De todo lo bonito que había para fotografiar, como este callejón, a mí me dio por el solar en ruinas que, supongo, en breve se convertirá en un bloque de pisos. Me gustó ese color azul celeste desvaído. Y el … Sigue leyendo →
No es una mosca cualquiera, es «la mosca». Ha entrado en casa en algún momento, cuando he abierto las ventanas para ventilar o la puerta para recoger el paquete de Amazon. La mosca siempre está aquí y no tiene compañía. … Sigue leyendo →
La experiencia musical puede ser de diez, pero la experiencia visual se puede quedar en cero. Nada puede asegurarte que vas a tener «un buen sitio» en el teatro o en el auditorio. Es posible que conozcas el local, que … Sigue leyendo →
La Ruellia, también llamada petunia mexicana, es una planta con vocación de artista. Cada día ofrece un espectáculo.
A primera hora solo muestra tallos rojizos, hojas estilizadas y capullos aún dormidos, pero cuando el sol empieza a tocarla empieza la escenografía: las flores se abren. Son acampanadas y de un violeta muy limpio.
Lo curioso es que no duran demasiado. Se abren con la luz, se ofrecen a los polinizadores, enseñan su color, hacen lo que vinieron a hacer y, al atardecer, se cierran, se arrugan o se dejan caer.
No es tristeza. Es eficiencia.
La planta regula ese movimiento con la luz, la temperatura y el agua que entra y sale de sus células. Un mecanismo delicado para proteger el polen, ahorrar energía y evitar la humedad de la noche.
Al día siguiente, casi siempre, hay nuevos capullos esperando turno.
Nosotros, los del Mediterráneo, no le hemos puesto nombre a las lunas llenas. El sistema de los nombres es una tradición específicamente norteamericana, ligada al calendario agrícola y de caza de los pueblos indígenas de esa región, y popularizada después por almanaques estadounidenses como el Old Farmer’s Almanac. En estas fechas se recolectaba la fresa silvestre ya madurada.
A nosotros nos han gustado más las noches. La de Sant Joan, por ejemplo, que abre la puerta al verano con hogueras en lugar de con nombres, y que cae casi en las mismas fechas que esta luna sin nombre.
Mientras los pueblos indígenas americanos miraban al cielo y nombraban la luna por la fresa, aquí mirábamos al fuego y nombrábamos la noche por el santo y el solsticio. Dos formas distintas de celebrar lo mismo: que el verano ha llegado.
Qué bonita esta luna llena sin nombre, en esta calurosa noche de verano…
Encuentras el momento. Apenas dos días, marcados en el calendario hace ya un tiempo, en los que la conjunción de vidas permite estar solas. Amigas, sol, piscina, colchonetas, aperitivos ligeros, vino rosado de La Provence y ganas de hablar. O no.
Como una melodía perfectamente ejecutada, hay momentos de conversaciones profundas, intensas o divertidas, y momentos de silencio, dejándonos llevar por nuestra música preferida — una playlist añeja en la que apenas hay una canción de las que ahora están de moda.
Una pulsera con una estrella para cada una, para recordar esos días en los que todo ha sido fácil, sencillo, íntimo.
No me acordaba de ellos pero ayer, me encontré con uno…
Tienen una capacidad asombrosa para absorber toda la energía positiva que hay en los seres humanos que los rodean. Solo la buena. Tienen el morro fino.
Se esconden detrás de múltiples formas de vida: mártir, sabelotodo, prepotente, tirano, amable confidente… No importa cuál sea su disfraz: ellos se comen tu sonrisa hasta morderte el alma.
También hay grados: del 1 al 10, siendo el 10 casi de peligro mortal. Los más insaciables abren la boca, dicen hola y, hasta que la cierran —si es que eso llega a ocurrir—, van dejándote gris. Gris marengo. Negro. Hasta que la oscuridad y el mal rollo acaban con tu pobre reserva de optimismo.
La mayoría de las veces no eres consciente de su poder hasta que has sido sometido a unas tres sesiones de vampirización.
