El 99% restante.

El fenómeno empezó en julio, aunque nadie lo llamó fenómeno. Fue una cosa pequeña: un oficinista de Barcelona apagó el móvil y, al volver, ya no quiso odiar a nadie.

Después pasó en Lisboa, en Oslo, en Dakar, en Buenos Aires, en Tokio. Las vacaciones iban llegando de forma escalonada, como una marea discreta. La gente se marchaba a playas, montañas, pueblos con moscas y terrazas con sillas cojas. Decían que iban a recargar las pilas.

Pero las pilas, al cargarse, hicieron algo inesperado.

Absorbieron la oscuridad.

No toda, claro. Las guerras seguían en las pantallas. Los políticos salvajes continuaban enseñando los dientes. Las desgracias de la humanidad seguían presentes, insistentes. Sin embargo, quienes regresaban traían otra mirada.

Era el famoso «cambio de chip» de las vacaciones que, ahora, cobraba sentido.

La gente volvía al lunes queriendo vivir tranquila. No pisar a nadie. No dejarse pisar.

Hubo quien lo consideró una catástrofe. Los de siempre. Los que necesitaban el conflicto para existir. Destinaron presupuestos multimillonarios a encontrar la vacuna que curara el cambio de chip de los que volvían de vacaciones. Pero eran muchos y volvían con aquellas extrañas pilas recargadas de buenas intenciones. Eran demasiados, y con eso no contaban. Ni todo el dinero del mundo pudo con aquella mutación.

Nunca se supo qué fue lo que la provocó.

Pero, un año después, ese famoso 1% que quería dominar a la humanidad vivía escondido en búnkeres.

Temían salir al exterior y encontrarse con el 99% restante.

Gente peligrosa.

Gente que volvía a irse de vacaciones para recargar pilas.

Gente que sonreía.

Gente que empezaba, por fin, a saber vivir en paz.

Una luciérnaga.

Cuando estoy en el campo, me gusta sentarme en silencio, sin nada más que hacer que estar. Me deleito con los colores y estoy atenta a los sonidos de la naturaleza. A mejor tiempo, más probabilidades hay de que lo haga por la noche. Apago todas las luces ambientales e intento ver las constelaciones, las estrellas y, de nuevo, las melodías que llegan del bosque.

Hace unos días, observé Venus y Júpiter y escuché algo nuevo que no supe identificar. Me vi obligada a ir a buscar mi teléfono y tirar de apps. Por eso sé que aquellos puntos brillantes eran los dos planetas y que el «tui-tui» lastimoso era de un pequeño búho que la aplicación ya me indicaba que no era habitual por estos lares.

Pero lo que más me impactó fue una luciérnaga. Solo una. Danzando por el campo, hasta que se perdió tras los árboles.

Solo una vez he visto luciérnagas por aquí. Fue una noche de verano, en compañía de una persona muy querida que ya no está, aunque sé que está, de otra forma, en mis recuerdos, en mi vida y muy posiblemente en esa luciérnaga…

Estem bé, estimat.

Tampoco importa si vuelve…

manblack

Se ha puesto su viejo abrigo de lana verde. Es de un tono apagado, igual que el color de su pelo, de su piel…

Como cada tarde, está sentada en un banco del parque que hay frente a su casa. A su lado, hay un termo con un poco de chocolate caliente que le ayuda mitigar el frío por dentro, cuando se desliza por su garganta y , por fuera, cuando lo abraza con sus manos para infundirse calor.

No hace nada. Al principio, esperaba pero fue pasando el tiempo…Ahora, ya no espera. Sólo observa.

Sus ojos registran los gestos, las voces, el paso de los caminantes. De vez en cuando, se queda ensimismada con los pájaros que se posan en las ramas del sauce bajo el que está su banco o en el fluir de las hojas secas, que caen en suave cascada pero… lo que más le interesa son las personas.

Esa pareja de amantes que camina, con las manos entrelazadas. Ese susurro, a medio camino entre el oído y los labios que se transforma en un suave beso.

