El mono de trabajo.

Hoy ha sido un día especialmente duro. Tengo ganas de llegar a casa y quitarme la ropa de trabajo.

Cuando la cuelgo en el perchero de la entrada, siento que me libero, por fin, de toda la tensión acumulada durante la jornada. De ese peso leve y antiguo que cargo sobre los hombros.

El peor momento, sin duda, ha sido el de ese niño que estaba a punto de cruzar con el semáforo en rojo, mientras su madre, distraída, hablaba con una vecina.

Ha costado desviarlo, pero lo he conseguido.

Miro la agenda para mañana. Será un día intenso: la tengo llena de solicitudes.

Flower Power.

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Haruka Misaw  ve flores en sus lápices y en las serraduras que crean al utilizar el sacapuntas.

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Seb Janiak, en cambio, ve flores en las alas de los insectos y visto así, yo también…

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Yunona Josan hacen cupcakes con increíbles formas de flores. Da pena comérselos…

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Flower Power

 

Escrita con la Tierra.

La NASA permite escribir palabras con imágenes reales de la Tierra tomadas por los satélites Landsat. He elegido PAZ. 

Aparece formada por paisajes vistos desde el espacio: ríos, costas, montañas o desiertos que, por azar y belleza, recuerdan a letras. Si haces clic sobre cada imagen, puedes descubrir la localización exacta de donde fue captada. 

En mi caso, Bolivia, Estados Unidos y Argelia.

Paz, escrita con la propia Tierra.

Aquí : Your name in Landsat

La luna encerrada.

—¿Triste? No debería llamar a los bomberos por eso. Ya sabe, hay otros servicios que…

—No, no, oiga, por favor: se me ha caído el cielo encima. Literalmente.

—¿Está de broma?

—Le digo que tengo el cielo sobre los hombros, partiéndome la espalda, hundiéndome en la tierra.

—Si le pasa todo eso, ¿cómo está llamando por teléfono?

—Porque se me cayó justo al pasar por delante del aparato. He quedado aquí, sepultado bajo el cielo, con él.

—Vale. El cielo. ¿Y qué quiere que hagamos?

—Que me lo quiten de encima.

—¿No querrá decir el techo?

—No es el techo. Le digo que es el cielo. Noto las nubes susurrándome detrás de las orejas, y todas esas estrellas fugaces haciéndome cosquillas mientras se pasean por mi espalda. La luna, esa sí que pesa. Se me ha quedado en equilibrio sobre la cabeza. Temo que, si me muevo, caiga y se rompa en mil pedazos.

—Un poeta… Oiga, deje la línea libre para las verdaderas emergencias. Buenas noches.

Dos llamadas —la de un vecino, alarmado por las luces que salían de la casa de al lado, y aquella otra, clasificada como falsa— acabaron movilizando a los bomberos.

Nunca supieron explicar lo sucedido.

El hombre estaba incrustado en el suelo del salón, junto al teléfono, con el cielo encima.

Fue una pena que no pudiera verlo.

Sobre su espalda cruzaban cuadrántidas, púppidas y líridas. La luna, redonda y brillante, seguía intacta sobre su cabeza.

Del hombre ya no queda nada.

Solo queda esa luna, encerrada en una casa adosada de una planta.

Nadie se pregunta qué pasó.

Solo hacen cola para el selfie.

Un Sant Jordi de libros y terraza.

Relato

Terraza viene de tierra. De lo pegado al suelo, de lo abierto al aire, de una superficie lisa expuesta a la luz. En la vida doméstica, es un espacio exterior unido a la casa: un lugar de intemperie domesticada.

A Amelia, sin embargo, fue lo que menos le interesó del piso cuando el comercial de la inmobiliaria le hizo la visita guiada.

Había sido una de las últimas veces que salió a la calle.

El hombre se empeñaba en enseñarle el tamaño —más que suficiente, según él— para poner una mesa de jardín de seis plazas y la escalera de caracol que subía al terrado, donde el piso tenía una zona de uso privativo que podía convertir en solárium. A un lado estaba la parte de libre disposición para los vecinos; al fondo, la del ático.

Pero Amelia no pensaba en el mar ni en las cenas al aire libre.

