Este es el olivo que planté en 2020. Es una de las fotos que más se ha descargado en mi portafolio de Unsplash —2.327 veces— y ha sido visualizada casi 400.000 ocasiones.
Han pasado seis años y el olivo luce así. Muy bien no está.
Subo la imagen a una app para que me dé un diagnóstico de su estado.
Olivo en estado medio, con estrés moderado, falta de vigor y necesidad de saneamiento, pero con buena posibilidad de recuperación.
Teniendo en cuenta que este árbol es el símbolo botánico de la paz, las noticias son positivas.
Está vivo. Debilitado y algo estresado, pero recuperable.
La app me da el remedio: con trasplante a una maceta más grande, poda suave de limpieza y formación, buen sol y riego controlado, podría mejorar bastante en una o dos temporadas.
Se acerca una tormenta. De nuevo. Esta vez, estaremos preparados. No nos sorprenderá como la primera vez…
Ese día, el de la primera tormenta, me acordé de coger mi paraguas rojo. Mientras me tomaba el café matutino, oí el parte meteorológico, me asomé a la ventana de la cocina y observé unas nubes lejanas que avanzaban hacia mí.
Ese día, el de la primera tormenta, decidí ir caminando a trabajar. Las nubes me sorprendieron esperando el autobús y yo, y los que estaban alrededor, nos quedamos extasiados viendo los colores y las formas que caían del cielo.
Ese día, el de la primera tormenta, casi todos abrimos nuestros paraguas para resguardarnos de esa lluvia de color que, aunque de efectos visuales maravillosos, se nos antojaba extraña. Casi todos… Todos menos una chica joven que extendió los brazos, se descalzó y alzó su rostro hacia el cielo.
Copos y gotas de lluvia multicolor la fueron empapando, mientras ella bailaba y reía y nos animaba a hacer lo mismo. La nube pasó y dejamos de observar a la mujer que seguía riendo, encantada, mirando el cielo ya despejado y luminoso.
Al día siguiente, el rostro de aquella muchacha apareció en todos los informativos de todos los canales de televisión. Inundó las redes sociales. Fue portada de los periódicos de mayor tirada del país. ¡Aquella mujer era absolutamente feliz! La exposición a aquella tormenta tan especial la había empapado de felicidad, pura y dura.
Hoy hay una alerta a la población mundial de riesgo de tormenta. Se acerca. De nuevo. Nos piden que no cojamos nuestros paraguas. Que nos descalcemos, que nos despojemos de nuestra ropa y salgamos a la calle. Que extendamos los brazos en cruz y que alcemos el rostro hacia la lluvia de color.
Cuando estoy en el campo, me gusta sentarme en silencio, sin nada más que hacer que estar. Me deleito con los colores y estoy atenta a los sonidos de la naturaleza. A mejor tiempo, más probabilidades hay de que lo haga por la noche. Apago todas las luces ambientales e intento ver las constelaciones, las estrellas y, de nuevo, las melodías que llegan del bosque.
Hace unos días, observé Venus y Júpiter y escuché algo nuevo que no supe identificar. Me vi obligada a ir a buscar mi teléfono y tirar de apps. Por eso sé que aquellos puntos brillantes eran los dos planetas y que el «tui-tui» lastimoso era de un pequeño búho que la aplicación ya me indicaba que no era habitual por estos lares.
Pero lo que más me impactó fue una luciérnaga. Solo una. Danzando por el campo, hasta que se perdió tras los árboles.
Solo una vez he visto luciérnagas por aquí. Fue una noche de verano, en compañía de una persona muy querida que ya no está, aunque sé que está, de otra forma, en mis recuerdos, en mi vida y muy posiblemente en esa luciérnaga…
Vuelan, revolotean, se posan y posan. El escenario es el campo de mayo, el sol estridente y esa banda sonora de pájaros melodiosos e insistentes.
Mientras hago las fotos, están a lo suyo entre lavanda y salvia mediterráneas. No las molesto. No soy un depredador para ellas; solo estoy robándoles la intimidad para mostrar su belleza al mundo.
