Mi madre tiene un patio lleno de macetas. Las mima mucho y las tiene muy bonitas. Cada mañana, muy temprano, las riega y les quita las hojas marchitas. También riega los excrementos de las palomas, que han escogido su patio para tal menester. No le gustan y no le gusta la firma que dejan cada día en la terracota.
La vecina de al lado, que sabe cosas, ha colocado unos búhos de plástico que oscilan la cabeza con el viento y que espantan a los pájaros porque los identifican como depredadores y no se acercan.
Hay opiniones de todos los colores respecto a la eficacia de este método pero, de momento, y para no ser menos que la vecina, ya le hemos colocado cuatro búhos por el patio.
El secreto —nos dice mi madre, que a ella se lo ha dicho la vecina— es cambiarlos de sitio cada dos o tres días, para que las palomas no detecten que aquello es un trozo de plástico inmóvil e inofensivo.
Llevan en el patio ya una semana. Cuando riega, los va moviendo y, de momento, parece funcionar.
Y es cierto que las palomas no se acercan. Las veo en el cable eléctrico y tengo la sensación de que va a durar poco la alegría.
Me las imagino diciéndose unas a otras: «Mira, otro humano que ha comprado el pack de dos búhos espantapalomas con cabeza oscilante y colores imposibles para un búho, modelo 327D. Vamos a reírnos unos días, mientras los van moviendo de un lado para otro…»
Me gusta oír el trino de los pájaros y más ahora, en primavera, que tengo un concierto multicultural: tórtolas, herrerillos, golondrinas, mirlos, serines, verdecillos, carboneros y gaviotas… Los identifico con una app especializada que descubrí el año pasado, cuando quise identificar al pájaro que daba la nota, al amanecer, al lado de mi dormitorio. Hasta ahora, parece que la app ha sabido decirme cuáles son las aves que rondan por el territorio, menos una. Hay un pájaro que se dedica a lanzar silbidos ascendentes, de una sola nota y sin repetición continua. Parece casi humano. Busco información y aparece como candidato estrella el mirlo común. Esta ave domina el arte del silbido elegante y, a veces, lanza su canto en solitario para que no haya dudas de quién manda en el vecindario, pero la cosa es que no lo pillo.
Lo oigo y, si tengo el móvil cerca, activo la app. Ya no silba. Cierro la app, silba. Esté más o menos rato con el grabador activado, solo silba cuando no lo estoy grabando. Parece como si lo supiera…
Solo tengo una opción: camuflarme. Buscar un atuendo que me funda con el entorno y esperar pacientemente a que silbe y me pille con la grabadora activada.
En casa se ríen de mí…
Nota: mientras escribo este post, ha silbado dos veces… Lo sabe.
Recibo alertas de premios y concursos literarios porque, de vez en cuando, alguno actúa como catalizador y me empuja a escribir algo nuevo.
Tengo mis cosas. Priorizo los que permiten envío digital. Me da bastante pereza todo ese ritual de imprimir, encuadernar, meter en un sobre, ir a Correos y certificar. También necesito que el tema me seduzca. Si es libre, mejor. El premio, en cambio, me da igual. Lo que de verdad me atrae es escribir y saber que alguien al otro lado —un jurado, unos lectores— va a dedicarle atención a ese texto.
Prefiero, además, que sea un cuento. Breve. Las novelas, incluso las cortas, exigen un tiempo y una organización que no siempre encajan con esa pulsión instantánea que siento cuando leo unas bases y algo hace click. Un relato, en cambio, puede aparecer de golpe: rápido, entero y, con suerte, sin demasiado sufrimiento.
Hace poco descubrí la nueva convocatoria de Verano de Cuento, organizada por Teatrofia. El plazo de envío termina el 30 de abril, y confieso que me han entrado ganas de presentarme solo por el tono de sus bases. Están escritas con una mezcla de humor, cercanía y falta absoluta de solemnidad que me resulta casi irresistible.
