Al pepino, le importa.

El pepino se reivindica. Está harto de las bromitas sobre su morfología. Harto de que digan que repite. Harto de esas personas extrañas que se lo colocan sobre los ojos para disminuir bolsas y arrugas (¿arrugas, él?) y, encima, a rodajitas.

Está harto de todos esos seres humanos que dicen «me importa un pepino», como si un pepino no fuera nada. Es un pepino.

Por eso, muestra su zarcillo: una espiral perfecta y equilibrada. Armoniosa. Preciosa.

Y lo oigo, reivindicándose, porque a él sí le importa.

Mariquita minimalista .

Descubro un insecto que me llama la atención. Es muy estético y da para la foto. La brisa no me deja tranquila y no hay manera de encuadrar a esa… ¿mariquita minimalista?

Las mariquitas, a pesar de ser un tipo de escarabajos (sí, lo siento), son un insecto simpático. Esta, sin embargo, no muestra los llamativos colores de las otras mariquitas que he visto en mi vida…

Tras una investigación exhaustiva (que es preguntárselo a una IA), descubro que se trata de una Nezara viridula. Está en su estadio de ninfa, antes de pasar a ser un insecto adulto. Entonces, será verde tipo Hulk.

Mi mariquita minimalista es en realidad un tipo de chinche. Más concretamente, «chinche hedionda».

Esta variedad no supone un riesgo para el ser humano. No pica, ni muerde, no transmite enfermedades y no es tóxica.

Eso sí, si se la molesta, emite un líquido maloliente.

Su apellido es «hedionda»; el nombre ya daba pistas…

Amigo, necesitas espacio.

Para estar más fuerte, para tener un color más vivaz, para no estar estresado, para vivir mejor.

Ahora que te veo, amigo, llego a la conclusión de que lo que te pasa es que te falta espacio. Necesitas una porción de tierra más amplia, de sustrato enriquecido, para que puedas crecer en calma y en plan bonito. No estás equilibrado, firme y elegante.

Hace dos años fotografié este cactus, Lepismium houlletianum: verde intenso, cómodo y con pretensiones.

Pasados dos años, este cactus tropical presenta síntomas de estrés. Es más grande, pero está decaído, desmayado, como si le pesara el propio cuerpo y el verde no es tan intenso.

Quisiera decírselo así, directamente, pero como no se ha demostrado que exista comunicación bidireccional entre ser humano y planta, le dejaré una nota al jardinero.

Te falta espacio para seguir creciendo y para ser el cactus que estás destinado a ser…

Seguro que la próxima vez que nos veamos, estarás fenomenal.

Compañero infatigable.

Me ha acompañado en la playa, en el chiringuito, en los paseos, en las visitas a mercadillos… Incansable y ligero.

Pero es lo que transmite lo que lo hace especial. Un pequeño capazo de rafia con una sonrisa bordada que activa las neuronas espejo. Que te hace sonreír.

Tres veces me preguntaron dónde lo había comprado, pero no pude complacer a quien quería uno. No era de la isla: viajaba conmigo desde casa, para acompañarme estos días de verano.

—Misión cumplida, me dice, sonriente…

Ciclos.

De todo lo bonito que había para fotografiar, como este callejón, a mí me dio por el solar en ruinas que, supongo, en breve se convertirá en un bloque de pisos.

Me gustó ese color azul celeste desvaído. Y el ocre, destacando entre la desolación…

Llámame rara, pero vi belleza en los signos del pasado tan evidentes en esas paredes… Supongo que si algún día vuelvo, veré un edificio —ya no sé si bonito o feo— del que saldrá una madre atareada con sus niños, mientras en el piso tercero una mujer riega los espléndidos geranios de su terraza…

Ciclos.

Escenografía vegetal.

La Ruellia, también llamada petunia mexicana, es una planta con vocación de artista. Cada día ofrece un espectáculo.

A primera hora solo muestra tallos rojizos, hojas estilizadas y capullos aún dormidos, pero cuando el sol empieza a tocarla empieza la escenografía: las flores se abren. Son acampanadas y de un violeta muy limpio.

Lo curioso es que no duran demasiado. Se abren con la luz, se ofrecen a los polinizadores, enseñan su color, hacen lo que vinieron a hacer y, al atardecer, se cierran, se arrugan o se dejan caer.

No es tristeza. Es eficiencia.

La planta regula ese movimiento con la luz, la temperatura y el agua que entra y sale de sus células. Un mecanismo delicado para proteger el polen, ahorrar energía y evitar la humedad de la noche.

Al día siguiente, casi siempre, hay nuevos capullos esperando turno.

La Ruellia no florece una vez.

Ensaya cada mañana, cuando el foco la ilumina.

Luna llena sin nombre.

Nosotros, los del Mediterráneo, no le hemos puesto nombre a las lunas llenas. El sistema de los nombres es una tradición específicamente norteamericana, ligada al calendario agrícola y de caza de los pueblos indígenas de esa región, y popularizada después por almanaques estadounidenses como el Old Farmer’s Almanac. En estas fechas se recolectaba la fresa silvestre ya madurada.

A nosotros nos han gustado más las noches. La de Sant Joan, por ejemplo, que abre la puerta al verano con hogueras en lugar de con nombres, y que cae casi en las mismas fechas que esta luna sin nombre.

Mientras los pueblos indígenas americanos miraban al cielo y nombraban la luna por la fresa, aquí mirábamos al fuego y nombrábamos la noche por el santo y el solsticio. Dos formas distintas de celebrar lo mismo: que el verano ha llegado.

Qué bonita esta luna llena sin nombre, en esta calurosa noche de verano…

Ola de calor.

Una ayuda…

Se puede recuperar.

Este es el olivo que planté en 2020. Es una de las fotos que más se ha descargado en mi portafolio de Unsplash —2.327 veces— y ha sido visualizada casi 400.000 ocasiones.

Han pasado seis años y el olivo luce así. Muy bien no está.

Subo la imagen a una app para que me dé un diagnóstico de su estado.

Olivo en estado medio, con estrés moderado, falta de vigor y necesidad de saneamiento, pero con buena posibilidad de recuperación.

Teniendo en cuenta que este árbol es el símbolo botánico de la paz, las noticias son positivas.

Está vivo. Debilitado y algo estresado, pero recuperable.

La app me da el remedio: con trasplante a una maceta más grande, poda suave de limpieza y formación, buen sol y riego controlado, podría mejorar bastante en una o dos temporadas.

Ojalá la paz, también.

El primer día o el último.

Vuelan, revolotean, se posan y posan. El escenario es el campo de mayo, el sol estridente y esa banda sonora de pájaros melodiosos e insistentes.

Mientras hago las fotos, están a lo suyo entre lavanda y salvia mediterráneas. No las molesto. No soy un depredador para ellas; solo estoy robándoles la intimidad para mostrar su belleza al mundo.

Tienen más miedo de esos gorriones que cantan sin parar o de la lagartija que ha pasado hace un rato entre las piedras. El sol las mantiene en movimiento, calentándolas, en estas pocas semanas de vida que disfrutan: de una a tres semanas para esta especie, la Pieris rapae.

Igual las estoy fotografiando en su último día o en el primero. Quién sabe. Tal vez por eso me parecen aún más bonitas.