El viaje.

Hace ya unos años hice un viaje de esos en los que todo sale bien.

Las playas, la compañía, los nuevos amigos, la comida, el hotel, el tiempo, las experiencias… Todo sin un pero.

En ese viaje había un aroma. El hotel tenía una selección de amenities impresionantes y, en cada habitación, un frasco precioso de un perfume que nos acompañó todos los días.

Nunca lo encontré en una perfumería. Hay fragancias exclusivas para hoteles, y ese perfume era una de ellas… hasta que, hace unos días, lo vi en una estantería. Me bastó con rociar el papel secante para probarlo y volver allí de nuevo. Me teletransporté en segundos y me hizo feliz.

Ya lo tengo en casa para cuando quiero viajar a aquel lugar perfecto. Y lo hago a menudo.

Arte con mosca.

Este es uno de los últimos cuadros que he pintado. Además de las texturas, me dio por hacer puntitos con una pintura de relieve.

Al principio, todo iba bien. Estaba en la mesa, en el exterior, concentrada en los puntos a la luz del sol, cuando apareció la mosca.

Una mosca artista, con una clara preferencia por la pintura de relieve. Allí estaba ella: si no se posaba en los puntitos, lo hacía en mi mano. Mis aspavientos para ahuyentarla hicieron que mi precisión (ya precaria por sí sola) y mi concentración fueran disminuyendo a una velocidad de vértigo.

La intensidad del punto la ha elegido la mosca. El punto torcido es idea de la mosca. La mosca es coautora del cuadro.

Y punto.

Rayos y luciérnagas.

Hay noches de verano que se agradecen. Esta fue una de ellas: un espectáculo que no esperaba y que no voy a olvidar.

A lo lejos, en las montañas, una tormenta eléctrica de una magnitud que no había visto nunca. Rayos con formas increíbles, iluminando el cielo. Muy lejano, el rumor de los truenos. Mientras tanto, al frente, en el campo, una multitud inusitada de luciérnagas, danzando en su cortejo amoroso.

Lo diferente fue la grandiosidad, la cantidad: rayos que parecían no tener fin, luciérnagas que cubrían el campo entero.

Yo, en el porche, sin saber hacia dónde mirar. Y durante un rato magnífico, solo pude pensar en la belleza, incluso en una tormenta.

Pausa imperfecta.

Este mes, que empieza mañana, es el que utiliza este Blog Imperfecto para recargar las pilas.

Toca leer, escribir, pintar, nadar, dormir, respirar naturaleza, hacer cosas o no hacer nada, pero siempre atentos a esos pequeños detalles imperfectos y maravillosos que nos rodean, para poder compartirlos cuando volvamos.

Este Blog no se irá sin antes dar las gracias a todos los que nos leen y nos acompañan. Sin ellos, la imperfección no sería tan perfecta.

Nos leemos a la vuelta.

Al pepino, le importa.

El pepino se reivindica. Está harto de las bromitas sobre su morfología. Harto de que digan que repite. Harto de esas personas extrañas que se lo colocan sobre los ojos para disminuir bolsas y arrugas (¿arrugas, él?) y, encima, a rodajitas.

Está harto de todos esos seres humanos que dicen «me importa un pepino», como si un pepino no fuera nada. Es un pepino.

Por eso, muestra su zarcillo: una espiral perfecta y equilibrada. Armoniosa. Preciosa.

Y lo oigo, reivindicándose, porque a él sí le importa.

El móvil de viento que no suena.

Iba buscando un móvil de viento, para un árbol que tiene colgados otros muchos: regalos y recuerdos de viajes. Hace mucho tiempo que no los oigo tintinear porque no hay viento y la mínima brisa que llega no da para hacer sonar las campanillas, pero, aún con ese viento inexistente, les requiero que tengan algún sistema para emitir sonidos relajantes el día que bufe un poco.

Encontré atrapasueños y otras figuras colgantes, pero no eran lo que buscaba. Sin sonido, no me valían. Entonces llegamos a una pequeña tienda atiborrada (que es más que llena) de cerámica, objetos de decoración y… móviles de viento. Bajabas dos escalones y la tienda se adentraba en una profundidad de recovecos con mil cosas.

En la entrada, al lado de los dos escalones, una señora mayor. Detrás de un mostrador eventual pero que tenía pinta de estar allí toda la vida, creado con las cajas de embalaje de sus proveedores de cerámica. Encima, periódicos abiertos, en los que iba envolviendo, metódicamente, las piezas de cerámica que se compraban. Una libretita blanca y un boli. Apuntaba cada cosa que envolvía en la libreta. Una vez finalizaba, ponía las piezas en otra caja de cartón reciclada y hacía la cuenta, manualmente. Después, se la tendía al cliente para que la repasara. El datáfono, para pasar la tarjeta o el teléfono, debajo de las cajas. Mejor en efectivo, pero había que adaptarse a los tiempos. Yo esperaba mi turno notando el calor que se acumulaba allí dentro, pero, como el resto de la cola, no podía apartar la mirada de ese lento proceder, ese hábil envoltorio en papel de periódico y aquella libreta llena de cuentas.

Lo mío fue fácil, porque tenía dos piezas: el móvil de viento y un pez de hierro oxidado. Aquello complació a la que esperaba detrás de mí, porque aquel lugar empezaba a ser un horno del tamaño de un ser humano. La señora, sin inmutarse, me dijo el total y me ofreció una bolsa. No me sorprendió que llevara la cruz farmacéutica. «Es de una amiga que cerró su farmacia por jubilación y me dio todas las bolsas».