Tienen más miedo de esos gorriones que cantan sin parar o de la lagartija que ha pasado hace un rato entre las piedras. El sol las mantiene en movimiento, calentándolas, en estas pocas semanas de vida que disfrutan: de una a tres semanas para esta especie, la Pieris rapae.
Igual las estoy fotografiando en su último día o en el primero. Quién sabe. Tal vez por eso me parecen aún más bonitas.
Soy totalmente selectiva con las señales. Igual que no me creo nada de todo eso que dicen que da mala suerte, me vuelvo una crédula ferviente cuando se trata de señales buenas.
Se me cruza un gato negro y lo saludo.
Me encuentro una flor de diente de león y pido un deseo.
He abierto la ventana para ventilar y dejar que entrara un poco de aire de primavera. Y entonces lo he visto: un precioso ángel —así los llamaba mi padre— revoloteando a mi alrededor hasta posarse en la encimera de la cocina.
Con la corriente de aire, el ángel amenazaba con salir volando de nuevo. He sido rápida.
—Este deseo es mío —he pensado, mientras cogía un vaso y lo capturaba con cuidado.
Una vez que lo he tenido a buen recaudo, he salido a la terraza y lo he liberado. Ha ascendido hacia el cielo azul y más allá, y, en su viaje, se ha llevado mi deseo.
En muchas culturas, la vida nueva se representa con los mismos símbolos: la luz, el agua, las flores, el pan, o el huevo. Da igual cómo los nombremos o desde qué tradición los miremos: todos hablan de lo mismo. De volver a empezar, de dejar atrás lo viejo y de cuidar lo que nace…
Esa idea nos une, más allá de cualquier religión, y las abraza todas desde el respeto.
Hoy, más que nunca, convendría recordarlo.
Felices vacaciones, feliz Semana Santa y feliz Pascua. Nos leemos a la vuelta.
Me parece una palabra graciosa, esta de floripondio. Me ha venido a la cabeza mientras miraba un bolso en un escaparate, con unas flores enormes adornando el centro. Un floripondio allí, en medio.
¿Por qué floripondio?
En la RAE, floripondio tiene una segunda acepción, despectiva, que es la que corresponde al uso figurado: «flor grande , en adornos de mal gusto».
Pero, el floripondio , también es una planta. Una planta ornamental del género Brugmansia, famosa por sus flores colgantes en forma de trompeta —las llamadas trompetas de ángel—. Son flores realmente grandes: pueden llegar a medir hasta treinta centímetros. Huelen con intensidad al atardecer y desprenden un aroma dulce, denso, muy perfumado.
Es una planta espectacular. Y, sin embargo, también es tóxica si se ingiere o se manipula. Esa es su defensa química: evitar que llegue cualquier herbívoro y se la coma.
Visto así, en conjunto, parece un poco injusto lo que se ha hecho con el floripondio. Una flor bellísima, exagerada, fragante, casi teatral, y la lengua va y la convierte en sinónimo de adorno aparatoso y de mal gusto.
Hoy, a las 15: 46 (hora peninsular española), llegará la primavera.
Para celebrarlo, unas ilustraciones de flores. Son del libro, Master of Claude de France’s Book of Flower Studies.
Es una obra fascinante, y en realidad no es una sola imagen aislada sino un manuscrito de estudios botánicos: el Book of Flower Studies, atribuido al Master of Claude de France, un iluminador francés activo aprox. entre 1508 y 1520. El libro se fecha hacia 1510–1515.
Lo más singular es que contiene 39 iluminaciones detalladas de flores europeas, realizadas sobre pergamino con una técnica muy refinada: acuarela opaca, veladuras orgánicas, pintura de oro y plata, tinta y carbón. Hoy está en The Met Cloisters (Nueva York), dentro de la colección del Metropolitan Museum of Art.
Las imágenes son de Public Domain Review, una revista digital sin ánimo de lucro, que explora y difunde obras que están en dominio público (sin derechos de autor).
Los puntos nacen de lentejuelas de un jersey y pequeñas piedras de una pulsera. Objetos sencillos, de la vida cotidiana, que recuerdan algo simple: la mayoría de las cosas son buenas.
Cada punto guarda una posibilidad. Cada brillo, una esperanza.
Solo hace falta un instante. Y un poco de viento para que lo bueno empiece a esparcirse.