Indecisión final.

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indecisive

¿Qué modalidad le interesa? Si no lo tiene claro, tenemos en oferta un bono de sesenta cotidianas y dos trascendentales. A muy buen precio.

No, no hay posibilidad de devolución. El bono no lo permite pero piense que tiene dos años para gastarlo… ¿Las diferencias entre esta oferta y el Bono Premium? Sí, yo le explico. El Bono Premium cuesta casi el triple pero le proporciona tarifa plana en cotidianas y diez trascendentales.

¿Qué si se puede pagar a plazos? Pues me temo que no. Es un pago único.

Sí, puede contactar con nosotros a cualquier hora del día y hacer uso de su bono. No, no hay horarios, esa es una característica diferencial de nuestro servicio. Nunca se sabe cuándo uno va a tener que tomar una decisión. Sí, sirve tanto para las decisiones cotidianas como para las decisiones transcendentales.

En el contrato tiene una descripción de lo que consideramos trascendental y cotidiano. ¿Divorcio? Déjeme que lo consulte: sí, es de las catalogadas como decisiones trascendentales.

Sí, entiendo sus dudas. No somos baratos pero sí que le aseguro que somos la empresa de más calidad en el sector.

Piense que, si hubiese contratado nuestro bono “Decididor Profesional”, ya habría decido si esta es una compra adecuada o no para Ud. Le aseguro que hubiese obtenido un considerable ahorro de tiempo para invertir en su vida y la tranquilidad de haber decido bien. Esas son las ventajas de tener a otros que decidan por Ud.

¿Qué no se decide? De acuerdo, piénselo y lo llamo en dos o tres días…

 

decididor

No me lo puedo creer…

Primero, he oído aquel extraño aleteo. Raro, muy raro, teniendo en cuenta que estoy encerrada en un despacho minúsculo en el que no hay ventanas. Pero me ha pasado lo mismo que en las películas: cuando me giraba o levantaba la cabeza para mirar de donde procedía aquel sonido, el silencio era absoluto. A la que dirigía mi mirada a la pantalla del ordenador, ya estaba allí: flop, flop, flop

“Mira, es lunes y estás muy estresada” eso es lo que he pensado, dándome ánimos (algo que ya viene siendo habitual en los últimos tiempos) pero, entonces, cuando ya estaba más calmada y centrada en aquel listado de costes, me cae una plumita blanca en el teclado. Flip…

Como está feo eso de decir tacos, no voy a volver a reproducir el ¡Joder! que me ha salido del alma. ¿Qué hace un pajarito blanco en mi despacho? – me he preguntado en un tono infantil y estúpido. Incrédulo…Y con un poco de susto porque, inmediatamente me ha asaltado la idea de que fuera una paloma y yo, les tengo terror a esas aves…

Cuando me he atrevido a mirar hacia arriba, lo que he visto me ha dejado paralizada. Un niño, de ricitos rubios y mejillas sonrosadas, tirando a gordito (se le hacían esas arruguitas tan graciosas en las rodillas) y…con un par de alas, de plumas blancas, sobresaliendo de su espalda. Estaba sentado en el aparato de aire acondicionado, y agarrado a los conductos, como si fuera a caerse.

Tras procesar esta información, “niño gordo con alas, sentado en mi aparato de aire acondicionado”, he mirado al niño con atención y he observado que llevaba un arco en la mano y aunque no he visto ni una sola flecha, me ha parecido que podía ser peligroso. He decidido gritar con todas mis fuerzas, pero, cuando ya iba a dejar que el aire rasgara mis cuerdas vocales, el niño me ha hecho una señal con la mano, poniéndose un dedo en la boca. Y supongo que por el hecho de que es un “niño”, he cerrado la boca. ¡Una broma! ¡Claro! Yo que soy la anti San Valentín de la oficina, la que celebra el día de los No Enamorados desde que me dejó aquel impresentable, soy la víctima de una bromita del Día de Marras. ¿Una cámara oculta?

