Este es uno de los últimos cuadros que he pintado. Además de las texturas, me dio por hacer puntitos con una pintura de relieve.
Al principio, todo iba bien. Estaba en la mesa, en el exterior, concentrada en los puntos a la luz del sol, cuando apareció la mosca.
Una mosca artista, con una clara preferencia por la pintura de relieve. Allí estaba ella: si no se posaba en los puntitos, lo hacía en mi mano. Mis aspavientos para ahuyentarla hicieron que mi precisión (ya precaria por sí sola) y mi concentración fueran disminuyendo a una velocidad de vértigo.
La intensidad del punto la ha elegido la mosca. El punto torcido es idea de la mosca. La mosca es coautora del cuadro.
Se acerca una tormenta. De nuevo. Esta vez, estaremos preparados. No nos sorprenderá como la primera vez…
Ese día, el de la primera tormenta, me acordé de coger mi paraguas rojo. Mientras me tomaba el café matutino, oí el parte meteorológico, me asomé a la ventana de la cocina y observé unas nubes lejanas que avanzaban hacia mí.
Ese día, el de la primera tormenta, decidí ir caminando a trabajar. Las nubes me sorprendieron esperando el autobús y yo, y los que estaban alrededor, nos quedamos extasiados viendo los colores y las formas que caían del cielo.
Ese día, el de la primera tormenta, casi todos abrimos nuestros paraguas para resguardarnos de esa lluvia de color que, aunque de efectos visuales maravillosos, se nos antojaba extraña. Casi todos… Todos menos una chica joven que extendió los brazos, se descalzó y alzó su rostro hacia el cielo.
Copos y gotas de lluvia multicolor la fueron empapando, mientras ella bailaba y reía y nos animaba a hacer lo mismo. La nube pasó y dejamos de observar a la mujer que seguía riendo, encantada, mirando el cielo ya despejado y luminoso.
Al día siguiente, el rostro de aquella muchacha apareció en todos los informativos de todos los canales de televisión. Inundó las redes sociales. Fue portada de los periódicos de mayor tirada del país. ¡Aquella mujer era absolutamente feliz! La exposición a aquella tormenta tan especial la había empapado de felicidad, pura y dura.
Hoy hay una alerta a la población mundial de riesgo de tormenta. Se acerca. De nuevo. Nos piden que no cojamos nuestros paraguas. Que nos descalcemos, que nos despojemos de nuestra ropa y salgamos a la calle. Que extendamos los brazos en cruz y que alcemos el rostro hacia la lluvia de color.
Los puntos nacen de lentejuelas de un jersey y pequeñas piedras de una pulsera. Objetos sencillos, de la vida cotidiana, que recuerdan algo simple: la mayoría de las cosas son buenas.
Cada punto guarda una posibilidad. Cada brillo, una esperanza.
Solo hace falta un instante. Y un poco de viento para que lo bueno empiece a esparcirse.
Hubo una época en la que me dio por jugar con texturas. Recuerdo lo gratificante que era extender aquella pasta de arena y, después, pasar un tenedor por encima. Empecé usando guantes y acabé descubriendo lo satisfactorio que es trabajar el material con las manos.
Mi casa estaba decorada en tonos azul cobalto. Los cuadros que pintaba buscaban acompañar aquel espacio, así que este que veis ahora en blanco roto, beige y oro viejo, entonces estaba hecho en distintos tonos de azul.
Años después, el pobre cuadro azul se ha reciclado y ha pasado a ser una pieza de colores neutros, los mismos que ahora habitan mi hogar.
Podría etiquetarlo como #artesostenible, #artecircular o #arteadaptativo. Está reciclado, viaja conmigo y puede volver a cambiar de color…
En estos últimos meses he estado reciclando bastidores. La lluvia frenó en seco mi momento creativo: suelo pintar al aire libre. Aun así, poco a poco, he ido acumulando “obras”. Me da pudor llamarlo arte, pero me siento cómoda pensándolo como tal… en su versión más imperfecta.
Tiene un componente terapéutico brutal. Tanto, que a menudo recomiendo a mi gente algo muy simple: comprar un lienzo blanco, unas pinturas y dejarse llevar. Sirve para equilibrarse cuando hace falta, y también para divertirse. Llevo años haciéndolo y mis piezas imperfectas han acabado decorando hogares (sobre todo de gente que me quiere y no le queda otra), comercios e incluso una fábrica. Algunas han viajado, además, a otros países.
Por un momento, al ver los cuadros juntos, pensé en eso que cualquiera que pinta desea alguna vez: una exposición en una galería de arte.
Así que la he creado con IA: Imperfect Art Gallery.
En la primera sala está lo último: protagonismo de colores neutros, texturas orgánicas y elementos pegados al lienzo.
En la segunda sala hay un cuadro de gran formato que pinté hace años para una pared blanca enorme, en una casa que ya no existe. A diferencia de lo anterior, es mucho más colorista.
Y aquí está: mi exposición improbable. Una galería creada con IA para un arte que hago, sobre todo, por el placer de hacerlo. Imperfecto pero muy divertido.
Este cuadro empezó como empiezan muchas cosas buenas: sin plan y con los restos de una pulsera de Formentera encima de la mesa. De esas que compras “porque sí” y luego te acompañan meses, para llevar la isla atada a la muñeca.
La miré y pensé: esto no es una pulsera, esto es una ola. Siempre me ha gustado mucho esta palabra en catalán : ona.
La pegué sobre un fondo blanco roto, limpio para que respirara. La pulsera dibujaría su propio trazo, su ona…
En pocos minutos, mi mesa de trabajo era un desastre. El lienzo recién empezado, la música sonando en mis cascos y yo encantada de la vida texturando. Pinturas y pasta de relieve, tarros con agua, pinceles de varias medidas… todo disperso. Mis manos, manchadas con los colores elegidos —mea culpa: odio los guantes— y pintura en la ropa, justo en la zona que el delantal no alcanza a cubrir.
Un cuadro, nunca mejor dicho.
En mitad de ese caos me vinieron a la cabeza los vídeos que me enseñan las redes. Esos reels de artistas de la pintura que muestran todo el proceso: talleres de revista, luz perfecta, plantas bonitas en las esquinas y ni una gota fuera de sitio. Ellos pintan sin acabar pareciendo una obra de arte abstracta llena de manchurrones. Terminan con elegancia, se limpian las manos, limpias, con un trapo igualmente inmaculado, y detrás se ve el cuadro perfecto. Ni rastro de plástico protector en el suelo; justo lo contrario que en mi caso, donde cubro todo lo que se pueda manchar… y aun así algo siempre se escapa.
Y entonces me pregunto: ¿es realmente la realidad frente a las redes? ¿O soy yo, que todavía tengo que aprender a pintar con más orden y concierto… o aceptar, simplemente, que mi proceso creativo es un pequeño y feliz caos?
Son cucharas de boj, talladas por manos temblorosas hace ya más de diez años. También conservo espátulas. Me hizo muchas y, aunque cada una que me regalaba era una ocasión única, uso unas para cocinar y otras las convertí en cuadros para rendir homenaje a esas manos que ya no están.
Este es un cuadro reciclado, sencillo y de un solo tono, pero con pequeños destellos: el brillo del tesoro que guarda.