerlo en su cafetera. Este grato recuerdo que casi huelo, me hizo recordar que tenía la vieja cafetera de mi abuela en el fondo de un armario y ¡Funcionaba con mi cocina de gas natural! No necesitaba la dichosa luz. La lavé y la llené de agua. ¿Y el café?  Miré las cápsulas, miré la cafetera. Me dediqué a rasgarlas e ir llenando el viejo cacillo con el café de George.

Foto de Frédéric Dupont en Unsplash

Mientras la cafetera iniciaba la ebullición, cogí mi móvil, que milagrosamente estaba cargado, y llamé a mi citaTenía mis esperanzas puestas en que, por fin, había encontrado a alguien interesante y con posibilidades de un futuro común Me saltó el buzón de voz, al mismo tiempo que la cafetera empezaba a cantar La Traviata. Yo también salté. Primero estaba asustada y después, más tranquila al ver que el viejo cacharro lo único que hacía era tatarear el Brindisi. Me acerqué y con todo el valor que pude reunir, abrí la tapa. El café, caliente y especiado, aparentaba una normalidad absoluta.

Entonces, mi teléfono empezó a sonar. Era él. Para entonces, la cafetera ya se había callado y mi imaginación volvió a encarrilarse hacia la normalidad.

– ¿Cuándo vendrás? Se ha ido la luz, pero se me ocurren cosas maravillosas que podemos hacer totalmente a oscuras.

-. Dentro de un ratito. Tengo mucho trabajo– me respondió él.

La cafetera silbó el inicio del Brindisi. 

No le di importancia.

– ¿Me echas de menos?

– Sí, muchísimo–. 

Y fue acabar la frase y la cafetera, ya absolutamente lanzada, subió el volumen.

La Traviata en su máximo apogeo. Parecía que había una orquesta sinfónica en mi cocina…que sólo oía yo. Fue colgar el teléfono y la cafetera, enmudeció. Me serví un café y vertí el resto en una jarrita de porcelana. Revisé el interior del viejo pote, buscando el ingenioso mecanismo que hacía que sonora la música. Nunca he sido muy de máquinas, así que tampoco me sorprendió no encontrar nada.

Foto de Chris Weiher en Unsplash

El hombre con el que hablé duró dos meses en mi vida. Me abandonó y me partió el corazón. La cafetera tuvo algo que ver, evidentemente. No pude volver a guardar la reliquia de la abuela y, poco a poco, recuperé la vieja tradición familiar del rito del café. Dejé de hacer colas para que me vendieran las capsulitas cómo si fuera caviar y localicé pequeños tostaderos artesanos donde podía experimentar con diferentes blends y siempre que nos apetecía un café lo hacíamos en el viejo puchero.

Y el viejo puchero me cantó tantas veces La Traviata que tuve que admitir que había una relación causa-efecto. Si mientras se hacía el café, si yo le hacía una pregunta a quien estuviera conmigo, El Brindisi me decía si la respuesta era verdadera o falsa. Si me estaba mintiendo, yo oía La Traviata.

Ya llevo bastantes relaciones finiquitadas por mi cafetera-polígrafo.

Ahora entiendo porque mi padre la escondió durante todos estos años en el garaje, en una caja de cartón. Es un chivato de la mentira. De todas las mentiras: las transcendentales y las superficiales y eso es peligroso. Es más fácil vivir ignorando la verdad, creedme.

Yo soy adicta a esa cafetera. Puede ser que también sea adicta a la verdad, pero no siempre toda la verdad es importante. Sí, si lo que quieres saber es si te quieren, pero no si la pregunta es si te queda mejor ese nuevo corte de pelo. No puedo evitar someter a todos mis amantes a la prueba de La Traviata. Ni a mis amigos. Ni a la familia. Podría dejar que las cosas fluyeran naturalmente y volver a conectar mi máquina de café espresso en cápsulas, pero no puedo. La cafetera de la abuela me supera…

Si vienes, te invitaré a catar un increíble blend de un torrefactor artesano. Te encantará. Me lo envían desde Roma. Esperaré que el aroma te llegue al cerebro y te preguntaré…

Foto de Dessy Dimcheva en Unsplash

Libiamo, libiamo ne’lieti calici
che la belleza infiora.
E la fuggevol ora s’inebrii
a voluttà.
Libiamo ne’dolci fremiti
che suscita l’amore,
poichè quell’ochio al core
Omnipotente va.

El increíble caso de Apola Calíope.

Lo llamaron a las siete de la mañana.

Cecilio Ceres había sido encontrado muerto en su despacho y reclamaban su presencia en el lugar del suceso.
El Profesor Cecilio Ceres era un reconocido musicólogo, famoso conferenciante internacional, e investigador de renombre. El hombre había muerto, tapándose las orejas, con un gesto de terror en el rostro. Lo habían encontrado arrodillado, delante de un diván freudiano… Nada hacía pensar que la muerte no fuera por causas naturales pero, la notoriedad del personaje y las extrañas circunstancias, habían activado el código rojo en la Brigada de Homicidios.

