La isla puede ser la solución.

Leo sobre una isla diminuta en el Bidasoa, entre Irún y Hendaya. Media hectárea de barro, sin casas, sin nadie.

Allí, en 1526, canjearon a un rey de Francia por sus dos hijos. Allí se cruzaron infantas casaderas que iban a casarse con el enemigo de su padre.

Y allí, en 1659, se firmó la paz que cerró la guerra entre España y Francia. Veinticuatro años peleando, desde 1635. Hicieron falta veinticuatro reuniones entre Mazarino y Luis de Haro, una por cada año de guerra, para ponerle punto final.

Del montaje se encargó Velázquez, que además de pintor era el encargado de preparar los espacios del rey. Levantó en la isla un pabellón de madera, una especie de caseta grande y provisional, con una pasarela a cada orilla para que ningún rey tuviera que pisar el suelo del otro. La forró de tapices y alfombras. Duró lo que duró la ceremonia. Después se desmontó y allí no quedó nada.

Funcionaba por un detalle tonto: la isla no era de nadie.

Y se me ocurre una idea imperfecta.

Los llevamos allí. A los de un bando y a los del otro. Sin cámaras, sin micrófonos, sin móvil. La barca vuelve cuando haya acuerdo. El que sea. Aunque sea sobre la hora de comer.

Eso sí: nada de pabellones. Tiendas de camping. .

Se llama Isla de los Faisanes y allí no ha habido faisanes jamás. Por lo visto, el nombre viene de una mala traducción.

Pero tiene otro: Isla de los Diplomáticos.

Ojalá ese sí esté bien puesto.

Información Isla de los Faisanes

Vacaciones escalonadas.

Mi vecindario ha vivido unas vacaciones escalonadas. Cuando unos nos íbamos, otros volvían. Cuando unos volvíamos, otros se iban.

A estas alturas de septiembre, el ajetreo parece haber acabado. Y ahora sí, ya estoy del todo en casa.

Me faltaban los signos de siempre. La ropa tendida. La luz encendida en las cocinas y su melodía de cacharros. Las persianas levantadas. El ventanal que se abre cada mañana para ventilar. El aroma del café ajeno que se cuela en la habitación. Las plantas mustias que reviven porque por fin alguien las ha regado. El resplandor azulado de los televisores por la noche. La silueta del vecino que sale a fumar a la terraza para que su hijo no lo vea.

Ha vuelto mi paisaje.

El viaje.

Hace ya unos años hice un viaje de esos en los que todo sale bien.

Las playas, la compañía, los nuevos amigos, la comida, el hotel, el tiempo, las experiencias… Todo sin un pero.

En ese viaje había un aroma. El hotel tenía una selección de amenities impresionantes y, en cada habitación, un frasco precioso de un perfume que nos acompañó todos los días.

Nunca lo encontré en una perfumería. Hay fragancias exclusivas para hoteles, y ese perfume era una de ellas… hasta que, hace unos días, lo vi en una estantería. Me bastó con rociar el papel secante para probarlo y volver allí de nuevo. Me teletransporté en segundos y me hizo feliz.

Ya lo tengo en casa para cuando quiero viajar a aquel lugar perfecto. Y lo hago a menudo.

Ponle “brunch” al Bar Manolo.

Brunch es la fusión de «breakfast» y «lunch»: ni desayuno ni comida, un poco de los dos, a media mañana y con aire de domingo relajado.

De paseo por la ciudad, voy buscando un lugar donde desayunar. Me llaman la atención las colas de espera (soportando el calor) para entrar en locales de aspecto moderno con el rótulo de «brunch». Alrededor hay cafeterías y bares con sitio de sobra, pero las personas en fila esperando su turno siguen aumentando. La carta del brunch tiene los bocadillos y tostadas de toda la vida: huevos, tortillas y tortas. Pero, además, abunda el aguacate y una gran selección de infusiones y batidos exóticos.

El Bar Manolo es bonito. Está muy bien cuidado y hace unos bocadillos calientes excelentes. Puedes pedir el «esmorzar de forquilla», y si quieres huevos con bacon, también te los hacen. Al Bar Manolo solo le faltan cuatro plantas, lámparas de yute y un cartelito exterior, bien mono, que ponga «brunch».

Con esto y los aguacates, ya casi lo tenemos.

Rayos y luciérnagas.

Hay noches de verano que se agradecen. Esta fue una de ellas: un espectáculo que no esperaba y que no voy a olvidar.

