Esto es como esas recetas que salen cuando abres la nevera: miras lo que tienes y te sale un plato con lo que hay.
Así nació este cuadro. Un «¿Qué tengo?». Tengo el bosque y esa corteza que me regalaron. Tengo un bastidor pintado de verde que era para otra cosa, y que abandoné. Tengo los restos de una pintura de relieve. Y tengo tiempo y ganas de terminar una receta que, en vez de comerse, se cuelga
No lo llames arte. Llámalo «terapia con trozo de puerta» o «trozo de puerta emocional»…
Ese pedacito de puerta llevaba mi nombre escrito. O yo lo vi allí, refulgiendo, apilado junto a otras piezas de madera que había coleccionado alguien que ya no está, aunque siempre esté.
El tiempo que pasé limpiándolo, lijándolo y pensando qué iba a hacer con él fue uno de esos espacios de tiempo de calidad que tanto cuesta conseguir. Fue hurgar en mi caja de «Cosas para pegar» y encontrar piezas de otro cuadro ya sin vida, la cuerda y esas estrellas de purpurina que se utilizan en las creaciones navideñas, y empezar a trajinar con el pegamento… Más quality time…
Y ya da igual si queda bonito o feo, si hace más bella la pared en la que está colgado o la empeora. Eso no es importante. Lo remarcable es que la búsqueda del material y la ejecución de la obra se convirtieron en un eje espacio-tiempo de máximo confort emocional.
Nunca pensé que un trozo de puerta iba a darme tanto…
Se acerca una tormenta. De nuevo. Esta vez, estaremos preparados. No nos sorprenderá como la primera vez…
Ese día, el de la primera tormenta, me acordé de coger mi paraguas rojo. Mientras me tomaba el café matutino, oí el parte meteorológico, me asomé a la ventana de la cocina y observé unas nubes lejanas que avanzaban hacia mí.
Ese día, el de la primera tormenta, decidí ir caminando a trabajar. Las nubes me sorprendieron esperando el autobús y yo, y los que estaban alrededor, nos quedamos extasiados viendo los colores y las formas que caían del cielo.
Ese día, el de la primera tormenta, casi todos abrimos nuestros paraguas para resguardarnos de esa lluvia de color que, aunque de efectos visuales maravillosos, se nos antojaba extraña. Casi todos… Todos menos una chica joven que extendió los brazos, se descalzó y alzó su rostro hacia el cielo.
Copos y gotas de lluvia multicolor la fueron empapando, mientras ella bailaba y reía y nos animaba a hacer lo mismo. La nube pasó y dejamos de observar a la mujer que seguía riendo, encantada, mirando el cielo ya despejado y luminoso.
Al día siguiente, el rostro de aquella muchacha apareció en todos los informativos de todos los canales de televisión. Inundó las redes sociales. Fue portada de los periódicos de mayor tirada del país. ¡Aquella mujer era absolutamente feliz! La exposición a aquella tormenta tan especial la había empapado de felicidad, pura y dura.
Hoy hay una alerta a la población mundial de riesgo de tormenta. Se acerca. De nuevo. Nos piden que no cojamos nuestros paraguas. Que nos descalcemos, que nos despojemos de nuestra ropa y salgamos a la calle. Que extendamos los brazos en cruz y que alcemos el rostro hacia la lluvia de color.
Le he hecho hacer un análisis de los cuadros que he ido colgando en el Blog.
“Lo que hace con la pintura no son «cuadros» en el sentido de obras de arte tradicionales para exponer en una galería. Y precisamente por eso son tan interesantes.
Son lo que ella misma llama «PegaCosas», «RotuTerapia» o directamente experimentos: bastidores reciclados, rotuladores, pintura de pizarra, piedras de playa, ramas de Menorca, letras de cajón, cuerdas, estrellas de purpurina navideña, farolillos solares desmontados, cucharas de boj heredadas.”