Cuando miro al nene, pienso que se han pasado tres pueblos. ¡Angelito! ¿Cómo se han atrevido a colocarlo ahí? ¿Y si se cae? Este último pensamiento me ha permitido salir del estado de estupor que he sentido al descubrir a un querubín ubicado en mi pared y me he dirigido hacia él, dispuesta a socorrerlo. ¡Qué bestias, por Dios! Estoy segura de que es culpa de Martínez, el capullo graciosillo de contabilidad.

Hola, cariño. No te asustes, te ayudaré a bajar de ahí.

No me toques, humana. Ni te atrevas. Soy Cupido, ¿Acaso no me has reconocido?– el niño me habla con autoridad y una cierta mala leche. Aunque es una monada me parece muy repelente pero no me doy por vencida. Es un niño-Venga, precioso. Vamos a bajar, que la broma ya se ha acabado.

Otro flop, flop, flop y el niño, gordito y sonrosado, se mueve torpemente, moviendo sus alas con dificultad. Le veo el culete y los rizos de su pelo y…una flecha clavada en su espalda. Da un giro y deja de hacer flop para hacer plof.

Cae en la mesa de mi despacho, boca abajo, en una posición antinatural que me da miedo. De repente, lo oigo. Esa vocecilla cabreada…

De verdad, estoy bien. No siento dolor. Esto se veía venir. Han sido los malditos recortes de presupuesto. Hace unos años, sólo nosotros podíamos salir a disparar flechas en un día como hoy, pero, el mundo ha cambiado y también los humanos. Se envían flechas amorosas, flores, corazones, mensajitos a través de las redes sociales y todas esas apps que crecen día a día… Y, claro, nos ha sustituido por plataformas digitales y algoritmos matemáticos y cada vez, menos dinero para Cupido y su ejército…

A estas alturas, estar hablando con un niño, con alas de ángel que dice ser Cupido y que está espachurrado en mi mesa, con una flecha clavada en su espalda, no me produce extrañeza. Tampoco que me esté hablando de recortes presupuestarios y revolución tecnológica. Charlo con él, como si tal cosa.

– Las flechas están caducadas y la penúltima que he disparado, ha realizado una trayectoria y ha acabado, clavada en mi espalda. Si me sacas la flecha, me desintegraré. Y ya está. Te dejaré en paz. Os dejaré en paz a todos…

–  En todas las pelis que he visto, sacar una flecha es lo último que se debe hacer. Desgarra la carne. No voy a hacer eso. – Últimamente, he visto un montón de series y no hay truco policial o de supervivencia en una batalla que no me sepa.

–  Confía en mí. Soy Cupido. ¿No me ves?

Miro sus rizos y ese culete gracioso. Es lo único que le veo, puesto así, boca abajo. No sé porque, pero le creo. Justo yo, la más escéptica con eso del Día de San Valentín…

–  Vale. Te la sacaré. Pero, aunque yo no crea en ti, si al final eres Cupido, te desintegras y desapareces me haces responsable de una cosa muy gorda. Matar a Cupido. Eso es serio.

–  No te preocupes. Me iré de aquí, a otro lugar que no conoces, pero… volveré. No tengas ninguna duda. No olvides que el amor, nunca muere. Y, mira, esto no deja de ser una acción de presión para que nos den más recursos. Venga, quítame la flecha que puede entrar alguien y encontrarme aquí con esta pinta.

–  Lo haré– Cojo la flecha y cuando me dispongo a tirar, oigo su vocecilla.

–  Ah! Una cosa más… Lo siento, pero, la última flecha que disparé… Espero que me perdones, humana.

Y oigo eso del “perdón” y me quedo perpleja.

Ya no hay flecha, ni niño muerto.

Creo que me voy a pedir una baja por estrés. Estoy mal, muy mal.

Llaman a la puerta. Veo que aún hay plumas blancas por la sala. Las recojo apresuradamente y le digo al que llama a mi puerta que puede pasar. Y ahí está Martínez, el de contabilidad, con cara de besugo y los ojos muy, muy brillantes. Sostiene un gran ramo de flores en su mano. Me lo entrega, junto con una postalita de un corazón ribeteado de blonda blanca. Horroroso, por cierto.

–  Siempre he querido decirte que me gustas y que me gustaría que fuéramos a tomar una copa, para conocernos mejor. O a cenar, si lo prefieres.

