¿Qué tal las fiestas?

Después de unos días desconectados del entorno cotidiano, es normal hacerse la pregunta de rigor: ¿qué tal las fiestas?Esa pregunta se formula tanto “de verdad” (a los más cercanos) como en modo “automático” (a conocidos). Hablemos de esta segunda modalidad: el puro automatismo de cortesía y buena educación.

¿Qué tal las fiestas? La cuestión se lanza a alguien con quien no tenemos demasiada relación, así que se espera una respuesta cortés (también automática) que cierre el tema. Suele girar en torno a las comilonas, la lotería o la niñería en casa. Casi todo el mundo se resigna y se conforma con “la vuelta”, rematada con un comentario tipo: “Ya tenía ganas” / “Ya no podía más”. Y con eso queda finiquitada la cordialidad postfiestas.

Pero hay ocasiones en las que ese liviano ¿qué tal las fiestas? se convierte en la pregunta detonator. El interlocutor olvida que solo debería participar con dos frases escuetas (y acabar) y se lanza en picado. Aunque también aparecen alegrías extremas, lo que predomina es la desgracia, y en múltiples niveles: la urticaria por marisco en mal estado; la típica caída tonta el día de Navidad, con sus diez horas de espera en Urgencias; el juego de la consola para el niño… ¡vacío!; la súper gripe (y antibiótico) justo los cuatro días que te vas a la nieve; el robo de un coche la noche de Fin de Año; la avería del horno el día de Sant Esteve (canelones)… Todo ello explicado con la profusión de detalles que el incidente exige.

También hay cosas serias que, por el impacto que tienen en una vida, desautomatizan la respuesta al instante, pero ese ya es otro nivel.

Tras oír respuestas en modo “detonator”, ya solo te queda aportar un: “Yo, bien. Normal.” Y, de repente, ese “normal” se convierte en algo fabuloso… Ni averías, ni robos, ni accidentes, ni enfermedades, ni urticarias… Solo normal.

Por cierto: ¿qué tal las fiestas? ;-)

NB: Todos los “incidentes” son reales. Incluidas las diez horas (de espera) en Urgencias por una caída…

Por un 2026 redondo.

Hay expresiones que son un brindis.
“Que salga redondo” es una de ellas.

Redondo empezó siendo una forma —lo circular— y con el tiempo se volvió algo más bonito: lo completo, lo bien logrado, lo que encaja. Sin aristas.

Para el 2026: no pido un año perfecto. Pido un año redondo. Con salud, con calma, con tiempo. Con momentos que cierren bien.

Y si algo se tuerce, que sepamos enderezarlo sin rompernos.
Feliz 2026. Que salga redondo.

Hacer balance.

No sé si esto es un sueño o una experiencia entre mágica y mística, pero estoy aquí. ¿Me habré dormido en el sofá? Lo último que recuerdo es estar encogida, llorando de pura tristeza, agarrada a aquel cojín…

Cada año, por estas fechas, me enfrento a eso que se llama “hacer balance”. A pocos días del 31 de diciembre, todo el mundo se empeña en aglutinar las cosas buenas, las malas, las expectativas, la esperanza y la desesperanza.
Es un comportamiento de histeria colectiva: balance, balance, balance..

El mío me lleva, inevitablemente, a un estado de frustración. Ninguno de mis planes se cumple… Ni mis deseos, ni mis sueños. Según el año, se añade a mi balance alguna buena nueva, pero también las desgracias y los dramas de la vida. Y yo sigo transitando por el tiempo, un poco despistada, afanándome en sobrevivir a cada nuevo día, pasando de año sin pena ni gloria.

Pero, en este mismo instante, nada de esto es importante. Estoy en este precioso campo lleno de lavanda. Siento el aire fresco, que me acaricia la piel, como vistiéndome y protegiéndome del frío. Soy como el aire. Me siento aire. Me desplazo, deslizándome, bailando al son del viento, deleitándome con los colores.

Quiero caminar por él. Noto la textura de la hierba en mis pies descalzos. Es suave y parece de algodón.

Mientras avanzo, vienen a mí imágenes preciosas de experiencias vividas en este año. No son grandes cosas, son nimias pero, a la vez, son hiperbellas. Un abrazo inesperado, paladear un cucurucho de helado en una cala solitaria, una inspiración con aroma a tierra húmeda, la emoción del último capítulo de un libro disfrutado, un desayuno dulce después de haber hecho el amor…

Al final del trayecto, me espera una cesta. Es sencilla y contiene todas esas cosas sencillas. Me llevo todas mis experiencias, las que yo creía insignificantes y que ahora se han convertido en un tesoro de valor incalculable.

Ahí están todas. Mi balance.

