Lo sabe.

Me gusta oír el trino de los pájaros y más ahora, en primavera, que tengo un concierto multicultural: tórtolas, herrerillos, golondrinas, mirlos, serines, verdecillos, carboneros y gaviotas… Los identifico con una app especializada que descubrí el año pasado, cuando quise identificar al pájaro que daba la nota, al amanecer, al lado de mi dormitorio. Hasta ahora, parece que la app ha sabido decirme cuáles son las aves que rondan por el territorio, menos una. Hay un pájaro que se dedica a lanzar silbidos ascendentes, de una sola nota y sin repetición continua. Parece casi humano. Busco información y aparece como candidato estrella el mirlo común. Esta ave domina el arte del silbido elegante y, a veces, lanza su canto en solitario para que no haya dudas de quién manda en el vecindario, pero la cosa es que no lo pillo.

Lo oigo y, si tengo el móvil cerca, activo la app. Ya no silba. Cierro la app, silba. Esté más o menos rato con el grabador activado, solo silba cuando no lo estoy grabando. Parece como si lo supiera…

Solo tengo una opción: camuflarme. Buscar un atuendo que me funda con el entorno y esperar pacientemente a que silbe y me pille con la grabadora activada.

En casa se ríen de mí…

Nota: mientras escribo este post, ha silbado dos veces… Lo sabe.

El silencio del movimiento.

La causa fue el silencio del movimiento.

La gente caminaba por las ciudades. Por las calles circulaban coches, furgonetas, taxis, autobuses, bicicletas y patinetes.

Nada anormal, si se piensa objetivamente. Pero había un detalle que convertía aquella escena en algo especial. Anormal, incluso. Ese detalle era la calma.

En los rostros de los caminantes se dibujaban sonrisas, expresiones serenas, gestos de agrado. Los conductores transitaban sin prisa. No se oía ni un claxon. Solo la señal acústica de los semáforos, aunque incluso ese sonido parecía haberse transformado en algo melódico.

Se escuchaba el rumor de las conversaciones, las risas en las terrazas, la algarabía de los niños al salir del colegio, el susurro de las fuentes y el trinar de los pájaros, que destacaban en aquella atmósfera sosegada.

De vez en cuando, las sirenas de una ambulancia o de un coche de policía rompían la paz ambiental, pero eran sonidos temporales, livianos, porque ya no hacía falta subir el volumen. En muchas ocasiones, el parpadeo incesante de las luces bastaba para abrirse paso hacia la emergencia.

El buen humor cambió las cosas. El silencio permitía oírse mejor, tanto hacia dentro como hacia fuera, y poco a poco surgió una sociedad más dialogante. No era perfecta, pero sí más amable. Más dispuesta a escuchar.

El cambio de tendencia, de la polarización al entendimiento, empezó con el silencio en las ciudades.

Todos los vehículos se electrificaron, se mejoraron las calzadas, se plantaron más árboles y se rediseñaron las urbes para hacerlas más habitables. Ningún dispositivo destinado a movernos de un lugar a otro provocaba contaminación acústica. Tampoco atmosférica.

Había más luz. El cielo era azul. Se respiraba mejor.

Disminuyó la irritación. Aumentó la serenidad.

Disminuyeron las alteraciones del sueño. Se dormía con la ventana abierta.

Los científicos, filósofos y sociólogos que estudiaron exhaustivamente el nuevo paradigma concluyeron que la baja estimulación sonora había permitido que las ciudades fueran menos agresivas para el sistema nervioso humano.

Todos confirmaron que el catalizador del cambio había sido el silencio del movimiento.

¿O era el Movimiento del Silencio?

Que nos vaya bien.

Soy totalmente selectiva con las señales. Igual que no me creo nada de todo eso que dicen que da mala suerte, me vuelvo una crédula ferviente cuando se trata de señales buenas.

Se me cruza un gato negro y lo saludo.

Me encuentro una flor de diente de león y pido un deseo.