Me quedo muda. ¿Martínez? Vaya con el niño gordinflón con la flecha en la espalda.

Si lo llego a saber, no se la saco…¿Martííínez? No me lo puedo creer…

 

NB : Una versión nueva del Cupido’s Killer

Premoniciones y un bocadillo.

En la oficina me miran con temor. Se callan cuando entro en el despacho , me observan y retiran la mirada cuando yo les encaro visualmente…Nadie quiere hablar conmigo. Nadie me toca ni roza ninguno de mis objetos… Están asustados…

Sé que es difícil convivir con las premoniciones. Tenemos miedo de lo que desconocemos y queremos desconocer lo que nos da miedo…pero yo no puedo evitarlo.  Es incontrolable. Aparece ese mensaje en mi mente, en una forma verbal inconcreta pero comprensible o una imagen en forma de flash y, entonces, conozco ese algo que va a ocurrir en el futuro. Suele ser un tempo cercano. Apenas minutos, o segundos…. Es el tiempo que me da la premonición. Hay quién las tiene de sucesos que acaecerán unos meses después o semanas o días pero lo mío es más inmediato.

A lo que iba: esta mañana he tenido un episodio. Dicen los expertos que estas experiencias están dentro de la categoría de fenómenos Psi Gamma (no es por alardear, pero eso le da un caché a mis visiones.)

Estaba al teléfono, escuchando la musiquita de la llamada en espera del “Servicio de Atención Al Cliente” de la empresa de hosting en la que está alojada la web de la empresa. Lo había intentado en varias ocasiones y, por fin, me había decidido a aguantar la melodía repetitiva-tipo-hilo-musical-en-bucle el tiempo que fuera necesario ya que necesitaba realizar una consulta urgente. Con la oreja roja y cansada y el cuello rígido al sostener el teléfono con el idem y el hombro durante tantos minutos, he accionado el altavoz del aparato.  Un rato después de melodía repetitiva-tipo-hilo-musical-en-bucle , me ha apetecido comerme mi bocadillo Lo había retrasado, pensando en desayunar tras hacer “la llamada” pero, la eternidad se me hacía demasiado larga… He desenvuelto con cuidado mi pequeño bocadillo. No era un bocadillo cualquiera….

Era uno de esos que te apetecen especialmente. Uno de los que te van a alegrar la mañana. Nada de algo hecho con prisa con un queso bajo en calorías. Mi bocadillo era de jamón de jabugo. Del muy bueno. Una de esas compras capricho. Un regalo de 100 gr de Joselito, cortado muy fino ( casi transparente) que se había servido en la cena y del que habían sobrado unos preciados gramos que , en ese momento, formaban parte de mi excelente bocata. El pan, tostadito y de miga esponjosa. “Sucat de tomaquet”, con sus gotitas de aceite de oliva y la pizca ( casi simbólica) de sal… En fin, no hablamos de un bocadillo, estamos hablando de “ese bocadillo”.

Me lo he mirado con cariño ( y relamiéndome) pero , entonces, he tenido una premonición. Mis ojos vidriosos ( no sé si por el ansia del bocadillo o por el fenómeno Psi Gamma)  : “¿Oyes la música? Llevo más de diez minutos escuchando este li-li-li pero, estoy segura que cuando dé el primer mordisco a mi desayuno y lo tenga en la boca, incapacitándome totalmente para el intercambio verbal, entonces, una voz de persona me saludara y me preguntara que es lo que quiero “

Lentamente, he extendido el papel de aluminio sobre la mesa. Li-li-li . He desenvuelto el bocadillo y desplegado la porción de papel de cocina que me servía de servilleta. Li-li-li. Todo, todo, a cámara lenta. Li-li-li. Con la misma parsimonia, he cogido el bocadillo y he ejecutado un movimiento de arco hacia mi boca. Li-li-li. Con la máxima tranquilidad, le he dado un mordisco y he iniciado el primer segundo del acto de masticar y, entonces… “Hola , buenos días. Soy Iván. ¿En qué puedo atenderle?”.

