Ponle “brunch” al Bar Manolo.

Brunch es la fusión de «breakfast» y «lunch»: ni desayuno ni comida, un poco de los dos, a media mañana y con aire de domingo relajado.

De paseo por la ciudad, voy buscando un lugar donde desayunar. Me llaman la atención las colas de espera (soportando el calor) para entrar en locales de aspecto moderno con el rótulo de «brunch». Alrededor hay cafeterías y bares con sitio de sobra, pero las personas en fila esperando su turno siguen aumentando. La carta del brunch tiene los bocadillos y tostadas de toda la vida: huevos, tortillas y tortas. Pero, además, abunda el aguacate y una gran selección de infusiones y batidos exóticos.

El Bar Manolo es bonito. Está muy bien cuidado y hace unos bocadillos calientes excelentes. Puedes pedir el «esmorzar de forquilla», y si quieres huevos con bacon, también te los hacen. Al Bar Manolo solo le faltan cuatro plantas, lámparas de yute y un cartelito exterior, bien mono, que ponga «brunch».

Con esto y los aguacates, ya casi lo tenemos.

JOMO

Leo que hay una idea —no me atrevo a llamarla «movimiento» ni «filosofía»— con el nombre de JOMO: Joy of Missing Out.

Literalmente, es la alegría de perderse algo. Encontrar satisfacción y tranquilidad en quedarte al margen, desconectar o, simplemente, decir «no» a algo sin sentir culpa.

Son etiquetas para comportamientos conocidos que vienen muy dadas por la edad y la experiencia. JOMO es, simplemente, hacer lo que te apetece. Decir «no» a ciertos compromisos sociales que son eso, compromisos.

Una etiqueta moderna para lo que viene a ser hacer lo que te dé la gana de toda la vida, pero con alegría.

Al pepino, le importa.

El pepino se reivindica. Está harto de las bromitas sobre su morfología. Harto de que digan que repite. Harto de esas personas extrañas que se lo colocan sobre los ojos para disminuir bolsas y arrugas (¿arrugas, él?) y, encima, a rodajitas.

Está harto de todos esos seres humanos que dicen «me importa un pepino», como si un pepino no fuera nada. Es un pepino.

Por eso, muestra su zarcillo: una espiral perfecta y equilibrada. Armoniosa. Preciosa.

Y lo oigo, reivindicándose, porque a él sí le importa.

Mariquita minimalista .

Descubro un insecto que me llama la atención. Es muy estético y da para la foto. La brisa no me deja tranquila y no hay manera de encuadrar a esa… ¿mariquita minimalista?

Las mariquitas, a pesar de ser un tipo de escarabajos (sí, lo siento), son un insecto simpático. Esta, sin embargo, no muestra los llamativos colores de las otras mariquitas que he visto en mi vida…

Tras una investigación exhaustiva (que es preguntárselo a una IA), descubro que se trata de una Nezara viridula. Está en su estadio de ninfa, antes de pasar a ser un insecto adulto. Entonces, será verde tipo Hulk.

Mi mariquita minimalista es en realidad un tipo de chinche. Más concretamente, «chinche hedionda».

Esta variedad no supone un riesgo para el ser humano. No pica, ni muerde, no transmite enfermedades y no es tóxica.

Eso sí, si se la molesta, emite un líquido maloliente.

Su apellido es «hedionda»; el nombre ya daba pistas…

Envíame un link.

No hay mala fe. Solo una genuina emoción de compartir algo que te ha gustado mucho, te ha emocionado, te ha hecho reflexionar o te ha hecho reír. Quieres que el otro sienta esa fascinación y, sin preguntarle, le tiendes el teléfono con la pantalla a punto del play, con ese vídeo tan divertido, o ese consejo increíble para —lo que sea—, o un fragmento de un monólogo acertadísimo…

El otro acepta tu teléfono o lo mira mientras se lo sujetas. Si el clip excede los dos minutos, se hace largo. Si son cuatro o cinco minutos, se hace eterno. Y mientras lo ves, sientes la presión en el cogote. La mirada del que lo ha descubierto, fija en tu cara, esperando el momento exacto en que tu expresión cambie. Buscando la risa, el gesto de sorpresa, el asentimiento cómplice. Esa reacción que en su cabeza ya tiene ensayada porque fue exactamente la suya. Si no llega, hay una ligera decepción que tampoco dice nada pero se nota.

Es como cuando alguien prueba un plato que le emociona y te amenaza, tenedor en ristre, con un «pruébalo, está exquisito», aunque tú le hayas dicho ya cinco veces que no. Al final, lo pruebas.

Deberían establecerse unas normas mínimas de cortesía digital: si vamos a compartir en directo algo de un minuto o menos, vale. Si llega a los dos minutos o los excede, enviemos un link y que el otro lo vea cuando le apetezca.

Y no, no quiero probar ese pastel de limón porque no me gusta nada el limón, pero gracias por pensar en mí…

La mosca.

No es una mosca cualquiera, es «la mosca». Ha entrado en casa en algún momento, cuando he abierto las ventanas para ventilar o la puerta para recoger el paquete de Amazon.

La mosca siempre está aquí y no tiene compañía. Bueno, sí que tiene: la mía. Le he dado opciones de huida, arriesgándome a que entren más, pero ni hay más ni ella se va. No se inmuta.

He recordado lo que aprendí de la entomóloga Marta Saloña, pero la pesadez insistente está ganando la batalla a la ética biológica. Todo en la cocina está bajo trapos o papel de cocina. No me gusta verla posada en las manzanas, ni en la mesa, ni en el fregadero. Los insecticidas son inocuos — no parece molestarle ni lo más mínimo el chorro de aerosol con el que la rocío, hora sí, hora no, con furia desesperada. Me falta ponerme pintura de guerra en la cara y una mascarilla para no respirar más veneno con aroma floral.

