Una ayuda…






Una ayuda…






Summer by Ovila Lanö

Las obras de Ovila Lanö transforman la lana en un lenguaje de suspensión y ligereza.

Cada pieza parece flotar en el espacio, como si el aire formara parte de la obra.



Invitan a detenerse ante un simple ovillo de lana.





El fenómeno empezó en julio, aunque nadie lo llamó fenómeno. Fue una cosa pequeña: un oficinista de Barcelona apagó el móvil y, al volver, ya no quiso odiar a nadie.
Después pasó en Lisboa, en Oslo, en Dakar, en Buenos Aires, en Tokio. Las vacaciones iban llegando de forma escalonada, como una marea discreta. La gente se marchaba a playas, montañas, pueblos con moscas y terrazas con sillas cojas. Decían que iban a recargar las pilas.
Pero las pilas, al cargarse, hicieron algo inesperado.
Absorbieron la oscuridad.
No toda, claro. Las guerras seguían en las pantallas. Los políticos salvajes continuaban enseñando los dientes. Las desgracias de la humanidad seguían presentes, insistentes. Sin embargo, quienes regresaban traían otra mirada.
Era el famoso «cambio de chip» de las vacaciones que, ahora, cobraba sentido.
La gente volvía al lunes queriendo vivir tranquila. No pisar a nadie. No dejarse pisar.
Hubo quien lo consideró una catástrofe. Los de siempre. Los que necesitaban el conflicto para existir. Destinaron presupuestos multimillonarios a encontrar la vacuna que curara el cambio de chip de los que volvían de vacaciones. Pero eran muchos y volvían con aquellas extrañas pilas recargadas de buenas intenciones. Eran demasiados, y con eso no contaban. Ni todo el dinero del mundo pudo con aquella mutación.
Nunca se supo qué fue lo que la provocó.
Pero, un año después, ese famoso 1% que quería dominar a la humanidad vivía escondido en búnkeres.
Temían salir al exterior y encontrarse con el 99% restante.
Gente peligrosa.
Gente que volvía a irse de vacaciones para recargar pilas.
Gente que sonreía.
Gente que empezaba, por fin, a saber vivir en paz.


Mi madre tiene un patio lleno de macetas. Las mima mucho y las tiene muy bonitas. Cada mañana, muy temprano, las riega y les quita las hojas marchitas. También riega los excrementos de las palomas, que han escogido su patio para tal menester. No le gustan y no le gusta la firma que dejan cada día en la terracota.
La vecina de al lado, que sabe cosas, ha colocado unos búhos de plástico que oscilan la cabeza con el viento y que espantan a los pájaros porque los identifican como depredadores y no se acercan.
Hay opiniones de todos los colores respecto a la eficacia de este método pero, de momento, y para no ser menos que la vecina, ya le hemos colocado cuatro búhos por el patio.
El secreto —nos dice mi madre, que a ella se lo ha dicho la vecina— es cambiarlos de sitio cada dos o tres días, para que las palomas no detecten que aquello es un trozo de plástico inmóvil e inofensivo.
Llevan en el patio ya una semana. Cuando riega, los va moviendo y, de momento, parece funcionar.
Y es cierto que las palomas no se acercan. Las veo en el cable eléctrico y tengo la sensación de que va a durar poco la alegría.
Me las imagino diciéndose unas a otras: «Mira, otro humano que ha comprado el pack de dos búhos espantapalomas con cabeza oscilante y colores imposibles para un búho, modelo 327D. Vamos a reírnos unos días, mientras los van moviendo de un lado para otro…»

Cuando estoy en el campo, me gusta sentarme en silencio, sin nada más que hacer que estar. Me deleito con los colores y estoy atenta a los sonidos de la naturaleza. A mejor tiempo, más probabilidades hay de que lo haga por la noche. Apago todas las luces ambientales e intento ver las constelaciones, las estrellas y, de nuevo, las melodías que llegan del bosque.
Hace unos días, observé Venus y Júpiter y escuché algo nuevo que no supe identificar. Me vi obligada a ir a buscar mi teléfono y tirar de apps. Por eso sé que aquellos puntos brillantes eran los dos planetas y que el «tui-tui» lastimoso era de un pequeño búho que la aplicación ya me indicaba que no era habitual por estos lares.

