Usada y suave. Machacada tras tantos lavados. Flexible, adaptable y cómoda. El algodón adquiere una textura única a base de tiempo y uso.
Es difícil que otra camiseta pueda reemplazar a esa vieja amiga que conoce nuestras costuras más íntimas. Habrá otras, favoritas y especiales: por los lugares, por las manos que las regalaron, por lo que significan, por el color o por esa medida exacta de ancho y de largo… Pero hay una, solo una, que ocupa el lugar de querida y vieja camiseta.
Siempre está en nuestro armario, en nuestras noches, en nuestro descanso. Cuando lo políticamente correcto deja de importar: en familia, recién duchados, como pijama…
Hacía días que no sabía nada de ella. Se había escondido entre las prendas dobladas, quizá buscando un poco de intimidad en esa vida incansable de cuerpo a lavadora. Pero hoy la he encontrado. La he desplegado y he sentido ese tenue olor a ropa limpia. Me la he puesto con satisfacción. Las mangas me quedan largas y me gusta sujetarlas con las manos, estirándolas aún más. Ha sido un gran reencuentro.
Mientras escribo, con mi camiseta como testigo, pienso que seré incapaz de tirarla nunca. Acumula una historia que me pertenece.
Cuando sea ya una reliquia casi transparente, cuando de tanto usarla se nos haya acabado el amor, entonces —y solo entonces— la clavaré en un marco y la convertiré en una obra de arte.
Ya os aviso desde el principio: hoy celebro el mío.
No os voy a confesar cuántos cumplo. Para saberlo, tendría que multiplicar 364 por mi número de años, y de ahí saldría una cifra tan astronómica que prefiero no conocer. Al margen de la edad, el concepto me parece brillante
Pasamos de tener un solo día de celebración a disponer de 364.
Alguien podría decir que, así, el cumpleaños pierde parte de su magia. Pero todo depende del enfoque. Hay quienes, si les regalas 364 días para celebrar, son capaces de exprimirlos todos. O casi. Y hay quienes no saben muy bien cómo hacerlo. A veces, ni siquiera con uno.
Por eso, más que celebrar un No Cumpleaños, lo verdaderamente interesante es el cambio de rumbo que propone: aprender a festejar lo cotidiano, incluso cuando no ocurre nada extraordinario.
Hoy voy a hacerle caso al Sombrerero Loco. La idea del unbirthday pertenece al universo de Lewis Carroll, aunque se hizo universal gracias a la película animada de Disney, Alice in Wonderland (1951), donde el Sombrerero la convierte en canción y en fiesta: “Very Merry Unbirthday”.
Así que felicidades a quienes hoy celebráis vuestro No Cumpleaños. Y también, por supuesto, a quienes celebráis el cumpleaños de toda la vida.
Porque celebrar también es una forma de entender la vida.
Tal vez «feliz» fuera una palabra excesiva para aquella sensación apacible que lo habitaba, pero no encontraba otra mejor. No era euforia ni plenitud, sino una tregua interior. Por primera vez en muchos años, tenía la impresión de que su vida funcionaba razonablemente bien.
Aquella mañana desayunaba en el porche con un espresso entre las manos. En algún momento dejó de leer la prensa y alzó la vista hacia el jardín. Su mujer había conseguido convertir aquel pequeño rectángulo de cemento en un refugio natural: vigas de madera envejecida en el suelo, mimbre, lino color crema, algunas plantas, el sauce llorón y, debajo, el cántaro.
Ese cántaro.
Lo habían encontrado en una casa medio derruida, en un pueblo perdido. Ella se había subido a una montaña de escombros para rescatarlo y él había tenido que sujetarla mientras se estiraba para alcanzarlo. La torre se vino abajo, los dos acabaron en el suelo y el cántaro salió indemne. Desde entonces ocupaba uno de los rincones preferidos del jardín y un espacio memorable y risueño en sus recuerdos.
Durante unas semanas siguió sintiendo aquella calma. Hasta que dejó de sentirla.
