Escrita con la Tierra.

La NASA permite escribir palabras con imágenes reales de la Tierra tomadas por los satélites Landsat. He elegido PAZ. 

Aparece formada por paisajes vistos desde el espacio: ríos, costas, montañas o desiertos que, por azar y belleza, recuerdan a letras. Si haces clic sobre cada imagen, puedes descubrir la localización exacta de donde fue captada. 

En mi caso, Bolivia, Estados Unidos y Argelia.

Paz, escrita con la propia Tierra.

Aquí : Your name in Landsat

Un Sant Jordi de libros y terraza.

Relato

Terraza viene de tierra. De lo pegado al suelo, de lo abierto al aire, de una superficie lisa expuesta a la luz. En la vida doméstica, es un espacio exterior unido a la casa: un lugar de intemperie domesticada.

A Amelia, sin embargo, fue lo que menos le interesó del piso cuando el comercial de la inmobiliaria le hizo la visita guiada.

Había sido una de las últimas veces que salió a la calle.

El hombre se empeñaba en enseñarle el tamaño —más que suficiente, según él— para poner una mesa de jardín de seis plazas y la escalera de caracol que subía al terrado, donde el piso tenía una zona de uso privativo que podía convertir en solárium. A un lado estaba la parte de libre disposición para los vecinos; al fondo, la del ático.

Pero Amelia no pensaba en el mar ni en las cenas al aire libre.

Lo que necesitaba saber, antes de decidir si compraba aquel piso, era otra cosa: cuántos metros lineales tendría para libros. Libros en estanterías y libros en cajas. Libros por leer, leídos, releídos, subrayados, heredados, comprados por impulso, rescatados de librerías de segunda mano. Necesitaba espacio. Mucho.

El comercial le dio una cifra.

A ella le bastó.

Compró el piso y lo convirtió en su casa-biblioteca.

En el salón había un sofá pequeño, una televisión, un sillón mullido con reposapiés —donde acostumbraba a leer— y una mesa de comedor que también le servía de despacho. Trabajaba como correctora y traductora para una multinacional. No necesitaba presencia física. Casi nada en su vida la necesitaba ya.

Padecía una agorafobia feroz y había dejado de salir de casa. Lo hacía solo cuando no tenía más remedio: alguna gestión presencial, una prueba diagnóstica, una visita inaplazable. Iba tan medicada que, muchas veces, apenas conservaba recuerdos de esos trayectos; el dentista, por ejemplo, era una nebulosa de luces blancas y olor a desinfectante.

Por lo demás, podía ser funcional sin poner un pie en la calle. La compra llegaba a domicilio. También el médico, el psiquiatra, los mensajeros, los paquetes, el trabajo.

No tenía fobia social. Recibía a familiares y amigos, pero siempre dentro del piso, en aquel lugar seguro, ordenado, lleno de libros.

Nadie la entendía del todo, aunque quizá tampoco importaba. Ella era feliz así. Cuando terminaba de trabajar, elegía un libro, se acomodaba en el sillón y viajaba. No necesitaba gran cosa más.

Miró el reloj.

Se acercaba la hora de Daniela.

Blue, su perro, se removió junto a la puerta, inquieto. Ya la estaba esperando.

Daniela era su vecina del primero. Vivía con su hijo, Carlitos, y con Fátima, una joven marroquí tan discreta que parecía pedir perdón al pasar. Cuando el trastorno de Amelia empeoró, comprendió que iba a necesitar ayuda para algunas tareas. La primera fue la basura.

Durante un tiempo todavía consiguió bajar las escaleras y dejar las bolsas en los contenedores, a cinco metros escasos del portal. Hasta que un día el felpudo de su casa se convirtió en una frontera. Invisible, sí. Pero tan infranqueable como un muro.

Fue por entonces cuando una gotera del baño le hizo conocer a Anselmo, el vecino de abajo. El agua se filtraba por su techo y él subió a avisarla para que llamara al seguro.

La cantidad de libros le llamó la atención. También el orden.

Amelia acumulaba libros con una disciplina casi obsesiva, una especie de síndrome de Diógenes literario, pero sin polvo ni caos. Estaban clasificados por géneros, por autores, por orden alfabético. Los que seguían en cajas llevaban por fuera una etiqueta con nombres y títulos.

