Parece.

 

Parece un cuadro. Un arcoíris.

Y son 2500 coches de juguete, en el suelo …

De David T. Waller

Un retrato en tonos ocres. ¿ A qué huele?

Hecho con los cercos de café que deja una taza…De Hong Yi (Shangai)

Bellas y extrañas medusas flotando en el mar…

Plástico y plástico… Basura que se mueve por debajo del mar. Lo llaman el «Gran Vertedero del Pacífico» y estiman que ya ocupa un 10% del Oceano Pacífico . El 80% de restos provienen de los continentes y el 20% restante, de los barcos. Mandy Baker, fotografía estas cosas que ella llama «Soup».

 

 

 

 

 

 

Romance.

Photo by AbsolutVision on Unsplash

Mi cuñada cree que estoy mal. Se le nota cuando entra con sus tacones —que arañan mi tarima— y su sonrisa de “hoy vengo a desordenarte”.

En mi casa las cosas van donde deben. Las revistas de decoración no se tiran en la mesa: se colocan. Alineadas, apiladas por tamaño, portada centrada. Mi cuñada se sienta, suspira y las manosea como si fueran folletos gratis: abre una, dobla otra, deja una boca abajo… encima del platito inca. Luego aparta los cojines “porque molestan”. Yo respiro, cuento hasta diez y sonrío…

Pero, hoy, por primera vez, he dudado de mí. Es urgente que os lo explique.

Abrí el cajón de la cubertería para coger la cuchara perfecta del cappuccino y vi un tenedor en el compartimento de los cuchillos. Pensé en mi cuñada, que había estado trasteando los cajones en busca de un abridor. Seguro que lo había movido para molestarme.Lo agarré para corregirlo y noté un tirón leve, una resistencia absurda del metal. Lo dejé con los tenedores. Cerré.

Sollozos.

Abrí: silencio. Y el tenedor había avanzado hacia las cucharas. Lo devolví a su lugar. .

Cerré el cajón.

Llanto. Abrí. Silencio.

Ahora estaba atravesado, perpendicular y ocupando más espacio. Tuve la sensación que el tenedor se movía a su antojo. De locos.

Salí de casa para no pensar. Volví del mercado, necesité un cuchillo para cortar la malla de las naranjas y abrí el cajón.

El tenedor estaba con los cuchillos.

Ahí lo supe: no era un error. Se trasladaba de compartimento y me estaba desafiando.

Lo tiré a la basura. Bajé la bolsa y la arrojé al contenedor, satisfecha, como quien restablece el orden mundial. Al subir, los sollozos se habían convertido en alaridos. Abrí el cajón y lo entendí demasiado tarde:

El que lloraba no era el tenedor.

Era el cuchillo.

Escribo con el metal clavado en el pecho, gimoteando histéricamente. Ha sido un crimen pasional: el cuchillo y el tenedor se amaban. No soportaron la separación. El exilio del tenedor despertó al monstruo del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado aquí, clavado en el centro de mi corazón , llorando por su amor perdido.

Me queda poco.

Mi última voluntad es simple:

Que este cuchillo sea entregado, como herencia, a mi cuñada.

A ser posible, sin funda.

Gracias.

Photo by Stoica Ionela on Unsplash

 

 

Ona de Formentera.

Este cuadro empezó como empiezan muchas cosas buenas: sin plan y con los restos de una pulsera de Formentera encima de la mesa. De esas que compras “porque sí” y luego te acompañan meses, para llevar la isla atada a la muñeca.

La miré y pensé: esto no es una pulsera, esto es una ola. Siempre me ha gustado mucho esta palabra en catalán : ona.

La pegué sobre un fondo blanco roto, limpio para que respirara. La pulsera dibujaría su propio trazo, su ona…

Ona de Formentera.

Por un 2026 redondo.

Hay expresiones que son un brindis.
“Que salga redondo” es una de ellas.

Redondo empezó siendo una forma —lo circular— y con el tiempo se volvió algo más bonito: lo completo, lo bien logrado, lo que encaja. Sin aristas.

Para el 2026: no pido un año perfecto. Pido un año redondo. Con salud, con calma, con tiempo. Con momentos que cierren bien.

Y si algo se tuerce, que sepamos enderezarlo sin rompernos.
Feliz 2026. Que salga redondo.

Un anillo irrepetible.

Tengo un regalo prenavideño: un anillo único en el mundo. Sin molde, sin posibilidad de repetición. Una edición limitada a una sola unidad, numerada entre risas y afecto.

Nació en un taller de joyería de cuatro horas. Sierra, lima, pulidora, ácido, soldadura. Y nosotros allí, sentados, atentos, siguiendo las indicaciones de una joyera simpática y muy paciente para convertir una idea en metal: una joya hecha a mano, a nuestra medida.

La experiencia fue agradable, divertida y, sobre todo, reveladora.

Porque ahora tengo una pieza que, además de bonita, contiene cariño.

Y es irrepetible: una estrella imperfecta; una curva que no me salió del todo bien, pese al martillo de nailon. Ni queriendo podrías imitarla. Solo hay que ponerse a limar la estrellita del centro para entenderlo: cada gesto deja su pequeña huella.

