Sant Jordi. La cita con los libros y las rosas. Es el día de los amantes de la lectura, de quienes sueñan con viajar a mil lugares y abrir la mente entre las páginas de un libro. Un buen día, … Sigue leyendo →
Un minuto exacto… Da para muchas cosas. Se puede dar un beso y un abrazo o beber un trago de agua fresca. Dar un número impreciso de pasos en un paseo. Escribir unas líneas de un post o leer un … Sigue leyendo →
Ya os aviso desde el principio: hoy celebro el mío. No os voy a confesar cuántos cumplo. Para saberlo, tendría que multiplicar 364 por mi número de años, y de ahí saldría una cifra tan astronómica que prefiero no conocer. … Sigue leyendo →
Se sentía feliz. Tal vez «feliz» fuera una palabra excesiva para aquella sensación apacible que lo habitaba, pero no encontraba otra mejor. No era euforia ni plenitud, sino una tregua interior. Por primera vez en muchos años, tenía la impresión … Sigue leyendo →
Entre tantas fotografías que claman el fin de las guerras y pronuncian la paz, hay algo en esta que me ha llevado a pensar en la asombrosa misión Artemis II. Quizá porque, al mirarnos desde lejos, la humanidad deja de parecer un puñado de fronteras y se revela como lo que siempre ha sido: una sola cosa, frágil, indivisible, inevitablemente condenada a entenderse.
Recibo alertas de premios y concursos literarios porque, de vez en cuando, alguno actúa como catalizador y me empuja a escribir algo nuevo.
Tengo mis cosas. Priorizo los que permiten envío digital. Me da bastante pereza todo ese ritual de imprimir, encuadernar, meter en un sobre, ir a Correos y certificar. También necesito que el tema me seduzca. Si es libre, mejor. El premio, en cambio, me da igual. Lo que de verdad me atrae es escribir y saber que alguien al otro lado —un jurado, unos lectores— va a dedicarle atención a ese texto.
Prefiero, además, que sea un cuento. Breve. Las novelas, incluso las cortas, exigen un tiempo y una organización que no siempre encajan con esa pulsión instantánea que siento cuando leo unas bases y algo hace click. Un relato, en cambio, puede aparecer de golpe: rápido, entero y, con suerte, sin demasiado sufrimiento.
Hace poco descubrí la nueva convocatoria de Verano de Cuento, organizada por Teatrofia. El plazo de envío termina el 30 de abril, y confieso que me han entrado ganas de presentarme solo por el tono de sus bases. Están escritas con una mezcla de humor, cercanía y falta absoluta de solemnidad que me resulta casi irresistible.
No es habitual encontrar unas bases que parezcan redactadas por personas reales que saben perfectamente lo que pasa cada año: textos que llegan mal, correos pidiendo confirmación, autores que no leen las instrucciones y participantes que se saltan, con entusiasmo, lo que parecía clarísimo.
La propuesta es sencilla y tentadora: tema libre, un solo relato por persona, en castellano, con una extensión máxima de dos folios y envío por correo electrónico. Nada de plicas, nada de ceremonias innecesarias. Solo tu texto, tu nombre o seudónimo.
Entre mis partes favoritas de las bases está esa advertencia de que no hace falta llegar a los dos folios, que un relato puede ser incluso un párrafo, siempre que funcione. O esa otra en la que piden que no copies el texto en el cuerpo del correo “por dior”. Y, por supuesto, el tercer premio: un abracito. Solo por eso, ya merecen ser leídas.
No sé todavía qué voy a escribir. No sé si saldrá algo decente. No sé siquiera si lograré terminarlo a tiempo. Pero quiero intentarlo. Y he pensado que quizá a alguno de vosotros también le pase lo mismo al leerlas: que le entren ganas. No de competir, necesariamente. No de ganar. Solo de sentarse y escribir un cuento, si se deja.
Es muy emocionante esto de la misión Artemis II y la solitaria nave Orión, rumbo a su encuentro con la Luna. Tenemos información exhaustiva en todos los medios sobre cada detalle de esta misión, y nos llegan imágenes increíbles.
Esas fotografías somos nosotros. Todos nosotros. La humanidad entera, salvo los catorce seres humanos que ahora mismo están ahí arriba.
Esa preciosa esfera de azules, ocres y verdes, con luces radiantes y auroras boreales, suspendida en el espacio oscuro e inmenso. Nuestro envase. El que nos contiene.
Me quedo con las palabras de Víctor Glover, el piloto de Orión:
“En medio de todo este vacío, de todo esto que es prácticamente nada, a lo que llamamos universo, tenéis este oasis, este lugar hermoso en el que podemos existir juntos”.
Habría que mandar a más de uno al espacio sideral para que lo entendiera. Esos que amenazan con destruir civilizaciones. Y, si aun así no lo ven claro, que se queden orbitando, for ever.
Puedes viajar a cualquier parte del mundo. Son viajes que trazamos en los mapas; llegamos a nuestro destino surcando mares, por carretera o volando por el cielo. Pero pocas veces puedes asomarte al balcón de tu casa, o simplemente alzar la vista, señalar hacia arriba con el dedo y decir: van allí.
