Al pepino, le importa.

El pepino se reivindica. Está harto de las bromitas sobre su morfología. Harto de que digan que repite. Harto de esas personas extrañas que se lo colocan sobre los ojos para disminuir bolsas y arrugas (¿arrugas, él?) y, encima, a rodajitas.

Está harto de todos esos seres humanos que dicen «me importa un pepino», como si un pepino no fuera nada. Es un pepino.

Por eso, muestra su zarcillo: una espiral perfecta y equilibrada. Armoniosa. Preciosa.

Y lo oigo, reivindicándose, porque a él sí le importa.

Mariquita minimalista .

Descubro un insecto que me llama la atención. Es muy estético y da para la foto. La brisa no me deja tranquila y no hay manera de encuadrar a esa… ¿mariquita minimalista?

Las mariquitas, a pesar de ser un tipo de escarabajos (sí, lo siento), son un insecto simpático. Esta, sin embargo, no muestra los llamativos colores de las otras mariquitas que he visto en mi vida…

Tras una investigación exhaustiva (que es preguntárselo a una IA), descubro que se trata de una Nezara viridula. Está en su estadio de ninfa, antes de pasar a ser un insecto adulto. Entonces, será verde tipo Hulk.

Mi mariquita minimalista es en realidad un tipo de chinche. Más concretamente, «chinche hedionda».

Esta variedad no supone un riesgo para el ser humano. No pica, ni muerde, no transmite enfermedades y no es tóxica.

Eso sí, si se la molesta, emite un líquido maloliente.

Su apellido es «hedionda»; el nombre ya daba pistas…

Envíame un link.

No hay mala fe. Solo una genuina emoción de compartir algo que te ha gustado mucho, te ha emocionado, te ha hecho reflexionar o te ha hecho reír. Quieres que el otro sienta esa fascinación y, sin preguntarle, le tiendes el teléfono con la pantalla a punto del play, con ese vídeo tan divertido, o ese consejo increíble para —lo que sea—, o un fragmento de un monólogo acertadísimo…

El otro acepta tu teléfono o lo mira mientras se lo sujetas. Si el clip excede los dos minutos, se hace largo. Si son cuatro o cinco minutos, se hace eterno. Y mientras lo ves, sientes la presión en el cogote. La mirada del que lo ha descubierto, fija en tu cara, esperando el momento exacto en que tu expresión cambie. Buscando la risa, el gesto de sorpresa, el asentimiento cómplice. Esa reacción que en su cabeza ya tiene ensayada porque fue exactamente la suya. Si no llega, hay una ligera decepción que tampoco dice nada pero se nota.

Es como cuando alguien prueba un plato que le emociona y te amenaza, tenedor en ristre, con un «pruébalo, está exquisito», aunque tú le hayas dicho ya cinco veces que no. Al final, lo pruebas.

Deberían establecerse unas normas mínimas de cortesía digital: si vamos a compartir en directo algo de un minuto o menos, vale. Si llega a los dos minutos o los excede, enviemos un link y que el otro lo vea cuando le apetezca.

Y no, no quiero probar ese pastel de limón porque no me gusta nada el limón, pero gracias por pensar en mí…

La mosca.

No es una mosca cualquiera, es «la mosca». Ha entrado en casa en algún momento, cuando he abierto las ventanas para ventilar o la puerta para recoger el paquete de Amazon.

La mosca siempre está aquí y no tiene compañía. Bueno, sí que tiene: la mía. Le he dado opciones de huida, arriesgándome a que entren más, pero ni hay más ni ella se va. No se inmuta.

He recordado lo que aprendí de la entomóloga Marta Saloña, pero la pesadez insistente está ganando la batalla a la ética biológica. Todo en la cocina está bajo trapos o papel de cocina. No me gusta verla posada en las manzanas, ni en la mesa, ni en el fregadero. Los insecticidas son inocuos — no parece molestarle ni lo más mínimo el chorro de aerosol con el que la rocío, hora sí, hora no, con furia desesperada. Me falta ponerme pintura de guerra en la cara y una mascarilla para no respirar más veneno con aroma floral.

Revisitando el artículo de la entomóloga, estoy pensando en pedirle una tregua. Ponerle un nombre y dialogar con ella. Pedirle amablemente que se vaya.

No muy lejos hay una zona de contenedores de basura y, aunque son herméticos y modernos, aún hay quien deja restos orgánicos en el exterior, porque da pereza andar unos metros más hacia otra zona de contenedores y dejar el barrio libre de aromas pestilentes. Como no está delante de su casa, da igual.

Ahí la mosca tiene material. Y si no le convence, puede seguir a ese vecino encantador que le deja alimento a la cocina de su casa. Seguro que será bienvenida…

Concierto de verano.