Lo que necesitaba saber, antes de decidir si compraba aquel piso, era otra cosa: cuántos metros lineales tendría para libros. Libros en estanterías y libros en cajas. Libros por leer, leídos, releídos, subrayados, heredados, comprados por impulso, rescatados de librerías de segunda mano. Necesitaba espacio. Mucho.

El comercial le dio una cifra.

A ella le bastó.

Compró el piso y lo convirtió en su casa-biblioteca.

En el salón había un sofá pequeño, una televisión, un sillón mullido con reposapiés —donde acostumbraba a leer— y una mesa de comedor que también le servía de despacho. Trabajaba como correctora y traductora para una multinacional. No necesitaba presencia física. Casi nada en su vida la necesitaba ya.

Padecía una agorafobia feroz y había dejado de salir de casa. Lo hacía solo cuando no tenía más remedio: alguna gestión presencial, una prueba diagnóstica, una visita inaplazable. Iba tan medicada que, muchas veces, apenas conservaba recuerdos de esos trayectos; el dentista, por ejemplo, era una nebulosa de luces blancas y olor a desinfectante.

Por lo demás, podía ser funcional sin poner un pie en la calle. La compra llegaba a domicilio. También el médico, el psiquiatra, los mensajeros, los paquetes, el trabajo.

No tenía fobia social. Recibía a familiares y amigos, pero siempre dentro del piso, en aquel lugar seguro, ordenado, lleno de libros.

Nadie la entendía del todo, aunque quizá tampoco importaba. Ella era feliz así. Cuando terminaba de trabajar, elegía un libro, se acomodaba en el sillón y viajaba. No necesitaba gran cosa más.

Miró el reloj.

Se acercaba la hora de Daniela.

Blue, su perro, se removió junto a la puerta, inquieto. Ya la estaba esperando.

Daniela era su vecina del primero. Vivía con su hijo, Carlitos, y con Fátima, una joven marroquí tan discreta que parecía pedir perdón al pasar. Cuando el trastorno de Amelia empeoró, comprendió que iba a necesitar ayuda para algunas tareas. La primera fue la basura.

Durante un tiempo todavía consiguió bajar las escaleras y dejar las bolsas en los contenedores, a cinco metros escasos del portal. Hasta que un día el felpudo de su casa se convirtió en una frontera. Invisible, sí. Pero tan infranqueable como un muro.

Fue por entonces cuando una gotera del baño le hizo conocer a Anselmo, el vecino de abajo. El agua se filtraba por su techo y él subió a avisarla para que llamara al seguro.

La cantidad de libros le llamó la atención. También el orden.

Amelia acumulaba libros con una disciplina casi obsesiva, una especie de síndrome de Diógenes literario, pero sin polvo ni caos. Estaban clasificados por géneros, por autores, por orden alfabético. Los que seguían en cajas llevaban por fuera una etiqueta con nombres y títulos.

No solía hablar de su enfermedad. Había aprendido que casi nadie entiende de verdad ciertas cárceles invisibles. Decir «no puedo salir de casa» rara vez sale bien parado cuando se compara con un cáncer o con un ictus.

Pero Anselmo intuyó que algo pasaba.

—¿Estás bien? Nunca te veo salir.

Amelia se lo contó. Todo. También su angustia absurda y concreta con la basura. Y habló más de la cuenta, mucho más de lo que hablaba incluso con su psiquiatra. Anselmo la escuchó sin impaciencia, sin compadecerla demasiado, lo justo para no ofenderla. Luego se quedó pensando y le habló de Daniela.

—La chica va justa de dinero. Le puedes dar algo por bajarte las bolsas.

Y así empezó.

Daniela comenzó sacándole la basura. Poco después Amelia se hizo amiga de Anselmo. Una vez por semana, él subía con un táper en la mano y alguno de sus guisos. A veces se quedaba a comer. Otras solo charlaban un rato.

Mientras tanto, el mundo de Amelia se iba encogiendo y acolchando a la vez. Cada vez más confortable, cada vez más pequeño. Sus amigos empezaron a visitarla menos. Algo más en verano, cuando iban a la playa y luego subían a comer, pero ya había en ellos cierta incomodidad, una torpeza. Su familia —padres y hermano— observaba con preocupación que, lejos de mejorar, iba retrocediendo.