Revisitando el artículo de la entomóloga, estoy pensando en pedirle una tregua. Ponerle un nombre y dialogar con ella. Pedirle amablemente que se vaya.

No muy lejos hay una zona de contenedores de basura y, aunque son herméticos y modernos, aún hay quien deja restos orgánicos en el exterior, porque da pereza andar unos metros más hacia otra zona de contenedores y dejar el barrio libre de aromas pestilentes. Como no está delante de su casa, da igual.

Ahí la mosca tiene material. Y si no le convence, puede seguir a ese vecino encantador que le deja alimento a la cocina de su casa. Seguro que será bienvenida…

Concierto de verano.

La experiencia musical puede ser de diez, pero la experiencia visual se puede quedar en cero.

Nada puede asegurarte que vas a tener «un buen sitio» en el teatro o en el auditorio. Es posible que conozcas el local, que sepas que es mejor el palco o la fila 10 y que apliques toda tu pericia para encontrar la plaza más idónea de las disponibles. Te crees que lo has hecho bien y sientes una extraña satisfacción interna cuando te sientas en tu butaca, dispuesto a disfrutar del espectáculo, pero falta que llegue el público restante y… a ver qué te toca delante…

Si se sienta uno de estos chicos altos y espigados, o uno tipo armario, o de estos señores que se mantienen erguidos, en posición de firmes, o la señora con el pelo cardado de peluquería a volumetría máxima, o la que se ha hecho un moño alto. Si el que tienes delante es uno de «ellos», no te queda otra que la contorsión mientras dura todo el show. Y si a los de las filas de delante les pasa lo mismo, entonces ya no puedes evitar el estar «buscando el ángulo» sin cesar. Es como un bucle, porque por detrás de tu fila también pasará lo mismo…

Y luego están los móviles. Esa pasión colectiva por grabarlo todo, el concierto entero, para verlo después en una pantalla mucho más pequeña que la que tienes delante ahora mismo. Prohibido o no, da igual: cientos de brazos se alzan a la vez, como una ola, y entre tú y el escenario se levanta una muralla de pantallitas.

Así que las contorsiones, elongación de cuello y saltitos están asegurados en ese concierto de verano.

Solo queda bailar y rezar para que, en el próximo, te toque alguien bajito o de melena lisa.

Pero bailar, se baila…

Consumir antes del otoño.

El verano empezó ayer a las 10:24. Eso dice la astronomía. La meteorología, en cambio, constata que lleva ya un par de semanas instalado.

Llegó sin avisar, sin alfombra roja, pero se hizo notar enseguida, vestido con calor intenso de alta calidad.

Tenemos 93 días y 16 horas para consumirlo, porque el verano tiene fecha de caducidad.

Acaba el miércoles 23 de septiembre a las 02:05, cuando empieza el otoño, siempre que el verano le deje entrar.

Una vez abierto, se recomienda conservarlo en un lugar fresco y paladearlo con intensidad.

Modelo 327D

Mi madre tiene un patio lleno de macetas. Las mima mucho y las tiene muy bonitas. Cada mañana, muy temprano, las riega y les quita las hojas marchitas. También riega los excrementos de las palomas, que han escogido su patio para tal menester. No le gustan y no le gusta la firma que dejan cada día en la terracota.

La vecina de al lado, que sabe cosas, ha colocado unos búhos de plástico que oscilan la cabeza con el viento y que espantan a los pájaros porque los identifican como depredadores y no se acercan.

Hay opiniones de todos los colores respecto a la eficacia de este método pero, de momento, y para no ser menos que la vecina, ya le hemos colocado cuatro búhos por el patio.

El secreto —nos dice mi madre, que a ella se lo ha dicho la vecina— es cambiarlos de sitio cada dos o tres días, para que las palomas no detecten que aquello es un trozo de plástico inmóvil e inofensivo.

Llevan en el patio ya una semana. Cuando riega, los va moviendo y, de momento, parece funcionar.

Y es cierto que las palomas no se acercan. Las veo en el cable eléctrico y tengo la sensación de que va a durar poco la alegría.

Me las imagino diciéndose unas a otras: «Mira, otro humano que ha comprado el pack de dos búhos espantapalomas con cabeza oscilante y colores imposibles para un búho, modelo 327D. Vamos a reírnos unos días, mientras los van moviendo de un lado para otro…»

Lo sabe.

Me gusta oír el trino de los pájaros y más ahora, en primavera, que tengo un concierto multicultural: tórtolas, herrerillos, golondrinas, mirlos, serines, verdecillos, carboneros y gaviotas… Los identifico con una app especializada que descubrí el año pasado, cuando quise identificar al pájaro que daba la nota, al amanecer, al lado de mi dormitorio. Hasta ahora, parece que la app ha sabido decirme cuáles son las aves que rondan por el territorio, menos una. Hay un pájaro que se dedica a lanzar silbidos ascendentes, de una sola nota y sin repetición continua. Parece casi humano. Busco información y aparece como candidato estrella el mirlo común. Esta ave domina el arte del silbido elegante y, a veces, lanza su canto en solitario para que no haya dudas de quién manda en el vecindario, pero la cosa es que no lo pillo.

Lo oigo y, si tengo el móvil cerca, activo la app. Ya no silba. Cierro la app, silba. Esté más o menos rato con el grabador activado, solo silba cuando no lo estoy grabando. Parece como si lo supiera…

Solo tengo una opción: camuflarme. Buscar un atuendo que me funda con el entorno y esperar pacientemente a que silbe y me pille con la grabadora activada.

En casa se ríen de mí…

Nota: mientras escribo este post, ha silbado dos veces… Lo sabe.