El eclipse

Todo el mundo recuerda dónde estaba y qué hacía el 12 de agosto de 2026, a la hora del eclipse solar. Siempre pasa con las catástrofes: queda una huella permanente que marca el inicio de los tiempos que vienen después.

Yo estaba en el pueblo, con la familia, en un punto en el que el eclipse iba a ser parcial. Nosotros no esperábamos gran cosa y tampoco envidiábamos a los que habían colapsado las carreteras, habían subido a lo más alto de los edificios, montes y pequeñas montañas, o ocupado playas, en manada.

Todos llevábamos las gafas reglamentarias, no tanto porque fuéramos a ver gran cosa, sino como excusa para otra fiesta de verano. No estábamos en una zona privilegiada para grabarlo con el móvil y subirlo a Instagram, como hacían otros, pero tampoco nos importaba.

A la hora acordada, nos sentamos en un prado, con refrescos, cervezas y bocadillos, y esperamos a sentir —que no ver— el gran eclipse solar.

Notamos una luz crepuscular más intensa de lo habitual y más oscura. Los pájaros y los insectos enmudecieron. Incluso se callaron aquellas cigarras que nos habían acompañado todos los días de forma incansable. Todo enmudeció.

Todo el verano quejándonos del calor insoportable, y de repente, la temperatura bajó un poco y se estaba bien. Cerré los ojos un momento, noté ese aire fresco en la cara por primera vez en semanas, y pensé —sin darle ninguna importancia— ojalá esto no se acabara nunca. Ojalá siempre hubiera un eclipse, cada día, para darnos un poco de tregua en ese ambiente tórrido.

Estuvimos un rato allí, sentados, disfrutando de la merienda-cena, de la música y de esa noche de verano, sorprendentemente fresca.

Al llegar al pueblo, nos empezaron a entrar mensajes y WhatsApps porque en el prado no había cobertura. Los teléfonos no paraban de hacer clinc, clinc, clinc… Pusimos la tele y nos enteramos de eso que los mensajes habían anticipado: la sombra del eclipse no se había retirado. La luna y la tierra siguieron girando con normalidad, pero la sombra que tapaba el sol se había convertido en una pantalla fija. Oímos muchas teorías, unas de científicos cualificados y otras de los opinólogos de todo un poco, que no tenían ni idea pero ya hablaban de misterios sobrenaturales o intervención de alienígenas dispuestos a acabar con nosotros.

Lo cierto es que la sombra no se iba. Los primeros días no nos preocupamos mucho, pero ya en casa, en esa noche continua, empezamos a tener miedo.

La noche en que bajé los edredones del altillo, hacía ocho días del eclipse. Los repartimos sin decir mucho y pusimos la calefacción por primera vez en nuestras vidas en pleno mes de agosto, y vi el termómetro de la calle marcar 2 ºC, con el mes aún en el calendario.

Un par de semanas después, paseando por el barrio, vi la fuente que hay en el parque infantil con una fina capa de hielo en el borde. Había leído sobre lagos helándose en las noticias, en titulares fríos y lejanos; tocarlo con mis propias manos, notar cómo el hielo se resistía a romperse bajo los dedos, fue distinto. Lo hizo más real y más desesperanzador.

Sin luz no había fotosíntesis, así que la vegetación ya llevaba tiempo muriendo, y pronto empezó a hablarse de colapso en la cadena alimentaria. Empezamos a acumular alimentos enlatados y en conserva, como todo el mundo, y el colapso social llegó casi al mismo ritmo que el frío: primero las tiendas vacías, luego las colas, luego los turnos vigilados para repartir lo poco que quedaba.

Ahora estamos esperando que se congele la superficie del océano.

Dicen que están construyendo búnkeres para que podamos vivir bajo tierra, ante la bajada de las temperaturas, y que cultivaremos con sistemas hidropónicos, pero los mayores ya hemos visto muchas películas de catástrofes para saber que no podrán entrar todos.

Cada noche, cuando salgo a la azotea, la luna sigue ahí, llena y serena, indiferente a todo lo que se derrumba debajo. Es la única cosa en el cielo que no ha cambiado desde aquel 12 de agosto.

Es curioso cómo echo de menos el calor asfixiante, las cigarras y el abanico.

Y siento culpabilidad. Porque aquella tarde en el prado, con los ojos cerrados y el frescor en la cara, yo deseé que siempre hubiera un eclipse el día del eclipse. Fue un pensamiento tonto, de los que se te pasan por la cabeza sin querer decir nada. Pero ahora, de noche, no dejo de darle vueltas: ¿y si el universo, por una vez, estaba escuchando? ¿Y si fui yo?

Así que ahora, cada día, a la misma hora en que lo hice aquel 12 de agosto, cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que la sombra se retire para siempre y que nunca más haya eclipses.