—Está ocurriendo justo lo contrario —le dijo su madre una vez—. Vas a peor, y muy deprisa.

Un día se presentaron en su casa con un cachorro de pastor belga.

A Amelia le gustaban los perros, pero nunca había querido tener uno. Menos aún en sus circunstancias. Le parecía injusto para el animal.

Su padre, sin embargo, había ideado un plan que le sonaba infalible: si adoraba al perro, acabaría saliendo a pasearlo.

En su cabeza debió de parecer una gran idea.

A Amelia no.

Discutieron. Se fueron enfadados. Y le dejaron el cachorro.

Lo llamó Blue y, por supuesto, se enamoró de él.

Mientras fue pequeño, todo resultó sencillo. Compró juguetes online, pienso equilibrado, cepillos, arneses, mordedores. Le dio amor y atención sin medida. Cuando ella leía, Blue se tumbaba a sus pies con la cabeza apoyada sobre ellos y la acompañaba en silencio, como si entendiera que la lectura también era una forma de recogimiento.

Parecía comprenderla mejor que mucha gente.

Pero creció.

Y entonces Amelia empezó a mirar de otra manera la terraza.

Allí habilitó una zona para que Blue hiciera sus necesidades. Solo se atrevía a abrir el ventanal un par de horas al día y jamás lo cruzaba. El perro correteaba por la terraza, subía la escalera de caracol, alcanzaba el terrado y volvía a bajar cada poco, ladrando para reclamar su presencia, como si no aceptara que aquel rectángulo de suelo exterior pudiera estarle vedado.

Fue entonces cuando decidió convertir la terraza en un lugar amable. Algo que la invitara a estar allí con Blue, a tomar el sol, a sentarse un rato fuera. En las últimas analíticas domiciliarias le habían detectado un déficit de vitamina D.

El nieto de Anselmo tenía una pequeña empresa de reformas. Lo contrató para cambiar el suelo —lo quiso de madera—, sustituir la escalera de caracol, instalar un toldo, arreglar la llave del agua y pintar toda la zona, incluida la parte del terrado de uso privativo.

Poco después vio un anuncio de una tienda online que parecía diseñado para ella: una terraza gris y anodina se transformaba, gracias a una campaña de primavera, en un minijardín lleno de macetas, flores y verde.

Se puso manos a la obra.

Compró una mesa para seis personas, maceteros de varios tamaños, tierra, abono, plantas, flores y una manguera que conectó al grifo de la pared. Con ayuda de Anselmo y de su nieto fue montándolo todo. Amelia preparaba las macetas en el salón y se las pasaba; ellos las colgaban de la baranda o las colocaban en el suelo siguiendo sus indicaciones. Blue brincaba a su alrededor, eufórico, como si supiera que aquello también iba a cambiar su vida.

Y la cambió.

Consiguieron crear un espacio precioso, lleno de verde y color, con una discreta muralla de arbustos al frente que lo resguardaba de las miradas de la calle. Daba ganas de sentarse allí con un libro y pasar la tarde entera sin levantarse.

En una videollamada, se la enseñó a su psiquiatra.

Él sonrió.

—Es importante. Mucho. Aunque de momento solo puedas imaginarte ahí fuera.

Solo tenía que dar un paso. Uno solo. Cruzar el ventanal, dejar atrás el salón y sentarse en la silla más cercana.

No pudo.

Anselmo presenció una de sus crisis de pánico cuando intentó apoyar el pie en el suelo de la terraza. No fue la peor que había sufrido, pero bastó: la respiración se le descompuso, el aire dejó de llegarle, el corazón empezó a golpearle el pecho con violencia y el sudor le empapó las manos.

Anselmo se asustó, sí. Pero no se rindió.

Desde entonces iba cada día a su casa, abría el ventanal y la invitaba a salir. Nunca la empujaba ni la sermoneaba. No decía frases de calendario. Si veía que ella se quedaba bloqueada, cerraba la puerta de cristal y se llevaba a Blue a pasear por la playa.