He abierto la ventana para ventilar y dejar que entrara un poco de aire de primavera. Y entonces lo he visto: un precioso ángel —así los llamaba mi padre— revoloteando a mi alrededor hasta posarse en la encimera de la cocina.

Con la corriente de aire, el ángel amenazaba con salir volando de nuevo. He sido rápida.

—Este deseo es mío —he pensado, mientras cogía un vaso y lo capturaba con cuidado.

Una vez que lo he tenido a buen recaudo, he salido a la terraza y lo he liberado. Ha ascendido hacia el cielo azul y más allá, y, en su viaje, se ha llevado mi deseo.

Espero que se cumpla.

Para todos.

Forever (Homenaje a la camiseta vieja)

Usada y suave. Machacada tras tantos lavados. Flexible, adaptable y cómoda. El algodón adquiere una textura única a base de tiempo y uso.

Es difícil que otra camiseta pueda reemplazar a esa vieja amiga que conoce nuestras costuras más íntimas. Habrá otras, favoritas y especiales: por los lugares, por las manos que las regalaron, por lo que significan, por el color o por esa medida exacta de ancho y de largo… Pero hay una, solo una, que ocupa el lugar de querida y vieja camiseta.

Siempre está en nuestro armario, en nuestras noches, en nuestro descanso. Cuando lo políticamente correcto deja de importar: en familia, recién duchados, como pijama…

Hacía días que no sabía nada de ella. Se había escondido entre las prendas dobladas, quizá buscando un poco de intimidad en esa vida incansable de cuerpo a lavadora. Pero hoy la he encontrado. La he desplegado y he sentido ese tenue olor a ropa limpia. Me la he puesto con satisfacción. Las mangas me quedan largas y me gusta sujetarlas con las manos, estirándolas aún más. Ha sido un gran reencuentro.

Mientras escribo, con mi camiseta como testigo, pienso que seré incapaz de tirarla nunca. Acumula una historia que me pertenece.

Cuando sea ya una reliquia casi transparente, cuando de tanto usarla se nos haya acabado el amor, entonces —y solo entonces— la clavaré en un marco y la convertiré en una obra de arte.

Juro solemnemente que no haré trapos con ella…

El mono de trabajo.

Hoy ha sido un día especialmente duro. Tengo ganas de llegar a casa y quitarme la ropa de trabajo.

Cuando la cuelgo en el perchero de la entrada, siento que me libero, por fin, de toda la tensión acumulada durante la jornada. De ese peso leve y antiguo que cargo sobre los hombros.

El peor momento, sin duda, ha sido el de ese niño que estaba a punto de cruzar con el semáforo en rojo, mientras su madre, distraída, hablaba con una vecina.

Ha costado desviarlo, pero lo he conseguido.

Miro la agenda para mañana. Será un día intenso: la tengo llena de solicitudes.

Flower Power.

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Haruka Misaw  ve flores en sus lápices y en las serraduras que crean al utilizar el sacapuntas.

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Seb Janiak, en cambio, ve flores en las alas de los insectos y visto así, yo también…

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Yunona Josan hacen cupcakes con increíbles formas de flores. Da pena comérselos…

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Flower Power

 

Escrita con la Tierra.

La NASA permite escribir palabras con imágenes reales de la Tierra tomadas por los satélites Landsat. He elegido PAZ. 

Aparece formada por paisajes vistos desde el espacio: ríos, costas, montañas o desiertos que, por azar y belleza, recuerdan a letras. Si haces clic sobre cada imagen, puedes descubrir la localización exacta de donde fue captada. 

En mi caso, Bolivia, Estados Unidos y Argelia.

Paz, escrita con la propia Tierra.

Aquí : Your name in Landsat

La luna encerrada.

—¿Triste? No debería llamar a los bomberos por eso. Ya sabe, hay otros servicios que…

—No, no, oiga, por favor: se me ha caído el cielo encima. Literalmente.

