Vampiros de energía.

No me acordaba de ellos pero ayer, me encontré con uno…

Tienen una capacidad asombrosa para absorber toda la energía positiva que hay en los seres humanos que los rodean. Solo la buena. Tienen el morro fino.

Se esconden detrás de múltiples formas de vida: mártir, sabelotodo, prepotente, tirano, amable confidente… No importa cuál sea su disfraz: ellos se comen tu sonrisa hasta morderte el alma.

También hay grados: del 1 al 10, siendo el 10 casi de peligro mortal. Los más insaciables abren la boca, dicen hola y, hasta que la cierran —si es que eso llega a ocurrir—, van dejándote gris. Gris marengo. Negro. Hasta que la oscuridad y el mal rollo acaban con tu pobre reserva de optimismo.

La mayoría de las veces no eres consciente de su poder hasta que has sido sometido a unas tres sesiones de vampirización.

En la primera, aún crees que esa persona es pesada. O cotilla. O un poco chula. O —¡pobrecilla!— está tan preocupada por las enfermedades y miserias de los demás que no puede evitar contártelas todas. O quizá es tonta. O confusa. Porque no se puede ser tan malo intencionadamente, ¿no?

Da lo mismo.

No asocias tu bajón a la interacción con el vampiro de energía.

La segunda vez que lo sufres, ya empiezas a intuir que existe una clara relación de causa y efecto. La tercera, la famosa vencida, ya sabes que, si te cruzas con el vampiro, debes alejarte lo máximo que puedas porque, de lo contrario, llegarás a casa triste y melancólico, incapaz de encontrarle la gracia a los placeres sencillos de la vida. Con ese aura turbia y gris. Sin brillo.

El vampiro de energía pasa olímpicamente de la atmósfera que genera. Una vez se ha alimentado, busca una nueva víctima. Tú ya eres historia. Hasta que vuelvas a cruzarte en su camino. Entonces se lanzará a la yugular y atacará de nuevo.

Una sonrisa y un «hasta luego». O un «hasta nunca». O un «voy al baño». O un «tengo una llamada»… La excusa da igual. La cuestión es no dejarlos entrar.

Hay que hacerlo con valentía y sin olvidar la sonrisa, que viene a ser algo así como la estaca en el corazón.

La energía positiva no tiene precio.

No la regales.

Antídoto 1

Foto de Radu Prodan en Unsplash

Antídoto 2

Foto de Jeff Frenette en Unsplash

Se puede recuperar.

Este es el olivo que planté en 2020. Es una de las fotos que más se ha descargado en mi portafolio de Unsplash —2.327 veces— y ha sido visualizada casi 400.000 ocasiones.

Han pasado seis años y el olivo luce así. Muy bien no está.

Subo la imagen a una app para que me dé un diagnóstico de su estado.

Olivo en estado medio, con estrés moderado, falta de vigor y necesidad de saneamiento, pero con buena posibilidad de recuperación.

Teniendo en cuenta que este árbol es el símbolo botánico de la paz, las noticias son positivas.

Está vivo. Debilitado y algo estresado, pero recuperable.

La app me da el remedio: con trasplante a una maceta más grande, poda suave de limpieza y formación, buen sol y riego controlado, podría mejorar bastante en una o dos temporadas.

Ojalá la paz, también.

Modelo 327D

Mi madre tiene un patio lleno de macetas. Las mima mucho y las tiene muy bonitas. Cada mañana, muy temprano, las riega y les quita las hojas marchitas. También riega los excrementos de las palomas, que han escogido su patio para tal menester. No le gustan y no le gusta la firma que dejan cada día en la terracota.

La vecina de al lado, que sabe cosas, ha colocado unos búhos de plástico que oscilan la cabeza con el viento y que espantan a los pájaros porque los identifican como depredadores y no se acercan.

Hay opiniones de todos los colores respecto a la eficacia de este método pero, de momento, y para no ser menos que la vecina, ya le hemos colocado cuatro búhos por el patio.

El secreto —nos dice mi madre, que a ella se lo ha dicho la vecina— es cambiarlos de sitio cada dos o tres días, para que las palomas no detecten que aquello es un trozo de plástico inmóvil e inofensivo.

Llevan en el patio ya una semana. Cuando riega, los va moviendo y, de momento, parece funcionar.

Y es cierto que las palomas no se acercan. Las veo en el cable eléctrico y tengo la sensación de que va a durar poco la alegría.

Me las imagino diciéndose unas a otras: «Mira, otro humano que ha comprado el pack de dos búhos espantapalomas con cabeza oscilante y colores imposibles para un búho, modelo 327D. Vamos a reírnos unos días, mientras los van moviendo de un lado para otro…»

Una luciérnaga.