—Está muy grande ya, Amelia. Tiene que correr, oler, revolcarse. Vivir como perro. Él no tiene agorafobia. Pídele a Daniela que lo saque cuando baje la basura. Os hará bien a todos. Sobre todo a él, que es un santo.

Así empezó Daniela a pasearlo. Algunas mañanas lo hacía Anselmo; al atardecer, casi siempre, bajaba Daniela con Carlitos y se lo llevaba a la playa.

Carlitos también se había enamorado de Blue.

Desde el salón, Amelia los veía alejarse calle abajo hacia el paseo marítimo. Lo hacía con unos prismáticos de última generación. Pero los arbustos le tapaban parte de la vista y tenía que subirse a un taburete. Un día perdió el equilibrio y cayó mal. No se hizo gran cosa, solo una pierna dolorida, pero el aviso fue claro: o renunciaba a observarlos o salía por fin a la terraza.

Lo intentó una y otra vez.

No pudo.

Así que cada tarde oía los ladridos de Blue y los chillidos de alegría de Carlitos sin llegar a verlos, hasta que un día, a esa música habitual, se añadió el chirrido de un frenazo y un coro de gritos.

Tenía entre las manos un ejemplar de Flush, de Virginia Woolf, y el susto casi se lo arrancó de los dedos.

Cogió los prismáticos, abrió el ventanal y salió.

Sin pensar.

Apartó unas plantas y enfocó la calle. Daniela increpaba a un conductor. Carlitos estaba a salvo en la acera. Y Blue, plantado frente al coche, ladraba con una furia desconocida.

Todos estaban bien.

Entonces Amelia notó la brisa del mar sobre la piel. La luz anaranjada del atardecer caía sobre la terraza con una suavidad nueva. Respiró hondo.

Estaba fuera.

Así, en apenas unos segundos, la terraza dejó de ser una amenaza y empezó a parecerse a un lugar seguro. No la calle, no todavía. Pero sí un borde habitable del mundo.

Pasó allí cada vez más tiempo.

Aquello se convirtió en su particular ventana indiscreta, aunque fuera una terraza. Ella misma la rebautizó en secreto como «La terraza indiscreta». Encargó incluso una placa, como las de las calles, donde se leía «Woolrich Avenue», en homenaje a Cornell Woolrich, el autor de It Had to Be Murder, el relato en que se basó la película de Hitchcock. Era uno de sus favoritos.

En la terraza tomaba cerveza con Anselmo, comía con su familia, recibía a los pocos amigos que seguían visitándola, leía al sol mientras Blue patrullaba entre las macetas y observaba, medio oculta entre las plantas, la vida de los vecinos con sus prismáticos.

Fue conociéndolos así.

Y, como no podía evitarlo, acabó asignándole un libro a cada uno.

A Anselmo le correspondía El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Tenía algo de Allan Karlsson: la humanidad, el humor seco, cierta ligereza sabia de quien ya ha visto bastante.

Si madrugaba y el día salía claro, Amelia aprovechaba la terraza para leer con la primera luz. El sillón del salón había quedado para las noches y para el invierno. A esas horas oía unos pasos, el roce de unas ruedas, la cadencia regular de alguien que empieza el día con prisa contenida.

Era Ignacio, el vecino del bajo.

Anselmo le había hablado de él. Divorciado, instalado allí tras la separación en un piso heredado de sus padres, muertos durante la pandemia. Algunos días salía corriendo; otros, empujando una bicicleta que no montaba hasta llegar al paseo marítimo. Ingeniero, al parecer. «Buena gente», decía Anselmo, con esa convicción suya que no admitía réplica.

Amelia lo pensaba como un personaje de Murakami.

Su particular Toru.

Más tarde aparecía Daniela, casi siempre tirando de Carlitos, siempre con prisa. A esas alturas Amelia ya intuía mejor su historia: la huida del maltrato, la precariedad, un país extraño, la intemperie de ser joven y estar sola con un hijo. Y, sin embargo, Daniela conservaba una alegría luminosa, casi insolente frente a la desgracia. Llevaba siempre una sonrisa prendida en la cara.

Le recordaba a Ifemelu, la protagonista de Americanah. No tanto por la biografía como por esa mezcla de dignidad, inteligencia y resistencia.