No solía hablar de su enfermedad. Había aprendido que casi nadie entiende de verdad ciertas cárceles invisibles. Decir «no puedo salir de casa» rara vez sale bien parado cuando se compara con un cáncer o con un ictus.

Pero Anselmo intuyó que algo pasaba.

—¿Estás bien? Nunca te veo salir.

Amelia se lo contó. Todo. También su angustia absurda y concreta con la basura. Y habló más de la cuenta, mucho más de lo que hablaba incluso con su psiquiatra. Anselmo la escuchó sin impaciencia, sin compadecerla demasiado, lo justo para no ofenderla. Luego se quedó pensando y le habló de Daniela.

—La chica va justa de dinero. Le puedes dar algo por bajarte las bolsas.

Y así empezó.

Daniela comenzó sacándole la basura. Poco después Amelia se hizo amiga de Anselmo. Una vez por semana, él subía con un táper en la mano y alguno de sus guisos. A veces se quedaba a comer. Otras solo charlaban un rato.

Mientras tanto, el mundo de Amelia se iba encogiendo y acolchando a la vez. Cada vez más confortable, cada vez más pequeño. Sus amigos empezaron a visitarla menos. Algo más en verano, cuando iban a la playa y luego subían a comer, pero ya había en ellos cierta incomodidad, una torpeza. Su familia —padres y hermano— observaba con preocupación que, lejos de mejorar, iba retrocediendo.

—Está ocurriendo justo lo contrario —le dijo su madre una vez—. Vas a peor, y muy deprisa.

Un día se presentaron en su casa con un cachorro de pastor belga.

A Amelia le gustaban los perros, pero nunca había querido tener uno. Menos aún en sus circunstancias. Le parecía injusto para el animal.

Su padre, sin embargo, había ideado un plan que le sonaba infalible: si adoraba al perro, acabaría saliendo a pasearlo.

En su cabeza debió de parecer una gran idea.

A Amelia no.

Discutieron. Se fueron enfadados. Y le dejaron el cachorro.

Lo llamó Blue y, por supuesto, se enamoró de él.

Mientras fue pequeño, todo resultó sencillo. Compró juguetes online, pienso equilibrado, cepillos, arneses, mordedores. Le dio amor y atención sin medida. Cuando ella leía, Blue se tumbaba a sus pies con la cabeza apoyada sobre ellos y la acompañaba en silencio, como si entendiera que la lectura también era una forma de recogimiento.

Parecía comprenderla mejor que mucha gente.

Pero creció.

Y entonces Amelia empezó a mirar de otra manera la terraza.

Allí habilitó una zona para que Blue hiciera sus necesidades. Solo se atrevía a abrir el ventanal un par de horas al día y jamás lo cruzaba. El perro correteaba por la terraza, subía la escalera de caracol, alcanzaba el terrado y volvía a bajar cada poco, ladrando para reclamar su presencia, como si no aceptara que aquel rectángulo de suelo exterior pudiera estarle vedado.

Fue entonces cuando decidió convertir la terraza en un lugar amable. Algo que la invitara a estar allí con Blue, a tomar el sol, a sentarse un rato fuera. En las últimas analíticas domiciliarias le habían detectado un déficit de vitamina D.

El nieto de Anselmo tenía una pequeña empresa de reformas. Lo contrató para cambiar el suelo —lo quiso de madera—, sustituir la escalera de caracol, instalar un toldo, arreglar la llave del agua y pintar toda la zona, incluida la parte del terrado de uso privativo.

Poco después vio un anuncio de una tienda online que parecía diseñado para ella: una terraza gris y anodina se transformaba, gracias a una campaña de primavera, en un minijardín lleno de macetas, flores y verde.

Se puso manos a la obra.

Compró una mesa para seis personas, maceteros de varios tamaños, tierra, abono, plantas, flores y una manguera que conectó al grifo de la pared. Con ayuda de Anselmo y de su nieto fue montándolo todo. Amelia preparaba las macetas en el salón y se las pasaba; ellos las colgaban de la baranda o las colocaban en el suelo siguiendo sus indicaciones. Blue brincaba a su alrededor, eufórico, como si supiera que aquello también iba a cambiar su vida.

Y la cambió.

Consiguieron crear un espacio precioso, lleno de verde y color, con una discreta muralla de arbustos al frente que lo resguardaba de las miradas de la calle. Daba ganas de sentarse allí con un libro y pasar la tarde entera sin levantarse.