—¿Está de broma?

—Le digo que tengo el cielo sobre los hombros, partiéndome la espalda, hundiéndome en la tierra.

—Si le pasa todo eso, ¿cómo está llamando por teléfono?

—Porque se me cayó justo al pasar por delante del aparato. He quedado aquí, sepultado bajo el cielo, con él.

—Vale. El cielo. ¿Y qué quiere que hagamos?

—Que me lo quiten de encima.

—¿No querrá decir el techo?

—No es el techo. Le digo que es el cielo. Noto las nubes susurrándome detrás de las orejas, y todas esas estrellas fugaces haciéndome cosquillas mientras se pasean por mi espalda. La luna, esa sí que pesa. Se me ha quedado en equilibrio sobre la cabeza. Temo que, si me muevo, caiga y se rompa en mil pedazos.

—Un poeta… Oiga, deje la línea libre para las verdaderas emergencias. Buenas noches.

Dos llamadas —la de un vecino, alarmado por las luces que salían de la casa de al lado, y aquella otra, clasificada como falsa— acabaron movilizando a los bomberos.

Nunca supieron explicar lo sucedido.

El hombre estaba incrustado en el suelo del salón, junto al teléfono, con el cielo encima.

Fue una pena que no pudiera verlo.

Sobre su espalda cruzaban cuadrántidas, púppidas y líridas. La luna, redonda y brillante, seguía intacta sobre su cabeza.

Del hombre ya no queda nada.

Solo queda esa luna, encerrada en una casa adosada de una planta.

Nadie se pregunta qué pasó.

Solo hacen cola para el selfie.

Un Sant Jordi de libros y terraza.

Relato

Terraza viene de tierra. De lo pegado al suelo, de lo abierto al aire, de una superficie lisa expuesta a la luz. En la vida doméstica, es un espacio exterior unido a la casa: un lugar de intemperie domesticada.

A Amelia, sin embargo, fue lo que menos le interesó del piso cuando el comercial de la inmobiliaria le hizo la visita guiada.

Había sido una de las últimas veces que salió a la calle.

El hombre se empeñaba en enseñarle el tamaño —más que suficiente, según él— para poner una mesa de jardín de seis plazas y la escalera de caracol que subía al terrado, donde el piso tenía una zona de uso privativo que podía convertir en solárium. A un lado estaba la parte de libre disposición para los vecinos; al fondo, la del ático.

Pero Amelia no pensaba en el mar ni en las cenas al aire libre.

Lo que necesitaba saber, antes de decidir si compraba aquel piso, era otra cosa: cuántos metros lineales tendría para libros. Libros en estanterías y libros en cajas. Libros por leer, leídos, releídos, subrayados, heredados, comprados por impulso, rescatados de librerías de segunda mano. Necesitaba espacio. Mucho.

El comercial le dio una cifra.

A ella le bastó.

Compró el piso y lo convirtió en su casa-biblioteca.

En el salón había un sofá pequeño, una televisión, un sillón mullido con reposapiés —donde acostumbraba a leer— y una mesa de comedor que también le servía de despacho. Trabajaba como correctora y traductora para una multinacional. No necesitaba presencia física. Casi nada en su vida la necesitaba ya.

Padecía una agorafobia feroz y había dejado de salir de casa. Lo hacía solo cuando no tenía más remedio: alguna gestión presencial, una prueba diagnóstica, una visita inaplazable. Iba tan medicada que, muchas veces, apenas conservaba recuerdos de esos trayectos; el dentista, por ejemplo, era una nebulosa de luces blancas y olor a desinfectante.

Por lo demás, podía ser funcional sin poner un pie en la calle. La compra llegaba a domicilio. También el médico, el psiquiatra, los mensajeros, los paquetes, el trabajo.

No tenía fobia social. Recibía a familiares y amigos, pero siempre dentro del piso, en aquel lugar seguro, ordenado, lleno de libros.