No es habitual encontrar unas bases que parezcan redactadas por personas reales que saben perfectamente lo que pasa cada año: textos que llegan mal, correos pidiendo confirmación, autores que no leen las instrucciones y participantes que se saltan, con entusiasmo, lo que parecía clarísimo.
La propuesta es sencilla y tentadora: tema libre, un solo relato por persona, en castellano, con una extensión máxima de dos folios y envío por correo electrónico. Nada de plicas, nada de ceremonias innecesarias. Solo tu texto, tu nombre o seudónimo.
Entre mis partes favoritas de las bases está esa advertencia de que no hace falta llegar a los dos folios, que un relato puede ser incluso un párrafo, siempre que funcione. O esa otra en la que piden que no copies el texto en el cuerpo del correo “por dior”. Y, por supuesto, el tercer premio: un abracito. Solo por eso, ya merecen ser leídas.
No sé todavía qué voy a escribir. No sé si saldrá algo decente. No sé siquiera si lograré terminarlo a tiempo. Pero quiero intentarlo. Y he pensado que quizá a alguno de vosotros también le pase lo mismo al leerlas: que le entren ganas. No de competir, necesariamente. No de ganar. Solo de sentarse y escribir un cuento, si se deja.
El título de una obra no es un detalle menor: es la primera puerta de entrada, el lugar desde el que el lector empieza a mirar. Puede seducir, desconcertar, emocionar o quedarse grabado antes incluso de abrir el libro.
El Bookseller/Diagram Prize for Oddest Title of the Year, organizado por The Bookseller desde 1978, lleva esa idea al extremo: premia cada año el título de libro más extraño o insólito y juzga solo el título, no el contenido. Desde 2000, el ganador se decide por votación pública.
Lo curioso es que muchos de estos títulos no intentaban ser graciosos. Proceden de libros científicos, técnicos o académicos en los que el título describe exactamente el tema, pero fuera de contexto suena completamente surrealista. Por ejemplo, el ganador del año pasado es un ensayo serio sobre cultura y arte.
Ganadores de los últimos tres años
2025 The Pornographic Delicatessen: Midcentury Montréal’s Erotic Art, Media, and Spaces La delicatessen pornográfica: arte, medios y espacios eróticos del Montreal de mediados de siglo
2024
The Philosopher Fish: Sturgeon, Caviar, and the Geography of Desire El pez filósofo: esturión, caviar y la geografía del deseo
2023 Danger Sound Klaxon! The Horn That Changed History ¡Alerta sonora, klaxon! La bocina que cambió la historia
Mención honorífica
El libro How to Poo on a Date: The Lovers’ Guide to Toilet Etiquette, de Mats Jonasson, ganó el Diagram Prize en 2014. Forma parte de una pequeña serie humorística sobre “etiqueta de baño”. En este caso, no se trata de un ensayo científico, sino de un manual cómico e ilustrado sobre cómo sobrevivir a una situación incómoda cuando estás con alguien que te gusta.
Los que odian los “días de lo-que-sea” con “regalo obligatorio”, y en especial San Valentín, no se imaginan lo que nos habría caído encima si el papa Gelasio I no hubiese tomado cartas en el asunto. En el año 498 instauró oficialmente el culto a San Valentín (lo incorporó al calendario cristiano) para desplazar a las Lupercales, una fiesta pagana muy popular.
El problema es que, con el tiempo, la figura de San Valentín quedó envuelta en leyenda: en 1969 la Iglesia retiró su celebración del calendario litúrgico por falta de pruebas sólidas sobre su existencia. Aun así, la marca ya estaba lanzada.
Luego llegó la competencia, el dios romano Cupido: icono universal del amor . ¡Pobre Cupido ! Se representa como un niño, que lleva los ojos vendados ( ciego, como el amor) y un arco y flechas con las que enamora a los seres humanos.
Objetivamente , eso es un delito. Un niño, con un arma peligrosa sin supervisión de adultos y, además, añadiendo riesgo al asunto al vendarse los ojos. ¿Quién fue el que creó la iconografía?. Sé que ocurrió en la época Alejandrina pero no he encontrado el nombre del autor… Y me sabe mal por no poder reconocérselo publicamente.
