Pausa imperfecta.

Este mes, que empieza mañana, es el que utiliza este Blog Imperfecto para recargar las pilas.

Toca leer, escribir, pintar, nadar, dormir, respirar naturaleza, hacer cosas o no hacer nada, pero siempre atentos a esos pequeños detalles imperfectos y maravillosos que nos rodean, para poder compartirlos cuando volvamos.

Este Blog no se irá sin antes dar las gracias a todos los que nos leen y nos acompañan. Sin ellos, la imperfección no sería tan perfecta.

Nos leemos a la vuelta.

Mariquita minimalista .

Descubro un insecto que me llama la atención. Es muy estético y da para la foto. La brisa no me deja tranquila y no hay manera de encuadrar a esa… ¿mariquita minimalista?

Las mariquitas, a pesar de ser un tipo de escarabajos (sí, lo siento), son un insecto simpático. Esta, sin embargo, no muestra los llamativos colores de las otras mariquitas que he visto en mi vida…

Tras una investigación exhaustiva (que es preguntárselo a una IA), descubro que se trata de una Nezara viridula. Está en su estadio de ninfa, antes de pasar a ser un insecto adulto. Entonces, será verde tipo Hulk.

Mi mariquita minimalista es en realidad un tipo de chinche. Más concretamente, «chinche hedionda».

Esta variedad no supone un riesgo para el ser humano. No pica, ni muerde, no transmite enfermedades y no es tóxica.

Eso sí, si se la molesta, emite un líquido maloliente.

Su apellido es «hedionda»; el nombre ya daba pistas…

Concierto de verano.

La experiencia musical puede ser de diez, pero la experiencia visual se puede quedar en cero.

Nada puede asegurarte que vas a tener «un buen sitio» en el teatro o en el auditorio. Es posible que conozcas el local, que sepas que es mejor el palco o la fila 10 y que apliques toda tu pericia para encontrar la plaza más idónea de las disponibles. Te crees que lo has hecho bien y sientes una extraña satisfacción interna cuando te sientas en tu butaca, dispuesto a disfrutar del espectáculo, pero falta que llegue el público restante y… a ver qué te toca delante…

Si se sienta uno de estos chicos altos y espigados, o uno tipo armario, o de estos señores que se mantienen erguidos, en posición de firmes, o la señora con el pelo cardado de peluquería a volumetría máxima, o la que se ha hecho un moño alto. Si el que tienes delante es uno de «ellos», no te queda otra que la contorsión mientras dura todo el show. Y si a los de las filas de delante les pasa lo mismo, entonces ya no puedes evitar el estar «buscando el ángulo» sin cesar. Es como un bucle, porque por detrás de tu fila también pasará lo mismo…

Y luego están los móviles. Esa pasión colectiva por grabarlo todo, el concierto entero, para verlo después en una pantalla mucho más pequeña que la que tienes delante ahora mismo. Prohibido o no, da igual: cientos de brazos se alzan a la vez, como una ola, y entre tú y el escenario se levanta una muralla de pantallitas.

Así que las contorsiones, elongación de cuello y saltitos están asegurados en ese concierto de verano.

Solo queda bailar y rezar para que, en el próximo, te toque alguien bajito o de melena lisa.

Pero bailar, se baila…

Estás en mi memoria.

Con el buen tiempo, he vuelto a nadar. Es una actividad que, además de ser saludable, me permite desconectar del mundo. Algo tienen esas brazadas que te llevan a un lugar sereno y de ritmo pausado. Ese lugar me gusta.

Ahora nado en otra piscina. Es más pequeña. Apenas un metro menos.

El primer día, algo me llamó la atención. Cuando llegaba al final de la piscina, mis brazos toparon con la pared antes de lo esperado. Mi cerebro reaccionó con sorpresa: ¿ya? La sensación me produjo curiosidad. ¿Puede ser que mi cuerpo recuerde la longitud anterior?

Y resulta que sí. El fenómeno se denomina memoria motora o memoria procedimental.

El cuerpo no solo “sabe nadar”; también memoriza ritmos, distancias y patrones: cuántas brazadas sueles hacer antes de llegar a la pared, cuándo levantar la cabeza o cuándo frenar.

