Soy totalmente selectiva con las señales. Igual que no me creo nada de todo eso que dicen que da mala suerte, me vuelvo una crédula ferviente cuando se trata de señales buenas.
Se me cruza un gato negro y lo saludo.
Me encuentro una flor de diente de león y pido un deseo.
He abierto la ventana para ventilar y dejar que entrara un poco de aire de primavera. Y entonces lo he visto: un precioso ángel —así los llamaba mi padre— revoloteando a mi alrededor hasta posarse en la encimera de la cocina.
Con la corriente de aire, el ángel amenazaba con salir volando de nuevo. He sido rápida.
—Este deseo es mío —he pensado, mientras cogía un vaso y lo capturaba con cuidado.
Una vez que lo he tenido a buen recaudo, he salido a la terraza y lo he liberado. Ha ascendido hacia el cielo azul y más allá, y, en su viaje, se ha llevado mi deseo.
En muchas culturas, la vida nueva se representa con los mismos símbolos: la luz, el agua, las flores, el pan, o el huevo. Da igual cómo los nombremos o desde qué tradición los miremos: todos hablan de lo mismo. De volver a empezar, de dejar atrás lo viejo y de cuidar lo que nace…
Esa idea nos une, más allá de cualquier religión, y las abraza todas desde el respeto.
Hoy, más que nunca, convendría recordarlo.
Felices vacaciones, feliz Semana Santa y feliz Pascua. Nos leemos a la vuelta.
Me parece una palabra graciosa, esta de floripondio. Me ha venido a la cabeza mientras miraba un bolso en un escaparate, con unas flores enormes adornando el centro. Un floripondio allí, en medio.
¿Por qué floripondio?
En la RAE, floripondio tiene una segunda acepción, despectiva, que es la que corresponde al uso figurado: «flor grande , en adornos de mal gusto».
Pero, el floripondio , también es una planta. Una planta ornamental del género Brugmansia, famosa por sus flores colgantes en forma de trompeta —las llamadas trompetas de ángel—. Son flores realmente grandes: pueden llegar a medir hasta treinta centímetros. Huelen con intensidad al atardecer y desprenden un aroma dulce, denso, muy perfumado.
Es una planta espectacular. Y, sin embargo, también es tóxica si se ingiere o se manipula. Esa es su defensa química: evitar que llegue cualquier herbívoro y se la coma.
Visto así, en conjunto, parece un poco injusto lo que se ha hecho con el floripondio. Una flor bellísima, exagerada, fragante, casi teatral, y la lengua va y la convierte en sinónimo de adorno aparatoso y de mal gusto.
Hoy, a las 15: 46 (hora peninsular española), llegará la primavera.
Para celebrarlo, unas ilustraciones de flores. Son del libro, Master of Claude de France’s Book of Flower Studies.
Es una obra fascinante, y en realidad no es una sola imagen aislada sino un manuscrito de estudios botánicos: el Book of Flower Studies, atribuido al Master of Claude de France, un iluminador francés activo aprox. entre 1508 y 1520. El libro se fecha hacia 1510–1515.
Lo más singular es que contiene 39 iluminaciones detalladas de flores europeas, realizadas sobre pergamino con una técnica muy refinada: acuarela opaca, veladuras orgánicas, pintura de oro y plata, tinta y carbón. Hoy está en The Met Cloisters (Nueva York), dentro de la colección del Metropolitan Museum of Art.
Las imágenes son de Public Domain Review, una revista digital sin ánimo de lucro, que explora y difunde obras que están en dominio público (sin derechos de autor).
Los puntos nacen de lentejuelas de un jersey y pequeñas piedras de una pulsera. Objetos sencillos, de la vida cotidiana, que recuerdan algo simple: la mayoría de las cosas son buenas.
Cada punto guarda una posibilidad. Cada brillo, una esperanza.
Solo hace falta un instante. Y un poco de viento para que lo bueno empiece a esparcirse.
Otra vez las camelias. Cuando florecen, en invierno, siempre la misma foto. Y un post…
Me fascina esa “casi” perfección de la flor. Me sorprende cada año.
Cada pétalo nace ligeramente girado respecto al anterior y sigue un patrón matemático. El ángulo entre ellos ronda los 137,5°, conocido como ángulo áureo. Es el mismo que aparece en girasoles.
No es casualidad, es eficiencia.
La planta coloca cada nuevo pétalo donde menos interfiere con el anterior. Así optimiza espacio y luz.
Lo que vemos como belleza es, en realidad, organización biológica muy eficaz.