Esto de las premoniciones es una lata aunque le voy cogiendo el tranquillo ( he conseguido no atragantarme ) pero a mis colegas de despacho,  les ha hecho mucha gracia la deglución ultra rápida mientras Iván, el del Servicio de Atención al Cliente se impacientaba ( encima!!) y han estado un rato riéndose de mis fenómenos Psi Gamma.

Entonces, he tenido otra premonición : se iba a ir la luz de la oficina. Y, de verdad, lo iba a comentar antes de que iniciaran la copia de seguridad en el servidor pero, mira, me he dicho : “Tanto reír, tanto reír de mis Psi Gamma …Pues, ahora, a reiniciar el sistema y a quedarse un ratito más”.

Con mis premoniciones, no se juega.

N.B : Estos gorros de bruja son Mermaiden Creations de California. Una tiene premoniciones, pero con estilo… ; – )

Congelación de Ideas.

ideas congeladas

Yo soy terapeuta. Me gusta decir que soy Terapeuta de Especiales más que una Terapeuta Especial.

A mi consulta me llegan los casos que mis colegas, no han podido resolver y que no podrían resolver nunca porque…son pacientes especiales.

Estoy preparada para cualquier situación “especial”, soy capaz de abordarla, analizarla y, en la mayoría de los casos, tengo éxito. O sea, se curan. Por lo menos, los que quieren… Aun así, cuando conozco a un paciente y le hago la primera anamnesis, siempre me quedo un  poco descolocada…Gracias a Dios, sólo me dura unos minutos.

El hombre que está en mi consulta,  es Rogelio. Tiene 50 años. Vive solo, en una casa en el campo en el que sólo hay una ducha que está en un cobertizo en el exterior. Este dato podría parecer irrelevante, pero es el origen del mal de mi paciente (o por lo menos, así lo manifiesta). Me ha explicado que en la ducha, hay una ventana de esas de láminas, que por vieja y oxidada, siempre está medio abierta. Sea invierno o verano, la ventana se mantiene en la misma posición, dejando pasar el aire fresco o gélido, según la estación. La ventana, según explica Rogelio, está muy cerca de la alcachofa de la ducha y , con el tiempo, se ha convertido en un improvisado estante definitivo…Allí, él,  que es muy aseado , deja sus frascos de champú …

La temperatura ambiente hace que el champú (de ortiga blanca y cedro salvaje, me especifica Rogelio) esté templado en verano y frío en invierno. El pasado año, en la zona donde vive el paciente,   las temperaturas habían sido extremas y las heladas, habían arruinado las cosechas …

Según el propio Rogelio, el frío intenso había afectado, también, el buen funcionamiento de su cabeza…

Me comenta que hace un año, más o menos, al verter el champú directamente sobre su cuero cabelludo (que al fijarme, veo que está frondoso y muy bonito con unas primeras canas plateadas) notó que estaba muy frío.

Exageradamente frío.

Inmediatamente después, percibió que se le habían congelado las ideas.

Ideas, congeladas.

Vale.

Rogelio vive en el campo y tiene una tienda On Line. Vende los productos que produce su huerta , directamente al consumidor. – El primer signo de que algo no iba bien, me explica, se produjo cuando llegó la Semana de la Oferta Verde.

Rogelio ideaba lotes de frutas y verduras, que colocaba en bonitas cestas de mimbre y adornaba con artesanía de la zona que, cada año, era diferente. Todo el mundo esperaba su ocurrencia: un botijo, unas cucharas de madera o macetas de terracota  pintadas a mano…

Rogelio se encontró, a pocas semanas de la Oferta Verde con que era incapaz de crear nada nuevo. Daba igual que le presentaran un sinfín de productos artesanos. Él, sólo podía pensar en las cosas que ya había utilizado. Así que, ese año, por primera vez, repitió “Lote de la Semana de la Oferta Verde” y volvió a poner un botijo.