No ocurrió nada en su vida. Lo que cambió fue la de los otros. Las pruebas médicas confirmaron la demencia de su padre. Sus mejores amigos se separaron. En la empresa donde trabajaba empezaron los despidos. Nada de aquello le sucedía a él directamente, pero todo le afectaba.
Le resultaba imposible disfrutar de su paz mientras los demás se hundían.
A veces pensaba —y se avergonzaba de pensarlo— que solo podría ser feliz aislado del dolor ajeno. Pero no era así. Había en él una disposición involuntaria a sufrir con los suyos.
Estaba sentado en el porche con un whisky de malta en la mano cuando oyó un susurro.
Era una voz hueca, como salida del interior de un recipiente vacío.
Miró alrededor. No vio a nadie.
La voz sonó de nuevo.
Venía del cántaro.
Dentro del cántaro, el alma de cántaro llevaba siglos esperando. Su misión era sencilla: necesitaba que un ser humano llenara el recipiente de agua, bebiera de él y formulara un deseo. Durante siglos aquello había sido fácil pero luego llegaron los grifos, las tuberías, y las botellas de plástico. Los cántaros dejaron de ser útiles y pasaron a ser objetos decorativos. Y ella había terminado atrapada en uno de ellos, debajo de un sauce llorón que se pasaba media vida soltando hojas que lo iban llenando lentamente.
Cuando él se inclinó para escuchar mejor, la voz dijo:
—Soy el alma de cántaro.
Miró una vez más a su alrededor. Nada. Se asomó al interior.
Solo había hojas.
Sonrió ante lo absurdo de la situación y, sin saber muy bien por qué, decidió limpiar el cántaro. Lo vació de hojarasca, lo enjuagó, lo dejó reluciente y lo llenó con agua fresca. Después vació el whisky al pie del sauce y llenó el vaso con agua del cántaro.
Le pareció la más limpia y fresca del mundo.
Antes de beber, pensó:
Ojalá todo mejore para todos.
Y apuró el vaso de un trago.
Dentro del cántaro, el alma sintió una sacudida de júbilo. El rito se había cumplido.
Un ser humano había bebido del cántaro.
Y había deseado.
Conmovida, pronunció la fórmula:
Que todo mejore para todos.
A los pocos minutos empezó a sonar el teléfono.
El diagnóstico de su padre era erróneo.
Sus amigos se habían reconciliado.
La empresa había conseguido un contrato millonario: no habría despidos.
Aquello fue solo el principio.
La insatisfacción llevaba demasiado tiempo convertida en atmósfera del mundo. Nunca era suficiente: ni el cuerpo que tenías, ni el trabajo, ni la casa, ni el dinero. Entonces empezaron a ocurrir cosas extrañas. La acumulación perdió importancia. Se hundieron industrias enteras construidas sobre el descontento. Descendió el consumo de ansiolíticos. Las guerras empezaron a apagarse. El bien común empezó a parecer razonable.
No era una felicidad excesiva.
Era una felicidad suficiente.
Una tarde, sentado en el porche, oyó un ruido al otro lado de la valla. No le dio importancia. Se levantó y se acercó al sauce. El cántaro, casi oculto por las ramas, recogía agua de lluvia.
—Tenemos al objetivo a tiro. ¿Procedemos, señor?
Nadie oyó el disparo.
Él solo sintió una vibración en el aire y un calor repentino en el pecho. Después se aferró a una rama, abrazó el tronco del sauce y cayó contra el cántaro.
El agua empezó a derramarse.
Él empezó a morirse.
—Objetivo derribado, señor.
—Recuperen el artefacto. Borren huellas. Desaparezcan.
Hombres vestidos de negro irrumpieron en el jardín. Lo oyó todo desde muy lejos. Entendió, sin comprenderlo del todo, que lo habían identificado como el Propagador del Virus de la Felicidad.
¿Él?
Buscaban «el artefacto».
