Mi vecindario ha vivido unas vacaciones escalonadas. Cuando unos nos íbamos, otros volvían. Cuando unos volvíamos, otros se iban.
A estas alturas de septiembre, el ajetreo parece haber acabado. Y ahora sí, ya estoy del todo en casa.
Me faltaban los signos de siempre. La ropa tendida. La luz encendida en las cocinas y su melodía de cacharros. Las persianas levantadas. El ventanal que se abre cada mañana para ventilar. El aroma del café ajeno que se cuela en la habitación. Las plantas mustias que reviven porque por fin alguien las ha regado. El resplandor azulado de los televisores por la noche. La silueta del vecino que sale a fumar a la terraza para que su hijo no lo vea.
Los taínos eran la etnia que poblaba el Caribe cuando Colón llegó allí y creyó que descubría algo, cuando en realidad estaba llegando a un lugar en el que ya vivía gente, con sus costumbres y su forma de vida.
Una de las cosas que hacían era cocinar la carne de sus cacerías sobre una estructura de leños de madera verde, sin aplicar la llama directamente, sino utilizando las brasas para conseguir una textura más jugosa. Lo llamaban baabukan, y de ahí pasó a conocerse como barabicu, hasta llegar al término barbacoa que conocemos actualmente.
Muchas palabras que usamos hoy en español —y que pasaron también al inglés— vienen del taíno: hamaca, canoa, huracán, barbacoa, maíz, yuca, batata, iguana, entre otras.
La llegada de los colonizadores hizo que la población taína prácticamente desapareciera, tristemente. Pero nos quedan sus aportaciones y sus palabras.
Gracias, taínos.
Nota: estudios genéticos recientes muestran que buena parte de la población actual del Caribe —especialmente en Puerto Rico— conserva ascendencia taína, y en las últimas décadas ha crecido un movimiento de revitalización cultural taína que busca recuperar y honrar esta herencia.
Brunch es la fusión de «breakfast» y «lunch»: ni desayuno ni comida, un poco de los dos, a media mañana y con aire de domingo relajado.
De paseo por la ciudad, voy buscando un lugar donde desayunar. Me llaman la atención las colas de espera (soportando el calor) para entrar en locales de aspecto moderno con el rótulo de «brunch». Alrededor hay cafeterías y bares con sitio de sobra, pero las personas en fila esperando su turno siguen aumentando. La carta del brunch tiene los bocadillos y tostadas de toda la vida: huevos, tortillas y tortas. Pero, además, abunda el aguacate y una gran selección de infusiones y batidos exóticos.
El Bar Manolo es bonito. Está muy bien cuidado y hace unos bocadillos calientes excelentes. Puedes pedir el «esmorzar de forquilla», y si quieres huevos con bacon, también te los hacen. Al Bar Manolo solo le faltan cuatro plantas, lámparas de yute y un cartelito exterior, bien mono, que ponga «brunch».
Leo que hay una idea —no me atrevo a llamarla «movimiento» ni «filosofía»— con el nombre de JOMO: Joy of Missing Out.
Literalmente, es la alegría de perderse algo. Encontrar satisfacción y tranquilidad en quedarte al margen, desconectar o, simplemente, decir «no» a algo sin sentir culpa.
Son etiquetas para comportamientos conocidos que vienen muy dadas por la edad y la experiencia. JOMO es, simplemente, hacer lo que te apetece. Decir «no» a ciertos compromisos sociales que son eso, compromisos.
Una etiqueta moderna para lo que viene a ser hacer lo que te dé la gana de toda la vida, pero con alegría.
La experiencia musical puede ser de diez, pero la experiencia visual se puede quedar en cero.
