Pausa imperfecta.

Este mes, que empieza mañana, es el que utiliza este Blog Imperfecto para recargar las pilas.

Toca leer, escribir, pintar, nadar, dormir, respirar naturaleza, hacer cosas o no hacer nada, pero siempre atentos a esos pequeños detalles imperfectos y maravillosos que nos rodean, para poder compartirlos cuando volvamos.

Este Blog no se irá sin antes dar las gracias a todos los que nos leen y nos acompañan. Sin ellos, la imperfección no sería tan perfecta.

Nos leemos a la vuelta.

El móvil de viento que no suena.

Iba buscando un móvil de viento, para un árbol que tiene colgados otros muchos: regalos y recuerdos de viajes. Hace mucho tiempo que no los oigo tintinear porque no hay viento y la mínima brisa que llega no da para hacer sonar las campanillas, pero, aún con ese viento inexistente, les requiero que tengan algún sistema para emitir sonidos relajantes el día que bufe un poco.

Encontré atrapasueños y otras figuras colgantes, pero no eran lo que buscaba. Sin sonido, no me valían. Entonces llegamos a una pequeña tienda atiborrada (que es más que llena) de cerámica, objetos de decoración y… móviles de viento. Bajabas dos escalones y la tienda se adentraba en una profundidad de recovecos con mil cosas.

En la entrada, al lado de los dos escalones, una señora mayor. Detrás de un mostrador eventual pero que tenía pinta de estar allí toda la vida, creado con las cajas de embalaje de sus proveedores de cerámica. Encima, periódicos abiertos, en los que iba envolviendo, metódicamente, las piezas de cerámica que se compraban. Una libretita blanca y un boli. Apuntaba cada cosa que envolvía en la libreta. Una vez finalizaba, ponía las piezas en otra caja de cartón reciclada y hacía la cuenta, manualmente. Después, se la tendía al cliente para que la repasara. El datáfono, para pasar la tarjeta o el teléfono, debajo de las cajas. Mejor en efectivo, pero había que adaptarse a los tiempos. Yo esperaba mi turno notando el calor que se acumulaba allí dentro, pero, como el resto de la cola, no podía apartar la mirada de ese lento proceder, ese hábil envoltorio en papel de periódico y aquella libreta llena de cuentas.

Lo mío fue fácil, porque tenía dos piezas: el móvil de viento y un pez de hierro oxidado. Aquello complació a la que esperaba detrás de mí, porque aquel lugar empezaba a ser un horno del tamaño de un ser humano. La señora, sin inmutarse, me dijo el total y me ofreció una bolsa. No me sorprendió que llevara la cruz farmacéutica. «Es de una amiga que cerró su farmacia por jubilación y me dio todas las bolsas».

Salí con mi bolsa de farmacia y mis dos piezas, pensando en cuánto tiempo le quedaba a un lugar así. Hay pocas tiendas de las de antes en la isla. Es posible que cuando vuelva, esta también sea un espacio chic, o que se haya producido el relevo generacional. Pero cada vez que miro el pez o el móvil que no suena porque no hay viento, me acordaré de aquella tienda, de aquella mujer, y de esa sensación de haber encontrado algo auténtico y en peligro de extinción.

Y no es el móvil lo que está en peligro de extinción. Es lo genuino.

Compañero infatigable.

Me ha acompañado en la playa, en el chiringuito, en los paseos, en las visitas a mercadillos… Incansable y ligero.

Pero es lo que transmite lo que lo hace especial. Un pequeño capazo de rafia con una sonrisa bordada que activa las neuronas espejo. Que te hace sonreír.

Tres veces me preguntaron dónde lo había comprado, pero no pude complacer a quien quería uno. No era de la isla: viajaba conmigo desde casa, para acompañarme estos días de verano.

—Misión cumplida, me dice, sonriente…

El 99% restante.

El fenómeno empezó en julio, aunque nadie lo llamó fenómeno. Fue una cosa pequeña: un oficinista de Barcelona apagó el móvil y, al volver, ya no quiso odiar a nadie.

Después pasó en Lisboa, en Oslo, en Dakar, en Buenos Aires, en Tokio. Las vacaciones iban llegando de forma escalonada, como una marea discreta. La gente se marchaba a playas, montañas, pueblos con moscas y terrazas con sillas cojas. Decían que iban a recargar las pilas.

Pero las pilas, al cargarse, hicieron algo inesperado.

Absorbieron la oscuridad.

No toda, claro. Las guerras seguían en las pantallas. Los políticos salvajes continuaban enseñando los dientes. Las desgracias de la humanidad seguían presentes, insistentes. Sin embargo, quienes regresaban traían otra mirada.

Era el famoso «cambio de chip» de las vacaciones que, ahora, cobraba sentido.

La gente volvía al lunes queriendo vivir tranquila. No pisar a nadie. No dejarse pisar.