Nadie la entendía del todo, aunque quizá tampoco importaba. Ella era feliz así. Cuando terminaba de trabajar, elegía un libro, se acomodaba en el sillón y viajaba. No necesitaba gran cosa más.

Miró el reloj.

Se acercaba la hora de Daniela.

Blue, su perro, se removió junto a la puerta, inquieto. Ya la estaba esperando.

Daniela era su vecina del primero. Vivía con su hijo, Carlitos, y con Fátima, una joven marroquí tan discreta que parecía pedir perdón al pasar. Cuando el trastorno de Amelia empeoró, comprendió que iba a necesitar ayuda para algunas tareas. La primera fue la basura.

Durante un tiempo todavía consiguió bajar las escaleras y dejar las bolsas en los contenedores, a cinco metros escasos del portal. Hasta que un día el felpudo de su casa se convirtió en una frontera. Invisible, sí. Pero tan infranqueable como un muro.

Fue por entonces cuando una gotera del baño le hizo conocer a Anselmo, el vecino de abajo. El agua se filtraba por su techo y él subió a avisarla para que llamara al seguro.

La cantidad de libros le llamó la atención. También el orden.

Amelia acumulaba libros con una disciplina casi obsesiva, una especie de síndrome de Diógenes literario, pero sin polvo ni caos. Estaban clasificados por géneros, por autores, por orden alfabético. Los que seguían en cajas llevaban por fuera una etiqueta con nombres y títulos.

No solía hablar de su enfermedad. Había aprendido que casi nadie entiende de verdad ciertas cárceles invisibles. Decir «no puedo salir de casa» rara vez sale bien parado cuando se compara con un cáncer o con un ictus.

Pero Anselmo intuyó que algo pasaba.

—¿Estás bien? Nunca te veo salir.

Amelia se lo contó. Todo. También su angustia absurda y concreta con la basura. Y habló más de la cuenta, mucho más de lo que hablaba incluso con su psiquiatra. Anselmo la escuchó sin impaciencia, sin compadecerla demasiado, lo justo para no ofenderla. Luego se quedó pensando y le habló de Daniela.

—La chica va justa de dinero. Le puedes dar algo por bajarte las bolsas.

Y así empezó.

Daniela comenzó sacándole la basura. Poco después Amelia se hizo amiga de Anselmo. Una vez por semana, él subía con un táper en la mano y alguno de sus guisos. A veces se quedaba a comer. Otras solo charlaban un rato.

Mientras tanto, el mundo de Amelia se iba encogiendo y acolchando a la vez. Cada vez más confortable, cada vez más pequeño. Sus amigos empezaron a visitarla menos. Algo más en verano, cuando iban a la playa y luego subían a comer, pero ya había en ellos cierta incomodidad, una torpeza. Su familia —padres y hermano— observaba con preocupación que, lejos de mejorar, iba retrocediendo.

—Está ocurriendo justo lo contrario —le dijo su madre una vez—. Vas a peor, y muy deprisa.

Un día se presentaron en su casa con un cachorro de pastor belga.

A Amelia le gustaban los perros, pero nunca había querido tener uno. Menos aún en sus circunstancias. Le parecía injusto para el animal.

Su padre, sin embargo, había ideado un plan que le sonaba infalible: si adoraba al perro, acabaría saliendo a pasearlo.

En su cabeza debió de parecer una gran idea.

A Amelia no.

Discutieron. Se fueron enfadados. Y le dejaron el cachorro.

Lo llamó Blue y, por supuesto, se enamoró de él.

Mientras fue pequeño, todo resultó sencillo. Compró juguetes online, pienso equilibrado, cepillos, arneses, mordedores. Le dio amor y atención sin medida. Cuando ella leía, Blue se tumbaba a sus pies con la cabeza apoyada sobre ellos y la acompañaba en silencio, como si entendiera que la lectura también era una forma de recogimiento.

Parecía comprenderla mejor que mucha gente.

Pero creció.