En una videollamada, se la enseñó a su psiquiatra.

Él sonrió.

—Es importante. Mucho. Aunque de momento solo puedas imaginarte ahí fuera.

Solo tenía que dar un paso. Uno solo. Cruzar el ventanal, dejar atrás el salón y sentarse en la silla más cercana.

No pudo.

Anselmo presenció una de sus crisis de pánico cuando intentó apoyar el pie en el suelo de la terraza. No fue la peor que había sufrido, pero bastó: la respiración se le descompuso, el aire dejó de llegarle, el corazón empezó a golpearle el pecho con violencia y el sudor le empapó las manos.

Anselmo se asustó, sí. Pero no se rindió.

Desde entonces iba cada día a su casa, abría el ventanal y la invitaba a salir. Nunca la empujaba ni la sermoneaba. No decía frases de calendario. Si veía que ella se quedaba bloqueada, cerraba la puerta de cristal y se llevaba a Blue a pasear por la playa.

—Está muy grande ya, Amelia. Tiene que correr, oler, revolcarse. Vivir como perro. Él no tiene agorafobia. Pídele a Daniela que lo saque cuando baje la basura. Os hará bien a todos. Sobre todo a él, que es un santo.

Así empezó Daniela a pasearlo. Algunas mañanas lo hacía Anselmo; al atardecer, casi siempre, bajaba Daniela con Carlitos y se lo llevaba a la playa.

Carlitos también se había enamorado de Blue.

Desde el salón, Amelia los veía alejarse calle abajo hacia el paseo marítimo. Lo hacía con unos prismáticos de última generación. Pero los arbustos le tapaban parte de la vista y tenía que subirse a un taburete. Un día perdió el equilibrio y cayó mal. No se hizo gran cosa, solo una pierna dolorida, pero el aviso fue claro: o renunciaba a observarlos o salía por fin a la terraza.

Lo intentó una y otra vez.

No pudo.

Así que cada tarde oía los ladridos de Blue y los chillidos de alegría de Carlitos sin llegar a verlos, hasta que un día, a esa música habitual, se añadió el chirrido de un frenazo y un coro de gritos.

Tenía entre las manos un ejemplar de Flush, de Virginia Woolf, y el susto casi se lo arrancó de los dedos.

Cogió los prismáticos, abrió el ventanal y salió.

Sin pensar.

Apartó unas plantas y enfocó la calle. Daniela increpaba a un conductor. Carlitos estaba a salvo en la acera. Y Blue, plantado frente al coche, ladraba con una furia desconocida.

Todos estaban bien.

Entonces Amelia notó la brisa del mar sobre la piel. La luz anaranjada del atardecer caía sobre la terraza con una suavidad nueva. Respiró hondo.

Estaba fuera.

Así, en apenas unos segundos, la terraza dejó de ser una amenaza y empezó a parecerse a un lugar seguro. No la calle, no todavía. Pero sí un borde habitable del mundo.

Pasó allí cada vez más tiempo.

Aquello se convirtió en su particular ventana indiscreta, aunque fuera una terraza. Ella misma la rebautizó en secreto como «La terraza indiscreta». Encargó incluso una placa, como las de las calles, donde se leía «Woolrich Avenue», en homenaje a Cornell Woolrich, el autor de It Had to Be Murder, el relato en que se basó la película de Hitchcock. Era uno de sus favoritos.

En la terraza tomaba cerveza con Anselmo, comía con su familia, recibía a los pocos amigos que seguían visitándola, leía al sol mientras Blue patrullaba entre las macetas y observaba, medio oculta entre las plantas, la vida de los vecinos con sus prismáticos.

Fue conociéndolos así.

Y, como no podía evitarlo, acabó asignándole un libro a cada uno.

A Anselmo le correspondía El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Tenía algo de Allan Karlsson: la humanidad, el humor seco, cierta ligereza sabia de quien ya ha visto bastante.

Si madrugaba y el día salía claro, Amelia aprovechaba la terraza para leer con la primera luz. El sillón del salón había quedado para las noches y para el invierno. A esas horas oía unos pasos, el roce de unas ruedas, la cadencia regular de alguien que empieza el día con prisa contenida.

Era Ignacio, el vecino del bajo.