Cuando estoy en el campo, me gusta sentarme en silencio, sin nada más que hacer que estar. Me deleito con los colores y estoy atenta a los sonidos de la naturaleza. A mejor tiempo, más probabilidades hay de que lo haga por la noche. Apago todas las luces ambientales e intento ver las constelaciones, las estrellas y, de nuevo, las melodías que llegan del bosque.

Hace unos días, observé Venus y Júpiter y escuché algo nuevo que no supe identificar. Me vi obligada a ir a buscar mi teléfono y tirar de apps. Por eso sé que aquellos puntos brillantes eran los dos planetas y que el «tui-tui» lastimoso era de un pequeño búho que la aplicación ya me indicaba que no era habitual por estos lares.

Pero lo que más me impactó fue una luciérnaga. Solo una. Danzando por el campo, hasta que se perdió tras los árboles.

Solo una vez he visto luciérnagas por aquí. Fue una noche de verano, en compañía de una persona muy querida que ya no está, aunque sé que está, de otra forma, en mis recuerdos, en mi vida y muy posiblemente en esa luciérnaga…

Estem bé, estimat.

El primer día o el último.

Vuelan, revolotean, se posan y posan. El escenario es el campo de mayo, el sol estridente y esa banda sonora de pájaros melodiosos e insistentes.

Mientras hago las fotos, están a lo suyo entre lavanda y salvia mediterráneas. No las molesto. No soy un depredador para ellas; solo estoy robándoles la intimidad para mostrar su belleza al mundo.

Tienen más miedo de esos gorriones que cantan sin parar o de la lagartija que ha pasado hace un rato entre las piedras. El sol las mantiene en movimiento, calentándolas, en estas pocas semanas de vida que disfrutan: de una a tres semanas para esta especie, la Pieris rapae.

Igual las estoy fotografiando en su último día o en el primero. Quién sabe. Tal vez por eso me parecen aún más bonitas.

Estás en mi memoria.

Con el buen tiempo, he vuelto a nadar. Es una actividad que, además de ser saludable, me permite desconectar del mundo. Algo tienen esas brazadas que te llevan a un lugar sereno y de ritmo pausado. Ese lugar me gusta.

Ahora nado en otra piscina. Es más pequeña. Apenas un metro menos.

El primer día, algo me llamó la atención. Cuando llegaba al final de la piscina, mis brazos toparon con la pared antes de lo esperado. Mi cerebro reaccionó con sorpresa: ¿ya? La sensación me produjo curiosidad. ¿Puede ser que mi cuerpo recuerde la longitud anterior?

Y resulta que sí. El fenómeno se denomina memoria motora o memoria procedimental.

El cuerpo no solo “sabe nadar”; también memoriza ritmos, distancias y patrones: cuántas brazadas sueles hacer antes de llegar a la pared, cuándo levantar la cabeza o cuándo frenar.

Es decir, mi cuerpo recuerda la piscina anterior. Esas brazadas de más, que ya no están, lo delatan.

Ahora me recalibraré. El cerebelo actuará y se adaptará a la nueva distancia.

La olvidaré, poco a poco, y la reemplazaré por otra…

N. B.: La frase “es como montar en bici” existe por esto de la memoria motora. Aunque hayas pasado mucho tiempo sin hacerlo, el equilibrio, el pedaleo y la coordinación reaparecen rápido.

Los hijos del sol.

O los hijos de la playa…

Hubo una generación —la mía— que vivió un sol más amable.

Los hijos del sol mediterráneo éramos niños que pasábamos el día entero en la playa. Luego, al crecer, seguimos volviendo a ella: para ponernos morenos, como lugar de encuentro por las mañanas, como refugio secreto para romances de verano… Pero lo del moreno era esencial.

El embadurne de entonces se hacía con cremas bronceadoras sin factor de protección que —al menos en teoría— aceleraban el color. Había una crema marrón que te teñía la piel al instante, como si el bronceado pudiera aplicarse a brochazos. También hubo una moda de cremas de zanahoria, de laboratorios varios, con las que una se aseguraba el tono oficial del verano. En aquella época, si me hubiese imaginado a mí misma usando una crema de protección 50, no me lo habría creído.

Estos últimos días de mayo está haciendo calor como si fuera julio. Ha habido un festivo y la playa está abarrotada. Se aprecia un crisol de pieles blancas exponiéndose al sol en busca de ese atractivo tono dorado. Son cuerpos de todas las edades: tumbados, sentados, entregados. Tostándose.

Algo ha cambiado en mí. Puede ser mi cuerpo y su nueva tolerancia al astro rey. O puede ser que el sol ya no sea aquel sol. La exposición directa me molesta y me asfixia.