Seren examinó concienzudamente la escena del crimen. Su nombre completo, Serindipity García, describía a la perfección su habilidad. Era un experto en hallazgos afortunados que ayudaban a resolver los casos.Revisó todo papel que encontró, mientras su mente procesaba datos fortuitos .Fue entonces cuando un nombre se hizo evidente: Pola. Se repetía con asiduidad en las entradas de la agenda del profesor.

Oyó el click familiar en su cabeza, que le indicaba que tenía una pista y se concentró en Pola. Encontró un abultado expediente, con las transcripciones de entrevistas, fotografías de Pola, Cd’s de diferentes estilos musicales y un pequeño cuaderno en el que el profesor estaba escribiendo un ensayo : El poder de la música : aquellas canciones.

Apola Calíope ( alias Pola), 32 años. Mujer. Licenciada en Bellas Artes.

Acudió a la consulta, diciendo que había canciones que la dominaban y la obligaban a hacer cosas. El profesor, había subrayado la frase : «las canciones me poseen». Tras derivarla a un psiquiatra amigo, la paciente volvió a visitarlo con un diagnóstico de normalidad y una efusiva recomendación de su colega para que prestara atención al caso.

El primer día de sesión ,Pola le explicó al profesor que si escuchaba Love is in the air, se enamoraba de quien ella eligiera , en sentido bidireccional. Lo hacía “conectándose” con la canción. ¿Love is in the air? A Seren le impactó aquella mujer y su extraña locura e, incluso, sintió compasión por la muchacha de ojos castaños y tristes pero… la investigación de Celestino Ceres y sus primeras conclusiones le dejaron estupefacto: el profesor explicaba detalladamente los factores neurológicos que podían favorecer esa extraña transmisión de energía y describía varias pruebas empíricas en las que Pola, con Love is in the air, consiguió actuar de Cupido de forma dirigida. La comprobación de más de 25 enamoramientos intencionados, confirmaron que Pola era especial.

El problema, según consignaba el erudito, residía en que Pola no sabía que canciones la poseían, cuales activaban sus poderes especiales y, tampoco, en qué consistían esos poderes. Love is in the air, había sido un hallazgo fortuito y sólo se había producido otra posesión con You are the sunshine of my life , canción que hacía que Pola brillara y repartiera luz. El profesor describía profusamente el “estado de paz” que se sentía si se estaba cerca de Pola cuando irradiaba la luz… En este punto de la lectura, Seren ya empezaba a sospechar que el eminente Profesor Celestino Ceres estaba tan loco como la tal Pola. ¿Qué una canción te posee ¿ ¿Qué tontería era esa?
¿Amor?, ¿Luz?, ¿Paz?…

Estuvo a punto de abandonar el expediente pero la curiosidad pudo con él y se llevó toda la documentación a su casa para continuar con la investigación.El profesor , con una fe absoluta hacia Pola, ideó un sistema para identificar las canciones que funcionaban y las que no. Durante meses, escucharon canciones.Miles, millones de canciones.

No hicieron grandes avances y sólo consiguieron identificar que con Think de Aretha Franklin, Pola podía desparecer si conectaba justo en el momento en el que la canción atacaba el estribillo del Freedom. ¿Desaparecer? Locura musical. Muy locos los dos, paciente y terapeuta…

Se hizo de día y se preparó para asistir a la reunión de la Brigada, cuando sintió el click serendípico : “Rolling Stones”. En la última entrada del ensayo del profesor describía una sesión con canciones del grupo para la siguiente sesión con Pola. No había fecha consignada y no sabía si se había producido, pero pensó en comprobar unos detalles…Pasó por la consulta del profesor y pidió la cinta de vídeo de seguridad del edificio. Después, entró en la sala donde se hacían las sesiones y miró el anticuado reproductor de CD’s. La funda que había sobre el aparato, era de uno de los trabajos de los Rolling : Let it Bleed. La pista en la que se había parado era la número 7, por lo que supuso que era la número 6 la última canción que habían escuchado entera. Miró la carátula del CD y apuntó el título: Midnight Rambler.

Ya en su despacho, visionó la cinta y vio la figura de Pola adentrándose en el ascensor. La hora de entrada de la mujer y la supuesta hora de la muerte del profesor parecían coincidir. Tecleó en su ordenador el título de la canción de los Rolling y descubrió que explicaba la historia de un asesino, el estrangulador de Boston…Y entonces… casi pudo ver a Pola, estirándose en el diván y colocándose los auriculares. Al profesor pasando las canciones, con el mando a distancia, mientras ella negaba con la cabeza y, finalmente, el cambio en la rigidez de su cuerpo cuando Midnight Rambler empezó a sonar, la mirada brillante y febril, aquella extraña sonrisa en la cara de Pola… El profesor Cecilio Ceres, muriéndose mientras la canción le iba taladrando el cerebro y a Pola la poseía la canción y la conectaba con la muerte.