Enseguida doblaba a la derecha para dirigirse a las casas de primera línea, donde limpiaba sin contrato y cobrando en efectivo.

Un poco después pasaba Fátima. Alta, fina, silenciosa, con el velo cubriéndole el cabello. Más que andar, parecía deslizarse. Siempre con la mirada baja, como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible. Daniela le había contado algo de ella: su timidez, sus dificultades, esa vida suspendida entre la obediencia y el deseo de otra cosa.

A Amelia le venía entonces a la cabeza El harén político, de Fatima Mernissi.

No porque creyera conocer a Fátima —sabía que apenas la veía pasar—, sino porque algunas mujeres arrastran, incluso al caminar, el peso entero de dos mundos.

Después de Ignacio y de las dos chicas, la calle se calmaba. Anselmo salía a comprar, a pescar o simplemente a dar una vuelta.

Manuela, la vecina del segundo, era la que más se dejaba ver. Iba a comprar, iba a la peluquería, volvía con el pelo armado de otra manera, más lustroso, más firme. Tenía dos hijos y una nieta. Amelia los había visto poco, pero lo suficiente. Sabía también que en su casa todo el que entraba debía ponerse unas zapatillas como las de hotel para no dañar el parquet recién pulido.

La idea le hizo tanta gracia que Amelia compró una cesta y veinticinco pares en Amazon. Daniela le pasó el enlace.

De Manuela sabía menos que del resto. Era viuda, cocinaba bien y se quejaba de que sus hijos la visitaban poco. Cada vez que Amelia tanteaba a Anselmo sobre ella, él se ponía raro, parco, casi ruborizado. Amelia sospechaba que entre los dos empezaba a asomar algo.

Para esa historia le encajaba These Foolish Things, de Deborah Moggach: gente que ya ha vivido mucho y, aun así, no ha terminado del todo con las segundas oportunidades.

El único vecino que la descolocaba era el del ático.

A Blue no le gustaba nada.

Si coincidían en el terrado, el perro se tensaba y le ladraba con estridencia. El hombre tenía aspecto de ejecutivo de multinacional —Amelia los conocía bien; trabajaba para una—. Salía muy temprano, regresaba muy tarde y, por las noches, fumaba en el terrado mientras hablaba por teléfono. A veces en inglés. Otras, en ruso.

Ni Anselmo ni Daniela sabían gran cosa. Anselmo creía que el piso pertenecía a una empresa que lo usaba para alojar temporalmente a sus directivos. Piso turístico no era: la comunidad había votado en contra en la última reunión y, además, el Ayuntamiento tenía paralizadas las nuevas licencias.

A Amelia le bastaba con la reacción de Blue.

Aquel hombre le evocaba a Patrick Bateman.

No porque supiera nada de él, sino por esa pulcritud sin calor, por una rigidez impecable que no inspiraba confianza.

Blue ladró junto a la puerta.

Su ladrido alegre.

Amelia fue a por las tres bolsas de basura reciclada que guardaba en el patio. Abrió. Saludó a Daniela con dos besos y a Carlitos, que ya acariciaba el lomo del perro como si fuera suyo. Los vio bajar entre risas por la escalera.

Se quedó un momento quieta.

Bajó la vista.

Sus pies estaban sobre el felpudo.

Entonces dio un paso atrás, sorprendida de sí misma.

El felpudo seguía siendo una frontera. Pero ya no parecía tan férrea.

Volvió a la terraza. Cogió el libro que estaba leyendo, Eleanor Oliphant está perfectamente, de Gail Honeyman, y lo abrió por la página donde había dejado el marcapáginas. Nunca doblaba una esquina ni usaba la solapa.

Empezó a leer:

«A veces lo único que necesitas es tener a alguien agradable a tu lado mientras lidias con las cosas».

He elegido este texto para Sant Jordi porque es, en el fondo, un homenaje a los libros y a las personas que viven a través de ellos. Amelia mira el mundo desde su terraza, pero también desde su biblioteca: lee a los demás como si fueran personajes y encuentra en la literatura una forma de compañía, de refugio y de esperanza. Me parecía un texto especialmente adecuado para un día como Sant Jordi, en el que celebramos precisamente eso: el poder de los libros para ayudarnos a entender la vida y sentirnos menos solos.