Y entonces Amelia empezó a mirar de otra manera la terraza.

Allí habilitó una zona para que Blue hiciera sus necesidades. Solo se atrevía a abrir el ventanal un par de horas al día y jamás lo cruzaba. El perro correteaba por la terraza, subía la escalera de caracol, alcanzaba el terrado y volvía a bajar cada poco, ladrando para reclamar su presencia, como si no aceptara que aquel rectángulo de suelo exterior pudiera estarle vedado.

Fue entonces cuando decidió convertir la terraza en un lugar amable. Algo que la invitara a estar allí con Blue, a tomar el sol, a sentarse un rato fuera. En las últimas analíticas domiciliarias le habían detectado un déficit de vitamina D.

El nieto de Anselmo tenía una pequeña empresa de reformas. Lo contrató para cambiar el suelo —lo quiso de madera—, sustituir la escalera de caracol, instalar un toldo, arreglar la llave del agua y pintar toda la zona, incluida la parte del terrado de uso privativo.

Poco después vio un anuncio de una tienda online que parecía diseñado para ella: una terraza gris y anodina se transformaba, gracias a una campaña de primavera, en un minijardín lleno de macetas, flores y verde.

Se puso manos a la obra.

Compró una mesa para seis personas, maceteros de varios tamaños, tierra, abono, plantas, flores y una manguera que conectó al grifo de la pared. Con ayuda de Anselmo y de su nieto fue montándolo todo. Amelia preparaba las macetas en el salón y se las pasaba; ellos las colgaban de la baranda o las colocaban en el suelo siguiendo sus indicaciones. Blue brincaba a su alrededor, eufórico, como si supiera que aquello también iba a cambiar su vida.

Y la cambió.

Consiguieron crear un espacio precioso, lleno de verde y color, con una discreta muralla de arbustos al frente que lo resguardaba de las miradas de la calle. Daba ganas de sentarse allí con un libro y pasar la tarde entera sin levantarse.

En una videollamada, se la enseñó a su psiquiatra.

Él sonrió.

—Es importante. Mucho. Aunque de momento solo puedas imaginarte ahí fuera.

Solo tenía que dar un paso. Uno solo. Cruzar el ventanal, dejar atrás el salón y sentarse en la silla más cercana.

No pudo.

Anselmo presenció una de sus crisis de pánico cuando intentó apoyar el pie en el suelo de la terraza. No fue la peor que había sufrido, pero bastó: la respiración se le descompuso, el aire dejó de llegarle, el corazón empezó a golpearle el pecho con violencia y el sudor le empapó las manos.

Anselmo se asustó, sí. Pero no se rindió.

Desde entonces iba cada día a su casa, abría el ventanal y la invitaba a salir. Nunca la empujaba ni la sermoneaba. No decía frases de calendario. Si veía que ella se quedaba bloqueada, cerraba la puerta de cristal y se llevaba a Blue a pasear por la playa.

—Está muy grande ya, Amelia. Tiene que correr, oler, revolcarse. Vivir como perro. Él no tiene agorafobia. Pídele a Daniela que lo saque cuando baje la basura. Os hará bien a todos. Sobre todo a él, que es un santo.

Así empezó Daniela a pasearlo. Algunas mañanas lo hacía Anselmo; al atardecer, casi siempre, bajaba Daniela con Carlitos y se lo llevaba a la playa.

Carlitos también se había enamorado de Blue.

Desde el salón, Amelia los veía alejarse calle abajo hacia el paseo marítimo. Lo hacía con unos prismáticos de última generación. Pero los arbustos le tapaban parte de la vista y tenía que subirse a un taburete. Un día perdió el equilibrio y cayó mal. No se hizo gran cosa, solo una pierna dolorida, pero el aviso fue claro: o renunciaba a observarlos o salía por fin a la terraza.

Lo intentó una y otra vez.

No pudo.