El dolor lo iba venciendo. Quiso moverse, preguntar, insultar. No pudo. Cayó con la cara sobre la tierra húmeda y, a unos centímetros de sus labios, el cuello roto del cántaro siguió soltando gotas lentas de agua de lluvia.
Pensó en su mujer.
Pensó en cuánto le gustaba a ella aquel cántaro.
Y sonrió.
Una gota le cayó en la boca.
La bebió.
Su último pensamiento fue limpio, feroz:
Ojalá no encontréis nunca ese artefacto, cabrones infelices.
Dentro del cántaro, el alma comprendió que el barro no resistiría. Antes de marcharse, concedió el último deseo del moribundo:
Que no encuentren el artefacto. Nunca.
Los lobbies de las industrias más poderosas del planeta reaccionaron tarde, pero no lo bastante como para resignarse. Habían estudiado el fenómeno, localizado su origen y entrenado a un equipo especial para neutralizarlo. Descubrieron que todo partía de un individuo insignificante: un hombre corriente en un bajo con jardín. A partir de él, la felicidad se había propagado de forma exponencial.
Y la felicidad, para ciertos intereses, era una catástrofe.
Sin insatisfacción no había negocio.
Registraron el jardín. Sus detectores señalaban la zona del sauce. Revisaron las imágenes. El Propagador abrazaba el tronco antes de caer sobre el cántaro.
El cántaro, sin embargo, estaba hecho añicos.
Arrancaron el sauce y lo trasladaron a un laboratorio en Wichita. Allí reprodujeron el clima, la humedad, la luz. Ensayaron hipótesis. Tal vez el árbol. Tal vez el abrazo. Tal vez el whisky. Durante meses, los especialistas abrazaron el sauce, le hablaron, bebieron junto a él.
Nada ocurrió.
Mientras tanto, la felicidad siguió extendiéndose.
Imparable.
El alma de cántaro, por su parte, pensó durante unos días en instalarse en una botella de plástico, pero le pareció un destino vulgar y poco estable. Al final se decidió por un botijo hermoso que colgaba de una higuera, en un campo labrado.
No era un cántaro.
Pero se le parecía bastante.
Nota :Alma de cántaro
Según la RAE, “Persona sumamente ingenua o pasmada.” Expresión coloquial y poco usada…
Recibo alertas de premios y concursos literarios porque, de vez en cuando, alguno actúa como catalizador y me empuja a escribir algo nuevo.
Tengo mis cosas. Priorizo los que permiten envío digital. Me da bastante pereza todo ese ritual de imprimir, encuadernar, meter en un sobre, ir a Correos y certificar. También necesito que el tema me seduzca. Si es libre, mejor. El premio, en cambio, me da igual. Lo que de verdad me atrae es escribir y saber que alguien al otro lado —un jurado, unos lectores— va a dedicarle atención a ese texto.
Prefiero, además, que sea un cuento. Breve. Las novelas, incluso las cortas, exigen un tiempo y una organización que no siempre encajan con esa pulsión instantánea que siento cuando leo unas bases y algo hace click. Un relato, en cambio, puede aparecer de golpe: rápido, entero y, con suerte, sin demasiado sufrimiento.
Hace poco descubrí la nueva convocatoria de Verano de Cuento, organizada por Teatrofia. El plazo de envío termina el 30 de abril, y confieso que me han entrado ganas de presentarme solo por el tono de sus bases. Están escritas con una mezcla de humor, cercanía y falta absoluta de solemnidad que me resulta casi irresistible.
No es habitual encontrar unas bases que parezcan redactadas por personas reales que saben perfectamente lo que pasa cada año: textos que llegan mal, correos pidiendo confirmación, autores que no leen las instrucciones y participantes que se saltan, con entusiasmo, lo que parecía clarísimo.
La propuesta es sencilla y tentadora: tema libre, un solo relato por persona, en castellano, con una extensión máxima de dos folios y envío por correo electrónico. Nada de plicas, nada de ceremonias innecesarias. Solo tu texto, tu nombre o seudónimo.
