Mariquita minimalista .

Descubro un insecto que me llama la atención. Es muy estético y da para la foto. La brisa no me deja tranquila y no hay manera de encuadrar a esa… ¿mariquita minimalista?

Las mariquitas, a pesar de ser un tipo de escarabajos (sí, lo siento), son un insecto simpático. Esta, sin embargo, no muestra los llamativos colores de las otras mariquitas que he visto en mi vida…

Tras una investigación exhaustiva (que es preguntárselo a una IA), descubro que se trata de una Nezara viridula. Está en su estadio de ninfa, antes de pasar a ser un insecto adulto. Entonces, será verde tipo Hulk.

Mi mariquita minimalista es en realidad un tipo de chinche. Más concretamente, «chinche hedionda».

Esta variedad no supone un riesgo para el ser humano. No pica, ni muerde, no transmite enfermedades y no es tóxica.

Eso sí, si se la molesta, emite un líquido maloliente.

Su apellido es «hedionda»; el nombre ya daba pistas…

Escenografía vegetal.

La Ruellia, también llamada petunia mexicana, es una planta con vocación de artista. Cada día ofrece un espectáculo.

A primera hora solo muestra tallos rojizos, hojas estilizadas y capullos aún dormidos, pero cuando el sol empieza a tocarla empieza la escenografía: las flores se abren. Son acampanadas y de un violeta muy limpio.

Lo curioso es que no duran demasiado. Se abren con la luz, se ofrecen a los polinizadores, enseñan su color, hacen lo que vinieron a hacer y, al atardecer, se cierran, se arrugan o se dejan caer.

No es tristeza. Es eficiencia.

La planta regula ese movimiento con la luz, la temperatura y el agua que entra y sale de sus células. Un mecanismo delicado para proteger el polen, ahorrar energía y evitar la humedad de la noche.

Al día siguiente, casi siempre, hay nuevos capullos esperando turno.

La Ruellia no florece una vez.

Ensaya cada mañana, cuando el foco la ilumina.

Consumir antes del otoño.

El verano empezó ayer a las 10:24. Eso dice la astronomía. La meteorología, en cambio, constata que lleva ya un par de semanas instalado.

Llegó sin avisar, sin alfombra roja, pero se hizo notar enseguida, vestido con calor intenso de alta calidad.

Tenemos 93 días y 16 horas para consumirlo, porque el verano tiene fecha de caducidad.

Acaba el miércoles 23 de septiembre a las 02:05, cuando empieza el otoño, siempre que el verano le deje entrar.

Una vez abierto, se recomienda conservarlo en un lugar fresco y paladearlo con intensidad.

El primer día o el último.

Vuelan, revolotean, se posan y posan. El escenario es el campo de mayo, el sol estridente y esa banda sonora de pájaros melodiosos e insistentes.

Mientras hago las fotos, están a lo suyo entre lavanda y salvia mediterráneas. No las molesto. No soy un depredador para ellas; solo estoy robándoles la intimidad para mostrar su belleza al mundo.

Tienen más miedo de esos gorriones que cantan sin parar o de la lagartija que ha pasado hace un rato entre las piedras. El sol las mantiene en movimiento, calentándolas, en estas pocas semanas de vida que disfrutan: de una a tres semanas para esta especie, la Pieris rapae.

Igual las estoy fotografiando en su último día o en el primero. Quién sabe. Tal vez por eso me parecen aún más bonitas.

Estás en mi memoria.

Con el buen tiempo, he vuelto a nadar. Es una actividad que, además de ser saludable, me permite desconectar del mundo. Algo tienen esas brazadas que te llevan a un lugar sereno y de ritmo pausado. Ese lugar me gusta.

Ahora nado en otra piscina. Es más pequeña. Apenas un metro menos.

El primer día, algo me llamó la atención. Cuando llegaba al final de la piscina, mis brazos toparon con la pared antes de lo esperado. Mi cerebro reaccionó con sorpresa: ¿ya? La sensación me produjo curiosidad. ¿Puede ser que mi cuerpo recuerde la longitud anterior?

Y resulta que sí. El fenómeno se denomina memoria motora o memoria procedimental.

El cuerpo no solo “sabe nadar”; también memoriza ritmos, distancias y patrones: cuántas brazadas sueles hacer antes de llegar a la pared, cuándo levantar la cabeza o cuándo frenar.

Es decir, mi cuerpo recuerda la piscina anterior. Esas brazadas de más, que ya no están, lo delatan.

Ahora me recalibraré. El cerebelo actuará y se adaptará a la nueva distancia.

La olvidaré, poco a poco, y la reemplazaré por otra…

N. B.: La frase “es como montar en bici” existe por esto de la memoria motora. Aunque hayas pasado mucho tiempo sin hacerlo, el equilibrio, el pedaleo y la coordinación reaparecen rápido.

Urgencias en el sistema límbico.

Oigo mi móvil.

Es la consulta.

—Tienes una paciente nueva. Un ataque de ansiedad. Tienes que venir rápido. Es urgente. Nunca te imaginarías de quién se trata…

La encuentro estirada en la camilla del sistema límbico.