Pero lo que más me impactó fue una luciérnaga. Solo una. Danzando por el campo, hasta que se perdió tras los árboles.
Solo una vez he visto luciérnagas por aquí. Fue una noche de verano, en compañía de una persona muy querida que ya no está, aunque sé que está, de otra forma, en mis recuerdos, en mi vida y muy posiblemente en esa luciérnaga…
Estem bé, estimat.
Con el buen tiempo, he vuelto a nadar. Es una actividad que, además de ser saludable, me permite desconectar del mundo. Algo tienen esas brazadas que te llevan a un lugar sereno y de ritmo pausado. Ese lugar me gusta.
Ahora nado en otra piscina. Es más pequeña. Apenas un metro menos.
El primer día, algo me llamó la atención. Cuando llegaba al final de la piscina, mis brazos toparon con la pared antes de lo esperado. Mi cerebro reaccionó con sorpresa: ¿ya? La sensación me produjo curiosidad. ¿Puede ser que mi cuerpo recuerde la longitud anterior?

Y resulta que sí. El fenómeno se denomina memoria motora o memoria procedimental.
El cuerpo no solo “sabe nadar”; también memoriza ritmos, distancias y patrones: cuántas brazadas sueles hacer antes de llegar a la pared, cuándo levantar la cabeza o cuándo frenar.
Es decir, mi cuerpo recuerda la piscina anterior. Esas brazadas de más, que ya no están, lo delatan.
Ahora me recalibraré. El cerebelo actuará y se adaptará a la nueva distancia.
La olvidaré, poco a poco, y la reemplazaré por otra…
N. B.: La frase “es como montar en bici” existe por esto de la memoria motora. Aunque hayas pasado mucho tiempo sin hacerlo, el equilibrio, el pedaleo y la coordinación reaparecen rápido.

O los hijos de la playa…
Hubo una generación —la mía— que vivió un sol más amable.
Los hijos del sol mediterráneo éramos niños que pasábamos el día entero en la playa. Luego, al crecer, seguimos volviendo a ella: para ponernos morenos, como lugar de encuentro por las mañanas, como refugio secreto para romances de verano… Pero lo del moreno era esencial.

El embadurne de entonces se hacía con cremas bronceadoras sin factor de protección que —al menos en teoría— aceleraban el color. Había una crema marrón que te teñía la piel al instante, como si el bronceado pudiera aplicarse a brochazos. También hubo una moda de cremas de zanahoria, de laboratorios varios, con las que una se aseguraba el tono oficial del verano. En aquella época, si me hubiese imaginado a mí misma usando una crema de protección 50, no me lo habría creído.
Estos últimos días de mayo está haciendo calor como si fuera julio. Ha habido un festivo y la playa está abarrotada. Se aprecia un crisol de pieles blancas exponiéndose al sol en busca de ese atractivo tono dorado. Son cuerpos de todas las edades: tumbados, sentados, entregados. Tostándose.

Algo ha cambiado en mí. Puede ser mi cuerpo y su nueva tolerancia al astro rey. O puede ser que el sol ya no sea aquel sol. La exposición directa me molesta y me asfixia.
Me rebozo en protección como si fuera una croqueta. Necesito moverme, necesito el agua y, si me estiro, que sea bajo una sombra fresca y acogedora.
Como mis vestigios de niña de playa siguen latiendo en la memoria, todavía me tienta a veces aquella postura de estirada —vuelta y vuelta, como carne en una parrilla— en busca de un color más integral. Pero basta dejar que el sol me lama la piel durante unos minutos para darme cuenta de que mi relación de amor con él pertenece ya al pasado.
Este es un sentimiento extraño para los hijos del sol: no tomar el sol. A mí me ha costado un tiempo de adaptación, pero ya estoy rehabilitada. Ahora disfruto enormemente del agua y de la sombra de un parasol de brezo.
Ni el sol ni yo somos como antes.
He mutado a hija del agua.