Esa madre y sus tres niños que juegan entre la hojarasca y que ella observa, a su vez, embelesada. El más pequeño, se acerca a ella y le entrega un ramo de hojas secas, bellamente dispuestas en un ramillete. La madre sonríe, lo abraza y desordena los rebeldes rizos de aquella criatura diminuta.

Su mirada se posa en la mujer que llora en el banco de al lado. Esa mujer. No la ha visto sentarse pero sus lamentos llegan, arrastrados por el viento, y la mira. Sostiene en sus manos un papel arrugado, que de vez en cuando, alisa y vuelve a leer y entonces, el llanto se transforma y es más profundo, más desesperado.

Abre el termo y se sirve un vasito de chocolate caliente. Se lo bebe para entrar en calor pero no disfruta de la seda dulce y cremosa del cacao, ni de la sensación reconfortante que recorre su cuerpo pero que ella, no siente. La mujer que llora se levanta y camina. Pasa junto a la madre que sigue jugando con sus niños, rodeada de risas.

Ellas, sienten. Ella, sólo observa.

Ya atardece. El termo ya no le da calor. Ya no queda chocolate y nadie pasea por los caminos.

Hoy, tampoco vendrá. No lo esperaba porque ella ya no espera, sólo observa,  pero se levanta, sabiendo que debe volver a su casa vacía antes de que la noche invada el parque.

Ya han pasado tres años desde el día que la encontró en aquel banco, desgarrada de dolor. Había conocido el amor y la felicidad intensa, pero en un doloroso instante lo había perdido todo. Cuando la llamaron y le dieron la triste noticia,  dejó caer el teléfono y empezó a llorar. Salió a la calle, incapaz de soportar estar en su hogar destrozado y empezó a correr hasta llegar al parque. Extenuada, se dejó caer en el banco. Ese banco…

Y apareció aquel hombre vestido de negro con su extraño maletín. Se sentó a su lado y le ofreció la posibilidad de no volver a sentir jamás. La tomó de la mano y, al instante,  notó que su alma dejaba de dolerle.

Puedo hacer que sea así para siempre”, le dijo mientras ella se apartaba de su caricia, asustada. Entonces, al cesar el contacto, el dolor intenso de la pérdida volvió a ella y la sacudió con violencia.

Dolía tanto, mucho, más.

Él le tendió la mano de nuevo y ella se aferró a él, dispuesta a aliviar el desgarro. Pensó que ya lo había sentido todo, lo bueno y lo malo. Lo que la colmaba y lo que la dañaba. Y era tanto el dolor infinito que no quería volver a sentir.

Nada.

Ese nada total y absoluto.

No le soltó la mano. Ella aceptó y el hombre la besó suavemente. En el instante que sus labios se posaron en los suyos y su respiración se fusionó, notó como la tristeza la abandonaba.

En ese momento, no le importó que también se fugara la alegría…

Cuando abrió los ojos, el hombre de negro había desaparecido. Y, ella… Ella ya no sentía nada.

Nada.

Un escalofrío recorre su cuerpo al recordar pero es una reacción física. No hay ningún sentimiento… Se levanta por fin y camina hacia su casa.

Hay algo minúsculo, diminuto, casi ahogado entre esa masa de insensibilidad que le hace observar a esa pareja de enamorados, a esa madre con sus hijos, a esa mujer que llora…¿ Qué habrán sentido? Y esa misma pieza microscópica de su alma, es la que insiste en observar pero…esperando.

Esperando al hombre de negro con su extraño maletín para pedirle que le devuelva su sentir aunque… No importa que él no haya vuelto por allí.

Tampoco importa si vuelve…

N.B: La incapacidad para identificar las emociones y expresarlas, es un desorden neurológico denominado Alexitimia.

Que nos vaya bien.

Soy totalmente selectiva con las señales. Igual que no me creo nada de todo eso que dicen que da mala suerte, me vuelvo una crédula ferviente cuando se trata de señales buenas.

Se me cruza un gato negro y lo saludo.

Me encuentro una flor de diente de león y pido un deseo.