En la primera, aún crees que esa persona es pesada. O cotilla. O un poco chula. O —¡pobrecilla!— está tan preocupada por las enfermedades y miserias de los demás que no puede evitar contártelas todas. O quizá es tonta. O confusa. Porque no se puede ser tan malo intencionadamente, ¿no?
Da lo mismo.
No asocias tu bajón a la interacción con el vampiro de energía.
La segunda vez que lo sufres, ya empiezas a intuir que existe una clara relación de causa y efecto. La tercera, la famosa vencida, ya sabes que, si te cruzas con el vampiro, debes alejarte lo máximo que puedas porque, de lo contrario, llegarás a casa triste y melancólico, incapaz de encontrarle la gracia a los placeres sencillos de la vida. Con ese aura turbia y gris. Sin brillo.
El vampiro de energía pasa olímpicamente de la atmósfera que genera. Una vez se ha alimentado, busca una nueva víctima. Tú ya eres historia. Hasta que vuelvas a cruzarte en su camino. Entonces se lanzará a la yugular y atacará de nuevo.
Una sonrisa y un «hasta luego». O un «hasta nunca». O un «voy al baño». O un «tengo una llamada»… La excusa da igual. La cuestión es no dejarlos entrar.
Hay que hacerlo con valentía y sin olvidar la sonrisa, que viene a ser algo así como la estaca en el corazón.
El fenómeno empezó en julio, aunque nadie lo llamó fenómeno. Fue una cosa pequeña: un oficinista de Barcelona apagó el móvil y, al volver, ya no quiso odiar a nadie.
Después pasó en Lisboa, en Oslo, en Dakar, en Buenos Aires, en Tokio. Las vacaciones iban llegando de forma escalonada, como una marea discreta. La gente se marchaba a playas, montañas, pueblos con moscas y terrazas con sillas cojas. Decían que iban a recargar las pilas.
Pero las pilas, al cargarse, hicieron algo inesperado.
Absorbieron la oscuridad.
No toda, claro. Las guerras seguían en las pantallas. Los políticos salvajes continuaban enseñando los dientes. Las desgracias de la humanidad seguían presentes, insistentes. Sin embargo, quienes regresaban traían otra mirada.
Era el famoso «cambio de chip» de las vacaciones que, ahora, cobraba sentido.
La gente volvía al lunes queriendo vivir tranquila. No pisar a nadie. No dejarse pisar.
Hubo quien lo consideró una catástrofe. Los de siempre. Los que necesitaban el conflicto para existir. Destinaron presupuestos multimillonarios a encontrar la vacuna que curara el cambio de chip de los que volvían de vacaciones. Pero eran muchos y volvían con aquellas extrañas pilas recargadas de buenas intenciones. Eran demasiados, y con eso no contaban. Ni todo el dinero del mundo pudo con aquella mutación.
Nunca se supo qué fue lo que la provocó.
Pero, un año después, ese famoso 1% que quería dominar a la humanidad vivía escondido en búnkeres.
Temían salir al exterior y encontrarse con el 99% restante.
Gente peligrosa.
Gente que volvía a irse de vacaciones para recargar pilas.
Gente que sonreía.
Gente que empezaba, por fin, a saber vivir en paz.
Este es el olivo que planté en 2020. Es una de las fotos que más se ha descargado en mi portafolio de Unsplash —2.327 veces— y ha sido visualizada casi 400.000 ocasiones.
Han pasado seis años y el olivo luce así. Muy bien no está.
Subo la imagen a una app para que me dé un diagnóstico de su estado.
Olivo en estado medio, con estrés moderado, falta de vigor y necesidad de saneamiento, pero con buena posibilidad de recuperación.
Teniendo en cuenta que este árbol es el símbolo botánico de la paz, las noticias son positivas.
Está vivo. Debilitado y algo estresado, pero recuperable.
La app me da el remedio: con trasplante a una maceta más grande, poda suave de limpieza y formación, buen sol y riego controlado, podría mejorar bastante en una o dos temporadas.