Es decir, mi cuerpo recuerda la piscina anterior. Esas brazadas de más, que ya no están, lo delatan.

Ahora me recalibraré. El cerebelo actuará y se adaptará a la nueva distancia.

La olvidaré, poco a poco, y la reemplazaré por otra…

N. B.: La frase “es como montar en bici” existe por esto de la memoria motora. Aunque hayas pasado mucho tiempo sin hacerlo, el equilibrio, el pedaleo y la coordinación reaparecen rápido.

Lo vuelvo a oír.

Empieza suavemente, al atardecer.
El grillo ha vuelto, pienso. Pero no. Es otro grillo. Nuevo.

No hay grillo que viva ocho meses. Su vida, cuando ya son adultos, se estima en unas seis u ocho semanas. Así que, o bien es un pariente cercano —porque ahí quedaron las ninfas—, o bien es otro grillo que ha encontrado la misma grieta, el mismo lugar donde vivir.

Porque la sensación acústica es esa: que el sonido proviene exactamente del mismo sitio.

Aunque sea otro grillo.

Hola de nuevo, por cierto.

Tampoco importa si vuelve…

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Se ha puesto su viejo abrigo de lana verde. Es de un tono apagado, igual que el color de su pelo, de su piel…

Como cada tarde, está sentada en un banco del parque que hay frente a su casa. A su lado, hay un termo con un poco de chocolate caliente que le ayuda mitigar el frío por dentro, cuando se desliza por su garganta y , por fuera, cuando lo abraza con sus manos para infundirse calor.

No hace nada. Al principio, esperaba pero fue pasando el tiempo…Ahora, ya no espera. Sólo observa.

Sus ojos registran los gestos, las voces, el paso de los caminantes. De vez en cuando, se queda ensimismada con los pájaros que se posan en las ramas del sauce bajo el que está su banco o en el fluir de las hojas secas, que caen en suave cascada pero… lo que más le interesa son las personas.

Esa pareja de amantes que camina, con las manos entrelazadas. Ese susurro, a medio camino entre el oído y los labios que se transforma en un suave beso.

Esa madre y sus tres niños que juegan entre la hojarasca y que ella observa, a su vez, embelesada. El más pequeño, se acerca a ella y le entrega un ramo de hojas secas, bellamente dispuestas en un ramillete. La madre sonríe, lo abraza y desordena los rebeldes rizos de aquella criatura diminuta.

Su mirada se posa en la mujer que llora en el banco de al lado. Esa mujer. No la ha visto sentarse pero sus lamentos llegan, arrastrados por el viento, y la mira. Sostiene en sus manos un papel arrugado, que de vez en cuando, alisa y vuelve a leer y entonces, el llanto se transforma y es más profundo, más desesperado.

Abre el termo y se sirve un vasito de chocolate caliente. Se lo bebe para entrar en calor pero no disfruta de la seda dulce y cremosa del cacao, ni de la sensación reconfortante que recorre su cuerpo pero que ella, no siente. La mujer que llora se levanta y camina. Pasa junto a la madre que sigue jugando con sus niños, rodeada de risas.

Ellas, sienten. Ella, sólo observa.

Ya atardece. El termo ya no le da calor. Ya no queda chocolate y nadie pasea por los caminos.

Hoy, tampoco vendrá. No lo esperaba porque ella ya no espera, sólo observa,  pero se levanta, sabiendo que debe volver a su casa vacía antes de que la noche invada el parque.

Ya han pasado tres años desde el día que la encontró en aquel banco, desgarrada de dolor. Había conocido el amor y la felicidad intensa, pero en un doloroso instante lo había perdido todo. Cuando la llamaron y le dieron la triste noticia,  dejó caer el teléfono y empezó a llorar. Salió a la calle, incapaz de soportar estar en su hogar destrozado y empezó a correr hasta llegar al parque. Extenuada, se dejó caer en el banco. Ese banco…

Y apareció aquel hombre vestido de negro con su extraño maletín. Se sentó a su lado y le ofreció la posibilidad de no volver a sentir jamás. La tomó de la mano y, al instante,  notó que su alma dejaba de dolerle.