Anselmo le había hablado de él. Divorciado, instalado allí tras la separación en un piso heredado de sus padres, muertos durante la pandemia. Algunos días salía corriendo; otros, empujando una bicicleta que no montaba hasta llegar al paseo marítimo. Ingeniero, al parecer. «Buena gente», decía Anselmo, con esa convicción suya que no admitía réplica.

Amelia lo pensaba como un personaje de Murakami.

Su particular Toru.

Más tarde aparecía Daniela, casi siempre tirando de Carlitos, siempre con prisa. A esas alturas Amelia ya intuía mejor su historia: la huida del maltrato, la precariedad, un país extraño, la intemperie de ser joven y estar sola con un hijo. Y, sin embargo, Daniela conservaba una alegría luminosa, casi insolente frente a la desgracia. Llevaba siempre una sonrisa prendida en la cara.

Le recordaba a Ifemelu, la protagonista de Americanah. No tanto por la biografía como por esa mezcla de dignidad, inteligencia y resistencia.

Enseguida doblaba a la derecha para dirigirse a las casas de primera línea, donde limpiaba sin contrato y cobrando en efectivo.

Un poco después pasaba Fátima. Alta, fina, silenciosa, con el velo cubriéndole el cabello. Más que andar, parecía deslizarse. Siempre con la mirada baja, como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible. Daniela le había contado algo de ella: su timidez, sus dificultades, esa vida suspendida entre la obediencia y el deseo de otra cosa.

A Amelia le venía entonces a la cabeza El harén político, de Fatima Mernissi.

No porque creyera conocer a Fátima —sabía que apenas la veía pasar—, sino porque algunas mujeres arrastran, incluso al caminar, el peso entero de dos mundos.

Después de Ignacio y de las dos chicas, la calle se calmaba. Anselmo salía a comprar, a pescar o simplemente a dar una vuelta.

Manuela, la vecina del segundo, era la que más se dejaba ver. Iba a comprar, iba a la peluquería, volvía con el pelo armado de otra manera, más lustroso, más firme. Tenía dos hijos y una nieta. Amelia los había visto poco, pero lo suficiente. Sabía también que en su casa todo el que entraba debía ponerse unas zapatillas como las de hotel para no dañar el parquet recién pulido.

La idea le hizo tanta gracia que Amelia compró una cesta y veinticinco pares en Amazon. Daniela le pasó el enlace.

De Manuela sabía menos que del resto. Era viuda, cocinaba bien y se quejaba de que sus hijos la visitaban poco. Cada vez que Amelia tanteaba a Anselmo sobre ella, él se ponía raro, parco, casi ruborizado. Amelia sospechaba que entre los dos empezaba a asomar algo.

Para esa historia le encajaba These Foolish Things, de Deborah Moggach: gente que ya ha vivido mucho y, aun así, no ha terminado del todo con las segundas oportunidades.

El único vecino que la descolocaba era el del ático.

A Blue no le gustaba nada.

Si coincidían en el terrado, el perro se tensaba y le ladraba con estridencia. El hombre tenía aspecto de ejecutivo de multinacional —Amelia los conocía bien; trabajaba para una—. Salía muy temprano, regresaba muy tarde y, por las noches, fumaba en el terrado mientras hablaba por teléfono. A veces en inglés. Otras, en ruso.

Ni Anselmo ni Daniela sabían gran cosa. Anselmo creía que el piso pertenecía a una empresa que lo usaba para alojar temporalmente a sus directivos. Piso turístico no era: la comunidad había votado en contra en la última reunión y, además, el Ayuntamiento tenía paralizadas las nuevas licencias.

A Amelia le bastaba con la reacción de Blue.

Aquel hombre le evocaba a Patrick Bateman.

No porque supiera nada de él, sino por esa pulcritud sin calor, por una rigidez impecable que no inspiraba confianza.

Blue ladró junto a la puerta.

Su ladrido alegre.

Amelia fue a por las tres bolsas de basura reciclada que guardaba en el patio. Abrió. Saludó a Daniela con dos besos y a Carlitos, que ya acariciaba el lomo del perro como si fuera suyo. Los vio bajar entre risas por la escalera.

Se quedó un momento quieta.

Bajó la vista.

Sus pies estaban sobre el felpudo.

Entonces dio un paso atrás, sorprendida de sí misma.

