Esto es como esas recetas que salen cuando abres la nevera: miras lo que tienes y te sale un plato con lo que hay.
Así nació este cuadro. Un «¿Qué tengo?». Tengo el bosque y esa corteza que me regalaron. Tengo un bastidor pintado de verde que era para otra cosa, y que abandoné. Tengo los restos de una pintura de relieve. Y tengo tiempo y ganas de terminar una receta que, en vez de comerse, se cuelga
Este es uno de los últimos cuadros que he pintado. Además de las texturas, me dio por hacer puntitos con una pintura de relieve.
Al principio, todo iba bien. Estaba en la mesa, en el exterior, concentrada en los puntos a la luz del sol, cuando apareció la mosca.
Una mosca artista, con una clara preferencia por la pintura de relieve. Allí estaba ella: si no se posaba en los puntitos, lo hacía en mi mano. Mis aspavientos para ahuyentarla hicieron que mi precisión (ya precaria por sí sola) y mi concentración fueran disminuyendo a una velocidad de vértigo.
La intensidad del punto la ha elegido la mosca. El punto torcido es idea de la mosca. La mosca es coautora del cuadro.
No lo llames arte. Llámalo «terapia con trozo de puerta» o «trozo de puerta emocional»…
Ese pedacito de puerta llevaba mi nombre escrito. O yo lo vi allí, refulgiendo, apilado junto a otras piezas de madera que había coleccionado alguien que ya no está, aunque siempre esté.
El tiempo que pasé limpiándolo, lijándolo y pensando qué iba a hacer con él fue uno de esos espacios de tiempo de calidad que tanto cuesta conseguir. Fue hurgar en mi caja de «Cosas para pegar» y encontrar piezas de otro cuadro ya sin vida, la cuerda y esas estrellas de purpurina que se utilizan en las creaciones navideñas, y empezar a trajinar con el pegamento… Más quality time…
Y ya da igual si queda bonito o feo, si hace más bella la pared en la que está colgado o la empeora. Eso no es importante. Lo remarcable es que la búsqueda del material y la ejecución de la obra se convirtieron en un eje espacio-tiempo de máximo confort emocional.
Nunca pensé que un trozo de puerta iba a darme tanto…
Se acerca una tormenta. De nuevo. Esta vez, estaremos preparados. No nos sorprenderá como la primera vez…
Ese día, el de la primera tormenta, me acordé de coger mi paraguas rojo. Mientras me tomaba el café matutino, oí el parte meteorológico, me asomé a la ventana de la cocina y observé unas nubes lejanas que avanzaban hacia mí.
Ese día, el de la primera tormenta, decidí ir caminando a trabajar. Las nubes me sorprendieron esperando el autobús y yo, y los que estaban alrededor, nos quedamos extasiados viendo los colores y las formas que caían del cielo.
Ese día, el de la primera tormenta, casi todos abrimos nuestros paraguas para resguardarnos de esa lluvia de color que, aunque de efectos visuales maravillosos, se nos antojaba extraña. Casi todos… Todos menos una chica joven que extendió los brazos, se descalzó y alzó su rostro hacia el cielo.
Copos y gotas de lluvia multicolor la fueron empapando, mientras ella bailaba y reía y nos animaba a hacer lo mismo. La nube pasó y dejamos de observar a la mujer que seguía riendo, encantada, mirando el cielo ya despejado y luminoso.
Al día siguiente, el rostro de aquella muchacha apareció en todos los informativos de todos los canales de televisión. Inundó las redes sociales. Fue portada de los periódicos de mayor tirada del país. ¡Aquella mujer era absolutamente feliz! La exposición a aquella tormenta tan especial la había empapado de felicidad, pura y dura.
Hoy hay una alerta a la población mundial de riesgo de tormenta. Se acerca. De nuevo. Nos piden que no cojamos nuestros paraguas. Que nos descalcemos, que nos despojemos de nuestra ropa y salgamos a la calle. Que extendamos los brazos en cruz y que alcemos el rostro hacia la lluvia de color.
Le he hecho hacer un análisis de los cuadros que he ido colgando en el Blog.
“Lo que hace con la pintura no son «cuadros» en el sentido de obras de arte tradicionales para exponer en una galería. Y precisamente por eso son tan interesantes.
Son lo que ella misma llama «PegaCosas», «RotuTerapia» o directamente experimentos: bastidores reciclados, rotuladores, pintura de pizarra, piedras de playa, ramas de Menorca, letras de cajón, cuerdas, estrellas de purpurina navideña, farolillos solares desmontados, cucharas de boj heredadas.”
“La calidad técnica es desigual. Ella misma lo reconoce: empezó siendo «mala alumna de arte» y el realismo nunca fue lo suyo. Algunas piezas son más artesanía doméstica que arte plástico”.
Este cuadro forma parte de la Colección «Reciclaje de cuadros azules», porque era azul y con brilli-brilli. Tuve una época de purpurinas y satén.
Lo reciclo porque está texturado y la textura manda.
Cuando descubrí lo que podía hacer con pasta, arena y un tenedor, me vine arriba.
Los ojos que te miran son restos de pulseras y collares que voy guardando para aplicar mi ya famosa técnica PegaCosas.
“La narrativa detrás de cada obra. Esto es lo más valioso y lo más inusual. Cada cuadro tiene una historia escrita: por qué se hizo, qué salió mal, qué significa el material. En una exposición convencional, eso sería el texto de sala. Aquí ya está escrito, y está bien escrito. Esa combinación de obra visual + texto propio es genuinamente interesante como propuesta.” Claude, dixit.
Un poco de jabón para que no me desmotive y para que lo quiera un poco pero no hace falta, Claude.
Aún me quedan un par de cuadros azules y un montón de abalorios.
Usada y suave. Machacada tras tantos lavados. Flexible, adaptable y cómoda. El algodón adquiere una textura única a base de tiempo y uso.
Es difícil que otra camiseta pueda reemplazar a esa vieja amiga que conoce nuestras costuras más íntimas. Habrá otras, favoritas y especiales: por los lugares, por las manos que las regalaron, por lo que significan, por el color o por esa medida exacta de ancho y de largo… Pero hay una, solo una, que ocupa el lugar de querida y vieja camiseta.
Siempre está en nuestro armario, en nuestras noches, en nuestro descanso. Cuando lo políticamente correcto deja de importar: en familia, recién duchados, como pijama…
Hacía días que no sabía nada de ella. Se había escondido entre las prendas dobladas, quizá buscando un poco de intimidad en esa vida incansable de cuerpo a lavadora. Pero hoy la he encontrado. La he desplegado y he sentido ese tenue olor a ropa limpia. Me la he puesto con satisfacción. Las mangas me quedan largas y me gusta sujetarlas con las manos, estirándolas aún más. Ha sido un gran reencuentro.
Mientras escribo, con mi camiseta como testigo, pienso que seré incapaz de tirarla nunca. Acumula una historia que me pertenece.
Cuando sea ya una reliquia casi transparente, cuando de tanto usarla se nos haya acabado el amor, entonces —y solo entonces— la clavaré en un marco y la convertiré en una obra de arte.
Los puntos nacen de lentejuelas de un jersey y pequeñas piedras de una pulsera. Objetos sencillos, de la vida cotidiana, que recuerdan algo simple: la mayoría de las cosas son buenas.
Cada punto guarda una posibilidad. Cada brillo, una esperanza.
Solo hace falta un instante. Y un poco de viento para que lo bueno empiece a esparcirse.