Cuando despierto, sé que todo ha sido un precioso sueño que mi mente, caprichosa, me regala con su recuerdo. Esto me extraña, ya que nunca me acuerdo de lo que sueño… Entonces, me llega un tenue olor a lavanda y, allí, en una esquina al lado de la puerta, veo la cesta. Está llena de las flores violetas…

Confieso que cada tarde me recuesto en el sofá y agarro ese cojín. Adopto la misma posición que ese día e intento dormir para ver si hay suerte y me vuelven a llevar a ese lugar en el que todo aquello que parece insignificante se vuelve brillante.

De momento, no lo he conseguido, pero, inexplicablemente, la lavanda no se marchita y, cuando la miro o la huelo a distancia, me recuerda que debo identificar y disfrutar esos pequeños instantes maravillosos que ocurren cada día.

De dónde han salido esa cesta, ni me lo planteo…

NB : Fotos de Léonard Cotte y Dóri Halászlaki en Unsplash

 

Árbol de ideas.

Hay gente que pone árbol: es bonito, luce bien, huele a infancia y proclama la Navidad. Y también están quienes, sin renunciar a la fiesta, se las ingenian sin árbol.

Cualquier cosa sirve para crear la estética navideña: una pirámide de ovillos, de libros, una escalera, una constelación de luces o una forma triangular hecha con lo que ya tienen en casa.

Es un árbol que, además de luces, tiene imaginación. Y convierte la Navidad en un gesto creativo.

Propongo una nueva tradición, a libre disposición de quien quiera adoptarla: cada año hay que inventar un árbol distinto… sin árbol. Y si queda torcido, mejor: es más real.

¿Hablamos?

Tenía que aparentar calma. Si le veía el miedo en los ojos, habría ganado.

El monstruo avanzaba con una sonrisa blanda, casi amable, y los brazos abiertos como quien va a recibirte. En cualquier instante abriría la boca y lanzaría contra ella su arma —esa contra la que no existía defensa.

Su única posibilidad era huir. Despistarlo un segundo, correr hacia los ventanales con todo el impulso que pudiera reunir y… saltar. No era mucha altura, pero tampoco sabía caer. Nunca había aprendido. Aun así, no había otra salida.

La sala era de un blanco impoluto, sin sombras. Una puerta blindada. Un ventanal enorme. Al otro lado, el cielo de un rojo raro.

Había plantas. En medio, dos butacones mullidos y confortables, separados por una mesita baja. Sobre la mesita, una bandeja: café humeante, té, agua y galletas de mantequilla.

Él se acercó un paso más.

Demasiado cerca.

Ella oyó el aire entrarle en la boca. Lo sintió preparar el sonido. El instante previo al golpe.

No podría soportarlo.

La raza humana ya no estaba hecha para eso. Habían eliminado, siglos atrás, todo lo que no fuera funcional. La comunicación se reducía a órdenes, datos, hechos: el área segura. Lo emocional se consideró un ruido peligroso, una grieta. Se había extirpado con paciencia , generación tras generación, hasta que las palabras dejaron de servir para decir lo que dolía, lo que alegraba, lo que hacía temblar por dentro.

De vez en cuando circulaban rumores: grupos de resistencia, viejas tribus obstinadas que aún conservaban aquella capacidad primitiva. Decían que secuestraban a humanos normales y los sometían a terapias bajo un lema terrorífico :

“Hablando se entiende la gente”.

Pocos sobrevivían a ese hiperestímulo cerebral y los que volvían lo hacían transformados, incapaces de sobrevivir en una sociedad aséptica.

Ahora le tocaba a ella.

Él alargó la mano y le tomó el codo delicadeza. La guio hacia los butacones.

Seguía sonriendo. En su mirada había algo que intentaba ser… ¿comprensión? ¿cuidado? Ella no supo leerlo. No tenía las herramientas.

Se sentó, rígida, en uno de los butacones. El café desprendía un aroma cálido. Las galletas olían a infancia —una palabra vieja que aún conservaba en su memoria.

Él se acomodó frente a ella. No invadió su espacio. No hizo ningún gesto brusco. Sólo la miró a los ojos, con paciencia.

Luego movió los labios.

Y lanzó el arma mortal, despacio, sin levantar la voz.

—¿Hablamos?

Nota : Aún estamos a tiempo: si volvemos a hablar de verdad, volvemos a encontrarnos como sociedad.

Caos artístico vs. reel impecable

En pocos minutos, mi mesa de trabajo era un desastre. El lienzo recién empezado, la música sonando en mis cascos y yo encantada de la vida texturando. Pinturas y pasta de relieve, tarros con agua, pinceles de varias medidas… todo disperso. Mis manos, manchadas con los colores elegidos —mea culpa: odio los guantes— y pintura en la ropa, justo en la zona que el delantal no alcanza a cubrir.