Empatía está temblando, se abraza y no para de murmurar:

—No puedo, no puedo, no puedo…

Y no me extraña. Desde que se ha puesto de moda ser empático, no dejan de utilizarla. Y claro, está constantemente mostrando a Realidad, traspasándola a otras pieles, a otras almas. Y, en el proceso, algo le toca…

Veo a Realidad sentada en la sala de espera. Se siente culpable. La conozco y sé que necesita a Empatía para que las cosas reales no sean tan duras. Ni tan incomprensibles. La necesita para hacerse mejor.

Consulto con mis colegas: Tálamo, Hipotálamo, Hipocampo y Amígdala. Esta última reconoce la alarma antes que nadie. No se trata de apagarla, sino de bajarle el volumen. Bastará con reconectar algunas rutas, apartar el miedo del centro de la escena y dejar que memoria, cuerpo y razón hablen a la vez. En unos segundos, Empatía dejará de temblar. Realidad, al fin, podrá volver a su labor sin romper a nadie.

Está a punto de superar a Ficción…

Escrita con la Tierra.

La NASA permite escribir palabras con imágenes reales de la Tierra tomadas por los satélites Landsat. He elegido PAZ. 

Aparece formada por paisajes vistos desde el espacio: ríos, costas, montañas o desiertos que, por azar y belleza, recuerdan a letras. Si haces clic sobre cada imagen, puedes descubrir la localización exacta de donde fue captada. 

En mi caso, Bolivia, Estados Unidos y Argelia.

Paz, escrita con la propia Tierra.

Aquí : Your name in Landsat

Orbitando.

Es muy emocionante esto de la misión Artemis II y la solitaria nave Orión, rumbo a su encuentro con la Luna. Tenemos información exhaustiva en todos los medios sobre cada detalle de esta misión, y nos llegan imágenes increíbles.

Esas fotografías somos nosotros. Todos nosotros. La humanidad entera, salvo los catorce seres humanos que ahora mismo están ahí arriba.

Esa preciosa esfera de azules, ocres y verdes, con luces radiantes y auroras boreales, suspendida en el espacio oscuro e inmenso. Nuestro envase. El que nos contiene.

Me quedo con las palabras de Víctor Glover, el piloto de Orión:

En medio de todo este vacío, de todo esto que es prácticamente nada, a lo que llamamos universo, tenéis este oasis, este lugar hermoso en el que podemos existir juntos”.

Habría que mandar a más de uno al espacio sideral para que lo entendiera. Esos que amenazan con destruir civilizaciones. Y, si aun así no lo ven claro, que se queden orbitando, for ever.

Distancia de seguridad, se le llama.

Imágenes de @nasa

Una cosa que se nos ha pasado por alto

La inteligencia artificial es uno de los temas recurrentes de la actualidad. Aparece continuamente y con grandes pretensiones. En muchos campos, su promesa será cierta. Esta herramienta podrá lograr mejoras altamente significativas para la humanidad, pero…

La IA no solo nos responde: aprende de nosotros a través de nuestras preguntas y de nuestros patrones. Le proporcionamos ingentes cantidades de datos de comportamiento humano para que se nutra, crezca y, teóricamente, se haga más inteligente.

Y ahí está el punto ciego. Lo que se nos ha pasado por alto.

A veces, el elefante está en la habitación; otras, entra directamente en la cacharrería. Y aun así, nadie parece verlo.

Si uno lee el periódico, sigue las noticias y observa el tono de las redes sociales, cuesta no preguntarse: ¿de verdad aprender del ser humano es la mejor opción para volverse más inteligente?

Algo falla en la ecuación…

La culpa es del siringol.

El olfato es un sentido que va directo al sistema límbico, sin pedir permiso. Un olor puede llevarte, en un instante, a un recuerdo, una sensación o incluso a una expectativa.

Tu nariz detecta un aroma y lanza una alerta por la autopista emocional del cerebro. Pasa con el petricor, ese perfume de tierra mojada después de la lluvia… y pasa también con la brasa.

Paseando por mi calle, me llega el inconfundible olor a leña, a fuego, a humo limpio. Y al segundo se enciende una sensación placentera. Hay una explicación biológica, química y antropológica detrás. 

Por un lado, el cuerpo se adelanta: salivas, el estómago se prepara. Viene comida.

Por otro, se despierta el modo prehistórico premium. El fuego controlado fue uno de nuestros grandes inventos: durante milenios significó calor, seguridad, reunión y alimento más digerible. En resumen: tribu.

Y sí, la culpa de todo la tiene el siringol. Cuando la leña se calienta, la madera no “se quema” sin más: se descompone. La lignina —el “esqueleto” aromático del árbol— se rompe y libera fenoles volátiles. Entre ellos, el siringol (con su colega el guayacol), moléculas pequeñas, rápidas y tremendamente reconocibles: huelen a tostado, a hogar.

Y después, ya no te digo cuando aparecen los calçots, las butifarras y la carne… el siringol se viene arriba y entra en modo festivo.