El felpudo seguía siendo una frontera. Pero ya no parecía tan férrea.

Volvió a la terraza. Cogió el libro que estaba leyendo, Eleanor Oliphant está perfectamente, de Gail Honeyman, y lo abrió por la página donde había dejado el marcapáginas. Nunca doblaba una esquina ni usaba la solapa.

Empezó a leer:

«A veces lo único que necesitas es tener a alguien agradable a tu lado mientras lidias con las cosas».

He elegido este texto para Sant Jordi porque es, en el fondo, un homenaje a los libros y a las personas que viven a través de ellos. Amelia mira el mundo desde su terraza, pero también desde su biblioteca: lee a los demás como si fueran personajes y encuentra en la literatura una forma de compañía, de refugio y de esperanza. Me parecía un texto especialmente adecuado para un día como Sant Jordi, en el que celebramos precisamente eso: el poder de los libros para ayudarnos a entender la vida y sentirnos menos solos.

Forma parte de Cuentos de andar por casa, una colección de relatos de lo cotidiano.

Leer las bases y querer escribir.

Recibo alertas de premios y concursos literarios porque, de vez en cuando, alguno actúa como catalizador y me empuja a escribir algo nuevo.

Tengo mis cosas. Priorizo los que permiten envío digital. Me da bastante pereza todo ese ritual de imprimir, encuadernar, meter en un sobre, ir a Correos y certificar. También necesito que el tema me seduzca. Si es libre, mejor. El premio, en cambio, me da igual. Lo que de verdad me atrae es escribir y saber que alguien al otro lado —un jurado, unos lectores— va a dedicarle atención a ese texto.

Prefiero, además, que sea un cuento. Breve. Las novelas, incluso las cortas, exigen un tiempo y una organización que no siempre encajan con esa pulsión instantánea que siento cuando leo unas bases y algo hace click. Un relato, en cambio, puede aparecer de golpe: rápido, entero y, con suerte, sin demasiado sufrimiento.

Hace poco descubrí la nueva convocatoria de Verano de Cuento, organizada por Teatrofia. El plazo de envío termina el 30 de abril, y confieso que me han entrado ganas de presentarme solo por el tono de sus bases. Están escritas con una mezcla de humor, cercanía y falta absoluta de solemnidad que me resulta casi irresistible.

No es habitual encontrar unas bases que parezcan redactadas por personas reales que saben perfectamente lo que pasa cada año: textos que llegan mal, correos pidiendo confirmación, autores que no leen las instrucciones y participantes que se saltan, con entusiasmo, lo que parecía clarísimo. 

La propuesta es sencilla y tentadora: tema libre, un solo relato por persona, en castellano, con una extensión máxima de dos folios y envío por correo electrónico. Nada de plicas, nada de ceremonias innecesarias. Solo tu texto, tu nombre o seudónimo.

Entre mis partes favoritas de las bases está esa advertencia de que no hace falta llegar a los dos folios, que un relato puede ser incluso un párrafo, siempre que funcione. O esa otra en la que piden que no copies el texto en el cuerpo del correo “por dior”. Y, por supuesto, el tercer premio: un abracito. Solo por eso, ya merecen ser leídas.

No sé todavía qué voy a escribir. No sé si saldrá algo decente. No sé siquiera si lograré terminarlo a tiempo. Pero quiero intentarlo. Y he pensado que quizá a alguno de vosotros también le pase lo mismo al leerlas: que le entren ganas. No de competir, necesariamente. No de ganar. Solo de sentarse y escribir un cuento, si se deja.

Que, al final, ya es bastante.

Si os pica la curiosidad, aquí están las bases. XXVII Festival de Narración Verano de Cuento, organizado por Teatrofia. Cierre el 30 de abril de 2026.

Floripondio.

Me parece una palabra graciosa, esta de floripondio.
Me ha venido a la cabeza mientras miraba un bolso en un escaparate, con unas flores enormes adornando el centro. Un floripondio allí, en medio.

¿Por qué floripondio?

En la RAE, floripondio tiene una segunda acepción, despectiva, que es la que corresponde al uso figurado: «flor grande , en adornos de mal gusto».