Me rebozo en protección como si fuera una croqueta. Necesito moverme, necesito el agua y, si me estiro, que sea bajo una sombra fresca y acogedora.

Como mis vestigios de niña de playa siguen latiendo en la memoria, todavía me tienta a veces aquella postura de estirada —vuelta y vuelta, como carne en una parrilla— en busca de un color más integral. Pero basta dejar que el sol me lama la piel durante unos minutos para darme cuenta de que mi relación de amor con él pertenece ya al pasado.

Este es un sentimiento extraño para los hijos del sol: no tomar el sol. A mí me ha costado un tiempo de adaptación, pero ya estoy rehabilitada. Ahora disfruto enormemente del agua y de la sombra de un parasol de brezo.

Ni el sol ni yo somos como antes.

He mutado a hija del agua.

Lo vuelvo a oír.

Empieza suavemente, al atardecer.
El grillo ha vuelto, pienso. Pero no. Es otro grillo. Nuevo.

No hay grillo que viva ocho meses. Su vida, cuando ya son adultos, se estima en unas seis u ocho semanas. Así que, o bien es un pariente cercano —porque ahí quedaron las ninfas—, o bien es otro grillo que ha encontrado la misma grieta, el mismo lugar donde vivir.

Porque la sensación acústica es esa: que el sonido proviene exactamente del mismo sitio.

Aunque sea otro grillo.

Hola de nuevo, por cierto.

Un minuto.

Un minuto exacto… Da para muchas cosas.

Se puede dar un beso y un abrazo o beber un trago de agua fresca. Dar un número impreciso de pasos en un paseo. Escribir unas líneas de un post o leer un e-mail. Parece mucho cuando hablas en público o buceas para atravesar la piscina. Parece demasiado cuando esperas que suene la alarma del horno. Es muy veloz cuando se acaba la caricia. Relativo, como el tiempo que es.

Un minuto.

En uno de los muchos minutos que consumimos al día, pasan muchas cosas. Te pasan a ti y les pasan a los demás. Venga minutos, venga cosas. Se respira, se come, se nace, se muere. En un minuto te puedes equivocar, y mucho; puedes decidir; te pueden dejar; puedes dejar. Lo trascendental y lo que no lo es.

Una canción, un chiste, un bostezo… ¿Te imaginas un minuto de carcajadas? ¿O un minuto de cosquillas?

Si has leído hasta aquí, has consumido aproximadamente treinta segundos. Medio minuto de esos minutos que tiene tu vida.

Ahora, ya casi llegando a los sesenta segundos, quiero que sepas que mientras leías este artículo, en este minuto —que parece poca cosa pero vale oro— no solo han seguido pasando cosas en tu vida: también ha latido el mundo digital a una velocidad difícil de imaginar. 

En este mismo minuto, aproximadamente, se han enviado 251.100.000 e-mails. Se han realizado 5.900.000 búsquedas en Google. Siri ha respondido más de 1.000.000 de preguntas. Se han subido 16.000 vídeos a TikTok. Se han visto 138.900.000 Reels en Facebook e Instagram. YouTube ha sumado más de 3.400.000 visualizaciones. Y Microsoft Teams ha acumulado 229.000.000 de minutos de reunión.

Es una pequeña muestra de lo que ha ocurrido en la (www)ida de ahí fuera en los sesenta segundos, aproximadamente, que has tardado en leer este post. Y, por si fuera poco, en ese mismo minuto , se han publicado más de 5.000 entradas en blogs.

Ya que estamos aquí, casi llegando al minuto, aprovecho para darte las gracias por la dedicación de tu tiempo a leer este artículo de El Blog Imperfecto.

Es un honor que me regales tu minuto.

Orbitando.

Es muy emocionante esto de la misión Artemis II y la solitaria nave Orión, rumbo a su encuentro con la Luna. Tenemos información exhaustiva en todos los medios sobre cada detalle de esta misión, y nos llegan imágenes increíbles.

Esas fotografías somos nosotros. Todos nosotros. La humanidad entera, salvo los catorce seres humanos que ahora mismo están ahí arriba.

Esa preciosa esfera de azules, ocres y verdes, con luces radiantes y auroras boreales, suspendida en el espacio oscuro e inmenso. Nuestro envase. El que nos contiene.

Me quedo con las palabras de Víctor Glover, el piloto de Orión:

En medio de todo este vacío, de todo esto que es prácticamente nada, a lo que llamamos universo, tenéis este oasis, este lugar hermoso en el que podemos existir juntos”.

Habría que mandar a más de uno al espacio sideral para que lo entendiera. Esos que amenazan con destruir civilizaciones. Y, si aun así no lo ven claro, que se queden orbitando, for ever.

Distancia de seguridad, se le llama.

Imágenes de @nasa