Los objetos perdidos, San Cucufato y las neuronas.

San Antonio cumpliendo su cometido de nuevo… Hace un tiempo os hablaba de la pérdida de mi carnet de conducir y la milagrosa intervención de San Antonio a un par de horas de ir a hacer una cola kilométrica y lenta en la Dirección General de Tráfico.

Esta mañana, un amigo me ha comentado que había perdido su cartera. No sólo había irritación por la pérdida de la documentación, las tarjetas de crédito y el dinero si no que allí, en esa cartera, habitaban los números de Lotería a los que jugaba este año. Propios y compartidos ( Glups! aquello del “guárdalo tú”).

Además de repasar su último-recorrido-antes-de-perder-de-vista-la-cartera, le he dicho que hiciera lo de San Antonio (la verdad, es que nos hemos inventado una “oración”; – )) A media tarde he recibido un mensaje : SAN ANTONIO, QUE GRANDEEE!

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Recuerdo que me comentasteis que, además de San Antonio, hay un San Cucufato al que, por medio de coacción física, se le amenaza cruelmente para que nos permita encontrar el objeto perdido. Básicamente, al decir la “oración”, se atan unos nudos a un pañuelo, en alegoría a atarle los testículos. Pensad, por un momento, lo que se le está haciendo a ese Santo…

 

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Así que me ha dado por buscar la historia de San Cucufato, el pobre santo con congestión testicular. Resulta que es el patrón de la ciudad de Sant Cugat (Barcelona), lugar que frecuento por los buenos amigos. Este hombre, que vivió a mediados del S.III, resultó ser algo así como un súper-héroe. Por mucho que intentaban matarlo, sacrificarlo, torturarlo, él salía siempre bien parado. Le abrieron el estómago y le sacaron las tripas. No problem. Él se las metió de nuevo y se cosió la barriga. A lo Mc Gyver. Lo echaron a las fieras y se tumbaron a su vera. Mansas. Pues…a la hoguera y …el viento la apagó. Hay diferentes finales para su historia. En una versión se dice que el Santo quería morir mártir y que así lo pidió a Dios y este, para recompensarle, se lo concedió. Lo desollaron vivo. La otra versión es que , hartos de no poder acabar con él, las Autoridades del momento mandaron decapitarlo y parece ser que en esta ocasión nada falló ( podía haberle dado un infarto al decapitador, por ejemplo) y finalmente, San Cucufato nos dejó.

La figura, por eso, está contrastada a nivel histórico y documentada por las Crónicas del escritor Aurelio Prudencia, contemporáneo al santo.

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Sus restos están en la basílica del monasterio de Sant Cugat del Vallés ( precioso, por cierto).

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Vista la vocación de mártir de San Cucufato, supongo que lo del pañuelo no se lo tomará a mal. No obstante, puestos a elegir lo de San Antonio me parece menos…doloroso.

Hagamos un San Cucufato o un San Antonio ¿Qué es lo que pasa por ahí, en el mundo de nuestras neuronas, para qué estas “invocaciones” funcionen? Esto es lo que he descubierto:

  • Hay un proceso de concentración inducida. El hecho de recitar las oraciones ( o mantras o chascarrillos) o atar los nudos del pañuelo, nos permite instaurar la calma vs la precipitación. En el momento en que nos damos cuenta que hemos perdido algo, nos domina la compulsión. Buscamos sin sistema, presionados por la consecuencia de la pérdida. En realidad, no hay objetos perdidos, si no buscadores nefastos. Calma y Sistema. Eso es lo que nos proporcionan Cucufato & Antonio.

 

  • Activación de las conexiones neuronales. El recuerdo de la “oración” (San Cucufato, San Cucufato, con este pañuelo los huevos te ato y hasta que (objeto que queremos encontrar) no aparezca no te los desato.) y el recitarla de memoria, activan las conexiones neuronales y esto provoca que se faciliten los recuerdos. Buscan la información.

recordar

Por lo tanto, hay dos opciones : 1) Creerse que hay un Santo que te guía en la búsqueda (por qué sí o bajo coacción) o 2) que las neuronas se activan y recuerdan.

Y sea la que sea la opción que nos motive, el objetivo se cumple : encontramos.