Eso es lo que ocurrirá hoy con Artemis II, a las 00:24, hora española. Cuatro astronautas emprenderán un viaje para orbitar la Luna.
Van allí, a la Luna. A un lugar que todos podemos mirar, si no hay nubes, y que, tengo la sensación, nos pertenece un poco a todos. Aunque, oyendo a los expertos en esto del espacio, parece que hay una “competición” entre países por ver quién es el primero en establecer una base lunar estable y explotar recursos minerales, además de elementos tan importantes para la vida allí como el hielo. También es el primer paso para llegar a Marte… Por lo que se ve, la Tierra se nos queda pequeña.
Buen viaje. Desde el planeta azul os estaremos mirando y, de algún modo, también viajando con vosotros.
NB 1: Fotos de lunas de este blog que , justo hoy, había nubes. NB 2: Para los lunáticos, la serie Para toda la humanidad, de Apple TV+, parte de la idea de que el avance espacial no se detuvo en los años 70, después de las misiones Apolo… Muy recomendable.
En muchas culturas, la vida nueva se representa con los mismos símbolos: la luz, el agua, las flores, el pan, o el huevo. Da igual cómo los nombremos o desde qué tradición los miremos: todos hablan de lo mismo. De volver a empezar, de dejar atrás lo viejo y de cuidar lo que nace…
Esa idea nos une, más allá de cualquier religión, y las abraza todas desde el respeto.
Hoy, más que nunca, convendría recordarlo.
Felices vacaciones, feliz Semana Santa y feliz Pascua. Nos leemos a la vuelta.
Sábado por la noche. Estoy un poco depre, la verdad. Tengo la sensación de que mi vida es… insustancial. Desmotivadora, en general. Los que me rodean dicen que estoy loca. «¡Si todo te va bien!». Algunos incluso aseguran que me envidian, pero… yo lo veo todo gris.
Esta noche toca cambio de hora. Algo sencillo: a las dos de la madrugada serán las tres. Todos mis dispositivos son digitales, así que mi ordenador, mi tablet, mi teléfono, la televisión… todo cambiará automáticamente al nuevo horario.
Solo hay un reloj en toda la casa que tengo que tocar yo. El de la cocina. Lo compramos en una tienda del Soho londinense, convencidos de que era una pieza vintage, y luego resultó ser una baratija made in China. Cuando termina la película con la que me he quedado medio dormida en el sofá, decido dejar ese asunto resuelto. Son las dos. No. Las tres…
Voy a la cocina, todavía adormilada. Entonces veo una mancha de aceite en el suelo. Cojo el reloj y muevo las manecillas, pero un leve traspié me hace tambalearme hacia atrás, a punto de caer de espaldas. Consigo recuperar el equilibrio con un manotazo torpe en el aire, pero el impulso es demasiado fuerte y acabo estrellándome contra la alacena, llevándome por delante toda la cerámica.
No sé si estoy consciente o inconsciente. No me duele nada. Floto entre algo que se parece a las nubes… Miro hacia abajo y me veo. Pero no estoy en la cocina. Lo que veo son escenas de mi vida. Episodios. Instantes. Algunos me hacen llorar; otros, sonreír; otros me arrancan carcajadas. Me acomodo en aquella masa blanca, etérea, sorprendentemente confortable. Me apetecen hasta unas palomitas.
Sigo observando mi vida y descubro que sí, que es verdad: hay muchas cosas luminosas. Hay color. Hay ternura, risas, instantes hermosos que yo misma había ido empequeñeciendo hasta casi no verlos. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Y entonces me invade una frustración feroz. Porque quizá ya es demasiado tarde. Porque tal vez me he muerto en la cocina…
Me despierto en el sofá.
Miro el reloj. Son las doce de la noche.
¿No eran las dos? ¿O las tres?
Estoy a punto de irme a la cama, pero entonces me acuerdo del cambio de hora. Todos mis dispositivos son digitales y se actualizarán solos, sí, pero el reloj de la cocina sigue siendo manual. Cuando me levanto y camino hacia allí, me recorre un escalofrío. Una sensación rara, indefinible. Un no sé qué.
Sin saber muy bien por qué, cojo un trapo antes de encender la luz.
Y entonces la veo.
La mancha de aceite.
No sé por qué he cogido el trapo antes de verla, pero, ya que lo tengo en la mano, limpio el suelo. Una tía de mi madre se cayó una vez de espaldas en la cocina por culpa del aceite y se desnucó…
Mientras giro la rueda que mueve las manecillas, me asalta una sensación extraña: la de haber hecho esto antes. Como si repitiera un gesto aprendido en otro lugar, en otro tiempo, en otra vida.
Me parece una palabra graciosa, esta de floripondio. Me ha venido a la cabeza mientras miraba un bolso en un escaparate, con unas flores enormes adornando el centro. Un floripondio allí, en medio.
¿Por qué floripondio?