Forma parte de Cuentos de andar por casa, una colección de relatos de lo cotidiano.

Mañana, libros y rosas.

Sant Jordi.

La cita con los libros y las rosas.

Es el día de los amantes de la lectura, de quienes sueñan con viajar a mil lugares y abrir la mente entre las páginas de un libro.

Un buen día, lectores del mundo.

Un minuto.

Un minuto exacto… Da para muchas cosas.

Se puede dar un beso y un abrazo o beber un trago de agua fresca. Dar un número impreciso de pasos en un paseo. Escribir unas líneas de un post o leer un e-mail. Parece mucho cuando hablas en público o buceas para atravesar la piscina. Parece demasiado cuando esperas que suene la alarma del horno. Es muy veloz cuando se acaba la caricia. Relativo, como el tiempo que es.

Un minuto.

En uno de los muchos minutos que consumimos al día, pasan muchas cosas. Te pasan a ti y les pasan a los demás. Venga minutos, venga cosas. Se respira, se come, se nace, se muere. En un minuto te puedes equivocar, y mucho; puedes decidir; te pueden dejar; puedes dejar. Lo trascendental y lo que no lo es.

Una canción, un chiste, un bostezo… ¿Te imaginas un minuto de carcajadas? ¿O un minuto de cosquillas?

Si has leído hasta aquí, has consumido aproximadamente treinta segundos. Medio minuto de esos minutos que tiene tu vida.

Ahora, ya casi llegando a los sesenta segundos, quiero que sepas que mientras leías este artículo, en este minuto —que parece poca cosa pero vale oro— no solo han seguido pasando cosas en tu vida: también ha latido el mundo digital a una velocidad difícil de imaginar. 

En este mismo minuto, aproximadamente, se han enviado 251.100.000 e-mails. Se han realizado 5.900.000 búsquedas en Google. Siri ha respondido más de 1.000.000 de preguntas. Se han subido 16.000 vídeos a TikTok. Se han visto 138.900.000 Reels en Facebook e Instagram. YouTube ha sumado más de 3.400.000 visualizaciones. Y Microsoft Teams ha acumulado 229.000.000 de minutos de reunión.

Es una pequeña muestra de lo que ha ocurrido en la (www)ida de ahí fuera en los sesenta segundos, aproximadamente, que has tardado en leer este post. Y, por si fuera poco, en ese mismo minuto , se han publicado más de 5.000 entradas en blogs.

Ya que estamos aquí, casi llegando al minuto, aprovecho para darte las gracias por la dedicación de tu tiempo a leer este artículo de El Blog Imperfecto.

Es un honor que me regales tu minuto.

Feliz No Cumpleaños.

Ya os aviso desde el principio: hoy celebro el mío.

No os voy a confesar cuántos cumplo. Para saberlo, tendría que multiplicar 364 por mi número de años, y de ahí saldría una cifra tan astronómica que prefiero no conocer. Al margen de la edad, el concepto me parece brillante

Pasamos de tener un solo día de celebración a disponer de 364.

Alguien podría decir que, así, el cumpleaños pierde parte de su magia. Pero todo depende del enfoque. Hay quienes, si les regalas 364 días para celebrar, son capaces de exprimirlos todos. O casi. Y hay quienes no saben muy bien cómo hacerlo. A veces, ni siquiera con uno.

Por eso, más que celebrar un No Cumpleaños, lo verdaderamente interesante es el cambio de rumbo que propone: aprender a festejar lo cotidiano, incluso cuando no ocurre nada extraordinario.

Hoy voy a hacerle caso al Sombrerero Loco. La idea del unbirthday pertenece al universo de Lewis Carroll, aunque se hizo universal gracias a la película animada de Disney, Alice in Wonderland (1951), donde el Sombrerero la convierte en canción y en fiesta: “Very Merry Unbirthday”.

Así que felicidades a quienes hoy celebráis vuestro No Cumpleaños. Y también, por supuesto, a quienes celebráis el cumpleaños de toda la vida.