Salí con mi bolsa de farmacia y mis dos piezas, pensando en cuánto tiempo le quedaba a un lugar así. Hay pocas tiendas de las de antes en la isla. Es posible que cuando vuelva, esta también sea un espacio chic, o que se haya producido el relevo generacional. Pero cada vez que miro el pez o el móvil que no suena porque no hay viento, me acordaré de aquella tienda, de aquella mujer, y de esa sensación de haber encontrado algo auténtico y en peligro de extinción.

Y no es el móvil lo que está en peligro de extinción. Es lo genuino.

Amigo, necesitas espacio.

Para estar más fuerte, para tener un color más vivaz, para no estar estresado, para vivir mejor.

Ahora que te veo, amigo, llego a la conclusión de que lo que te pasa es que te falta espacio. Necesitas una porción de tierra más amplia, de sustrato enriquecido, para que puedas crecer en calma y en plan bonito. No estás equilibrado, firme y elegante.

Hace dos años fotografié este cactus, Lepismium houlletianum: verde intenso, cómodo y con pretensiones.

Pasados dos años, este cactus tropical presenta síntomas de estrés. Es más grande, pero está decaído, desmayado, como si le pesara el propio cuerpo y el verde no es tan intenso.

Quisiera decírselo así, directamente, pero como no se ha demostrado que exista comunicación bidireccional entre ser humano y planta, le dejaré una nota al jardinero.

Te falta espacio para seguir creciendo y para ser el cactus que estás destinado a ser…

Seguro que la próxima vez que nos veamos, estarás fenomenal.

Envíame un link.

No hay mala fe. Solo una genuina emoción de compartir algo que te ha gustado mucho, te ha emocionado, te ha hecho reflexionar o te ha hecho reír. Quieres que el otro sienta esa fascinación y, sin preguntarle, le tiendes el teléfono con la pantalla a punto del play, con ese vídeo tan divertido, o ese consejo increíble para —lo que sea—, o un fragmento de un monólogo acertadísimo…

El otro acepta tu teléfono o lo mira mientras se lo sujetas. Si el clip excede los dos minutos, se hace largo. Si son cuatro o cinco minutos, se hace eterno. Y mientras lo ves, sientes la presión en el cogote. La mirada del que lo ha descubierto, fija en tu cara, esperando el momento exacto en que tu expresión cambie. Buscando la risa, el gesto de sorpresa, el asentimiento cómplice. Esa reacción que en su cabeza ya tiene ensayada porque fue exactamente la suya. Si no llega, hay una ligera decepción que tampoco dice nada pero se nota.

Es como cuando alguien prueba un plato que le emociona y te amenaza, tenedor en ristre, con un «pruébalo, está exquisito», aunque tú le hayas dicho ya cinco veces que no. Al final, lo pruebas.

Deberían establecerse unas normas mínimas de cortesía digital: si vamos a compartir en directo algo de un minuto o menos, vale. Si llega a los dos minutos o los excede, enviemos un link y que el otro lo vea cuando le apetezca.

Y no, no quiero probar ese pastel de limón porque no me gusta nada el limón, pero gracias por pensar en mí…

Concierto de verano.

La experiencia musical puede ser de diez, pero la experiencia visual se puede quedar en cero.

Nada puede asegurarte que vas a tener «un buen sitio» en el teatro o en el auditorio. Es posible que conozcas el local, que sepas que es mejor el palco o la fila 10 y que apliques toda tu pericia para encontrar la plaza más idónea de las disponibles. Te crees que lo has hecho bien y sientes una extraña satisfacción interna cuando te sientas en tu butaca, dispuesto a disfrutar del espectáculo, pero falta que llegue el público restante y… a ver qué te toca delante…

Si se sienta uno de estos chicos altos y espigados, o uno tipo armario, o de estos señores que se mantienen erguidos, en posición de firmes, o la señora con el pelo cardado de peluquería a volumetría máxima, o la que se ha hecho un moño alto. Si el que tienes delante es uno de «ellos», no te queda otra que la contorsión mientras dura todo el show. Y si a los de las filas de delante les pasa lo mismo, entonces ya no puedes evitar el estar «buscando el ángulo» sin cesar. Es como un bucle, porque por detrás de tu fila también pasará lo mismo…

Y luego están los móviles. Esa pasión colectiva por grabarlo todo, el concierto entero, para verlo después en una pantalla mucho más pequeña que la que tienes delante ahora mismo. Prohibido o no, da igual: cientos de brazos se alzan a la vez, como una ola, y entre tú y el escenario se levanta una muralla de pantallitas.

Así que las contorsiones, elongación de cuello y saltitos están asegurados en ese concierto de verano.

Solo queda bailar y rezar para que, en el próximo, te toque alguien bajito o de melena lisa.

Pero bailar, se baila…

Luna llena sin nombre.

Nosotros, los del Mediterráneo, no le hemos puesto nombre a las lunas llenas. El sistema de los nombres es una tradición específicamente norteamericana, ligada al calendario agrícola y de caza de los pueblos indígenas de esa región, y popularizada después por almanaques estadounidenses como el Old Farmer’s Almanac. En estas fechas se recolectaba la fresa silvestre ya madurada.

A nosotros nos han gustado más las noches. La de Sant Joan, por ejemplo, que abre la puerta al verano con hogueras en lugar de con nombres, y que cae casi en las mismas fechas que esta luna sin nombre.

Mientras los pueblos indígenas americanos miraban al cielo y nombraban la luna por la fresa, aquí mirábamos al fuego y nombrábamos la noche por el santo y el solsticio. Dos formas distintas de celebrar lo mismo: que el verano ha llegado.

Qué bonita esta luna llena sin nombre, en esta calurosa noche de verano…