Pero, el floripondio , también es una planta. Una planta ornamental del género Brugmansia, famosa por sus flores colgantes en forma de trompeta —las llamadas trompetas de ángel—. Son flores realmente grandes: pueden llegar a medir hasta treinta centímetros. Huelen con intensidad al atardecer y desprenden un aroma dulce, denso, muy perfumado.

Es una planta espectacular. Y, sin embargo, también es tóxica si se ingiere o se manipula. Esa es su defensa química: evitar que llegue cualquier herbívoro y se la coma.

Visto así, en conjunto, parece un poco injusto lo que se ha hecho con el floripondio. Una flor bellísima, exagerada, fragante, casi teatral, y la lengua va y la convierte en sinónimo de adorno aparatoso y de mal gusto.

La pobre planta no se lo merecía.

Escribir un best seller.

El otro día releí un artículo de 2013 sobre cómo “fabricar” un best seller y sentí ternura hacia mí misma: yo también quería escribir uno. 

Aún hoy, me gustaría escribir ese libro que lo peta, que se vende, se recomienda, se regala y acaba teniendo adaptación audiovisual. Pero no solo por el éxito. Sobre todo, porque sé que quienes escriben historias se lo pasan en grande mientras las escriben. Doy fe.

Releyendo aquellas viejas recetas, ya no creo que la clave sea ser famoso, ni escribir siempre bonito, ni colocar un mensaje optimista con lacito. Creo que hoy un libro funciona si tiene pulso. Si provoca algo. Si te engancha.

El protagonista no tiene que ser ejemplar: tiene que ser inolvidable. El estilo no tiene que ser simple: tiene que ser claro y tener voz. Y la novela no tiene por qué ser larguísima: basta con que sea imposible de soltar.

Tampoco compro del todo eso de crear mundos escapistas. La realidad, bien mirada, ya es bastante extraña, bastante divertida y bastante feroz. Material no falta.

Llevo años haciendo pruebas. Algunas más salvajes, otras más domésticas. En todas, me lo he pasado genial escribiendo y ahí siguen La Asesina del Pollo, Íncipits, Te voy a llevar al huerto, El americano, Escríbelo y Cuentos de andar por casa.

Pero la fórmula para el best seller del mundo mundial sigue siendo un misterio. Alguna idea me ronda pero para que sea un éxito debo combinar una voz propia, emoción, personajes memorables, una trama que no te suelte y la suerte de que los lectores entren ahí dentro y se queden .Ahí no es nada. 

Y aunque, comparado con 2013, ahora haya más escaparates y más maneras de hacerse visible gracias a las redes, sospecho que en este asunto sigue habiendo un componente menos confesable: una pizca de alquimia.

Así que seguiré intentándolo.

¿Alguien conoce a un brujo o una bruja que trabaje por encargo?

Cuentos de andar por casa.

De andar por casa” : algo sencillo, casero y nada sofisticado.

Esta es una recopilación de diez relatos breves de andar por casa porque, si los lees, recorrerás una casa: recibidor, baño, dormitorio, cocina, salón, terraza… Espacios de hogar, espacios de vida.

Os invito a cruzar la puerta. 

Lo primero que encontraréis es un recibidor y a Manuela.

La melodía de la casa.

Mudanza.

Mi partitura hogareña, a la que estaba acostumbrada, la reconocible de siempre, ha cambiado.
La puerta del trastero, con una nota especial, sostenida al cerrarse.
Ese extraño «cloc» que se oía de vez en cuando y parecía provenir de la parte trasera del lavavajillas.
La madera del suelo, con un tenue crujido al pasar, sobre todo en el pasillo que llevaba al recibidor.
Las persianas del comedor que, al bajar, acababan en un traqueteo flamenco.
El suave tic-tac del reloj de la cocina.
Los pasos rápidos de la vecina, yendo a sacar la ropa de la lavadora, y el posterior fru-fru, con olor a suavizante, al tenderla.
Fue música preciosa.
Ahora empieza otra partitura.
Nuevas melodías por aprender…

Los Objetos Imposibles

 

sofaEs la casa. Creo.
¿Será la casa la que convierte los objetos?…
¿Qué les pasa a estos muebles?
El sofá se me sube por las paredes.
Una silla se me pone en plan obsceno… ¿O me hace una peineta? No sé.

sillapata

La blanca, de lamas,  me intenta agredir cada vez que me acerco.

silla hieero

Y la silla de la cocina, esa silla…Se desploma cada vez que voy a sentarme.

silladesplomada

Los cubiertos han mutado…

cuchara-tenedor-cuchillo

Durante semanas he estado buscando información en la Biblioteca Municipal. He investigado todo: fecha de construcción, reformas, censo de propietarios e inquilinos, estado del terreno antes de edificar…
A mí me marcó Poltergeist y, cuando empezaron estos episodios, pensé: “Ya está, cementerio, tierra sagrada”. Reconforta tener una explicación, aunque no encaje. Pero no: ni tierra sagrada ni rinconcito místico—eran campos de patatas.