Un cuadro, nunca mejor dicho.

En mitad de ese caos me vinieron a la cabeza los vídeos que me enseñan las redes. Esos reels de artistas de la pintura que muestran todo el proceso: talleres de revista, luz perfecta, plantas bonitas en las esquinas y ni una gota fuera de sitio. Ellos pintan sin acabar pareciendo una obra de arte abstracta llena de manchurrones. Terminan con elegancia, se limpian las manos, limpias, con un trapo igualmente inmaculado, y detrás se ve el cuadro perfecto. Ni rastro de plástico protector en el suelo; justo lo contrario que en mi caso, donde cubro todo lo que se pueda manchar… y aun así algo siempre se escapa.

Y entonces me pregunto: ¿es realmente la realidad frente a las redes? ¿O soy yo, que todavía tengo que aprender a pintar con más orden y concierto… o aceptar, simplemente, que mi proceso creativo es un pequeño y feliz caos?

Cloud Dancer

El color seleccionado para 2026 por el Pantone Color Institute es Cloud Dancer — un blanco suave con matices sutiles, identificado oficialmente como Pantone 11-4201.

Calma y claridad en un mundo agitado: Cloud Dancer se describe como un “blanco aireado” que aporta serenidad, claridad mental y una sensación de paz en medio del ruido cotidiano. Es un “susurro de calma y paz en un mundo ruidoso”. (People.com)

Es un blanco suavizado que no se parece al blanco puro. Hay matices de marfil, crema o gris según la incidencia de la luz.

Pero lo que más me gusta de este color , es el nombre con el que lo ha bautizado Pantone…

Quita. Vete. Calla. Déjame.

Hay una voz en mi cabeza. Es muy clara y nítida pero…sólo la oigo yo.

Hay una voz en mi cabeza que recita, sin descanso, todos los dichos del refranero popular. Quita. Vete. Calla. Déjame.

Me duelen los brazos. El hacha pesa mucho y empieza a hacer frío.

Hay una voz en mi cabeza que me hace observar mi lengua en el espejo para ver si allí hay pelos o no. Que me ha incitado a construir una cama con ramas de laurel.

Hay una voz en mi cabeza que me ha obligado a comprar un loro y darle chocolate. A atar a mi perro con longanizas. A buscar por toda el pueblo, a ese gato que tiene tres pies. A marear a todas las perdices que me encuentro. Me llaman loco. Quita. Vete. Calla. Déjame.

Ya queda poco…Se me están congelando las manos. Me duelen. Me duelen mucho .Los escalofríos me impiden acertar. Ya se me han congelado las pestañas y la nariz pero…tengo que seguir.

Me lo dice esa voz en mi cabeza. Tengo mucho sueño. Me dormiría. El hacha pesa mucho. Me duermo.

Quita. Vete. Call…

Pobre hombre, dicen en el pueblo. Lo encontraron congelado, aún con el hacha en sus manos.

A sus pies, el árbol caído y un montoncito de leña…

calla

ANEXO — DOCUMENTO INCORPORADO AL EXPEDIENTE

Caso: 47/IX-22
Nombre figurado del sujeto: E. M.
Localización del cuerpo: Sendero forestal, margen norte del bosque municipal
Objeto encontrado en el bolsillo interior de la chaqueta
(Documento manuscrito, deterioro leve por humedad y congelación)

Transcripción de frases manuscritas halladas en poder del sujeto.

  1. No tener pelos en la lengua

  2. Dormirse en los laureles

  3. Atar los perros con longanizas

  4. Darle chocolate al loro

  5. Buscar tres pies al gato

  6. Marear la perdiz

  7. Hacer leña del árbol caído

Gente que hace fotos de Navidad.

Foto de Sincerely Media en Unsplash

Comparto mis propias fotos en Unsplash, pero lo que de verdad disfruto es compartir las de otros. Me los imagino frente a la escena —o construyéndola—, cámara en mano, saboreando el instante y el resultado.

Esto es una muestra de gente que hace fotos inspiradas en la Navidad.

Foto de Laura Beth Snipes en Unsplash

Foto de Brigitta Schneiter en Unsplash

Foto de Jon Foster en Unsplash

Foto de Seoyeon Choi en Unsplash

Cuentos de andar por casa.

De andar por casa” : algo sencillo, casero y nada sofisticado.

Esta es una recopilación de diez relatos breves de andar por casa porque, si los lees, recorrerás una casa: recibidor, baño, dormitorio, cocina, salón, terraza… Espacios de hogar, espacios de vida.

Os invito a cruzar la puerta. 

Lo primero que encontraréis es un recibidor y a Manuela.