Y sí: la naturaleza es bastante buena haciendo geometría y belleza.
Matilda sale poco de casa. Hasta hace poco, aprovechaba la bendita prejubilación para salir a comprar y, de paso, pasear tranquila. Tenía una libretita en la cocina y un bolígrafo de cuatro colores en el que iba apuntando lo que le faltaba.
Si eran cosas de volumen o peso, las pedía online. Pero los frescos y las pequeñas cosas le gustaba ir a comprarlas ella. Se le rompía una cremallera o quería unas medias que no le interrumpieran la circulación por debajo de la rodilla: lo apuntaba para pasar por la mercería. Un tope para la puerta o un cuelgafácil para colgar unas fotos que había enmarcado: pasaba por la ferretería.
Esos eran los temas “puntuales”. Pero había también unos “fijos”: diarios, semanales e incluso mensuales. El pan, la prensa, un ramo de flores…
A Matilda la conocían en todos aquellos comercios y siempre intercambiaba unas palabras con el panadero, la frutera, la joven del quiosco y la florista. Cuando volvía a casa, además, se había dado un agradable paseo.
Ahora Matilda ya no frecuenta mucho la ferretería ni la mercería. Se ha acostumbrado a pedir la pieza de la cremallera, el tope de la puerta, el pan, la comida e incluso las flores por Repartón. Está hipnotizada por su inmediatez: quiere una cosa y la tiene ese mismo día o, a más tardar, al siguiente. También por su eficiencia: tiene cosas a su disposición que le cuesta encontrar en el barrio, como aquellos rotuladores metálicos permanentes para decorar un jarrón. Y si se equivoca, se lo recogen y se lo devuelven rápido.
Su vida transcurre pendiente del timbre de la puerta, a la espera del paquete de ese día, consultando el mapa del repartidor para ver a cuántas paradas está de su casa. Tiene el mundo en sus manos, a un solo clic de distancia.
La familia y los amigos están preocupados por ella. Sospechan que puede padecer un SR agudo, pero no saben cómo abordar el tema. Han mirado en el catálogo de Repartón si hay algún libro con técnicas terapéuticas para poder ayudarla.
Mientras tanto, la floristería ha puesto el cartel de “Se traspasa” y el panadero se ha jubilado. Ahora el espacio lo ocupa una tienda de fundas de móviles que, por cierto, se pueden encontrar más baratas en la plataforma.
Síndrome Repartón (SR)
Definición (no reconocida por la OMS, pero por tu timbre sí): trastorno leve por el cual una persona deja de “ir a por cosas” y pasa a “recibir cosas” en casa. Esta situación desemboca en una parálisis preventiva de las actividades que puedan impedir oír el timbre de la puerta y en la pérdida de las visitas al comercio local, con la consiguiente desaparición de la interacción social trivial (el “¿qué tal?”, el “lo de siempre” y el “hoy hace fresco… o parece que va a llover”)
Y Matilda, sin darse cuenta, cambió el paseo por la espera.
Me encanta el apio en ensalada. Por eso, un apio recién cortado de un pequeño huerto urbano es un tesoro: un regalo sencillo, directo, crujiente. En crudo tiene ese punto de frescor que limpia el paladar, pero su verdadero superpoder aparece cuando perfuma caldos, guisos y sofritos con un fondo vegetal, claro y reconocible.
Ese aroma no es casual. Durante siglos se apreció precisamente por eso: por lo que dejaba en el aire . La idea me dio curiosidad y me puse a buscar perfumes actuales con notas de apio. Los hay. Nunca lo habría imaginado…
El corazón —blanco y crujiente— ya desapareció en una ensalada. Me quedé con unas ramas espectaculares y, mientras espero a que acaben en un plato, las he puesto en un jarrón con agua. Además de exquisito y fragante, resulta que el apio también decora.
Compré este jarrón hace meses. Blanco, simple, y con una frase en francés impecable: “merci pour les fleurs”. Pero no había flores, así que el jarrón se fue directo al armario hasta la ocasión y, siendo honestos, me olvidé de él.
Hasta ayer.
Ayer llegaron flores. Y me acordé del jarrón como si me llamara por su nombre. Lo saqué, puse las flores y lo planté en la mesa . Por fin, todo encajó: el objeto y el momento feliz.
El ramo era tan espléndido que salieron tres arreglos florales. Como solo tenía un jarrón – “el jarrón”- las he puesto en una cubitera cubierta por una cesta de mimbre y una jarra de agua.