Y, más allá del regalo, me llevé otra cosa. Después de verme serrando la plata —cuatro veces tuvieron que cambiarme la sierra— salí del taller con una idea clara: reivindicar la joyería artesanal.

Estamos acostumbrados a piezas que nacen de moldes, se cortan con láser en fábricas y se reproducen por miles. Piezas perfectas, sí, pero idénticas. En cambio, en un banco de trabajo, el tiempo pesa de otra manera: paciencia, precisión, oficio. Alguien crea, ajusta, corrige, vuelve a empezar. Mima cada detalle como si fuese el único.

Joyas que son únicas y que son arte.

Caos artístico vs. reel impecable

En pocos minutos, mi mesa de trabajo era un desastre. El lienzo recién empezado, la música sonando en mis cascos y yo encantada de la vida texturando. Pinturas y pasta de relieve, tarros con agua, pinceles de varias medidas… todo disperso. Mis manos, manchadas con los colores elegidos —mea culpa: odio los guantes— y pintura en la ropa, justo en la zona que el delantal no alcanza a cubrir.

Un cuadro, nunca mejor dicho.

En mitad de ese caos me vinieron a la cabeza los vídeos que me enseñan las redes. Esos reels de artistas de la pintura que muestran todo el proceso: talleres de revista, luz perfecta, plantas bonitas en las esquinas y ni una gota fuera de sitio. Ellos pintan sin acabar pareciendo una obra de arte abstracta llena de manchurrones. Terminan con elegancia, se limpian las manos, limpias, con un trapo igualmente inmaculado, y detrás se ve el cuadro perfecto. Ni rastro de plástico protector en el suelo; justo lo contrario que en mi caso, donde cubro todo lo que se pueda manchar… y aun así algo siempre se escapa.

Y entonces me pregunto: ¿es realmente la realidad frente a las redes? ¿O soy yo, que todavía tengo que aprender a pintar con más orden y concierto… o aceptar, simplemente, que mi proceso creativo es un pequeño y feliz caos?

Gente que hace fotos de Navidad.

Foto de Sincerely Media en Unsplash

Comparto mis propias fotos en Unsplash, pero lo que de verdad disfruto es compartir las de otros. Me los imagino frente a la escena —o construyéndola—, cámara en mano, saboreando el instante y el resultado.

Esto es una muestra de gente que hace fotos inspiradas en la Navidad.

Foto de Laura Beth Snipes en Unsplash

Foto de Brigitta Schneiter en Unsplash

Foto de Jon Foster en Unsplash

Foto de Seoyeon Choi en Unsplash

Dientes de león, dados y placas electrónicas.

Me entran ganas de ponerme a soplar…

Más de 2000 dientes de león, recogidos por la artista Regine Ramseier, tratados con una capa de adhesivo y montados en una habitación blanca para la exposición ArToll Summer Lab 2011.

A mí, me das unos dados y los tiro, a por el seis.

Hay otros que hacen más cosas.

El escultor es el británico Tony Cragg.

El mundo, reciclado.

Esta es una obra de la británica Susan Stockwell para la Universidad de Bedfordshire.

Hall de Informática.

Definitivamente, la creatividad del ser humano es maravillosa.

 

 

Un bosque de piedra y luz.

De paseo por un bosque muy especial. 

Troncos que se bifurcan en ramas pero que son columnas. Sostienen una bóveda que recuerda a una capa llena de hojas pero es piedra y arquitectura. 

La luz parece la del sol , atravesando los árboles pero son vidrieras que crean efectos naturales preciosos.

Gaudí quiso que el interior de la Sagrada Familia fuera como pasear por un bosque.

No buscaba un espacio solemne y oscuro, sino vivo y orgánico , donde la naturaleza fuese el gran templo . Así, arquitectura, estructura y luz se funden en una experiencia casi vegetal, que envuelve al visitante en silencio .

Es un bosque mágico…

Yo también he caído en la luz de LUX, de @rosalia

Rosalía no ha sido una artista que soliera aparecer en mis playlists, salvo por un par de temas —los más conocidos— que se colaron en mi música cuando preparé una lista para una fiesta y pedí a los asistentes que me dieran dos canciones cada uno. Y ahí apareció Rosalía.

La vi en una actuación en los Premios Goya de 2019, versionando “Me quedo contigo” de Los Chunguitos. Aquella interpretación me puso la piel de gallina y me hizo sentir una profunda admiración por la artista. Aun así, su música seguía sin ocupar espacio en mis listas habituales.

Y va y publica “LUX”.
Y todo el mundo habla de “LUX”.
Veo el vídeo de “Berghain” y, como soy curiosa y me apasiona la música, escucho “LUX” de principio a fin. Luego lo vuelvo a escuchar. Y me encuentro con esa Rosalía de los Goya, pero llevada al máximo nivel de madurez artística y optimización sonora. Y me encanta.

Soy lo más alejado de su público objetivo y, aun así, “LUX” me ha proporcionado momentos de auténtica enajenación musical. No me quedo con todas las canciones, pero me gustan casi todas.

Las voces expertas dicen que “LUX” es luz.
Yo solo me guío por lo que he sentido mientras esa música luminosa me llegaba a los oídos y de ahí al hemisferio derecho del cerebro:
placer.

Gràcies, @rosalia.vt