Amigo, necesitas espacio.

Para estar más fuerte, para tener un color más vivaz, para no estar estresado, para vivir mejor.

Ahora que te veo, amigo, llego a la conclusión de que lo que te pasa es que te falta espacio. Necesitas una porción de tierra más amplia, de sustrato enriquecido, para que puedas crecer en calma y en plan bonito. No estás equilibrado, firme y elegante.

Hace dos años fotografié este cactus, Lepismium houlletianum: verde intenso, cómodo y con pretensiones.

Pasados dos años, este cactus tropical presenta síntomas de estrés. Es más grande, pero está decaído, desmayado, como si le pesara el propio cuerpo y el verde no es tan intenso.

Quisiera decírselo así, directamente, pero como no se ha demostrado que exista comunicación bidireccional entre ser humano y planta, le dejaré una nota al jardinero.

Te falta espacio para seguir creciendo y para ser el cactus que estás destinado a ser…

Seguro que la próxima vez que nos veamos, estarás fenomenal.

¿Me quieres?

Le he preguntado si me quería…

La respuesta que esperaba era más sencilla.

Nota : Con rotuladores, rotuterapia… ; – )

Escenografía vegetal.

La Ruellia, también llamada petunia mexicana, es una planta con vocación de artista. Cada día ofrece un espectáculo.

A primera hora solo muestra tallos rojizos, hojas estilizadas y capullos aún dormidos, pero cuando el sol empieza a tocarla empieza la escenografía: las flores se abren. Son acampanadas y de un violeta muy limpio.

Lo curioso es que no duran demasiado. Se abren con la luz, se ofrecen a los polinizadores, enseñan su color, hacen lo que vinieron a hacer y, al atardecer, se cierran, se arrugan o se dejan caer.

No es tristeza. Es eficiencia.

La planta regula ese movimiento con la luz, la temperatura y el agua que entra y sale de sus células. Un mecanismo delicado para proteger el polen, ahorrar energía y evitar la humedad de la noche.

Al día siguiente, casi siempre, hay nuevos capullos esperando turno.

La Ruellia no florece una vez.

Ensaya cada mañana, cuando el foco la ilumina.

Summer.

Summer by Ovila Lanö

Las obras de Ovila Lanö transforman la lana en un lenguaje de suspensión y ligereza.

Cada pieza parece flotar en el espacio, como si el aire formara parte de la obra. 

Invitan a detenerse ante un simple ovillo de lana.

Se acerca una tormenta.

Se acerca una tormenta. De nuevo. Esta vez, estaremos preparados. No nos sorprenderá como la primera vez…

Ese día, el de la primera tormenta, me acordé de coger mi paraguas rojo. Mientras me tomaba el café matutino, oí el parte meteorológico, me asomé a la ventana de la cocina y observé unas nubes lejanas que avanzaban hacia mí.

Ese día, el de la primera tormenta, decidí ir caminando a trabajar. Las nubes me sorprendieron esperando el autobús y yo, y los que estaban alrededor, nos quedamos extasiados viendo los colores y las formas que caían del cielo.

Ese día, el de la primera tormenta, casi todos abrimos nuestros paraguas para resguardarnos de esa lluvia de color que, aunque de efectos visuales maravillosos, se nos antojaba extraña. Casi todos… Todos menos una chica joven que extendió los brazos, se descalzó y alzó su rostro hacia el cielo.

Copos y gotas de lluvia multicolor la fueron empapando, mientras ella bailaba y reía y nos animaba a hacer lo mismo. La nube pasó y dejamos de observar a la mujer que seguía riendo, encantada, mirando el cielo ya despejado y luminoso.

Al día siguiente, el rostro de aquella muchacha apareció en todos los informativos de todos los canales de televisión. Inundó las redes sociales. Fue portada de los periódicos de mayor tirada del país. ¡Aquella mujer era absolutamente feliz! La exposición a aquella tormenta tan especial la había empapado de felicidad, pura y dura.