Porque celebrar también es una forma de entender la vida.

Alma de cántaro.

Se sentía feliz.

Tal vez «feliz» fuera una palabra excesiva para aquella sensación apacible que lo habitaba, pero no encontraba otra mejor. No era euforia ni plenitud, sino una tregua interior. Por primera vez en muchos años, tenía la impresión de que su vida funcionaba razonablemente bien.

Aquella mañana desayunaba en el porche con un espresso entre las manos. En algún momento dejó de leer la prensa y alzó la vista hacia el jardín. Su mujer había conseguido convertir aquel pequeño rectángulo de cemento en un refugio natural: vigas de madera envejecida en el suelo, mimbre, lino color crema, algunas plantas, el sauce llorón y, debajo, el cántaro.

Ese cántaro.

Lo habían encontrado en una casa medio derruida, en un pueblo perdido. Ella se había subido a una montaña de escombros para rescatarlo y él había tenido que sujetarla mientras se estiraba para alcanzarlo. La torre se vino abajo, los dos acabaron en el suelo y el cántaro salió indemne. Desde entonces ocupaba uno de los rincones preferidos del jardín y un espacio memorable y risueño en sus recuerdos.

Durante unas semanas siguió sintiendo aquella calma. Hasta que dejó de sentirla.

No ocurrió nada en su vida. Lo que cambió fue la de los otros. Las pruebas médicas confirmaron la demencia de su padre. Sus mejores amigos se separaron. En la empresa donde trabajaba empezaron los despidos. Nada de aquello le sucedía a él directamente, pero todo le afectaba.

Le resultaba imposible disfrutar de su paz mientras los demás se hundían.

A veces pensaba —y se avergonzaba de pensarlo— que solo podría ser feliz aislado del dolor ajeno. Pero no era así. Había en él una disposición involuntaria a sufrir con los suyos.

Estaba sentado en el porche con un whisky de malta en la mano cuando oyó un susurro.

Era una voz hueca, como salida del interior de un recipiente vacío.

Miró alrededor. No vio a nadie.

La voz sonó de nuevo.

Venía del cántaro.

Dentro del cántaro, el alma de cántaro llevaba siglos esperando. Su misión era sencilla: necesitaba que un ser humano llenara el recipiente de agua, bebiera de él y formulara un deseo. Durante siglos aquello había sido fácil pero luego llegaron los grifos, las tuberías, y las botellas de plástico. Los cántaros dejaron de ser útiles y pasaron a ser objetos decorativos. Y ella había terminado atrapada en uno de ellos, debajo de un sauce llorón que se pasaba media vida soltando hojas que lo iban llenando lentamente.

Cuando él se inclinó para escuchar mejor, la voz dijo:

—Soy el alma de cántaro.

Miró una vez más a su alrededor. Nada. Se asomó al interior.

Solo había hojas.

Sonrió ante lo absurdo de la situación y, sin saber muy bien por qué, decidió limpiar el cántaro. Lo vació de hojarasca, lo enjuagó, lo dejó reluciente y lo llenó con agua fresca. Después vació el whisky al pie del sauce y llenó el vaso con agua del cántaro.

Le pareció la más limpia y fresca del mundo.

Antes de beber, pensó:

Ojalá todo mejore para todos.

Y apuró el vaso de un trago.

Dentro del cántaro, el alma sintió una sacudida de júbilo. El rito se había cumplido.

Un ser humano había bebido del cántaro.

Y había deseado.

Conmovida, pronunció la fórmula:

Que todo mejore para todos.

A los pocos minutos empezó a sonar el teléfono.

El diagnóstico de su padre era erróneo.

Sus amigos se habían reconciliado.

La empresa había conseguido un contrato millonario: no habría despidos.

Aquello fue solo el principio.

La insatisfacción llevaba demasiado tiempo convertida en atmósfera del mundo. Nunca era suficiente: ni el cuerpo que tenías, ni el trabajo, ni la casa, ni el dinero. Entonces empezaron a ocurrir cosas extrañas. La acumulación perdió importancia. Se hundieron industrias enteras construidas sobre el descontento. Descendió el consumo de ansiolíticos. Las guerras empezaron a apagarse. El bien común empezó a parecer razonable.