Dices “Cupido” y en nuestra mente, aparece el angelito gordete. Esa persona anónimo, creó un símbolo universal y atemporal.
En 1840 apareció el toque yanqui: Esther A. Howland popularizó las postales del Valentine’s Day y el asunto se volvió masivo e imparable.
Esta foto es una postal original de Esther Howland de hace 185 años.
Gelasio I probablemente no imaginó el negocio que iba a generar la jugada .Todo lo que se pueda adquirir a cambio de dinero, se puede San Valentinizar. Y las ventas, en ese día, crecen de forma espectacular : incrementos del 60% en floristería y en ventas on line, pastelería, bombones, joyas, viajes….
Un pionero del marketing, vamos.
Este es Gelasio I. Si eres de los que odian el Día de San Valentín, este señor es el culpable. Si eres de los que le encuentran su gracia , te presento al padre de la criatura.
Matilda sale poco de casa. Hasta hace poco, aprovechaba la bendita prejubilación para salir a comprar y, de paso, pasear tranquila. Tenía una libretita en la cocina y un bolígrafo de cuatro colores en el que iba apuntando lo que le faltaba.
Si eran cosas de volumen o peso, las pedía online. Pero los frescos y las pequeñas cosas le gustaba ir a comprarlas ella. Se le rompía una cremallera o quería unas medias que no le interrumpieran la circulación por debajo de la rodilla: lo apuntaba para pasar por la mercería. Un tope para la puerta o un cuelgafácil para colgar unas fotos que había enmarcado: pasaba por la ferretería.
Esos eran los temas “puntuales”. Pero había también unos “fijos”: diarios, semanales e incluso mensuales. El pan, la prensa, un ramo de flores…
A Matilda la conocían en todos aquellos comercios y siempre intercambiaba unas palabras con el panadero, la frutera, la joven del quiosco y la florista. Cuando volvía a casa, además, se había dado un agradable paseo.
Ahora Matilda ya no frecuenta mucho la ferretería ni la mercería. Se ha acostumbrado a pedir la pieza de la cremallera, el tope de la puerta, el pan, la comida e incluso las flores por Repartón. Está hipnotizada por su inmediatez: quiere una cosa y la tiene ese mismo día o, a más tardar, al siguiente. También por su eficiencia: tiene cosas a su disposición que le cuesta encontrar en el barrio, como aquellos rotuladores metálicos permanentes para decorar un jarrón. Y si se equivoca, se lo recogen y se lo devuelven rápido.
Su vida transcurre pendiente del timbre de la puerta, a la espera del paquete de ese día, consultando el mapa del repartidor para ver a cuántas paradas está de su casa. Tiene el mundo en sus manos, a un solo clic de distancia.
La familia y los amigos están preocupados por ella. Sospechan que puede padecer un SR agudo, pero no saben cómo abordar el tema. Han mirado en el catálogo de Repartón si hay algún libro con técnicas terapéuticas para poder ayudarla.
Mientras tanto, la floristería ha puesto el cartel de “Se traspasa” y el panadero se ha jubilado. Ahora el espacio lo ocupa una tienda de fundas de móviles que, por cierto, se pueden encontrar más baratas en la plataforma.
Síndrome Repartón (SR)
Definición (no reconocida por la OMS, pero por tu timbre sí): trastorno leve por el cual una persona deja de “ir a por cosas” y pasa a “recibir cosas” en casa. Esta situación desemboca en una parálisis preventiva de las actividades que puedan impedir oír el timbre de la puerta y en la pérdida de las visitas al comercio local, con la consiguiente desaparición de la interacción social trivial (el “¿qué tal?”, el “lo de siempre” y el “hoy hace fresco… o parece que va a llover”)
Y Matilda, sin darse cuenta, cambió el paseo por la espera.