He abierto la ventana para ventilar y dejar que entrara un poco de aire de primavera. Y entonces lo he visto: un precioso ángel —así los llamaba mi padre— revoloteando a mi alrededor hasta posarse en la encimera de la cocina.

Con la corriente de aire, el ángel amenazaba con salir volando de nuevo. He sido rápida.

—Este deseo es mío —he pensado, mientras cogía un vaso y lo capturaba con cuidado.

Una vez que lo he tenido a buen recaudo, he salido a la terraza y lo he liberado. Ha ascendido hacia el cielo azul y más allá, y, en su viaje, se ha llevado mi deseo.

Espero que se cumpla.

Para todos.

Forever (Homenaje a la camiseta vieja)

Usada y suave. Machacada tras tantos lavados. Flexible, adaptable y cómoda. El algodón adquiere una textura única a base de tiempo y uso.

Es difícil que otra camiseta pueda reemplazar a esa vieja amiga que conoce nuestras costuras más íntimas. Habrá otras, favoritas y especiales: por los lugares, por las manos que las regalaron, por lo que significan, por el color o por esa medida exacta de ancho y de largo… Pero hay una, solo una, que ocupa el lugar de querida y vieja camiseta.

Siempre está en nuestro armario, en nuestras noches, en nuestro descanso. Cuando lo políticamente correcto deja de importar: en familia, recién duchados, como pijama…

Hacía días que no sabía nada de ella. Se había escondido entre las prendas dobladas, quizá buscando un poco de intimidad en esa vida incansable de cuerpo a lavadora. Pero hoy la he encontrado. La he desplegado y he sentido ese tenue olor a ropa limpia. Me la he puesto con satisfacción. Las mangas me quedan largas y me gusta sujetarlas con las manos, estirándolas aún más. Ha sido un gran reencuentro.

Mientras escribo, con mi camiseta como testigo, pienso que seré incapaz de tirarla nunca. Acumula una historia que me pertenece.

Cuando sea ya una reliquia casi transparente, cuando de tanto usarla se nos haya acabado el amor, entonces —y solo entonces— la clavaré en un marco y la convertiré en una obra de arte.

Juro solemnemente que no haré trapos con ella…

Luces de marzo.

No están siempre encendidas. No hay una pauta: funcionan de forma aleatoria.
Cuando lo hacen, llaman la atención. Parpadean a toda velocidad, a ráfagas o por ciclos, siempre con un punto histérico. No son blancas, a mi pesar. Son luces de muchos colores desordenados, con predominio del rojo y el verde.

Resaltan en la oscuridad de la noche… y llevan ahí desde Navidad.

En cuanto las veo, me impactan. Son ruido visual y, por un instante, me pregunto por qué aún no las han quitado o, al menos, por qué no las han desconectado.
Soy un poco quisquillosa, lo admito.

El otro día, delante del edificio, escuché una conversación entre dos vecinas. La mayor le decía a la otra que no había quitado las luces de Navidad porque a su nieto le encantaban; cuando se quedaba a dormir, el niño las encendía y pasaban un rato jugando con ellas.

Han tardado en volver a encenderse.

Esta vez, al verlas hacer zigzag de un lado a otro de la terraza, me he alegrado. Y, también, me han parecido bonitas…

Tú.

LLegan los corazones de Ovila Lanö: ovillos de lana convertidos en símbolos.

Hay familias de corazones, distintos en tamaño y color, que hablan de amor y de diversidad sin etiquetas: todos laten en el mismo lenguaje.

Y uno lo resume todo: el corazón rojo que se abraza a sí mismo. Porque antes de cualquier “nosotros”, está el amor más importante.

Enamórate de ti.

Gelasio I, un pionero.

Los que odian los “días de lo-que-sea” con “regalo obligatorio”, y en especial San Valentín, no se imaginan lo que nos habría caído encima si el papa Gelasio I no hubiese tomado cartas en el asunto. En el año 498 instauró oficialmente el culto a San Valentín (lo incorporó al calendario cristiano) para desplazar a las Lupercales, una fiesta pagana muy popular.