A lo lejos, en las montañas, una tormenta eléctrica de una magnitud que no había visto nunca. Rayos con formas increíbles, iluminando el cielo. Muy lejano, el rumor de los truenos. Mientras tanto, al frente, en el campo, una multitud inusitada de luciérnagas, danzando en su cortejo amoroso.

Lo diferente fue la grandiosidad, la cantidad: rayos que parecían no tener fin, luciérnagas que cubrían el campo entero.

Yo, en el porche, sin saber hacia dónde mirar. Y durante un rato magnífico, solo pude pensar en la belleza, incluso en una tormenta.

Calor infernal.

Este año me quedo con una sola palabra para resumir el verano: calor. Le añadiría el adjetivo «infernal». Las tórridas temperaturas continuadas han cambiado el verano, y parece que para siempre.

En el pueblo, en las paredes de piedra, ya empiezan a aparecer las unidades condensadoras de los aparatos de aire acondicionado. La piedra fría que conservaba una temperatura agradable en el interior, y las noches ligeras que refrescaban el ambiente, son ya cosas del pasado. Los horarios de las reuniones de calle han cambiado radicalmente: nadie sale con ese calor.

En la costa, el concepto «chiringuito en la playa» tiene otro matiz: son pocos los locales con interior y refrigeración, así que esas comidas veraniegas —mirando el mar, bajo la sombra del cañizo— se convirtieron en experiencias incómodas. Las cartas y los menús, a modo de abanico, en movimiento constante. Los ventiladores, moviendo aire caliente.

Los paseos, las caminatas, todo en horario milimetrado para que no te atrape el calor. Las noches tropicales, sin estar en el trópico.

El agua del mar, caliente. También la de las piscinas. Todo ha sido el calor, el calor, el calor.

Y, finalmente, lo peor sin duda: los desgarradores incendios que han asolado el país. Se me partía el alma viendo imágenes de la naturaleza ardiendo, sabiendo que solo el agua podía detenerlos.

Ahora esperamos la lluvia. Una que sea buena y benigna, que apague, que refresque, que haga nacer nueva vida y que nos haga olvidar el maldito calor infernal de este verano… hasta el siguiente.

Lo único bueno: casi no me han picado los mosquitos que cada año me atacan de forma despiadada.

El móvil de viento que no suena.

Iba buscando un móvil de viento, para un árbol que tiene colgados otros muchos: regalos y recuerdos de viajes. Hace mucho tiempo que no los oigo tintinear porque no hay viento y la mínima brisa que llega no da para hacer sonar las campanillas, pero, aún con ese viento inexistente, les requiero que tengan algún sistema para emitir sonidos relajantes el día que bufe un poco.

Encontré atrapasueños y otras figuras colgantes, pero no eran lo que buscaba. Sin sonido, no me valían. Entonces llegamos a una pequeña tienda atiborrada (que es más que llena) de cerámica, objetos de decoración y… móviles de viento. Bajabas dos escalones y la tienda se adentraba en una profundidad de recovecos con mil cosas.

En la entrada, al lado de los dos escalones, una señora mayor. Detrás de un mostrador eventual pero que tenía pinta de estar allí toda la vida, creado con las cajas de embalaje de sus proveedores de cerámica. Encima, periódicos abiertos, en los que iba envolviendo, metódicamente, las piezas de cerámica que se compraban. Una libretita blanca y un boli. Apuntaba cada cosa que envolvía en la libreta. Una vez finalizaba, ponía las piezas en otra caja de cartón reciclada y hacía la cuenta, manualmente. Después, se la tendía al cliente para que la repasara. El datáfono, para pasar la tarjeta o el teléfono, debajo de las cajas. Mejor en efectivo, pero había que adaptarse a los tiempos. Yo esperaba mi turno notando el calor que se acumulaba allí dentro, pero, como el resto de la cola, no podía apartar la mirada de ese lento proceder, ese hábil envoltorio en papel de periódico y aquella libreta llena de cuentas.

Lo mío fue fácil, porque tenía dos piezas: el móvil de viento y un pez de hierro oxidado. Aquello complació a la que esperaba detrás de mí, porque aquel lugar empezaba a ser un horno del tamaño de un ser humano. La señora, sin inmutarse, me dijo el total y me ofreció una bolsa. No me sorprendió que llevara la cruz farmacéutica. «Es de una amiga que cerró su farmacia por jubilación y me dio todas las bolsas».