Mi cuñada cree que estoy mal. Se le nota cuando entra con sus tacones —que arañan mi tarima— y su sonrisa de “hoy vengo a desordenarte”.
En mi casa las cosas van donde deben. Las revistas de decoración no se tiran en la mesa: se colocan. Alineadas, apiladas por tamaño, portada centrada. Mi cuñada se sienta, suspira y las manosea como si fueran folletos gratis: abre una, dobla otra, deja una boca abajo… encima del platito inca. Luego aparta los cojines “porque molestan”. Yo respiro, cuento hasta diez y sonrío…
Pero, hoy, por primera vez, he dudado de mí. Es urgente que os lo explique.
Abrí el cajón de la cubertería para coger la cuchara perfecta del cappuccino y vi un tenedor en el compartimento de los cuchillos. Pensé en mi cuñada, que había estado trasteando los cajones en busca de un abridor. Seguro que lo había movido para molestarme.Lo agarré para corregirlo y noté un tirón leve, una resistencia absurda del metal. Lo dejé con los tenedores. Cerré.
Sollozos.
Abrí: silencio. Y el tenedor había avanzado hacia las cucharas. Lo devolví a su lugar. .
Cerré el cajón.
Llanto. Abrí. Silencio.
Ahora estaba atravesado, perpendicular y ocupando más espacio. Tuve la sensación que el tenedor se movía a su antojo. De locos.
Salí de casa para no pensar. Volví del mercado, necesité un cuchillo para cortar la malla de las naranjas y abrí el cajón.
El tenedor estaba con los cuchillos.
Ahí lo supe: no era un error. Se trasladaba de compartimento y me estaba desafiando.
Lo tiré a la basura. Bajé la bolsa y la arrojé al contenedor, satisfecha, como quien restablece el orden mundial. Al subir, los sollozos se habían convertido en alaridos. Abrí el cajón y lo entendí demasiado tarde:
El que lloraba no era el tenedor.
Era el cuchillo.
Escribo con el metal clavado en el pecho, gimoteando histéricamente. Ha sido un crimen pasional: el cuchillo y el tenedor se amaban. No soportaron la separación. El exilio del tenedor despertó al monstruo del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado aquí, clavado en el centro de mi corazón , llorando por su amor perdido.
Me queda poco.
Mi última voluntad es simple:
Que este cuchillo sea entregado, como herencia, a mi cuñada.
En los últimos Halloween, y de forma inesperada, llamaron niños a mi puerta pidiendo “truco o trato”. Lo digo porque, aunque veíamos muchas calabazas y murciélagos en las calles, no era habitual que los niños recorrieran el vecindario en busca de golosinas.
Al principio eran pocos y yo no estaba preparada ni acostumbrada. Aquí celebramos la noche de la castanyada y los dulces típicos son los panellets, así que, al oír el timbre y responder “trato” sin saber si era lo que tocaba, acabé reuniendo caramelos de regaliz, magdalenas o bombones que tenía en casa. La cara de aquellas brujas y esqueletos infantiles mostraba decepción: “¿Dónde vas con un caramelo de regaliz?”.
Hace unas semanas, de compras, vi una bolsa enorme de caramelos y piruletas. Y, no sé cómo, me acordé de Halloween y de que iba a estar en casa. La compré y la coloqué en una cesta de mimbre, en el recibidor.
Fui atendiendo el timbre: grupos de cuatro, de dos, con sus padres, todos disfrazados. Les decía “¡trato!” y salía con la cesta repleta. Se les encendía la cara al llenar sus bolsas con aquel surtido dulce y colorido. Seguí recibiendo tandas de pequeños grupos hasta que se corrió la voz de que en el barrio había una casa donde sí abrían y daban caramelos.
Efecto llamada.
Antes de que llegaran a la puerta, los oí: alborozo, gritos, excitación. Muchos niños. Se arremolinaron a mi alrededor para coger caramelos de la cesta, en esa euforia que solo tienen los niños. Me quedaron unas pocas piruletas y el contagio de su alegría.