Hubo una generación —la mía— que vivió un sol más amable.
Los hijos del sol mediterráneo éramos niños que pasábamos el día entero en la playa. Luego, al crecer, seguimos volviendo a ella: para ponernos morenos, como lugar de encuentro por las mañanas, como refugio secreto para romances de verano… Pero lo del moreno era esencial.
El embadurne de entonces se hacía con cremas bronceadoras sin factor de protección que —al menos en teoría— aceleraban el color. Había una crema marrón que te teñía la piel al instante, como si el bronceado pudiera aplicarse a brochazos. También hubo una moda de cremas de zanahoria, de laboratorios varios, con las que una se aseguraba el tono oficial del verano. En aquella época, si me hubiese imaginado a mí misma usando una crema de protección 50, no me lo habría creído.
Estos últimos días de mayo está haciendo calor como si fuera julio. Ha habido un festivo y la playa está abarrotada. Se aprecia un crisol de pieles blancas exponiéndose al sol en busca de ese atractivo tono dorado. Son cuerpos de todas las edades: tumbados, sentados, entregados. Tostándose.
Algo ha cambiado en mí. Puede ser mi cuerpo y su nueva tolerancia al astro rey. O puede ser que el sol ya no sea aquel sol. La exposición directa me molesta y me asfixia.
Me rebozo en protección como si fuera una croqueta. Necesito moverme, necesito el agua y, si me estiro, que sea bajo una sombra fresca y acogedora.
Como mis vestigios de niña de playa siguen latiendo en la memoria, todavía me tienta a veces aquella postura de estirada —vuelta y vuelta, como carne en una parrilla— en busca de un color más integral. Pero basta dejar que el sol me lama la piel durante unos minutos para darme cuenta de que mi relación de amor con él pertenece ya al pasado.
Este es un sentimiento extraño para los hijos del sol: no tomar el sol. A mí me ha costado un tiempo de adaptación, pero ya estoy rehabilitada. Ahora disfruto enormemente del agua y de la sombra de un parasol de brezo.
Los que buscaban “tesoros” por las playas, apreciaban su parecido con una moneda. En realidad, es un tipo de erizo de mar, de la clase Echinoidea. He buceado en la información porque ¿Un erizo de mar? ¿No son redondos y con púas? Pues resulta que , como en todo en la vida, hay diferentes tipos de erizos. Los “regulares” son la imagen que yo evoco y los “irregulares” son planos.
Esto son los erizos vivos. Viven semienterrados en la arena y pueden tener colores desde marrones y rojizos a colores púrpuras intensos.
Lo que yo encontré hace años, en una playa tropical, es su esqueleto. La flor es donde se albergaba su sistema respiratorio y los orificios se denominan lúnulas, y actúan como drenaje de presión para que no sean arrastrados por las olas y también para obtener alimento.
Lo tengo en una cesta de mimbre, con otras muchas cosas que he ido recogiendo en diferentes playas. Voy a seguir indagando cuantos preciosos esqueletos más están adornando mi casa…
¿Os acordáis de la “Operación Bikini/Bañador”. Un concepto que ahora parece lejano en la historia. Su importancia se ha desvanecido…Si todos estamos bien (sanos) , importará poco lo del bikini/bañador.
Hablamos de nuestras vacaciones veraniegas pre-pandemia , como concepto general. Todo impregnado de nuestro carácter social, del sol y aquellas playas…libres.
Libres, porque ahí podía circular y ubicarse el que quisiera y cómo quisiera, aunque , debemos admitir que en los últimos años se nos estaba yendo de las manos . Las imágenes de la congestión de seres humanos en la arena y en las aguas y esos míticos personajes que se iban a las siete de la mañana, para plantar su sombrilla y tumbonas para tener el puesto asegurado, ya nos indicaban que íbamos desfasados.
Lo que viene, por imaginar porque nadie lo sabe, es un sistema de turnos y plazas asignadas, con marcas en la arena para que se respete el distanciamiento social y un orden reglado a la hora de irse a bañar. Los niños también tendrán sus parcelitas para que hagan castillos de arena y jueguen. Todo ello, con personal especializado que controle que la coreografía se realiza correctamente.
El bronceado, en exceso y sin protección, seguirá siendo dañino, pero quien lo practique, aunque moderadamente, podrá optar al moreno con mascarilla. Una marca incontestable de que hemos estado en la playa…
Ya que estamos imaginando, que prohíban las embarcaciones a motor que contaminan el agua. Si algo se conseguirá de este goteo controlado en las playas, es que el agua estará más trasparente y hasta se podrían ver pececillos cerca de la orilla. ¡Imaginaos! El cielo parecerá más azul y el aire será de lo más limpio que has respirado en muchos años.
Pasear es una de las mejores terapias de oxigenación mental que existen. Puedes hacerlo por las calles de tu ciudad, no digo que no, pero si se puede optar por un trocito de naturaleza, la terapia es de máximo alcance. Bosque, valle, montaña…
También el mar…
Se combina la ciudad y la naturaleza, porque los paseos marítimos suelen estar asfaltados y hay coches cerca pero, ya que no tenemos acceso a una playa virgen, en esta simbiosis de coches, humanos y edificios, la brisa, el sonido de las olas, la luz y sus reflejos compensan…
Cada día es diferente. El aire huele y sabe diferente. Sol o nubes. Día azul o día gris…
Ya va llegando el verano… Hoy ya es junio!!!!!! La playa empieza a llenarse y va desnudándose de la calma y la serenidad con la que se viste en invierno…Mi condición de urbanita se ve acentuada cuando hablamos de huertos, de campos y de montañas. Me he ido acercando a ellos con la edad y por la convivencia y sigo aprendiendo pero…no soy tan urbanita cuando hablamos del mar…
Éramos urbanitas entre semana, pero el fin de semana y los largos, largos veranos (de junio a septiembre) , nos convertíamos en habitantes de un pueblo costero…
La playa y el mar han sido una constante en mi vida. Recuerdo los veranos de mi infancia, subidos en una barquita, bordeando las costas de Garraf, mientras los adultos se lanzaban a la caza del mejillón y el pulpo (con la redecilla anudada a la cintura y un machete) y los niños, jugábamos a tirarnos de la barca, a bucear con las gafas, a nadar entre las olas…Siempre, eso sí, con mucho respeto por el mar (también nos encontramos con oleaje y barca volcada y servicio de emergencia al rescate)…
Ir a la playa (menos en Agosto, irónicamente que es cuando más puedo) me reconforta. Me “limpia” y me ubica. Está llena de recuerdos felices, de costumbres, de aromas y sabores. Y…Es tan grande, tan magnífica que, cuando me planto en la orilla y miró el horizonte, con el mar también enorme delante de mí, me recuerda lo que soy, lo pequeña que soy, lo insignificante que soy…Y en vez de empequeñecerme aún más, me descubro agradeciendo poder disfrutar de esa maravilla, de la playa, del mar…de toda su grandiosidad. Entonces…yo me hago grande.
NB 1 : Arte en la playa de Andrés Amador ( San Francisco)
NB2 : Este mediodía he estado en la playa. He visto latas de refrescos y algunos plásticos. Gente ( mucha, por cierto) fumando y apagando las colillas en la arena… Habría que recordarles que son muy, muy pequeños. Insignificantes y que no tienen derecho a ensuciar algo tan…enorme. Espero que Neptuno, les mande a un grupito de medusas, especialmente irritantes…