Así que cada tarde oía los ladridos de Blue y los chillidos de alegría de Carlitos sin llegar a verlos, hasta que un día, a esa música habitual, se añadió el chirrido de un frenazo y un coro de gritos.

Tenía entre las manos un ejemplar de Flush, de Virginia Woolf, y el susto casi se lo arrancó de los dedos.

Cogió los prismáticos, abrió el ventanal y salió.

Sin pensar.

Apartó unas plantas y enfocó la calle. Daniela increpaba a un conductor. Carlitos estaba a salvo en la acera. Y Blue, plantado frente al coche, ladraba con una furia desconocida.

Todos estaban bien.

Entonces Amelia notó la brisa del mar sobre la piel. La luz anaranjada del atardecer caía sobre la terraza con una suavidad nueva. Respiró hondo.

Estaba fuera.

Así, en apenas unos segundos, la terraza dejó de ser una amenaza y empezó a parecerse a un lugar seguro. No la calle, no todavía. Pero sí un borde habitable del mundo.

Pasó allí cada vez más tiempo.

Aquello se convirtió en su particular ventana indiscreta, aunque fuera una terraza. Ella misma la rebautizó en secreto como «La terraza indiscreta». Encargó incluso una placa, como las de las calles, donde se leía «Woolrich Avenue», en homenaje a Cornell Woolrich, el autor de It Had to Be Murder, el relato en que se basó la película de Hitchcock. Era uno de sus favoritos.

En la terraza tomaba cerveza con Anselmo, comía con su familia, recibía a los pocos amigos que seguían visitándola, leía al sol mientras Blue patrullaba entre las macetas y observaba, medio oculta entre las plantas, la vida de los vecinos con sus prismáticos.

Fue conociéndolos así.

Y, como no podía evitarlo, acabó asignándole un libro a cada uno.

A Anselmo le correspondía El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Tenía algo de Allan Karlsson: la humanidad, el humor seco, cierta ligereza sabia de quien ya ha visto bastante.

Si madrugaba y el día salía claro, Amelia aprovechaba la terraza para leer con la primera luz. El sillón del salón había quedado para las noches y para el invierno. A esas horas oía unos pasos, el roce de unas ruedas, la cadencia regular de alguien que empieza el día con prisa contenida.

Era Ignacio, el vecino del bajo.

Anselmo le había hablado de él. Divorciado, instalado allí tras la separación en un piso heredado de sus padres, muertos durante la pandemia. Algunos días salía corriendo; otros, empujando una bicicleta que no montaba hasta llegar al paseo marítimo. Ingeniero, al parecer. «Buena gente», decía Anselmo, con esa convicción suya que no admitía réplica.

Amelia lo pensaba como un personaje de Murakami.

Su particular Toru.

Más tarde aparecía Daniela, casi siempre tirando de Carlitos, siempre con prisa. A esas alturas Amelia ya intuía mejor su historia: la huida del maltrato, la precariedad, un país extraño, la intemperie de ser joven y estar sola con un hijo. Y, sin embargo, Daniela conservaba una alegría luminosa, casi insolente frente a la desgracia. Llevaba siempre una sonrisa prendida en la cara.

Le recordaba a Ifemelu, la protagonista de Americanah. No tanto por la biografía como por esa mezcla de dignidad, inteligencia y resistencia.

Enseguida doblaba a la derecha para dirigirse a las casas de primera línea, donde limpiaba sin contrato y cobrando en efectivo.

Un poco después pasaba Fátima. Alta, fina, silenciosa, con el velo cubriéndole el cabello. Más que andar, parecía deslizarse. Siempre con la mirada baja, como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible. Daniela le había contado algo de ella: su timidez, sus dificultades, esa vida suspendida entre la obediencia y el deseo de otra cosa.

A Amelia le venía entonces a la cabeza El harén político, de Fatima Mernissi.

No porque creyera conocer a Fátima —sabía que apenas la veía pasar—, sino porque algunas mujeres arrastran, incluso al caminar, el peso entero de dos mundos.