La culpable era ella. Se lo decía el click.

La detención fue rápida y limpia. Interrogó a Pola para saber cómo había asesinado al profesor, pero la chica se limitó a decirle que las canciones la poseían y que ella no sabía ni qué canción lo haría ni que es lo que pasaría si encontraban una con la que conectara. Lloró por el profesor y confesó que había sido ella la culpable de su muerte. Le pidió que la ayudara, le rogó que buscara a alguien que pudiera solucionar su problema pero Seren, tras obtener la confesión le dijo que intentaría interceder para que la internaran en un centro psiquiátrico. Fue ese el momento en que Pola pareció rehacerse . Dejó de llorar y su mirada se endureció y le preguntó, directamente, si Seren la creía. Y , él, incapaz de mentir ante el escrutinio de esos ojos , le dijo la verdad : Pola, creo que no estás bien. Las canciones no pueden poseerte. Necesitas ayuda.

Fue la última vez que vio a Pola.

Tras acabar el informe y el papeleo, Seren se dirigía hacia los calabozos para hablar con ella antes de ser llevada ante el juez , cuando oyó a uno de los Agentes comentar que “había dejado que la chica de los ojos marrones se quedará el iPod”. Click.

¿Pola con acceso a las canciones?

Corrió hacia la celda.

El iPod estaba en el suelo y allí no había nadie.

Nadie.

Tembló al recoger el reproductor de mp3 y se estremeció al ponerse los auriculares: la potente voz de Aretha Franklin cantando Think, reverberó en sus oídos.

Freedom.

El cuento de la Ye.

Esto viene a ser un «cuento infantil» .

Es mi primera incursión en este tipo de textos y ha sido muy divertido, escribir algo pensando en los niños.

Lo que me he dado cuenta , tras ofrecerlo para su lectura a un par de almas cándidas que se han dejado engañar , es que es altamente didáctico de 0 a 99 años… ; – )

 

El cuento de la Ye.

-. ¡Holaaaa!…Eoooooo…¿Hay alguien ahí? Eoooooo

Piti levantó la mirada del cuento que estaba leyendo. ¿Había oído una voz que saludaba? Había sido un sonido flojito y muy suave …Prestó atención a su alrededor : el cuarto de juegos estaba hecho un lío. Sabía que debía recoger los juguetes que abandonaba pero, en plena batalla entre vaqueros e indios comanches, había visto su viejo cuento del abecedario y, sin saber por qué, había dejado los muñecos de plástico a un lado y había cogido el librito.

Se sentó en medio del caos . Apartó las pelotas, el tren de madera que transportaba los víveres al fuerte de los vaqueros, la colección de coches de Fórmula 1 y las piezas de Lego con las que había fabricado las colinas del Oeste. Hecho el hueco en el suelo, depositó el libro y lo abrió.

Ya era mayor para esos cuentos… ¡El abecedario! Ya se había aprendido todas las letras, una a una y leía frases completas…pero el cuento , manchado de chocolate y tinta, manoseado y viejito, lo atraía de forma irremediable.

-¡Holaaaa! Eooooo

Piti volvió a oír aquel saludo pero esta vez, más fuerte y claro. Se levantó y se asomó a la ventana para ver si había alguien gritando en la calle pero no vio a nadie.

-¡Por favor! ¿Hay alguien ahí?

Piti miró su libro del Abecedario. ¡El sonido parecía salir del cuento!

Emocionado ante su descubrimiento, le dio la vuelta al libro y lo agitó. Pasó las primeras hojas : allí estaban la “a” , con un sombrerito en su vértice de mayúscula y la “be”, que tenía una cara sonriente ambas barrigas .

Piti se acercó el libro a la cara y gritó : -¡Hola!. ¿Hola?

Y entonces, oyó la vocecilla: -¡Menos mal! Hay alguien al otro lado de las páginas¿Eres Piti?

Piti soltó el cuento. ¡Hablaba! ¡Era un libro mágico!

-¡Oye! No me tires al suelo! A los libros siempre se les debe tratar con cariño…¿Eres Piti?

Piti cogió el libro en sus manos : Si soy Piti. ¿Y tú quien eres?

-¡Piti! Por fin. Mira, me tienes que hacer un favor…

-¿Y quién eres tú?

-Ese es el problema. ¿Te acuerdas cuando leías este cuento con tu mamá? Aprendiste todas las letras del abecedario y todas, todas, teníamos un nombre.