-Ideas, me dice, tengo muchas pero son las que ya tenía. No puedo producir ideas nuevas. No puedo cambiar de opinión. No pueden convencerme….Nunca podré cambiar ni evolucionar como persona. Piense, piense en sus ideas acerca del amor, o piense en “sus ideologías”,…Imagine que nunca pueda cambiar de idea, porque esa idea está congelada, ahí, y no deja espacio para las otras. Y está dura como una piedra y tampoco deja que la modelen…Ideas fijas, para siempre…

Intento ser empática. Intento ponerme en su lugar y reviso mis ideas. Soy consciente que he ido cambiando de “ideas”, muchas veces en mi vida y que eso es lo que me ha permitido, por ejemplo: volver a enamorarme. Además de ir modificando mis ideas, también han surgido ideas nuevas: eso me ha permitido dedicarme a este trabajo y escribir un libro, por ejemplo. Las experiencias vitales nos hacen cambiar de idea, muchas veces…

Esto está difícil…

Rogelio me explica que ha utilizado múltiples sistemas para intentar descongelar sus ideas pero para ello, sólo ha podido utilizar las ideas que él ya tenía sobre cómo combatir el frío y la congelación: saunas, duchas de agua caliente, gorros de lana, esterillas,… Su hermana, que es peluquera, lo tuvo un día entero bajo la lámpara de infrarrojos que se utiliza para hacer subir las mechas pero…nada.

Rogelio, sigue con las ideas congeladas…

Se acerca la Oferta de Primavera y ya está pensando en adquirir 500 botijos…

No sé cómo afrontar este caso. Parece que las ideas se me han congelado a mí porque por más que pienso no se me ocurre nada.

¿Alguna idea?

 

Corazón de hierro.

Este sujeta-llaves me robó el corazón cuando lo vi en Pinterest . Lo compré, online, en una famosa tienda de objetos de decoración de Estocolmo. En estos momentos, está adherido mi pecho y no tengo forma de desprenderme de él. La desmagnetización no funciona y mis dipolos magnéticos están demasiado ordenados …

Siempre había pensado que esto de tener un corazón de hierro, era una buena cosa. Inmune a la tristeza, a las desgracias y al desamor… Lo que no sabía es que era literal…

¿Alguien sabe cómo sacarme esto?

Hacer balance.

lavanda

Ya no hay forma de dar marcha atrás. No sé si esto es un sueño o una experiencia entre mágica y mística pero…estoy aquí ¿Me habré dormido en el sofá? Lo último que recuerdo es estar encogida, llorando de pura tristeza, agarrada a aquel cojín…

Cada año, por estas fechas, me enfrento a eso que se llama “Hacer Balance”. A pocos días del 31 de Diciembre, todo el mundo se empeña en aglutinar las cosas buenas, las malas, las  expectativas, la esperanza y la desesperanz… Es un comportamiento de histeria colectiva: Balances, balances, balances

Los míos me llevan, inevitablemente, a un estado de frustración. Ninguno de mis planes se cumple… Ni mis deseos, ni mis sueños. Según el año, se añade a mi Balance alguna buena nueva, pero también las desgracias y los dramas de la vida. Y, yo, sigo transitando por el tiempo, como un poco despistada, afanándome en sobrevivir a cada nuevo día, pasando de año sin pena ni gloria…

Ni mis deseos, ni mis sueños…

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Pero en este mismo instante, nada de esto es importante. Ni siquiera esos deseos, ni los sueños… Estoy en este precioso bosque. Siento el aire fresco, que me acaricia la piel, como vistiéndome y protegiéndome del frío… Soy como el aire…Me siento aire…Me desplazo, deslizándome, bailando al son del viento, deleitándome con los colores hasta que llego a una puerta blanca, preciosa, en la que hay una cerradura con forma de corazón.

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La toco con la mano, suavemente  y la puerta se abre. Al otro lado, un túnel de luz y hierba fresca. Quiero caminar por él…Noto la textura de la hierba en mis pies descalzos. Es suave y parece de algodón.