Después de Ignacio y de las dos chicas, la calle se calmaba. Anselmo salía a comprar, a pescar o simplemente a dar una vuelta.

Manuela, la vecina del segundo, era la que más se dejaba ver. Iba a comprar, iba a la peluquería, volvía con el pelo armado de otra manera, más lustroso, más firme. Tenía dos hijos y una nieta. Amelia los había visto poco, pero lo suficiente. Sabía también que en su casa todo el que entraba debía ponerse unas zapatillas como las de hotel para no dañar el parquet recién pulido.

La idea le hizo tanta gracia que Amelia compró una cesta y veinticinco pares en Amazon. Daniela le pasó el enlace.

De Manuela sabía menos que del resto. Era viuda, cocinaba bien y se quejaba de que sus hijos la visitaban poco. Cada vez que Amelia tanteaba a Anselmo sobre ella, él se ponía raro, parco, casi ruborizado. Amelia sospechaba que entre los dos empezaba a asomar algo.

Para esa historia le encajaba These Foolish Things, de Deborah Moggach: gente que ya ha vivido mucho y, aun así, no ha terminado del todo con las segundas oportunidades.

El único vecino que la descolocaba era el del ático.

A Blue no le gustaba nada.

Si coincidían en el terrado, el perro se tensaba y le ladraba con estridencia. El hombre tenía aspecto de ejecutivo de multinacional —Amelia los conocía bien; trabajaba para una—. Salía muy temprano, regresaba muy tarde y, por las noches, fumaba en el terrado mientras hablaba por teléfono. A veces en inglés. Otras, en ruso.

Ni Anselmo ni Daniela sabían gran cosa. Anselmo creía que el piso pertenecía a una empresa que lo usaba para alojar temporalmente a sus directivos. Piso turístico no era: la comunidad había votado en contra en la última reunión y, además, el Ayuntamiento tenía paralizadas las nuevas licencias.

A Amelia le bastaba con la reacción de Blue.

Aquel hombre le evocaba a Patrick Bateman.

No porque supiera nada de él, sino por esa pulcritud sin calor, por una rigidez impecable que no inspiraba confianza.

Blue ladró junto a la puerta.

Su ladrido alegre.

Amelia fue a por las tres bolsas de basura reciclada que guardaba en el patio. Abrió. Saludó a Daniela con dos besos y a Carlitos, que ya acariciaba el lomo del perro como si fuera suyo. Los vio bajar entre risas por la escalera.

Se quedó un momento quieta.

Bajó la vista.

Sus pies estaban sobre el felpudo.

Entonces dio un paso atrás, sorprendida de sí misma.

El felpudo seguía siendo una frontera. Pero ya no parecía tan férrea.

Volvió a la terraza. Cogió el libro que estaba leyendo, Eleanor Oliphant está perfectamente, de Gail Honeyman, y lo abrió por la página donde había dejado el marcapáginas. Nunca doblaba una esquina ni usaba la solapa.

Empezó a leer:

«A veces lo único que necesitas es tener a alguien agradable a tu lado mientras lidias con las cosas».

He elegido este texto para Sant Jordi porque es, en el fondo, un homenaje a los libros y a las personas que viven a través de ellos. Amelia mira el mundo desde su terraza, pero también desde su biblioteca: lee a los demás como si fueran personajes y encuentra en la literatura una forma de compañía, de refugio y de esperanza. Me parecía un texto especialmente adecuado para un día como Sant Jordi, en el que celebramos precisamente eso: el poder de los libros para ayudarnos a entender la vida y sentirnos menos solos.

Forma parte de Cuentos de andar por casa, una colección de relatos de lo cotidiano.

Mañana, libros y rosas.

Sant Jordi.

La cita con los libros y las rosas.

Es el día de los amantes de la lectura, de quienes sueñan con viajar a mil lugares y abrir la mente entre las páginas de un libro.

Un buen día, lectores del mundo.