Y por si acaso, lo hago con las gafas homologadas puestas, que caen encima de la bufanda que me cubre todo el rostro.

Pausa imperfecta.

Este mes, que empieza mañana, es el que utiliza este Blog Imperfecto para recargar las pilas.

Toca leer, escribir, pintar, nadar, dormir, respirar naturaleza, hacer cosas o no hacer nada, pero siempre atentos a esos pequeños detalles imperfectos y maravillosos que nos rodean, para poder compartirlos cuando volvamos.

Este Blog no se irá sin antes dar las gracias a todos los que nos leen y nos acompañan. Sin ellos, la imperfección no sería tan perfecta.

Nos leemos a la vuelta.

Al pepino, le importa.

El pepino se reivindica. Está harto de las bromitas sobre su morfología. Harto de que digan que repite. Harto de esas personas extrañas que se lo colocan sobre los ojos para disminuir bolsas y arrugas (¿arrugas, él?) y, encima, a rodajitas.

Está harto de todos esos seres humanos que dicen «me importa un pepino», como si un pepino no fuera nada. Es un pepino.

Por eso, muestra su zarcillo: una espiral perfecta y equilibrada. Armoniosa. Preciosa.

Y lo oigo, reivindicándose, porque a él sí le importa.

Mariquita minimalista .

Descubro un insecto que me llama la atención. Es muy estético y da para la foto. La brisa no me deja tranquila y no hay manera de encuadrar a esa… ¿mariquita minimalista?

Las mariquitas, a pesar de ser un tipo de escarabajos (sí, lo siento), son un insecto simpático. Esta, sin embargo, no muestra los llamativos colores de las otras mariquitas que he visto en mi vida…

Tras una investigación exhaustiva (que es preguntárselo a una IA), descubro que se trata de una Nezara viridula. Está en su estadio de ninfa, antes de pasar a ser un insecto adulto. Entonces, será verde tipo Hulk.

Mi mariquita minimalista es en realidad un tipo de chinche. Más concretamente, «chinche hedionda».

Esta variedad no supone un riesgo para el ser humano. No pica, ni muerde, no transmite enfermedades y no es tóxica.

Eso sí, si se la molesta, emite un líquido maloliente.

Su apellido es «hedionda»; el nombre ya daba pistas…

El móvil de viento que no suena.

Iba buscando un móvil de viento, para un árbol que tiene colgados otros muchos: regalos y recuerdos de viajes. Hace mucho tiempo que no los oigo tintinear porque no hay viento y la mínima brisa que llega no da para hacer sonar las campanillas, pero, aún con ese viento inexistente, les requiero que tengan algún sistema para emitir sonidos relajantes el día que bufe un poco.

Encontré atrapasueños y otras figuras colgantes, pero no eran lo que buscaba. Sin sonido, no me valían. Entonces llegamos a una pequeña tienda atiborrada (que es más que llena) de cerámica, objetos de decoración y… móviles de viento. Bajabas dos escalones y la tienda se adentraba en una profundidad de recovecos con mil cosas.

En la entrada, al lado de los dos escalones, una señora mayor. Detrás de un mostrador eventual pero que tenía pinta de estar allí toda la vida, creado con las cajas de embalaje de sus proveedores de cerámica. Encima, periódicos abiertos, en los que iba envolviendo, metódicamente, las piezas de cerámica que se compraban. Una libretita blanca y un boli. Apuntaba cada cosa que envolvía en la libreta. Una vez finalizaba, ponía las piezas en otra caja de cartón reciclada y hacía la cuenta, manualmente. Después, se la tendía al cliente para que la repasara. El datáfono, para pasar la tarjeta o el teléfono, debajo de las cajas. Mejor en efectivo, pero había que adaptarse a los tiempos. Yo esperaba mi turno notando el calor que se acumulaba allí dentro, pero, como el resto de la cola, no podía apartar la mirada de ese lento proceder, ese hábil envoltorio en papel de periódico y aquella libreta llena de cuentas.

Lo mío fue fácil, porque tenía dos piezas: el móvil de viento y un pez de hierro oxidado. Aquello complació a la que esperaba detrás de mí, porque aquel lugar empezaba a ser un horno del tamaño de un ser humano. La señora, sin inmutarse, me dijo el total y me ofreció una bolsa. No me sorprendió que llevara la cruz farmacéutica. «Es de una amiga que cerró su farmacia por jubilación y me dio todas las bolsas».

Salí con mi bolsa de farmacia y mis dos piezas, pensando en cuánto tiempo le quedaba a un lugar así. Hay pocas tiendas de las de antes en la isla. Es posible que cuando vuelva, esta también sea un espacio chic, o que se haya producido el relevo generacional. Pero cada vez que miro el pez o el móvil que no suena porque no hay viento, me acordaré de aquella tienda, de aquella mujer, y de esa sensación de haber encontrado algo auténtico y en peligro de extinción.