Hubo quien lo consideró una catástrofe. Los de siempre. Los que necesitaban el conflicto para existir. Destinaron presupuestos multimillonarios a encontrar la vacuna que curara el cambio de chip de los que volvían de vacaciones. Pero eran muchos y volvían con aquellas extrañas pilas recargadas de buenas intenciones. Eran demasiados, y con eso no contaban. Ni todo el dinero del mundo pudo con aquella mutación.

Nunca se supo qué fue lo que la provocó.

Pero, un año después, ese famoso 1% que quería dominar a la humanidad vivía escondido en búnkeres.

Temían salir al exterior y encontrarse con el 99% restante.

Gente peligrosa.

Gente que volvía a irse de vacaciones para recargar pilas.

Gente que sonreía.

Gente que empezaba, por fin, a saber vivir en paz.

Vida nueva.

En muchas culturas, la vida nueva se representa con los mismos símbolos: la luz, el agua, las flores, el pan, o el huevo. Da igual cómo los nombremos o desde qué tradición los miremos: todos hablan de lo mismo. De volver a empezar, de dejar atrás lo viejo y de cuidar lo que nace…

Esa idea nos une, más allá de cualquier religión, y las abraza todas desde el respeto.

Hoy, más que nunca, convendría recordarlo.

Felices vacaciones, feliz Semana Santa y feliz Pascua.
Nos leemos a la vuelta.

Vuelta.

Vuelvo, volvemos, vuelven… todos estamos ya inmersos en nuestras rutinas, nos gusten más o menos.

La rutina actúa como una brújula: nos orienta. Proporciona la ubicación de tu vida en el presente. De ahí que, a veces, en las “vueltas”, decidas cambiar de rumbo, ajustar la velocidad o evitar según qué trayectos.

Intentando adaptarnos, se nos olvida que estamos aquí, un día más. Lo damos por hecho. Volver. Y, a veces, no hay vuelta.

Así que, bien por la rutina si nos hace felices. Bien por intentar cambiar la rutina para ser felices.

Bien por estar aquí .

1 de Agosto.


Como cada año, El Blog Imperfecto se va de vacaciones. Quiere hacer fotos, leer, pintar o no hacer nada, que también está bien.


Me dice el blog que desea que, en septiembre, por algún suceso cósmico o místico, el mundo esté mejor. No le he dicho que la magia no existe, para que se vaya tranquilo. Pero yo también quiero lo mismo.

Así que, esperando el milagro, os deseamos unas felices vacaciones.
Nos leemos a la vuelta.

1 de Agosto.

Es hora de hacer una pausa, recargar energías y volver con más historias que contar.  Os deseo un feliz verano a los que estáis en este lado del mundo y un feliz invierno a los que me leéis desde el … Sigue leyendo

Lejos.

Llega el puente de diciembre .

Apetece alejarse e huir hacia mundos agradables, en paz. Aunque sea mentalmente…Difícil. Lo sé.

Buscaba una imagen para ilustrarlo y me he encontrado con Ofelia.

Son viñetas de Julieta Arroquy, periodista e  ilustradora argentina y su personaje,  Ofelia que es un encanto.

Y esta es la «ilustración-definitiva » ; – )

¡Feliz «lejos»!

En modo «Pascua»

Una parte del mundo está en modo “pascua” o a punto de entrar en él. 

Los hebreos, en la antigüedad, la celebraban en la mitad de la luna de marzo, en memoria de la libertad del cautiverio de Egipto. 

En la actualidad hay innumerables variedades de celebraciones, dependiendo del marco cultural, del país y de la religión.

En la religión católica, es el periodo de celebración de la Resurrección de Cristo. En España, una semana antes de la Pascua, nosotros celebramos la Semana Santa: la entrada de Jesús en Jerusalén, la última cena y la crucifixión y el Domingo de Resurrección.

Foto de Grant Whitty en Unsplash

En muchos países de Europa, verás huevos de pascua, pintados de colores. En Alemania, los cuelgan de los árboles. 

Foto de Yves Cedric Schulze en Unsplash

En Estados Unidos la mañana del Domingo de Pascua, los niños buscan los huevos de chocolate que ha escondido un animalito con ínfulas de Papa Noel: El famoso Conejo de Pascua.

En Gran Bretaña, el Lunes de Pascua se celebra la Egg Roll. Los niños bajan las colinas cercanas rodando huevos decorados. En Noruega y Suecia, los niños reciben huevos de cartón rellenos de golosinas. 

Foto de Eric Heininger en Unsplash

En Australia, el conejo se considera una especie invasora así que tienen a Bilby, un marsupial con aspecto de conejo. En Francia, desde el Jueves Santo, todas las campanas de las iglesias permanecen en silencio y no vuelven a sonar hasta el domingo en memoria de la Resurrección de Cristo.

Y, así, en cada país, encontraremos un formato.

Al margen de todas las celebraciones religiosas, culturales o tradicionales, cada uno desde su fe y visión del mundo, el modo “Pascua” conlleva estar de vacaciones.

Con procesiones o huevos pintados de colores…

¡Felices vacaciones!

Foto de Sweet Amaryllis en Unsplash