Puedo hacer que sea así para siempre”, le dijo mientras ella se apartaba de su caricia, asustada. Entonces, al cesar el contacto, el dolor intenso de la pérdida volvió a ella y la sacudió con violencia.

Dolía tanto, mucho, más.

Él le tendió la mano de nuevo y ella se aferró a él, dispuesta a aliviar el desgarro. Pensó que ya lo había sentido todo, lo bueno y lo malo. Lo que la colmaba y lo que la dañaba. Y era tanto el dolor infinito que no quería volver a sentir.

Nada.

Ese nada total y absoluto.

No le soltó la mano. Ella aceptó y el hombre la besó suavemente. En el instante que sus labios se posaron en los suyos y su respiración se fusionó, notó como la tristeza la abandonaba.

En ese momento, no le importó que también se fugara la alegría…

Cuando abrió los ojos, el hombre de negro había desaparecido. Y, ella… Ella ya no sentía nada.

Nada.

Un escalofrío recorre su cuerpo al recordar pero es una reacción física. No hay ningún sentimiento… Se levanta por fin y camina hacia su casa.

Hay algo minúsculo, diminuto, casi ahogado entre esa masa de insensibilidad que le hace observar a esa pareja de enamorados, a esa madre con sus hijos, a esa mujer que llora…¿ Qué habrán sentido? Y esa misma pieza microscópica de su alma, es la que insiste en observar pero…esperando.

Esperando al hombre de negro con su extraño maletín para pedirle que le devuelva su sentir aunque… No importa que él no haya vuelto por allí.

Tampoco importa si vuelve…

N.B: La incapacidad para identificar las emociones y expresarlas, es un desorden neurológico denominado Alexitimia.

Lo sabe.

Me gusta oír el trino de los pájaros y más ahora, en primavera, que tengo un concierto multicultural: tórtolas, herrerillos, golondrinas, mirlos, serines, verdecillos, carboneros y gaviotas… Los identifico con una app especializada que descubrí el año pasado, cuando quise identificar al pájaro que daba la nota, al amanecer, al lado de mi dormitorio. Hasta ahora, parece que la app ha sabido decirme cuáles son las aves que rondan por el territorio, menos una. Hay un pájaro que se dedica a lanzar silbidos ascendentes, de una sola nota y sin repetición continua. Parece casi humano. Busco información y aparece como candidato estrella el mirlo común. Esta ave domina el arte del silbido elegante y, a veces, lanza su canto en solitario para que no haya dudas de quién manda en el vecindario, pero la cosa es que no lo pillo.

Lo oigo y, si tengo el móvil cerca, activo la app. Ya no silba. Cierro la app, silba. Esté más o menos rato con el grabador activado, solo silba cuando no lo estoy grabando. Parece como si lo supiera…

Solo tengo una opción: camuflarme. Buscar un atuendo que me funda con el entorno y esperar pacientemente a que silbe y me pille con la grabadora activada.

En casa se ríen de mí…

Nota: mientras escribo este post, ha silbado dos veces… Lo sabe.

Forever (Homenaje a la camiseta vieja)

Usada y suave. Machacada tras tantos lavados. Flexible, adaptable y cómoda. El algodón adquiere una textura única a base de tiempo y uso.

Es difícil que otra camiseta pueda reemplazar a esa vieja amiga que conoce nuestras costuras más íntimas. Habrá otras, favoritas y especiales: por los lugares, por las manos que las regalaron, por lo que significan, por el color o por esa medida exacta de ancho y de largo… Pero hay una, solo una, que ocupa el lugar de querida y vieja camiseta.

Siempre está en nuestro armario, en nuestras noches, en nuestro descanso. Cuando lo políticamente correcto deja de importar: en familia, recién duchados, como pijama…

Hacía días que no sabía nada de ella. Se había escondido entre las prendas dobladas, quizá buscando un poco de intimidad en esa vida incansable de cuerpo a lavadora. Pero hoy la he encontrado. La he desplegado y he sentido ese tenue olor a ropa limpia. Me la he puesto con satisfacción. Las mangas me quedan largas y me gusta sujetarlas con las manos, estirándolas aún más. Ha sido un gran reencuentro.