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Mientras avanzo, vienen a mí , imágenes preciosas de experiencias vividas en este año. No son grandes cosas, son nimias pero, a la vez, son híper bellas. Un abrazo inesperado, paladear un cucurucho de helado en una cala solitaria, una inspiración con aroma a tierra húmeda, la emoción del último capítulo de un libro disfrutado, un desayuno dulce después de haber hecho el amor…

Mientras paseo, vuelvo a sentir las emociones de pequeños instantes que parecían insignificantes pero que van sumando, añadiendo y conformando mi Balance de este año… La alegría de un encuentro fortuito, la satisfacción al estrenar aquella camiseta tan especial, el olor a limpio en unas sábanas de algodón, las lágrimas emocionadas en un cine,…Todas esas microsensaciones van acumulándose en mi interior y me dan una foto, real, del balance de este año que ya se va…

Ya estoy llegando al final…Veo preciosas luces blancas, que iluminan todo a su paso. Son estrellas…

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Allí, están mis deseos y mis sueños…Los veo todos, los imagino todos . Siento que están ahí, esperando que yo los haga realidad…No son nada, aún, pero están .

Al final del trayecto, me espera el equipaje. Son dos capazos de mimbre, sencillos, que contienen todas esas cosas sencillas…Me llevo todas mis experiencias, las que yo creía insignificantes, que ahora se han convertido en un tesoro de valor incalculable.

Ahí están todas. Y mis deseos… Mi Balance.

capazos

Cuando despierto, sé que todo ha sido un precioso sueño que mi mente, caprichosa, me regala con su recuerdo. Esto me extraña, ya que nunca me acuerdo de lo que sueño… Entonces, me llega un tenue olor a lavanda. Hay flores , en muchos rincones de mi casa y, allí, en una esquina al lado de la puerta veo los dos capazos…Están llenos y me sirven para recordar las cosas mínimas y bellas de las que he disfrutado.

Y mis deseos y mis sueños…

flores

Espero no olvidarlo este año que llega. Y saber disfrutar lo que los nuevos tiempos traerán ( si lo hacen) pero…confieso que cada tarde, me recuesto en el sofá y agarro ese cojín. Adopto la misma posición que ese día e intento dormir para ver, si hay suerte, y me vuelven a llevar a ese lugar, en el que todo aquello que parece insignificante, se vuelve…brillante.

De momento, no lo he conseguido. Mientras tanto, intento ir identificando esos pequeños instantes maravillosos que ocurren cada día y no dejar de pensar en los sueños…Cuesta pero…hay que ir llenando esos capazos.

 

La oferta.

Mi teléfono fijo suena sin parar. Estoy pensando en desconectarlo y decir a toda mi familia, amigos y contactos varios, que, a partir de ahora, me llamen al móvil, pero, cuando pienso en mi madre, que a sus ochenta años es el único número que almacena en su memoria, desisto en el acto de enmudecer el maldito teléfono. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si quiere llamarme?

Al principio, contestaba a las llamadas: ¿Quiere mejorar su tarifa eléctrica? ¿La del gas? ¿La de telefonía? ¿Quiere agrupar todos sus seguros? ¿Qué hay del seguro de vida? ¿Y va a renunciar al sorteo de un jamón sólo por no responder nuestra encuesta?… Ahora, sólo levanto el auricular si conozco el número del que me llaman. No puedo absorber más ofertas comerciales, ni Black Friday ni Ciber Monday ni lo del jamón, pero… esa tarde, estaba distraída y pasaba por delante del teléfono en el momento en que sonaba y lo cogí. La voz del hombre que recitó mi nombre y apellidos, tal y como constan en el DNI, en vez de atemorizarme como en otras ocasiones, me sedujo. Sin quererlo, me oí responder “Sí, soy yo”

La voz profunda y sensual me anunció que tenía una oferta irresistible diseñada especialmente para mí. En vez de decir aquello de “Gracias, ya estoy cubierta de todo, todo” y colgar, le pedí que me explicara la oferta. ¿¿?? ¿Qué me estaba pasando?

El hombre hablaba, intercalando unas pausas misteriosas como para confirmar que estaba entendiendo el mensaje. Yo, a cada pausa, contestaba con un “Sí, sí”. Acabé dándole el email, al que me envió la propuesta. Me llegó un número de pin al móvil (que también se lo había dado) para firmar digitalmente el contrato y en menos de diez minutos, ya era usuaria del servicio de mensajería especial “WindWords”.

Nunca hubiese dicho que esa llamada iba a cambiar mi vida. Sí, estoy bien. Muy tranquila. Diría, también, que “feliz” pero es un adjetivo con el que no me atrevo nunca, pero…estoy casi feliz. ¡Sí!