Y no es el móvil lo que está en peligro de extinción. Es lo genuino.

Amigo, necesitas espacio.

Para estar más fuerte, para tener un color más vivaz, para no estar estresado, para vivir mejor.

Ahora que te veo, amigo, llego a la conclusión de que lo que te pasa es que te falta espacio. Necesitas una porción de tierra más amplia, de sustrato enriquecido, para que puedas crecer en calma y en plan bonito. No estás equilibrado, firme y elegante.

Hace dos años fotografié este cactus, Lepismium houlletianum: verde intenso, cómodo y con pretensiones.

Pasados dos años, este cactus tropical presenta síntomas de estrés. Es más grande, pero está decaído, desmayado, como si le pesara el propio cuerpo y el verde no es tan intenso.

Quisiera decírselo así, directamente, pero como no se ha demostrado que exista comunicación bidireccional entre ser humano y planta, le dejaré una nota al jardinero.

Te falta espacio para seguir creciendo y para ser el cactus que estás destinado a ser…

Seguro que la próxima vez que nos veamos, estarás fenomenal.

Compañero infatigable.

Me ha acompañado en la playa, en el chiringuito, en los paseos, en las visitas a mercadillos… Incansable y ligero.

Pero es lo que transmite lo que lo hace especial. Un pequeño capazo de rafia con una sonrisa bordada que activa las neuronas espejo. Que te hace sonreír.

Tres veces me preguntaron dónde lo había comprado, pero no pude complacer a quien quería uno. No era de la isla: viajaba conmigo desde casa, para acompañarme estos días de verano.

—Misión cumplida, me dice, sonriente…

Un trozo de puerta.

No lo llames arte. Llámalo «terapia con trozo de puerta» o «trozo de puerta emocional»…

Ese pedacito de puerta llevaba mi nombre escrito. O yo lo vi allí, refulgiendo, apilado junto a otras piezas de madera que había coleccionado alguien que ya no está, aunque siempre esté.

El tiempo que pasé limpiándolo, lijándolo y pensando qué iba a hacer con él fue uno de esos espacios de tiempo de calidad que tanto cuesta conseguir. Fue hurgar en mi caja de «Cosas para pegar» y encontrar piezas de otro cuadro ya sin vida, la cuerda y esas estrellas de purpurina que se utilizan en las creaciones navideñas, y empezar a trajinar con el pegamento… Más quality time…

Y ya da igual si queda bonito o feo, si hace más bella la pared en la que está colgado o la empeora. Eso no es importante. Lo remarcable es que la búsqueda del material y la ejecución de la obra se convirtieron en un eje espacio-tiempo de máximo confort emocional.

Nunca pensé que un trozo de puerta iba a darme tanto…

Envíame un link.

No hay mala fe. Solo una genuina emoción de compartir algo que te ha gustado mucho, te ha emocionado, te ha hecho reflexionar o te ha hecho reír. Quieres que el otro sienta esa fascinación y, sin preguntarle, le tiendes el teléfono con la pantalla a punto del play, con ese vídeo tan divertido, o ese consejo increíble para —lo que sea—, o un fragmento de un monólogo acertadísimo…

El otro acepta tu teléfono o lo mira mientras se lo sujetas. Si el clip excede los dos minutos, se hace largo. Si son cuatro o cinco minutos, se hace eterno. Y mientras lo ves, sientes la presión en el cogote. La mirada del que lo ha descubierto, fija en tu cara, esperando el momento exacto en que tu expresión cambie. Buscando la risa, el gesto de sorpresa, el asentimiento cómplice. Esa reacción que en su cabeza ya tiene ensayada porque fue exactamente la suya. Si no llega, hay una ligera decepción que tampoco dice nada pero se nota.

Es como cuando alguien prueba un plato que le emociona y te amenaza, tenedor en ristre, con un «pruébalo, está exquisito», aunque tú le hayas dicho ya cinco veces que no. Al final, lo pruebas.

Deberían establecerse unas normas mínimas de cortesía digital: si vamos a compartir en directo algo de un minuto o menos, vale. Si llega a los dos minutos o los excede, enviemos un link y que el otro lo vea cuando le apetezca.

Y no, no quiero probar ese pastel de limón porque no me gusta nada el limón, pero gracias por pensar en mí…

Ciclos.

De todo lo bonito que había para fotografiar, como este callejón, a mí me dio por el solar en ruinas que, supongo, en breve se convertirá en un bloque de pisos.

Me gustó ese color azul celeste desvaído. Y el ocre, destacando entre la desolación…

Llámame rara, pero vi belleza en los signos del pasado tan evidentes en esas paredes… Supongo que si algún día vuelvo, veré un edificio —ya no sé si bonito o feo— del que saldrá una madre atareada con sus niños, mientras en el piso tercero una mujer riega los espléndidos geranios de su terraza…

Ciclos.