Entre mis partes favoritas de las bases está esa advertencia de que no hace falta llegar a los dos folios, que un relato puede ser incluso un párrafo, siempre que funcione. O esa otra en la que piden que no copies el texto en el cuerpo del correo “por dior”. Y, por supuesto, el tercer premio: un abracito. Solo por eso, ya merecen ser leídas.
No sé todavía qué voy a escribir. No sé si saldrá algo decente. No sé siquiera si lograré terminarlo a tiempo. Pero quiero intentarlo. Y he pensado que quizá a alguno de vosotros también le pase lo mismo al leerlas: que le entren ganas. No de competir, necesariamente. No de ganar. Solo de sentarse y escribir un cuento, si se deja.
Sábado por la noche. Estoy un poco depre, la verdad. Tengo la sensación de que mi vida es… insustancial. Desmotivadora, en general. Los que me rodean dicen que estoy loca. «¡Si todo te va bien!». Algunos incluso aseguran que me envidian, pero… yo lo veo todo gris.
Esta noche toca cambio de hora. Algo sencillo: a las dos de la madrugada serán las tres. Todos mis dispositivos son digitales, así que mi ordenador, mi tablet, mi teléfono, la televisión… todo cambiará automáticamente al nuevo horario.
Solo hay un reloj en toda la casa que tengo que tocar yo. El de la cocina. Lo compramos en una tienda del Soho londinense, convencidos de que era una pieza vintage, y luego resultó ser una baratija made in China. Cuando termina la película con la que me he quedado medio dormida en el sofá, decido dejar ese asunto resuelto. Son las dos. No. Las tres…
Voy a la cocina, todavía adormilada. Entonces veo una mancha de aceite en el suelo. Cojo el reloj y muevo las manecillas, pero un leve traspié me hace tambalearme hacia atrás, a punto de caer de espaldas. Consigo recuperar el equilibrio con un manotazo torpe en el aire, pero el impulso es demasiado fuerte y acabo estrellándome contra la alacena, llevándome por delante toda la cerámica.
No sé si estoy consciente o inconsciente. No me duele nada. Floto entre algo que se parece a las nubes… Miro hacia abajo y me veo. Pero no estoy en la cocina. Lo que veo son escenas de mi vida. Episodios. Instantes. Algunos me hacen llorar; otros, sonreír; otros me arrancan carcajadas. Me acomodo en aquella masa blanca, etérea, sorprendentemente confortable. Me apetecen hasta unas palomitas.
Sigo observando mi vida y descubro que sí, que es verdad: hay muchas cosas luminosas. Hay color. Hay ternura, risas, instantes hermosos que yo misma había ido empequeñeciendo hasta casi no verlos. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Y entonces me invade una frustración feroz. Porque quizá ya es demasiado tarde. Porque tal vez me he muerto en la cocina…
Me despierto en el sofá.
Miro el reloj. Son las doce de la noche.
¿No eran las dos? ¿O las tres?
Estoy a punto de irme a la cama, pero entonces me acuerdo del cambio de hora. Todos mis dispositivos son digitales y se actualizarán solos, sí, pero el reloj de la cocina sigue siendo manual. Cuando me levanto y camino hacia allí, me recorre un escalofrío. Una sensación rara, indefinible. Un no sé qué.
Sin saber muy bien por qué, cojo un trapo antes de encender la luz.
Y entonces la veo.
La mancha de aceite.
No sé por qué he cogido el trapo antes de verla, pero, ya que lo tengo en la mano, limpio el suelo. Una tía de mi madre se cayó una vez de espaldas en la cocina por culpa del aceite y se desnucó…
Mientras giro la rueda que mueve las manecillas, me asalta una sensación extraña: la de haber hecho esto antes. Como si repitiera un gesto aprendido en otro lugar, en otro tiempo, en otra vida.