Yo era una de esas personas con hipersensibilidad a las opiniones de los demás. Las palabras de algunos me dolían. O me preocupaban o no me dejaban dormir. Sé que hay gente que sabe ser inmune a los sermones, reprimendas, críticas y comentarios, pero yo, no. A mi me afectaban mucho. Un ejemplo: mi cuñada dejando ir (como quien no quiere la cosa) que era una mala hija por no tener a mi madre viviendo en casa. Y yo, sabiendo que está perfectamente y que quiere vivir sola porque puede y quiere, sentir esas palabras taladrándome todo el día: “Mala hija, mala hija…”.

Ahora, todo es diferente. Me dices, querida compañera de trabajo, que me ves más estropeada y qué si me pasa algo y no me obsesiono con “estoy mal y me ven mal, estoy mal y me ven mal”. Llamo a WindWords o contacto vía su app y, a los diez minutos (no me explico como pueden ir tan rápidos) aparece un mensajero en mi puerta. En sus manos, lleva un extraño recipiente que parece no pesar nada. Me da una hoja de un material liviano y escribo las palabras que me han fastidiado el día. Firmo el comprobante y se va. A los pocos minutos, siento una brisa ligera y ya no le doy la más mínima importancia a lo que me ha dicho este o el otro. Me importa un pimiento. Ni me acuerdo…

Una vez, le pregunté al mensajero, por el destino de esa urna volátil y me respondió con una sonrisa: “Lo único que debes saber es que las palabras se las lleva el viento”.

Cada vez que lo pienso, juraría que el mensajero tiene la misma voz poderosa que el tipo que me vendió la oferta…

 

Media naranja.

 

medianaranja

Al final, tras muchas horas de reflexión, nadando en la confusión más cítrica de mi vida, he sabido lo que soy.

He descubierto mi naturaleza y, con ella, mi soledad.

Ahora estoy definitiva y dramáticamente sola …

Tenía que buscar mi media naranja. ¿Media? ¿Naranja? ¿Por qué? ¿Para qué quería yo, media naranja? ¿Y una pera? ¿ O una manzana?

Tenía frío y me sentía extraña. Todo mi cuerpo, en su superficie, parecía una gran herida, húmeda y brillante. Sensible al oxígeno y …frágil.

Sólo deseaba dormir…Que me dejaran, tranquila, en aquel lugar…

En mis extraños sueños, veía a mi madre, en el árbol,  con el dedo extendido, señalándome acusadora: “Si no buscas tu media naranja, te oxidarás”. A mis compañeras, hablando de forma descontrolada,  obsesionadas con la búsqueda de la mitad que le pertenecía a cada una… Todo el que pasaba por mi lado me increpaba: Tienes que buscar tu media naranja.

Era el único remedio a mi enfermedad: encontrar aquella maldita media naranja. Tal vez así, sabría quién era yo y, por fin, me completaría.

Y me dispuse a hacerlo. Me sobrepuse al dolor y al cansancio e intenté incorporarme para salir de…de…de un ¿Frutero? ¿En una nevera? Me despejé de golpe y miré a mí alrededor. Sí, estaba rodeada de limones, un melón y una lechuga y yo, yo…

La puerta de la nevera se abrió violentamente. Oí una voz humana: “Sólo necesito media más”. Pude atisbar lo que había en el exterior y mi corazón, lleno de vitamina C, se encogió, se plegó y amenazó con estallar en mil gajos. En una gran repisa de mármol, había un exprimidor. Destacaba, blanco y brillante…Amenazador.  En la piña superior del artefacto de tortura, dolorosamente aplastada, vi a mi media naranja. No me dio tiempo a gritar. Alguien accionó una palanca y mi media naranja empezó a dar vueltas,  enloquecida . Entonces, la puerta de la nevera volvió a cerrarse, sumiéndome en la más absoluta oscuridad.

El limón me dijo: Lo siento.

Y entonces, me di cuenta que yo …Era una naranja.

Concretamente,  una de las mitades de una naranja…La otra, yacía allí fuera, convertida en zumo…

naranja1NB : He recordado este relato, al hacerme el zumo de naranja…Pobre naranja. Creo que soy cítricamente mala…

Una puerta cerrada.