Empieza suavemente, al atardecer.
El grillo ha vuelto, pienso. Pero no. Es otro grillo. Nuevo.
No hay grillo que viva ocho meses. Su vida, cuando ya son adultos, se estima en unas seis u ocho semanas. Así que, o bien es un pariente cercano —porque ahí quedaron las ninfas—, o bien es otro grillo que ha encontrado la misma grieta, el mismo lugar donde vivir.
Porque la sensación acústica es esa: que el sonido proviene exactamente del mismo sitio.
Aunque sea otro grillo.
Hola de nuevo, por cierto.

Oigo mi móvil.
Es la consulta.
—Tienes una paciente nueva. Un ataque de ansiedad. Tienes que venir rápido. Es urgente. Nunca te imaginarías de quién se trata…
La encuentro estirada en la camilla del sistema límbico.
Empatía está temblando, se abraza y no para de murmurar:
—No puedo, no puedo, no puedo…
Y no me extraña. Desde que se ha puesto de moda ser empático, no dejan de utilizarla. Y claro, está constantemente mostrando a Realidad, traspasándola a otras pieles, a otras almas. Y, en el proceso, algo le toca…
Veo a Realidad sentada en la sala de espera. Se siente culpable. La conozco y sé que necesita a Empatía para que las cosas reales no sean tan duras. Ni tan incomprensibles. La necesita para hacerse mejor.
Consulto con mis colegas: Tálamo, Hipotálamo, Hipocampo y Amígdala. Esta última reconoce la alarma antes que nadie. No se trata de apagarla, sino de bajarle el volumen. Bastará con reconectar algunas rutas, apartar el miedo del centro de la escena y dejar que memoria, cuerpo y razón hablen a la vez. En unos segundos, Empatía dejará de temblar. Realidad, al fin, podrá volver a su labor sin romper a nadie.
Está a punto de superar a Ficción…

Ahora estoy probando Claude.
Le he hecho hacer un análisis de los cuadros que he ido colgando en el Blog.
“Lo que hace con la pintura no son «cuadros» en el sentido de obras de arte tradicionales para exponer en una galería. Y precisamente por eso son tan interesantes.
Son lo que ella misma llama «PegaCosas», «RotuTerapia» o directamente experimentos: bastidores reciclados, rotuladores, pintura de pizarra, piedras de playa, ramas de Menorca, letras de cajón, cuerdas, estrellas de purpurina navideña, farolillos solares desmontados, cucharas de boj heredadas.”

“La calidad técnica es desigual. Ella misma lo reconoce: empezó siendo «mala alumna de arte» y el realismo nunca fue lo suyo. Algunas piezas son más artesanía doméstica que arte plástico”.

Este cuadro forma parte de la Colección «Reciclaje de cuadros azules», porque era azul y con brilli-brilli. Tuve una época de purpurinas y satén.
Lo reciclo porque está texturado y la textura manda.
Cuando descubrí lo que podía hacer con pasta, arena y un tenedor, me vine arriba.
Los ojos que te miran son restos de pulseras y collares que voy guardando para aplicar mi ya famosa técnica PegaCosas.

“La narrativa detrás de cada obra. Esto es lo más valioso y lo más inusual. Cada cuadro tiene una historia escrita: por qué se hizo, qué salió mal, qué significa el material. En una exposición convencional, eso sería el texto de sala. Aquí ya está escrito, y está bien escrito. Esa combinación de obra visual + texto propio es genuinamente interesante como propuesta.” Claude, dixit.
Un poco de jabón para que no me desmotive y para que lo quiera un poco pero no hace falta, Claude.
Aún me quedan un par de cuadros azules y un montón de abalorios.