Mientras escribo, con mi camiseta como testigo, pienso que seré incapaz de tirarla nunca. Acumula una historia que me pertenece.

Cuando sea ya una reliquia casi transparente, cuando de tanto usarla se nos haya acabado el amor, entonces —y solo entonces— la clavaré en un marco y la convertiré en una obra de arte.

Juro solemnemente que no haré trapos con ella…

Flower Power.

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Haruka Misaw  ve flores en sus lápices y en las serraduras que crean al utilizar el sacapuntas.

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Seb Janiak, en cambio, ve flores en las alas de los insectos y visto así, yo también…

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Yunona Josan hacen cupcakes con increíbles formas de flores. Da pena comérselos…

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Flower Power

 

Alma de cántaro.

Se sentía feliz.

Tal vez «feliz» fuera una palabra excesiva para aquella sensación apacible que lo habitaba, pero no encontraba otra mejor. No era euforia ni plenitud, sino una tregua interior. Por primera vez en muchos años, tenía la impresión de que su vida funcionaba razonablemente bien.

Aquella mañana desayunaba en el porche con un espresso entre las manos. En algún momento dejó de leer la prensa y alzó la vista hacia el jardín. Su mujer había conseguido convertir aquel pequeño rectángulo de cemento en un refugio natural: vigas de madera envejecida en el suelo, mimbre, lino color crema, algunas plantas, el sauce llorón y, debajo, el cántaro.

Ese cántaro.

Lo habían encontrado en una casa medio derruida, en un pueblo perdido. Ella se había subido a una montaña de escombros para rescatarlo y él había tenido que sujetarla mientras se estiraba para alcanzarlo. La torre se vino abajo, los dos acabaron en el suelo y el cántaro salió indemne. Desde entonces ocupaba uno de los rincones preferidos del jardín y un espacio memorable y risueño en sus recuerdos.

Durante unas semanas siguió sintiendo aquella calma. Hasta que dejó de sentirla.

No ocurrió nada en su vida. Lo que cambió fue la de los otros. Las pruebas médicas confirmaron la demencia de su padre. Sus mejores amigos se separaron. En la empresa donde trabajaba empezaron los despidos. Nada de aquello le sucedía a él directamente, pero todo le afectaba.

Le resultaba imposible disfrutar de su paz mientras los demás se hundían.

A veces pensaba —y se avergonzaba de pensarlo— que solo podría ser feliz aislado del dolor ajeno. Pero no era así. Había en él una disposición involuntaria a sufrir con los suyos.

Estaba sentado en el porche con un whisky de malta en la mano cuando oyó un susurro.

Era una voz hueca, como salida del interior de un recipiente vacío.

Miró alrededor. No vio a nadie.

La voz sonó de nuevo.

Venía del cántaro.

Dentro del cántaro, el alma de cántaro llevaba siglos esperando. Su misión era sencilla: necesitaba que un ser humano llenara el recipiente de agua, bebiera de él y formulara un deseo. Durante siglos aquello había sido fácil pero luego llegaron los grifos, las tuberías, y las botellas de plástico. Los cántaros dejaron de ser útiles y pasaron a ser objetos decorativos. Y ella había terminado atrapada en uno de ellos, debajo de un sauce llorón que se pasaba media vida soltando hojas que lo iban llenando lentamente.

Cuando él se inclinó para escuchar mejor, la voz dijo:

—Soy el alma de cántaro.

Miró una vez más a su alrededor. Nada. Se asomó al interior.

Solo había hojas.

Sonrió ante lo absurdo de la situación y, sin saber muy bien por qué, decidió limpiar el cántaro. Lo vació de hojarasca, lo enjuagó, lo dejó reluciente y lo llenó con agua fresca. Después vació el whisky al pie del sauce y llenó el vaso con agua del cántaro.

Le pareció la más limpia y fresca del mundo.

Antes de beber, pensó:

Ojalá todo mejore para todos.

Y apuró el vaso de un trago.

Dentro del cántaro, el alma sintió una sacudida de júbilo. El rito se había cumplido.