Nada puede asegurarte que vas a tener «un buen sitio» en el teatro o en el auditorio. Es posible que conozcas el local, que sepas que es mejor el palco o la fila 10 y que apliques toda tu pericia para encontrar la plaza más idónea de las disponibles. Te crees que lo has hecho bien y sientes una extraña satisfacción interna cuando te sientas en tu butaca, dispuesto a disfrutar del espectáculo, pero falta que llegue el público restante y… a ver qué te toca delante…
Si se sienta uno de estos chicos altos y espigados, o uno tipo armario, o de estos señores que se mantienen erguidos, en posición de firmes, o la señora con el pelo cardado de peluquería a volumetría máxima, o la que se ha hecho un moño alto. Si el que tienes delante es uno de «ellos», no te queda otra que la contorsión mientras dura todo el show. Y si a los de las filas de delante les pasa lo mismo, entonces ya no puedes evitar el estar «buscando el ángulo» sin cesar. Es como un bucle, porque por detrás de tu fila también pasará lo mismo…
Y luego están los móviles. Esa pasión colectiva por grabarlo todo, el concierto entero, para verlo después en una pantalla mucho más pequeña que la que tienes delante ahora mismo. Prohibido o no, da igual: cientos de brazos se alzan a la vez, como una ola, y entre tú y el escenario se levanta una muralla de pantallitas.
Así que las contorsiones, elongación de cuello y saltitos están asegurados en ese concierto de verano.
Solo queda bailar y rezar para que, en el próximo, te toque alguien bajito o de melena lisa.
La Ruellia, también llamada petunia mexicana, es una planta con vocación de artista. Cada día ofrece un espectáculo.
A primera hora solo muestra tallos rojizos, hojas estilizadas y capullos aún dormidos, pero cuando el sol empieza a tocarla empieza la escenografía: las flores se abren. Son acampanadas y de un violeta muy limpio.
Lo curioso es que no duran demasiado. Se abren con la luz, se ofrecen a los polinizadores, enseñan su color, hacen lo que vinieron a hacer y, al atardecer, se cierran, se arrugan o se dejan caer.
No es tristeza. Es eficiencia.
La planta regula ese movimiento con la luz, la temperatura y el agua que entra y sale de sus células. Un mecanismo delicado para proteger el polen, ahorrar energía y evitar la humedad de la noche.
Al día siguiente, casi siempre, hay nuevos capullos esperando turno.
El fenómeno empezó en julio, aunque nadie lo llamó fenómeno. Fue una cosa pequeña: un oficinista de Barcelona apagó el móvil y, al volver, ya no quiso odiar a nadie.
Después pasó en Lisboa, en Oslo, en Dakar, en Buenos Aires, en Tokio. Las vacaciones iban llegando de forma escalonada, como una marea discreta. La gente se marchaba a playas, montañas, pueblos con moscas y terrazas con sillas cojas. Decían que iban a recargar las pilas.
Pero las pilas, al cargarse, hicieron algo inesperado.
Absorbieron la oscuridad.
No toda, claro. Las guerras seguían en las pantallas. Los políticos salvajes continuaban enseñando los dientes. Las desgracias de la humanidad seguían presentes, insistentes. Sin embargo, quienes regresaban traían otra mirada.
Era el famoso «cambio de chip» de las vacaciones que, ahora, cobraba sentido.
La gente volvía al lunes queriendo vivir tranquila. No pisar a nadie. No dejarse pisar.
Hubo quien lo consideró una catástrofe. Los de siempre. Los que necesitaban el conflicto para existir. Destinaron presupuestos multimillonarios a encontrar la vacuna que curara el cambio de chip de los que volvían de vacaciones. Pero eran muchos y volvían con aquellas extrañas pilas recargadas de buenas intenciones. Eran demasiados, y con eso no contaban. Ni todo el dinero del mundo pudo con aquella mutación.
Nunca se supo qué fue lo que la provocó.
Pero, un año después, ese famoso 1% que quería dominar a la humanidad vivía escondido en búnkeres.
Temían salir al exterior y encontrarse con el 99% restante.
Gente peligrosa.
Gente que volvía a irse de vacaciones para recargar pilas.
Gente que sonreía.
Gente que empezaba, por fin, a saber vivir en paz.