La experiencia musical puede ser de diez, pero la experiencia visual se puede quedar en cero.

Nada puede asegurarte que vas a tener «un buen sitio» en el teatro o en el auditorio. Es posible que conozcas el local, que sepas que es mejor el palco o la fila 10 y que apliques toda tu pericia para encontrar la plaza más idónea de las disponibles. Te crees que lo has hecho bien y sientes una extraña satisfacción interna cuando te sientas en tu butaca, dispuesto a disfrutar del espectáculo, pero falta que llegue el público restante y… a ver qué te toca delante…

Si se sienta uno de estos chicos altos y espigados, o uno tipo armario, o de estos señores que se mantienen erguidos, en posición de firmes, o la señora con el pelo cardado de peluquería a volumetría máxima, o la que se ha hecho un moño alto. Si el que tienes delante es uno de «ellos», no te queda otra que la contorsión mientras dura todo el show. Y si a los de las filas de delante les pasa lo mismo, entonces ya no puedes evitar el estar «buscando el ángulo» sin cesar. Es como un bucle, porque por detrás de tu fila también pasará lo mismo…

Y luego están los móviles. Esa pasión colectiva por grabarlo todo, el concierto entero, para verlo después en una pantalla mucho más pequeña que la que tienes delante ahora mismo. Prohibido o no, da igual: cientos de brazos se alzan a la vez, como una ola, y entre tú y el escenario se levanta una muralla de pantallitas.

Así que las contorsiones, elongación de cuello y saltitos están asegurados en ese concierto de verano.

Solo queda bailar y rezar para que, en el próximo, te toque alguien bajito o de melena lisa.

Pero bailar, se baila…

Consumir antes del otoño.

El verano empezó ayer a las 10:24. Eso dice la astronomía. La meteorología, en cambio, constata que lleva ya un par de semanas instalado.

Llegó sin avisar, sin alfombra roja, pero se hizo notar enseguida, vestido con calor intenso de alta calidad.

Tenemos 93 días y 16 horas para consumirlo, porque el verano tiene fecha de caducidad.

Acaba el miércoles 23 de septiembre a las 02:05, cuando empieza el otoño, siempre que el verano le deje entrar.

Una vez abierto, se recomienda conservarlo en un lugar fresco y paladearlo con intensidad.

Modelo 327D

Mi madre tiene un patio lleno de macetas. Las mima mucho y las tiene muy bonitas. Cada mañana, muy temprano, las riega y les quita las hojas marchitas. También riega los excrementos de las palomas, que han escogido su patio para tal menester. No le gustan y no le gusta la firma que dejan cada día en la terracota.

La vecina de al lado, que sabe cosas, ha colocado unos búhos de plástico que oscilan la cabeza con el viento y que espantan a los pájaros porque los identifican como depredadores y no se acercan.

Hay opiniones de todos los colores respecto a la eficacia de este método pero, de momento, y para no ser menos que la vecina, ya le hemos colocado cuatro búhos por el patio.

El secreto —nos dice mi madre, que a ella se lo ha dicho la vecina— es cambiarlos de sitio cada dos o tres días, para que las palomas no detecten que aquello es un trozo de plástico inmóvil e inofensivo.

Llevan en el patio ya una semana. Cuando riega, los va moviendo y, de momento, parece funcionar.

Y es cierto que las palomas no se acercan. Las veo en el cable eléctrico y tengo la sensación de que va a durar poco la alegría.

Me las imagino diciéndose unas a otras: «Mira, otro humano que ha comprado el pack de dos búhos espantapalomas con cabeza oscilante y colores imposibles para un búho, modelo 327D. Vamos a reírnos unos días, mientras los van moviendo de un lado para otro…»

Lo sabe.

Me gusta oír el trino de los pájaros y más ahora, en primavera, que tengo un concierto multicultural: tórtolas, herrerillos, golondrinas, mirlos, serines, verdecillos, carboneros y gaviotas… Los identifico con una app especializada que descubrí el año pasado, cuando quise identificar al pájaro que daba la nota, al amanecer, al lado de mi dormitorio. Hasta ahora, parece que la app ha sabido decirme cuáles son las aves que rondan por el territorio, menos una. Hay un pájaro que se dedica a lanzar silbidos ascendentes, de una sola nota y sin repetición continua. Parece casi humano. Busco información y aparece como candidato estrella el mirlo común. Esta ave domina el arte del silbido elegante y, a veces, lanza su canto en solitario para que no haya dudas de quién manda en el vecindario, pero la cosa es que no lo pillo.

Lo oigo y, si tengo el móvil cerca, activo la app. Ya no silba. Cierro la app, silba. Esté más o menos rato con el grabador activado, solo silba cuando no lo estoy grabando. Parece como si lo supiera…

Solo tengo una opción: camuflarme. Buscar un atuendo que me funda con el entorno y esperar pacientemente a que silbe y me pille con la grabadora activada.