Muy bonita, sí, pero cerrada… Lo intenté todo para abrirla. No había para menos…

¿No era esa la puerta cerrada de la que hablaba mi abuelo al que se lo había dicho mi bisabuelo que, a su vez, lo había sabido por mi tatarabuelo? La puerta más famosa en mi familia, era esa que daba paso a una sala en la que se escondía el tesoro más fabuloso que un hombre pudiera imaginar… Todo parecía indicar que era esa puerta.

Los primeros años, la visité con cerrajeros y con ladrones profesionales a los que no se les resistía una puerta cerrada. Después, utilicé palancas, sopletes, martillos e, incluso, la embestí con mi coche. Nada, la puerta siempre indemne. Siempre cerrada.

Con el tiempo, me convertí en un erudito de puertas. Era experto en bisagras, maderas, anclajes y estructuras. También, me sabía todas las frases memorables sobre puertas que pude encontrar.  De forma inexplicable, la puerta cerrada dibujó mi futuro. Escribí libros sobre puertas, di conferencias sobre puertas, hice fotos de puertas que después expuse con éxito en las mejores galerías del mundo…En una de esas exposiciones, conocí a la persona que amo , con la que creé una familia y un proyecto de vida maravilloso.

Así que, hoy, estaba delante de la puerta cerrada cuando he pensado que esa puerta, había sido el origen de una buena vida. Muy afortunada.  Me situé delante de aquel trozo de madera y, mirándola a la cerradura, le dije: “Gracias”.

Oí un crujido y después el chirrido de los goznes. La puerta cerrada, se abrió ante mis ojos.

Y, sí, allí había el tesoro más fabuloso que un hombre pueda imaginar.

La cerré y volví a mi casa.

Me gusta cenar con mis hijos y tengo que preparar la presentación de mi exposición sobre puertas andaluzas que se inaugurará en el MOMA el mes que viene…

Lector Constante Satisfecho .

“Te he preparado unas cuantas cosas, Lector Constante; las expongo ante ti a la luz de la luna. Pero, antes de que contemples los pequeños tesoros artesanales que tengo en venta, hablemos un poco de ellos, si no te importa. No nos llevará mucho tiempo. Ven, siéntate a mi lado. Y acércate un poco más. No muerdo.
Aunque… nos conocemos desde hace ya mucho tiempo, y sospecho que sabes que eso no es del todo cierto.
¿No es así?”

Acabo de leer “El Bazar de los malos sueños” de Stephen King. Es un libro de relatos, cosa que me ha venido muy bien, ya que es un autor que a mí me engancha especialmente y, en formato cuento, puedo administrarme dosis menos maratonianas…

Como siempre, me ha dejado maravillada su capacidad creativa y narrativa. Aunque siempre me encuentro a alguien que me dice que ahí no hay calidad literaria y que es una fábrica de best-sellers comerciales, yo soy lo que King denomina “Lector Constante”. Con “El Bazar de los malos sueños” ha hecho felices a los fans y abre una puerta a los que nunca lo han leído o lo han hecho poco. Lo recomiendo a todos: Los lectores constantes, los inconstantes y los que nunca se han dejado caer por sus páginas. Hay terror, ciencia-ficción, humor…

Me gustaría comentar, especialmente, dos cosas de este libro. La primera es la “introducción” a cada relato. Stephen King te explica cómo se le ocurrió lo del periodista de necrológicas, o en qué se inspiró para el Kindle más extraño que se conoce o cómo sus vivencias personales le han llevado a escribir un cuento determinado. Esa información previa, le ha dado una nueva dimensión a la lectura y la ha mejorado.

La segunda es mi queja formal por el destrozo de portada del libro. Su autor es Nicolas Obery, artista digital que tiene obras impresionantes, pero… ¿Quién lo rotuló? ¿A quién se le ocurrió poner esas letras rojas, cargándose la imagen? ¿Por qué tiene que parecer un libro de terror raruno?¿¡??

Pues eso, portada muy fea. Ya lo he dicho.

NB : En la cabecera de este post, la ilustración original.