La casa —un bajo esquinero adosado— se levantó en 2003, en una urbanización de alto standing con piscina comunitaria. Hablé con los antiguos dueños: nada raro.
Aquí, además, nunca pasa nada… “Es todo muy tranquilo” —dicen los vecinos—.
Salvo una novedad: han inaugurado, a pocos kilómetros, un gran outlet de mobiliario.

Desde entonces, mis muebles y el menaje, están a la defensiva. Se mueven, gruñen, posan. No es poltergeist: es una revolución.
Han oído lo de “renovar por menos” y no quieren acabar sustituidos por madera hueca y barniz de oferta.
Algunos, incluso, han empezado a imitar a los objetos imposibles de Jacques Carelman, como si la rareza les garantizara el puesto.

 

Les he propuesto un trato: se quedan si firman la paz. Nada de trepar paredes ni peinetas. A cambio, prometo no meter nada del outlet. Creo que están dispuestos a negociar.

 

Buscador de setas.

Todo empezó un fin de semana del mes de noviembre. Hace un año, ya…

Recuerdo que las lluvias habían propiciado la aparición de hongos por doquier y yo, buscador de setas profesional, no podía dejar pasar la oportunidad.

Los micólogos habían predicho que se iban a reproducir en los bosques multitud de especies distintas. Las condiciones climatológicas de los últimos quince días del mes de octubre habían sido perfectas. Con mi equipo habitual —que, principalmente, se componía de un cestillo de mimbre y un útil que había heredado de mi abuelo, con forma de pequeña hoz del tamaño de un cuchillo— me adentré en el bosque mediterráneo que había seleccionado para mi salida.

A las pocas horas, mi cesto estaba repleto de suculentas variedades comestibles, de aspecto lozano y con un fresco olor a bosque. Ya me disponía a clausurar la jornada y estaba descendiendo por una pequeña ladera cuando noté un leve cambio a mi alrededor… Una niebla densa, pero con un dulce olor a violeta, se extendió en torno a mí. El cielo, apenas visible entre las ramas de los pinos, se tornó de color rojizo. Bajo mis pies, la hierba se hizo densa y mullida, y adquirió un suave tono dorado. A lo lejos, vi que había algo que brillaba con intensidad. Su resplandor casi me cegaba…

Por si tiene alguna duda —y como sé que me lo preguntará cuando acabe mi relato— le diré que no había ingerido ninguna sustancia estupefaciente, que no había probado ninguna seta (lo digo por descartar el tema de las setas alucinógenas) y que no sé si aquella niebla podría contener algún tipo de psicotrópico. En ningún momento sentí una alteración de mi conciencia.

Dejé el cestillo en el suelo y avancé con mi cuchillo-hoz en la mano hasta encontrar la fuente de tan inusual destello: una seta de un precioso color plateado.

Mi instinto de buscador de setas profesional se impuso y corté el tallo de la seta prodigiosa. En ese instante, el mundo volvió a disponer de sus colores y texturas habituales, pero yo, con la seta plateada en la mano, oí una voz susurrante que dijo:

Con ella, la certeza tendrás.

Busqué con la mirada a quien había pronunciado aquellas palabras, pero allí no había nadie más que yo…

En mi cesto, repleto de setas, la que más llamaba la atención era aquella hermosura de color plateado. Emanaba un suave aroma que te hacía pensar en un bocado sabroso, pero no tenía ninguna evidencia de que aquel magnífico ejemplar fuera comestible. Es más, podía ser potencialmente letal.

No encontré ninguna información sobre aquella variedad, y los días iban pasando… La seta iba perdiendo frescura. Tenía que tomar una decisión: comérmela o tirarla. Supongo que ya estaba programado genéticamente para sucumbir al deseo, pero, de verdad, créame: su perfume era delicioso. Me hechizó. Cometí uno de los errores más graves que puede cometer un buscador de setas.