El otro día releí un artículo de 2013 sobre cómo “fabricar” un best seller y sentí ternura hacia mí misma: yo también quería escribir uno.
Aún hoy, me gustaría escribir ese libro que lo peta, que se vende, se recomienda, se regala y acaba teniendo adaptación audiovisual. Pero no solo por el éxito. Sobre todo, porque sé que quienes escriben historias se lo pasan en grande mientras las escriben. Doy fe.
Releyendo aquellas viejas recetas, ya no creo que la clave sea ser famoso, ni escribir siempre bonito, ni colocar un mensaje optimista con lacito. Creo que hoy un libro funciona si tiene pulso. Si provoca algo. Si te engancha.
El protagonista no tiene que ser ejemplar: tiene que ser inolvidable. El estilo no tiene que ser simple: tiene que ser claro y tener voz. Y la novela no tiene por qué ser larguísima: basta con que sea imposible de soltar.
Tampoco compro del todo eso de crear mundos escapistas. La realidad, bien mirada, ya es bastante extraña, bastante divertida y bastante feroz. Material no falta.
Pero la fórmula para el best seller del mundo mundial sigue siendo un misterio. Alguna idea me ronda pero para que sea un éxito debo combinar una voz propia, emoción, personajes memorables, una trama que no te suelte y la suerte de que los lectores entren ahí dentro y se queden .Ahí no es nada.
Y aunque, comparado con 2013, ahora haya más escaparates y más maneras de hacerse visible gracias a las redes, sospecho que en este asunto sigue habiendo un componente menos confesable: una pizca de alquimia.
Así que seguiré intentándolo.
¿Alguien conoce a un brujo o una bruja que trabaje por encargo?
Las hice con una app que imita el efecto de aquellas fotos instantáneas. Las tenía en una carpeta olvidada con la etiqueta de «Fotos viejas» y ya tocaba ir eliminando cosas del portátil.
El arrastra penas es«eso» que te distrae durante un segundo y te aleja de las penas.Sea lo que sea «eso»…
No importa el lugar, el estado, el propósito. Grande o microscópico. Fácil o costoso. Rápido o lento. Lo valioso es llegar.
Las diferencias nunca nos separan, siempre nos mejoran.Viva la diferencia.
Esta casa está en Ibiza aunque se nieguen a admitirlo…
El protagonista de la foto es el peine. La hice en Chicago.
El espíritu artesanal del que escribe un blog. Cualquier “expresión” en el ciberespacio es artesanía. O por lo menos, así era hasta que llegó la IA.
Otra vez las camelias. Cuando florecen, en invierno, siempre la misma foto. Y un post…
Me fascina esa “casi” perfección de la flor. Me sorprende cada año.
Cada pétalo nace ligeramente girado respecto al anterior y sigue un patrón matemático. El ángulo entre ellos ronda los 137,5°, conocido como ángulo áureo. Es el mismo que aparece en girasoles.
No es casualidad, es eficiencia.
La planta coloca cada nuevo pétalo donde menos interfiere con el anterior. Así optimiza espacio y luz.
Lo que vemos como belleza es, en realidad, organización biológica muy eficaz.
Y sí: la naturaleza es bastante buena haciendo geometría y belleza.
Hubo una época en la que me dio por jugar con texturas. Recuerdo lo gratificante que era extender aquella pasta de arena y, después, pasar un tenedor por encima. Empecé usando guantes y acabé descubriendo lo satisfactorio que es trabajar el material con las manos.
Mi casa estaba decorada en tonos azul cobalto. Los cuadros que pintaba buscaban acompañar aquel espacio, así que este que veis ahora en blanco roto, beige y oro viejo, entonces estaba hecho en distintos tonos de azul.
Años después, el pobre cuadro azul se ha reciclado y ha pasado a ser una pieza de colores neutros, los mismos que ahora habitan mi hogar.
Podría etiquetarlo como #artesostenible, #artecircular o #arteadaptativo. Está reciclado, viaja conmigo y puede volver a cambiar de color…