“La calidad técnica es desigual. Ella misma lo reconoce: empezó siendo «mala alumna de arte» y el realismo nunca fue lo suyo. Algunas piezas son más artesanía doméstica que arte plástico”.
Este cuadro forma parte de la Colección «Reciclaje de cuadros azules», porque era azul y con brilli-brilli. Tuve una época de purpurinas y satén.
Lo reciclo porque está texturado y la textura manda.
Cuando descubrí lo que podía hacer con pasta, arena y un tenedor, me vine arriba.
Los ojos que te miran son restos de pulseras y collares que voy guardando para aplicar mi ya famosa técnica PegaCosas.
“La narrativa detrás de cada obra. Esto es lo más valioso y lo más inusual. Cada cuadro tiene una historia escrita: por qué se hizo, qué salió mal, qué significa el material. En una exposición convencional, eso sería el texto de sala. Aquí ya está escrito, y está bien escrito. Esa combinación de obra visual + texto propio es genuinamente interesante como propuesta.” Claude, dixit.
Un poco de jabón para que no me desmotive y para que lo quiera un poco pero no hace falta, Claude.
Aún me quedan un par de cuadros azules y un montón de abalorios.
Las hice con una app que imita el efecto de aquellas fotos instantáneas. Las tenía en una carpeta olvidada con la etiqueta de «Fotos viejas» y ya tocaba ir eliminando cosas del portátil.
El arrastra penas es«eso» que te distrae durante un segundo y te aleja de las penas.Sea lo que sea «eso»…
No importa el lugar, el estado, el propósito. Grande o microscópico. Fácil o costoso. Rápido o lento. Lo valioso es llegar.
Las diferencias nunca nos separan, siempre nos mejoran.Viva la diferencia.
Esta casa está en Ibiza aunque se nieguen a admitirlo…
El protagonista de la foto es el peine. La hice en Chicago.
El espíritu artesanal del que escribe un blog. Cualquier “expresión” en el ciberespacio es artesanía. O por lo menos, así era hasta que llegó la IA.
En estos últimos meses he estado reciclando bastidores. La lluvia frenó en seco mi momento creativo: suelo pintar al aire libre. Aun así, poco a poco, he ido acumulando “obras”. Me da pudor llamarlo arte, pero me siento cómoda pensándolo como tal… en su versión más imperfecta.
Tiene un componente terapéutico brutal. Tanto, que a menudo recomiendo a mi gente algo muy simple: comprar un lienzo blanco, unas pinturas y dejarse llevar. Sirve para equilibrarse cuando hace falta, y también para divertirse. Llevo años haciéndolo y mis piezas imperfectas han acabado decorando hogares (sobre todo de gente que me quiere y no le queda otra), comercios e incluso una fábrica. Algunas han viajado, además, a otros países.
Por un momento, al ver los cuadros juntos, pensé en eso que cualquiera que pinta desea alguna vez: una exposición en una galería de arte.
Así que la he creado con IA: Imperfect Art Gallery.
En la primera sala está lo último: protagonismo de colores neutros, texturas orgánicas y elementos pegados al lienzo.
En la segunda sala hay un cuadro de gran formato que pinté hace años para una pared blanca enorme, en una casa que ya no existe. A diferencia de lo anterior, es mucho más colorista.
Y aquí está: mi exposición improbable. Una galería creada con IA para un arte que hago, sobre todo, por el placer de hacerlo. Imperfecto pero muy divertido.
Este cuadro empezó como empiezan muchas cosas buenas: sin plan y con los restos de una pulsera de Formentera encima de la mesa. De esas que compras “porque sí” y luego te acompañan meses, para llevar la isla atada a la muñeca.
La miré y pensé: esto no es una pulsera, esto es una ola. Siempre me ha gustado mucho esta palabra en catalán : ona.
La pegué sobre un fondo blanco roto, limpio para que respirara. La pulsera dibujaría su propio trazo, su ona…