No era una felicidad excesiva.

Era una felicidad suficiente.

Una tarde, sentado en el porche, oyó un ruido al otro lado de la valla. No le dio importancia. Se levantó y se acercó al sauce. El cántaro, casi oculto por las ramas, recogía agua de lluvia.

—Tenemos al objetivo a tiro. ¿Procedemos, señor?

Nadie oyó el disparo.

Él solo sintió una vibración en el aire y un calor repentino en el pecho. Después se aferró a una rama, abrazó el tronco del sauce y cayó contra el cántaro.

El agua empezó a derramarse.

Él empezó a morirse.

—Objetivo derribado, señor.

—Recuperen el artefacto. Borren huellas. Desaparezcan.

Hombres vestidos de negro irrumpieron en el jardín. Lo oyó todo desde muy lejos. Entendió, sin comprenderlo del todo, que lo habían identificado como el Propagador del Virus de la Felicidad.

¿Él?

Buscaban «el artefacto».

El dolor lo iba venciendo. Quiso moverse, preguntar, insultar. No pudo. Cayó con la cara sobre la tierra húmeda y, a unos centímetros de sus labios, el cuello roto del cántaro siguió soltando gotas lentas de agua de lluvia.

Pensó en su mujer.

Pensó en cuánto le gustaba a ella aquel cántaro.

Y sonrió.

Una gota le cayó en la boca.

La bebió.

Su último pensamiento fue limpio, feroz:

Ojalá no encontréis nunca ese artefacto, cabrones infelices.

Dentro del cántaro, el alma comprendió que el barro no resistiría. Antes de marcharse, concedió el último deseo del moribundo:

Que no encuentren el artefacto. Nunca.

Los lobbies de las industrias más poderosas del planeta reaccionaron tarde, pero no lo bastante como para resignarse. Habían estudiado el fenómeno, localizado su origen y entrenado a un equipo especial para neutralizarlo. Descubrieron que todo partía de un individuo insignificante: un hombre corriente en un bajo con jardín. A partir de él, la felicidad se había propagado de forma exponencial.

Y la felicidad, para ciertos intereses, era una catástrofe.

Sin insatisfacción no había negocio.

Registraron el jardín. Sus detectores señalaban la zona del sauce. Revisaron las imágenes. El Propagador abrazaba el tronco antes de caer sobre el cántaro.

El cántaro, sin embargo, estaba hecho añicos.

Arrancaron el sauce y lo trasladaron a un laboratorio en Wichita. Allí reprodujeron el clima, la humedad, la luz. Ensayaron hipótesis. Tal vez el árbol. Tal vez el abrazo. Tal vez el whisky. Durante meses, los especialistas abrazaron el sauce, le hablaron, bebieron junto a él.

Nada ocurrió.

Mientras tanto, la felicidad siguió extendiéndose.

Imparable.

El alma de cántaro, por su parte, pensó durante unos días en instalarse en una botella de plástico, pero le pareció un destino vulgar y poco estable. Al final se decidió por un botijo hermoso que colgaba de una higuera, en un campo labrado.

No era un cántaro.

Pero se le parecía bastante.

Nota :Alma de cántaro

Según la RAE, “Persona sumamente ingenua o pasmada.” Expresión coloquial y poco usada

Gente que hace fotos.

De tanto en tanto, me gusta compartir fotos hechas por gente que mira de verdad. Fotos sin IA.
Siempre de Unsplash.

Esta vez, la imagen habla el idioma de estos tiempos que transitamos.

Foto de Gertrud en Unsplash

Foto de Adhitya Sibikumar en Unsplash

Foto de Bekky Bekks en Unsplash

Foto de Jon Tyson en Unsplash

Entre tantas fotografías que claman el fin de las guerras y pronuncian la paz, hay algo en esta que me ha llevado a pensar en la asombrosa misión Artemis II. Quizá porque, al mirarnos desde lejos, la humanidad deja de parecer un puñado de fronteras y se revela como lo que siempre ha sido: una sola cosa, frágil, indivisible, inevitablemente condenada a entenderse.

Foto de Fernando Jorge en Unsplash