Vuelvo, volvemos, vuelven… todos estamos ya inmersos en nuestras rutinas, nos gusten más o menos.
La rutina actúa como una brújula: nos orienta. Proporciona la ubicación de tu vida en el presente. De ahí que, a veces, en las “vueltas”, decidas cambiar de rumbo, ajustar la velocidad o evitar según qué trayectos.
Intentando adaptarnos, se nos olvida que estamos aquí, un día más. Lo damos por hecho. Volver. Y, a veces, no hay vuelta.
Así que, bien por la rutina si nos hace felices. Bien por intentar cambiar la rutina para ser felices.
Cuando una puerta se cierra, otra se abre; pero a menudo miramos tanto tiempo la puerta cerrada que no vemos la que se ha abierto para nosotros.» Alexander Graham Bell
Pero hay una, solo una, que se abre sin ruido, sin permiso, sin miedo. No es más alta ni más brillante, pero cuando la cruzas, sabes que algo nuevo empieza.
Estamos sumidos en un gran “coffee-ring”. Es un efecto físico de flujo capilar que se observa perfectamente en una gota de café, de ahí su nombre.
El borde de la gota se evapora más rápido; el líquido, al intentar compensar esa pérdida, arrastra partículas hacia el perímetro, dejando el centro vacío.
Así estamos, política y socialmente. El único espacio donde caben puntos de reencuentro —en todo el perímetro: izquierda, derecha, arriba y abajo— está completamente vacío.
En el centro no hay nadie…
La ciencia dice —simplificando mucho— que podríamos volver a llenar el centro con los flujos de Marangoni, si añadimos un tensioactivo que disminuya la tensión superficial y rehidrate el centro común.
No es tan difícil encontrar tensioactivos. Están en los jabones, la pasta de dientes, los geles, los champús…
¿Guerras de pompas de jabón? ¿Fiestas de espuma?
Quizás haya que empezar por ahí. Por algo que suavice. Por algo que nos reúna en el centro.
Artísticamente, esta “obra” no vale nada. Una madera vieja, unas letras de cartón y una estrella metálica. Es verdad que, antes, se ha tenido que limpiar la madera y darle un barniz incoloro que aún perdura en el ambiente, pero… no mucho más.
Afectivamente, esta “obra” vale mucho. El trozo de madera es de un pueblo del Pirineo. De una casa en ruinas… El que me la hizo ver y recoger (yo buscaba algo plano para pegar las piedras que había recogido) ya no está entre nosotros. Así que la madera es, ahora, un objeto único, porque lleva impregnado ese recuerdo.
La estrella me la encontré en Formentera. A alguien se le cayó de un collar, un pareo o un capazo con abalorios. La tenía en la caja de “Cosas para pegar”, junto a las letras de cartón.
El proceso de creación me ha producido unestado de experiencia óptima, una de esas microfelicidades que describe Mihaly Csikszentmihalyi en su libroFlow.
Varios son los factores que me hacen alucinar en colores cuando veo a una gallina que se comporta como… un perro.
El primero es mi condición de urbanita. Entiendo el concepto «mascota» desde esa perspectiva de ciudad. Poco amplia, te diría… Las mascotas suelen ser perros, gatos, periquitos y cosas así, pero… ¿una gallina?
El segundo factor es que mis referentes (familiares y culturales) no incluyen gallinas como mascotas, pero hace unos días conocí a Petunia, una gallina «doméstica».
Cuando llegamos a la casa donde vive, su dueña abrió la puerta y la gallina Petunia vino a hacerle fiestas y mimos de alegría mientras se dejaba acariciar —cerraba los ojos, flipando—. Petunia vive en la masía de un pueblo adonde vamos a comprar verduras y miel. Su dueña es una pagesa extrovertida que te hace entrar en su casa para coger papel de periódico, bolsas o cajas donde colocar la compra. La gallina entró, se subió a un butacón en la cocina y se acomodó. «Es su lugar preferido», me decía la mujer mientras preparaba el pedido.
Le pregunté por ese comportamiento doméstico y nos explicó que, de pollita, su nieto se prendó de ella. La cuidó de forma individual y la gallina se acostumbró a los usos y costumbres de los humanos. Además, pone huevos…
Supongo que hay que ser abierto y aceptar a la gallina como animal de compañía.
NB : mientras lees este post, la gallina Petunia estará tan ricamente, sentada en su butaca…
¡Por fin ha llovido! Ha sido algo rápido. Primero, el sol y ese calor asfixiante que nos acompaña en los últimos días. De repente, la luz ha desaparecido, han surgido nubarrones negros de la nada y ha empezado a llover con fuerza, acompañada de viento.
La lluvia ha durado un buen rato. Cuando ha cesado, el ambiente se sentía mucho más fresco, algo que he agradecido casi con una danza tribal espontánea. Estaba en el campo, así que también he percibido ese olor intenso, casi eléctrico, que llega justo después de la lluvia.