En la RAE, floripondio tiene una segunda acepción, despectiva, que es la que corresponde al uso figurado: «flor grande , en adornos de mal gusto».
Pero, el floripondio , también es una planta. Una planta ornamental del género Brugmansia, famosa por sus flores colgantes en forma de trompeta —las llamadas trompetas de ángel—. Son flores realmente grandes: pueden llegar a medir hasta treinta centímetros. Huelen con intensidad al atardecer y desprenden un aroma dulce, denso, muy perfumado.
Es una planta espectacular. Y, sin embargo, también es tóxica si se ingiere o se manipula. Esa es su defensa química: evitar que llegue cualquier herbívoro y se la coma.
Visto así, en conjunto, parece un poco injusto lo que se ha hecho con el floripondio. Una flor bellísima, exagerada, fragante, casi teatral, y la lengua va y la convierte en sinónimo de adorno aparatoso y de mal gusto.
En casa elegimos de manera alterna las series que vemos juntos: una al gusto de unos; la siguiente, al gusto de los otros. Así fue como llegué a Billions, una serie sobre el poder financiero, los entramados económicos, la bolsa, las inversiones y eso que llaman los mercados.
La empecé a ver con desgana, por coherencia con el pacto, pero, a medida que fui conociendo a los personajes, me fue gustando cada vez más. Ahora la recomiendo. Viendo Billions entendí mejor que nunca eso de los mercados. Y cómo se invierte, se especula y, en muchas ocasiones, se manipula.
Soy consciente de que es una serie y, por tanto, una ficción, pero me temo que muy cercana a la realidad. Además, resulta una referencia muy pertinente para los tiempos que corren, porque Billions trata precisamente de cómo los dichosos mercados reaccionan ante eventos extremos como guerras, crisis o shocks políticos.
No hay un episodio centrado exclusivamente en una guerra declarada, pero sí varios que reflejan muy bien la lógica del mercado en situaciones de conflicto o tensión geopolítica.
Se muestran, sobre todo, tres cosas clave.
La primera: el mercado no espera a la guerra; se mueve antes. Rumores, tensiones diplomáticas, sanciones… Todo eso ya genera movimientos de dinero.
La segunda: la volatilidad equivale a oportunidad. Para personajes como Bobby Axelrod, el protagonista, el caos no es un problema; gana con el desorden. Es su materia prima.
La tercera: la información es poder y ventaja. La serie insiste en que quien accede antes a la información gana. Eso incluye contactos políticos, inteligencia económica, rumores procedentes de fuentes creíbles y, también, mucha corrupción.
Cuando veo las imágenes de los bombardeos, las casas destruidas, las personas muertas o heridas, los soldados jóvenes dispuestos a morir, pienso en esos grandes despachos lujosos, en edificios de trescientas plantas, como el de Bobby. Allí, mientras todo salta por los aires, alguien está ganando dinero a costa de la inestabilidad y de la especulación. Y también entiendes que son muy pocos los que juegan a ese nivel.
Quizá lo más obsceno no sea solo la guerra, sino saber que, en cuanto empieza, hay quien no ve cadáveres ni ruinas: ve oportunidades. Mientras unas ciudades arden, en algún despacho alguien celebra haber leído bien los mercados.
La inteligencia artificial es uno de los temas recurrentes de la actualidad. Aparece continuamente y con grandes pretensiones. En muchos campos, su promesa será cierta. Esta herramienta podrá lograr mejoras altamente significativas para la humanidad, pero…
La IA no solo nos responde: aprende de nosotros a través de nuestras preguntas y de nuestros patrones. Le proporcionamos ingentes cantidades de datos de comportamiento humano para que se nutra, crezca y, teóricamente, se haga más inteligente.
Y ahí está el punto ciego. Lo que se nos ha pasado por alto.
A veces, el elefante está en la habitación; otras, entra directamente en la cacharrería. Y aun así, nadie parece verlo.
Si uno lee el periódico, sigue las noticias y observa el tono de las redes sociales, cuesta no preguntarse: ¿de verdad aprender del ser humano es la mejor opción para volverse más inteligente?
Hoy, a las 15: 46 (hora peninsular española), llegará la primavera.
Para celebrarlo, unas ilustraciones de flores. Son del libro, Master of Claude de France’s Book of Flower Studies.
Es una obra fascinante, y en realidad no es una sola imagen aislada sino un manuscrito de estudios botánicos: el Book of Flower Studies, atribuido al Master of Claude de France, un iluminador francés activo aprox. entre 1508 y 1520. El libro se fecha hacia 1510–1515.
Lo más singular es que contiene 39 iluminaciones detalladas de flores europeas, realizadas sobre pergamino con una técnica muy refinada: acuarela opaca, veladuras orgánicas, pintura de oro y plata, tinta y carbón. Hoy está en The Met Cloisters (Nueva York), dentro de la colección del Metropolitan Museum of Art.
Las imágenes son de Public Domain Review, una revista digital sin ánimo de lucro, que explora y difunde obras que están en dominio público (sin derechos de autor).