– ¡Sí! , me acuerdo de todas. Mira : a ,  be, ce, de, e ,efe ,ge, hache ,i latina,   jota ,ka ,ele eme ,ene, eñe, o, pe, cu, erre, ese, te, u ,uve, uve doble, equis, i griega y zeta.- Piti las recitó de carrerilla.

-¡Muy bien!…Ahora presta atención, querido Piti : los señores que mandan sobre las letras para que las escribamos bien, han cambiado mi nombre. Y, claro, cómo nadie lo ha rectificado en el cuento, ya nadie me  lee. ¿Me puedes ayudar?

-. ¡Claro que sí! ¿Qué puedo hacer?- respondió Piti, emocionado.¡Por fin , una aventura de verdad!

– Debes buscarme en el cuento y borrar el nombre de mi letra. Después, con un rotulador bien grueso, escribes el nuevo. Así, si otro niño aprende el abecedario con este cuento, lo hará bien.

– ¡Vale!. Voy a coger unos rotus. –Cuando tuvo el bote de lapiceros preparado, Piti preguntó : ¿Y tú que letra eres?

-. Me conociste como la “ i griega”. Ya no soy griega, ni”i”.

– ¿Noooo?- Le interrumpió Piti, asombrado

-. No. Ya no soy griega, ni “i”.  Ahora, soy la: ¡”ye”! …

-¿”Ye”?

-Sí, “Ye”.

-Pues a mí me gusta- dijo Piti- ¡Eres una letra divertida!.

Pasó las páginas del cuento:  a ,  be, ce, de, e ,efe ,ge, hache ,i ,   jota ,ka ,ele eme ,ene, eñe, o, pe, cu, erre, ese, te, u ,uve, uve doble, equis,…¡Aquí está! La : “ i griega” .

Piti escogió un color rojo intenso y tapó las palabras “i griega”. Cuando fueron invisibles por sus rayotes rojos, con color blanco escribió encima , bien grande y con muy buena caligrafía : “ye”.

Gracias! Ahora, ya está el abecedario perfecto y, por fin, los niños recitarán mi nuevo nombre.- Dijo la letra “ye” profundamente agradecida. – Eres un niño muy listo.

Piti , muy alegre por las palabras del libro, se fue saltando hacia la cocina.

-Mamá, mamá, he arreglado la letra “ye” en nuestro libro del abecedario…¡Y me ha dado las gracias! …Y…Y me ha dicho que soy muy listo…

-¿La letra “ye”, dices? Cariño, no conozco esa letra.

-Los señores de las letras la han cambiado. Era la “i griega”. Me ha dicho que ya no es “i” ni es griega…Mamá, ahora es “ye”.

Y Piti siguió danzando por el pasillo, camino de su cuarto de juegos, decidido a guardar su libro mágico como el mejor de sus tesoros. ¡No podía esperar a mañana para explicar a sus amigos, su aventura con la letra “ye”!.

-Ye, ye, ye…- canturreaba

(…)

Esta parte del cuento, es para los adultos ; – )

La madre de Piti acabó de cortar las zanahorias en juliana y las añadió al sofrito. Meneaba la cabeza y se sonreía al oír a su hijo cantar feliz con sus juegos.

Era su momento preferido del día : Piti jugando, la cena haciéndose lentamente en los fogones y el tiempo de espera para la llegada de su marido…El único momento del día en el que podía leer el periódico, tranquila.

Se sirvió un té helado y empezó a leer.

“Sección Cultura y Sociedad.  Nuevas normas de la RAE ( Real Academia Española de la Lengua)

“Algunas de las letras tienen varios nombres con tradición y vigencia en diferentes zonas del ámbito hispánico. La nueva edición de la ortografía, sin ánimo de interferir en la libertad de cada hablante o país de seguir utilizando el nombre al que esté habituado, pretende promover hacia el futuro un proceso de convergencia en la manera de referirse a las letras del abecedario, razón por la que recomienda, para cada una de ellas, una denominación única común.

(…)

La letra y se denomina i griega o ye. El nombre i griega, heredado del latino, es la denominación tradicional y más extendida de esta letra, y refleja su origen y su empleo inicial en préstamos del griego. El nombre ye se creó en la segunda mitad del siglo xix por aplicación del patrón denominativo que siguen la mayoría de las consonantes, que consiste en añadir la vocal e a la letra correspondiente (be, ce, de, etc.). La elección de ye como nombre recomendado para esta letra se justifica por su simplicidad, ya que se diferencia, sin necesidad de especificadores, del nombre de la letra i. “

Fuente RAE.es

N. B : Y , entre nosotros, lo de dejar de acentuar el «solo» -adverbio- y que se confunda con el «solo»-adjetivo-  ( lo llaman «Eliminación de tilde diacrítica en el adverbio solo» ), eso, eso, lo llevo mal…