El problema es que, con el tiempo, la figura de San Valentín quedó envuelta en leyenda: en 1969 la Iglesia retiró su celebración del calendario litúrgico por falta de pruebas sólidas sobre su existencia. Aun así, la marca ya estaba lanzada.

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Luego llegó la competencia, el dios romano Cupido: icono universal del amor . ¡Pobre  Cupido ! Se representa como un niño, que lleva los ojos vendados ( ciego, como el amor) y un arco y flechas con las que enamora a los seres humanos.

Objetivamente , eso es un delito. Un niño, con un arma peligrosa sin supervisión de adultos y, además, añadiendo riesgo al asunto al vendarse los ojos. ¿Quién fue el que creó la iconografía?. Sé que ocurrió en la época Alejandrina pero no he encontrado el nombre del autor… Y me sabe mal por no poder reconocérselo publicamente. 

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Dices “Cupido” y en nuestra mente, aparece el angelito gordete. Esa persona anónimo, creó un símbolo universal y atemporal.

En 1840 apareció el toque yanqui: Esther A. Howland popularizó las postales del Valentine’s Day y el asunto se volvió masivo e imparable.

Esta foto es una postal original de Esther Howland de hace 185 años.

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Gelasio I probablemente no imaginó el negocio que iba a generar la jugada .Todo lo que se pueda adquirir a cambio de dinero, se puede San Valentinizar. Y las ventas, en ese día, crecen de forma espectacular : incrementos del 60% en floristería y en ventas on line, pastelería, bombones, joyas, viajes….

Un pionero del marketing, vamos.

Este es Gelasio I. Si eres de los que odian el Día de San Valentín, este señor es el culpable. Si eres de los que le encuentran su gracia , te presento al padre de la criatura.

Merci pour les fleurs.

Compré este jarrón hace meses. Blanco, simple, y con una frase en francés impecable: “merci pour les fleurs”. Pero no había flores, así que el jarrón se fue directo al armario hasta la ocasión y, siendo honestos, me olvidé de él.

Hasta ayer.

Ayer llegaron flores. Y me acordé del jarrón como si me llamara por su nombre. Lo saqué, puse las flores y lo planté en la mesa . Por fin, todo encajó: el objeto y el momento feliz.

El ramo era tan espléndido que salieron tres arreglos florales. Como solo tenía un jarrón – “el jarrón”- las he puesto en una cubitera cubierta por una cesta de mimbre y una jarra de agua.

Merci pour les fleurs .

Casi Navidad.

Ya estamos en la casi Navidad: la de las luces en las calles, en las terrazas, en las casas, en las tiendas. Motivos navideños aquí y allá, ramas de abeto en los escaparates, mercadillos, árboles encendidos en las plazas de ciudades y pueblos. Todo parece dispuesto para que empiece algo, aunque todavía no haya empezado del todo.

Mientras la estética te envuelve, la publicidad insiste: familia , amor , nieve que cae a cámara lenta, chocolate humeante. Felicidad absoluta.

Hay quien lo disfruta, tanto la casi Navidad como la Navidad entera.
Y hay quien solo espera que pase rápido, que se evapore sin hacer demasiado ruido.

En este tiempo de reunión, las ausencias se hacen presentes, se agrandan, se despiertan. En estas fechas se echa de menos más. Un poco más fuerte, un poco más hondo.

Y, sin embargo, no hay que olvidar que el paso del tiempo es inexorable.

Inexorable es una palabra curiosa: suena a puerta que se cierra sin vuelta atrás. Nombra aquello que no se detiene ni se puede desviar. Como el paso del tiempo: sigue, aunque uno quiera quedarse un momento más en lo bueno, o saltarse lo que duele.

Visto así, con esta precisión temporal casi quirúrgica, quizá haya que recordar a los navideños que lo vivan con intensidad; y a los no navideños, que respiren hondo, que tengan paciencia y que se queden, al menos, con lo hermoso que tienen las luces cuando cae la noche.

Lo inexorable tiene una certeza: la Navidad pasará.
Y, como decía mi abuela: “Y que yo lo vea”.