Ese aroma maravilloso se llama petricor. Aún no está recogido oficialmente por la RAE, pero aparece en su lista de neologismos en uso habitual. No la había oído nunca…
El término petricor fue acuñado en 1964 por dos investigadores australianos. Describe el olor agradable que se libera cuando la lluvia cae sobre suelo seco. Ese perfume, tan evocador, se debe a una combinación de aceites vegetales y a una sustancia llamada geosmina, producida por bacterias del suelo.
Sí, este aroma tan característico se lo debemos a una bacteria.
Estas bacterias viven en la tierra y, al descomponer materia orgánica, generan moléculas que se liberan al aire con la lluvia. Entre ellas, la geosmina, con su olor fuerte, terroso, inconfundible.
No es perjudicial para el ser humano. De hecho, tenemos una relación extrañamente íntima con la geosmina: somos capaces de detectarla incluso en concentraciones ínfimas. Evolutivamente, se cree que esta sensibilidad nos ayudaba a localizar agua o tierras fértiles tras la lluvia.
Como curiosidad, los camellos y otros animales del desierto pueden oler la geosmina a kilómetros de distancia, guiándose por su aroma para encontrar agua o zonas húmedas.
Un escritor te diría que es uno de los perfumes más antiguos del planeta: una exhalación mineral, un toque de tierra viva que reconforta. La ciencia te dirá que es la liberación de geosmina.
Después de una mañana de recados, caminando por una Barcelona casi humeante, con el abanico maltrecho de tanto vaivén en cada semáforo, decido coger un taxi para volver a casa. Al sentarme, me envuelve el alivio inmediato del aire acondicionado. Todo está impecable. Huele a limpio, a recién estrenado.
La conductora me ofrece una botella de agua y me pregunta qué ruta prefiero. —La que tú quieras —respondo, agradecida. Afuera, el asfalto arde bajo los 36 °C; adentro, se está casi demasiado bien.
Pronto iniciamos una conversación. Ya recuperada del calor, dejo que fluya. Soy de palabra fácil y curiosidad viva, así que en poco rato sé más de lo previsto. Pero no es un monólogo denso ni egocéntrico. Al contrario: sabe escuchar, sabe reír, sabe compartir. Y, sobre todo, irradia felicidad.
Es una taxista feliz.
Primero fue enfermera durante 21 años. Después, dueña y cocinera de su propio restaurante durante otros 15. Más tarde, tras separarse de su pareja de toda la vida, 35 años, dejó la hostelería. En el reparto de bienes, se quedó con el taxi.
Tiene dos hijos ya independizados. Y ahora, por fin, se siente libre. Conduce, charla, disfruta: hace lo que le gusta. Todo en ella transmite una ligereza contagiosa. Sin drama, sin lamentos. Con humor, gratitud, y esa rara habilidad de saber jugar con la mano que la vida le ha repartido.
Cuando bajo del taxi, me siento fresca, animada… y sonriente. Y me doy cuenta de algo: igual que uno puede contagiarse de pesimismo, también puede impregnarse de alegría.
Esta taxista lleva cinco años recorriendo las calles de Barcelona y, si te la cruzas, seguro llegarás a tu destino con una sonrisa que no sabrás de dónde ha salido.
Día Internacional de los Asteroides (International Asteroid Day). Proclamado por la ONU, conmemora el evento de Tunguska ocurrido el 30 de junio de 1908 en Siberia, donde un asteroide explotó en la atmósfera y arrasó una gran extensión de bosque. El día busca concienciar sobre el riesgo de impactos de asteroides y la necesidad de vigilancia espacial.
Día Internacional del Parlamentarismo. Este día busca resaltar la importancia de los parlamentos y el diálogo en las democracias. En 1889 se creó la Unión Interparlamentaria (UIP), una organización internacional de parlamentos nacionales. La fecha fue proclamada oficialmente por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2018.
Pues bien, ves en la tele cómo parlamentan los parlamentarios del Parlamento español, cómo no parlamentan los mandatarios internacionales… y cada vez tiene más sentido lo del impacto de un asteroide.
“Para el Día del Orgullo, he creado una espiral infinita de ovillos de colores del arcoíris, cada uno sin cortar, sin dividir, sin esconder su centro. Porque están enteros, incluso cuando el mundo quiere reducirlos a hilos sueltos.
Cada ovillo representa una identidad. Algunos brillan, otros son mates. Hay lanas suaves, otras ásperas. Algodones, acrílicos, fibras mezcladas. Porque el Orgullo no es una bandera perfecta: es una madeja de diferencias que elige mostrarse sin pedir permiso.
En otra pieza, los colores se apilan verticalmente, sin tensión, sin disimulo. Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, violeta. Uno encima del otro, con el peso justo. Sin aplastar.”
“La libertad de amar a quien quieras no necesita permiso, solo espacio para entrelazarse”