Hoy hay una alerta a la población mundial de riesgo de tormenta. Se acerca. De nuevo. Nos piden que no cojamos nuestros paraguas. Que nos descalcemos, que nos despojemos de nuestra ropa y salgamos a la calle. Que extendamos los brazos en cruz y que alcemos el rostro hacia la lluvia de color.

Bailar es opcional…

Una luciérnaga.

Cuando estoy en el campo, me gusta sentarme en silencio, sin nada más que hacer que estar. Me deleito con los colores y estoy atenta a los sonidos de la naturaleza. A mejor tiempo, más probabilidades hay de que lo haga por la noche. Apago todas las luces ambientales e intento ver las constelaciones, las estrellas y, de nuevo, las melodías que llegan del bosque.

Hace unos días, observé Venus y Júpiter y escuché algo nuevo que no supe identificar. Me vi obligada a ir a buscar mi teléfono y tirar de apps. Por eso sé que aquellos puntos brillantes eran los dos planetas y que el «tui-tui» lastimoso era de un pequeño búho que la aplicación ya me indicaba que no era habitual por estos lares.

Pero lo que más me impactó fue una luciérnaga. Solo una. Danzando por el campo, hasta que se perdió tras los árboles.

Solo una vez he visto luciérnagas por aquí. Fue una noche de verano, en compañía de una persona muy querida que ya no está, aunque sé que está, de otra forma, en mis recuerdos, en mi vida y muy posiblemente en esa luciérnaga…

Estem bé, estimat.

El primer día o el último.

Vuelan, revolotean, se posan y posan. El escenario es el campo de mayo, el sol estridente y esa banda sonora de pájaros melodiosos e insistentes.

Mientras hago las fotos, están a lo suyo entre lavanda y salvia mediterráneas. No las molesto. No soy un depredador para ellas; solo estoy robándoles la intimidad para mostrar su belleza al mundo.

Tienen más miedo de esos gorriones que cantan sin parar o de la lagartija que ha pasado hace un rato entre las piedras. El sol las mantiene en movimiento, calentándolas, en estas pocas semanas de vida que disfrutan: de una a tres semanas para esta especie, la Pieris rapae.

Igual las estoy fotografiando en su último día o en el primero. Quién sabe. Tal vez por eso me parecen aún más bonitas.

El color perdido.

Voy por una carretera, allí donde antes había un pinar.

La circulación es ahora más fluida y ordenada. El recorrido se ha acortado.

Todo son ventajas para los seres que circulamos por allí. Pero hemos eliminado el pinar. Hemos borrado el verde.

Un color de por sí sereno para el ojo humano; un color que nos conecta con la naturaleza, que transmite frescor, calma, vida.

Un color que, poco a poco, iremos perdiendo en su versión natural.

Disfrutad de este verde, mientras aún lo tenemos.

Nota : Estas son fotos propias que he utilizado en este blog, menos la última : “Museo de los Colores Perdidos”. Voy a empezar una colección , porqe seguro que hay más…

Flower Power.

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Haruka Misaw  ve flores en sus lápices y en las serraduras que crean al utilizar el sacapuntas.

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Seb Janiak, en cambio, ve flores en las alas de los insectos y visto así, yo también…

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Yunona Josan hacen cupcakes con increíbles formas de flores. Da pena comérselos…

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Flower Power

 

Vida nueva.

En muchas culturas, la vida nueva se representa con los mismos símbolos: la luz, el agua, las flores, el pan, o el huevo. Da igual cómo los nombremos o desde qué tradición los miremos: todos hablan de lo mismo. De volver a empezar, de dejar atrás lo viejo y de cuidar lo que nace…

Esa idea nos une, más allá de cualquier religión, y las abraza todas desde el respeto.

Hoy, más que nunca, convendría recordarlo.

Felices vacaciones, feliz Semana Santa y feliz Pascua.
Nos leemos a la vuelta.