Un ser humano había bebido del cántaro.

Y había deseado.

Conmovida, pronunció la fórmula:

Que todo mejore para todos.

A los pocos minutos empezó a sonar el teléfono.

El diagnóstico de su padre era erróneo.

Sus amigos se habían reconciliado.

La empresa había conseguido un contrato millonario: no habría despidos.

Aquello fue solo el principio.

La insatisfacción llevaba demasiado tiempo convertida en atmósfera del mundo. Nunca era suficiente: ni el cuerpo que tenías, ni el trabajo, ni la casa, ni el dinero. Entonces empezaron a ocurrir cosas extrañas. La acumulación perdió importancia. Se hundieron industrias enteras construidas sobre el descontento. Descendió el consumo de ansiolíticos. Las guerras empezaron a apagarse. El bien común empezó a parecer razonable.

No era una felicidad excesiva.

Era una felicidad suficiente.

Una tarde, sentado en el porche, oyó un ruido al otro lado de la valla. No le dio importancia. Se levantó y se acercó al sauce. El cántaro, casi oculto por las ramas, recogía agua de lluvia.

—Tenemos al objetivo a tiro. ¿Procedemos, señor?

Nadie oyó el disparo.

Él solo sintió una vibración en el aire y un calor repentino en el pecho. Después se aferró a una rama, abrazó el tronco del sauce y cayó contra el cántaro.

El agua empezó a derramarse.

Él empezó a morirse.

—Objetivo derribado, señor.

—Recuperen el artefacto. Borren huellas. Desaparezcan.

Hombres vestidos de negro irrumpieron en el jardín. Lo oyó todo desde muy lejos. Entendió, sin comprenderlo del todo, que lo habían identificado como el Propagador del Virus de la Felicidad.

¿Él?

Buscaban «el artefacto».

El dolor lo iba venciendo. Quiso moverse, preguntar, insultar. No pudo. Cayó con la cara sobre la tierra húmeda y, a unos centímetros de sus labios, el cuello roto del cántaro siguió soltando gotas lentas de agua de lluvia.

Pensó en su mujer.

Pensó en cuánto le gustaba a ella aquel cántaro.

Y sonrió.

Una gota le cayó en la boca.

La bebió.

Su último pensamiento fue limpio, feroz:

Ojalá no encontréis nunca ese artefacto, cabrones infelices.

Dentro del cántaro, el alma comprendió que el barro no resistiría. Antes de marcharse, concedió el último deseo del moribundo:

Que no encuentren el artefacto. Nunca.

Los lobbies de las industrias más poderosas del planeta reaccionaron tarde, pero no lo bastante como para resignarse. Habían estudiado el fenómeno, localizado su origen y entrenado a un equipo especial para neutralizarlo. Descubrieron que todo partía de un individuo insignificante: un hombre corriente en un bajo con jardín. A partir de él, la felicidad se había propagado de forma exponencial.

Y la felicidad, para ciertos intereses, era una catástrofe.

Sin insatisfacción no había negocio.

Registraron el jardín. Sus detectores señalaban la zona del sauce. Revisaron las imágenes. El Propagador abrazaba el tronco antes de caer sobre el cántaro.

El cántaro, sin embargo, estaba hecho añicos.

Arrancaron el sauce y lo trasladaron a un laboratorio en Wichita. Allí reprodujeron el clima, la humedad, la luz. Ensayaron hipótesis. Tal vez el árbol. Tal vez el abrazo. Tal vez el whisky. Durante meses, los especialistas abrazaron el sauce, le hablaron, bebieron junto a él.

Nada ocurrió.

Mientras tanto, la felicidad siguió extendiéndose.

Imparable.

El alma de cántaro, por su parte, pensó durante unos días en instalarse en una botella de plástico, pero le pareció un destino vulgar y poco estable. Al final se decidió por un botijo hermoso que colgaba de una higuera, en un campo labrado.

No era un cántaro.

Pero se le parecía bastante.

Nota :Alma de cántaro

Según la RAE, “Persona sumamente ingenua o pasmada.” Expresión coloquial y poco usada