No pude evitarlo. La salteé en la plancha y la salpimenté levemente. Apenas unas gotitas de aceite de oliva y… me comí la seta.

No sé si ese instante de puro placer compensa el infierno que ahora estoy viviendo, pero confirmo que la seta era un manjar.
¿Venenosa? No.
¿Tóxica? Sí.
Soy la prueba viviente.

Hubiese sido una experiencia gastronómica gratificante si no hubiese tenido efectos secundarios. Eso la ha convertido en una verdadera pesadilla.

Pasaron varios días hasta que me di cuenta de que era poseedor de la verdad absoluta. Como lo oye: la verdad absoluta.

Sí, ahora viene cuando abre los ojos como platos durante un segundo. Lo está haciendo ahora mismo. Cree que mi afirmación confirma su teoría de que sufro un trastorno mental y que por eso estoy aquí.

Desde que me comí la dichosa seta, soy poseedor de certeza. Ya me lo advirtió aquella voz en el bosque: «La certeza tendrás». Y le puedo asegurar que la tengo.

Ante cualquier pregunta que se me haga, me llega la respuesta con la verdad absoluta, al instante. No tengo ninguna incertidumbre en mi vida. Ni hay incertidumbre de otros que para mí lo sea. Ya sé que es difícil de creer, pero usted misma, doctora, puede hacer una prueba. De esas empíricas que le gustan tanto.

Seguro que hay alguna incertidumbre en su vida. Algo que le genera dudas. Si me plantea la cuestión, yo le responderé con una certeza absoluta que el tiempo demostrará. No provoco acontecimientos, solo transmito información. ¿Quiere probarlo? Pregúnteme lo que quiera, que yo resolveré sus dudas.

Sí, ya sé que da un poco de miedo. Supongo que habrá hablado con sus colegas. Ya les advertí que debían ser preguntas cómodas, pero algunos no me hicieron caso. Recuerdo a aquel joven psiquiatra de pelo engominado. Me han dicho que se ha divorciado. Pero claro, de no tener la certeza de que tu pareja te está siendo infiel a tenerla… marca la diferencia. Ya le digo yo que se piense bien la pregunta.

Supongo que querrá reflexionar sobre mi caso, revisar las pruebas toxicológicas, buscar información de la seta, hablar con los otros terapeutas que me han atendido… pero dese prisa, doctora.

Me gustaría que se publicaran mis ilustraciones y la descripción de la Seta de la Certeza. He pensado que su nombre científico podría ser Boletus certitudo y que se debería incluir en las guías de variedades peligrosas. Es lo único que puedo hacer para evitar que más personas se infecten del virus de la certeza total. No se puede vivir así.

Lo malo de esto mío, de no tener incertidumbre, es que me hice la pregunta trascendental de cuándo iba a morir… y ya tengo la fecha.

Con certeza absoluta.

Le recomiendo que no tarde más de quince días en volver a visitarme. Es necesario que publique mi trabajo. Hay que alertar a los que buscan setas. Es importante. Sé que usted me ayudará.


Paró el visionado de la grabación de la última sesión de terapia. Ya no habría más.

Miró el calendario: habían pasado dieciséis días desde la fecha de la sesión. El paciente, por una de esas siniestras casualidades de la vida, había muerto de un paro cardíaco hacía veinticuatro horas.

Cerró la carpeta del caso del buscador de setas y archivó el expediente en la sección de Defunciones. Nadie notaría que faltaban las ilustraciones y los textos descriptivos de la extraña seta. No tenía la certeza de que aquello no fuera nada más que la fábula de un paciente, pero tenía un amigo en el Instituto Nacional de Micología.

No perdía nada por probar…

Pon un título a las imágenes.

Este es un juego para activar las neuronas.

Las pistas son palabras que, juntas, forman el título de cada imagen que veréis a continuación.

corazón · lengua · tinta · lluvia · trapo · dudas · piedra · mar · ríos · pies · ideas · plomo

Soluciones:

  1. Pies de plomo
  2. Corazón de piedra
  3. Lengua de trapo
  4. Lluvia de ideas
  5. Mar de dudas
  6. Ríos de tinta

El último acertijo.

No voy a poner la solución… ; – )