Salí con mi bolsa de farmacia y mis dos piezas, pensando en cuánto tiempo le quedaba a un lugar así. Hay pocas tiendas de las de antes en la isla. Es posible que cuando vuelva, esta también sea un espacio chic, o que se haya producido el relevo generacional. Pero cada vez que miro el pez o el móvil que no suena porque no hay viento, me acordaré de aquella tienda, de aquella mujer, y de esa sensación de haber encontrado algo auténtico y en peligro de extinción.

Y no es el móvil lo que está en peligro de extinción. Es lo genuino.

Envíame un link.

No hay mala fe. Solo una genuina emoción de compartir algo que te ha gustado mucho, te ha emocionado, te ha hecho reflexionar o te ha hecho reír. Quieres que el otro sienta esa fascinación y, sin preguntarle, le tiendes el teléfono con la pantalla a punto del play, con ese vídeo tan divertido, o ese consejo increíble para —lo que sea—, o un fragmento de un monólogo acertadísimo…

El otro acepta tu teléfono o lo mira mientras se lo sujetas. Si el clip excede los dos minutos, se hace largo. Si son cuatro o cinco minutos, se hace eterno. Y mientras lo ves, sientes la presión en el cogote. La mirada del que lo ha descubierto, fija en tu cara, esperando el momento exacto en que tu expresión cambie. Buscando la risa, el gesto de sorpresa, el asentimiento cómplice. Esa reacción que en su cabeza ya tiene ensayada porque fue exactamente la suya. Si no llega, hay una ligera decepción que tampoco dice nada pero se nota.

Es como cuando alguien prueba un plato que le emociona y te amenaza, tenedor en ristre, con un «pruébalo, está exquisito», aunque tú le hayas dicho ya cinco veces que no. Al final, lo pruebas.

Deberían establecerse unas normas mínimas de cortesía digital: si vamos a compartir en directo algo de un minuto o menos, vale. Si llega a los dos minutos o los excede, enviemos un link y que el otro lo vea cuando le apetezca.

Y no, no quiero probar ese pastel de limón porque no me gusta nada el limón, pero gracias por pensar en mí…

La mosca.

No es una mosca cualquiera, es «la mosca». Ha entrado en casa en algún momento, cuando he abierto las ventanas para ventilar o la puerta para recoger el paquete de Amazon.

La mosca siempre está aquí y no tiene compañía. Bueno, sí que tiene: la mía. Le he dado opciones de huida, arriesgándome a que entren más, pero ni hay más ni ella se va. No se inmuta.

He recordado lo que aprendí de la entomóloga Marta Saloña, pero la pesadez insistente está ganando la batalla a la ética biológica. Todo en la cocina está bajo trapos o papel de cocina. No me gusta verla posada en las manzanas, ni en la mesa, ni en el fregadero. Los insecticidas son inocuos — no parece molestarle ni lo más mínimo el chorro de aerosol con el que la rocío, hora sí, hora no, con furia desesperada. Me falta ponerme pintura de guerra en la cara y una mascarilla para no respirar más veneno con aroma floral.

Revisitando el artículo de la entomóloga, estoy pensando en pedirle una tregua. Ponerle un nombre y dialogar con ella. Pedirle amablemente que se vaya.

No muy lejos hay una zona de contenedores de basura y, aunque son herméticos y modernos, aún hay quien deja restos orgánicos en el exterior, porque da pereza andar unos metros más hacia otra zona de contenedores y dejar el barrio libre de aromas pestilentes. Como no está delante de su casa, da igual.

Ahí la mosca tiene material. Y si no le convence, puede seguir a ese vecino encantador que le deja alimento a la cocina de su casa. Seguro que será bienvenida…

Detox.

Encuentras el momento. Apenas dos días, marcados en el calendario hace ya un tiempo, en los que la conjunción de vidas permite estar solas. Amigas, sol, piscina, colchonetas, aperitivos ligeros, vino rosado de La Provence y ganas de hablar. O no.

Como una melodía perfectamente ejecutada, hay momentos de conversaciones profundas, intensas o divertidas, y momentos de silencio, dejándonos llevar por nuestra música preferida — una playlist añeja en la que apenas hay una canción de las que ahora están de moda.

Una pulsera con una estrella para cada una, para recordar esos días en los que todo ha sido fácil, sencillo, íntimo.

Un verdadero detox para el alma.