En casa se ríen de mí…

Nota: mientras escribo este post, ha silbado dos veces… Lo sabe.

Leer las bases y querer escribir.

Recibo alertas de premios y concursos literarios porque, de vez en cuando, alguno actúa como catalizador y me empuja a escribir algo nuevo.

Tengo mis cosas. Priorizo los que permiten envío digital. Me da bastante pereza todo ese ritual de imprimir, encuadernar, meter en un sobre, ir a Correos y certificar. También necesito que el tema me seduzca. Si es libre, mejor. El premio, en cambio, me da igual. Lo que de verdad me atrae es escribir y saber que alguien al otro lado —un jurado, unos lectores— va a dedicarle atención a ese texto.

Prefiero, además, que sea un cuento. Breve. Las novelas, incluso las cortas, exigen un tiempo y una organización que no siempre encajan con esa pulsión instantánea que siento cuando leo unas bases y algo hace click. Un relato, en cambio, puede aparecer de golpe: rápido, entero y, con suerte, sin demasiado sufrimiento.

Hace poco descubrí la nueva convocatoria de Verano de Cuento, organizada por Teatrofia. El plazo de envío termina el 30 de abril, y confieso que me han entrado ganas de presentarme solo por el tono de sus bases. Están escritas con una mezcla de humor, cercanía y falta absoluta de solemnidad que me resulta casi irresistible.

No es habitual encontrar unas bases que parezcan redactadas por personas reales que saben perfectamente lo que pasa cada año: textos que llegan mal, correos pidiendo confirmación, autores que no leen las instrucciones y participantes que se saltan, con entusiasmo, lo que parecía clarísimo. 

La propuesta es sencilla y tentadora: tema libre, un solo relato por persona, en castellano, con una extensión máxima de dos folios y envío por correo electrónico. Nada de plicas, nada de ceremonias innecesarias. Solo tu texto, tu nombre o seudónimo.

Entre mis partes favoritas de las bases está esa advertencia de que no hace falta llegar a los dos folios, que un relato puede ser incluso un párrafo, siempre que funcione. O esa otra en la que piden que no copies el texto en el cuerpo del correo “por dior”. Y, por supuesto, el tercer premio: un abracito. Solo por eso, ya merecen ser leídas.

No sé todavía qué voy a escribir. No sé si saldrá algo decente. No sé siquiera si lograré terminarlo a tiempo. Pero quiero intentarlo. Y he pensado que quizá a alguno de vosotros también le pase lo mismo al leerlas: que le entren ganas. No de competir, necesariamente. No de ganar. Solo de sentarse y escribir un cuento, si se deja.

Que, al final, ya es bastante.

Si os pica la curiosidad, aquí están las bases. XXVII Festival de Narración Verano de Cuento, organizado por Teatrofia. Cierre el 30 de abril de 2026.

No juzgues un libro por su título. O sí

El título de una obra no es un detalle menor: es la primera puerta de entrada, el lugar desde el que el lector empieza a mirar. Puede seducir, desconcertar, emocionar o quedarse grabado antes incluso de abrir el libro.

El Bookseller/Diagram Prize for Oddest Title of the Year, organizado por The Bookseller desde 1978, lleva esa idea al extremo: premia cada año el título de libro más extraño o insólito y juzga solo el título, no el contenido. Desde 2000, el ganador se decide por votación pública.

Lo curioso es que muchos de estos títulos no intentaban ser graciosos. Proceden de libros científicos, técnicos o académicos en los que el título describe exactamente el tema, pero fuera de contexto suena completamente surrealista. Por ejemplo, el ganador del año pasado es un ensayo serio sobre cultura y arte.

Ganadores de los últimos tres años

2025
The Pornographic Delicatessen: Midcentury Montréal’s Erotic Art, Media, and Spaces
La delicatessen pornográfica: arte, medios y espacios eróticos del Montreal de mediados de siglo

2024

The Philosopher Fish: Sturgeon, Caviar, and the Geography of Desire
El pez filósofo: esturión, caviar y la geografía del deseo

2023
Danger Sound Klaxon! The Horn That Changed History
¡Alerta sonora, klaxon! La bocina que cambió la historia

Mención honorífica

El libro How to Poo on a Date: The Lovers’ Guide to Toilet Etiquette, de Mats Jonasson, ganó el Diagram Prize en 2014. Forma parte de una pequeña serie humorística sobre “etiqueta de baño”. En este caso, no se trata de un ensayo científico, sino de un manual cómico e ilustrado sobre cómo sobrevivir a una situación incómoda cuando estás con alguien que te gusta.