La NASA permite escribir palabras con imágenes reales de la Tierra tomadas por los satélites Landsat. He elegido PAZ.
Aparece formada por paisajes vistos desde el espacio: ríos, costas, montañas o desiertos que, por azar y belleza, recuerdan a letras. Si haces clic sobre cada imagen, puedes descubrir la localización exacta de donde fue captada.
—¿Triste? No debería llamar a los bomberos por eso. Ya sabe, hay otros servicios que…
—No, no, oiga, por favor: se me ha caído el cielo encima. Literalmente.
—¿Está de broma?
—Le digo que tengo el cielo sobre los hombros, partiéndome la espalda, hundiéndome en la tierra.
—Si le pasa todo eso, ¿cómo está llamando por teléfono?
—Porque se me cayó justo al pasar por delante del aparato. He quedado aquí, sepultado bajo el cielo, con él.
—Vale. El cielo. ¿Y qué quiere que hagamos?
—Que me lo quiten de encima.
—¿No querrá decir el techo?
—No es el techo. Le digo que es el cielo. Noto las nubes susurrándome detrás de las orejas, y todas esas estrellas fugaces haciéndome cosquillas mientras se pasean por mi espalda. La luna, esa sí que pesa. Se me ha quedado en equilibrio sobre la cabeza. Temo que, si me muevo, caiga y se rompa en mil pedazos.
—Un poeta… Oiga, deje la línea libre para las verdaderas emergencias. Buenas noches.
Dos llamadas —la de un vecino, alarmado por las luces que salían de la casa de al lado, y aquella otra, clasificada como falsa— acabaron movilizando a los bomberos.
Nunca supieron explicar lo sucedido.
El hombre estaba incrustado en el suelo del salón, junto al teléfono, con el cielo encima.
Fue una pena que no pudiera verlo.
Sobre su espalda cruzaban cuadrántidas, púppidas y líridas. La luna, redonda y brillante, seguía intacta sobre su cabeza.
Del hombre ya no queda nada.
Solo queda esa luna, encerrada en una casa adosada de una planta.
Es muy emocionante esto de la misión Artemis II y la solitaria nave Orión, rumbo a su encuentro con la Luna. Tenemos información exhaustiva en todos los medios sobre cada detalle de esta misión, y nos llegan imágenes increíbles.
Esas fotografías somos nosotros. Todos nosotros. La humanidad entera, salvo los catorce seres humanos que ahora mismo están ahí arriba.
Esa preciosa esfera de azules, ocres y verdes, con luces radiantes y auroras boreales, suspendida en el espacio oscuro e inmenso. Nuestro envase. El que nos contiene.
Me quedo con las palabras de Víctor Glover, el piloto de Orión:
“En medio de todo este vacío, de todo esto que es prácticamente nada, a lo que llamamos universo, tenéis este oasis, este lugar hermoso en el que podemos existir juntos”.
Habría que mandar a más de uno al espacio sideral para que lo entendiera. Esos que amenazan con destruir civilizaciones. Y, si aun así no lo ven claro, que se queden orbitando, for ever.
De tanto decirme que vivo en las nubes, he decidido ir a una inmobiliaria de nubes para ver qué tienen en alquiler.
No lo tengo fácil.
Cada vez más gente se va a vivir a las nubes y los precios van al alza, a una velocidad vertiginosa.
La compra está descartada: no se puede comprar una nube. No hay manera de inscribirla en el catastro ni de ubicarla en el mapa y, entonces, no se pueden cobrar impuestos; así que solo hay alquiler y el llamado «turístico», por días e incluso por horas.
Me parece que me voy a elegir esta gordota de la derecha. Tengo una vista espectacular del cielo azul, sin otra nube indiscreta que me incordie…
Por primera vez estoy en un lugar abierto desde el que la Luna se muestra sin obstáculos. Esta noche, al alzarse sobre el horizonte, ya la encontraré eclipsada, teñida de rojo. El espectáculo tiene algo de místico: la Luna siempre está ahí, indiferente, pero cuando ocurre algo excepcional, sentimos la necesidad de mirarla con más atención.
Público objetivo: siete mil millones de almas.
Me acomodo en un butacón, con la cámara preparada. En la calle, un coche acelera con un estruendo innecesario. Una moto lo imita, como si a sus conductores les fascinara el rugido infernal. Un vecino enciende un soplador de hojas. Es una hora extraña para recoger las hojas…En la terraza de enfrente, bajo una guirnalda de luces, otros vecinos se han reunido entre música y risas, demasiado altas.
De repente, petardos. Los perros ladran con angustia. Un hombre increpa a los culpables y una voz de mujer responde: —Sólo son niños.
Alzo la vista: la Luna ya está ahí. La observo antes de disparar la primera foto. Pienso que, sin tanto ruido, el momento sería perfecto.
Me despierta la humedad y, sobre todo, el silencio. Un silencio absoluto. Me he quedado dormida a pesar del ruido.
Me cuesta orientarme. Miro la cámara, después al cielo. La Luna ya no es roja: luce brillante, con sus tonos grises y azulados habituales. En la terraza de los vecinos, la guirnalda sigue encendida, pero no queda nadie. Debe de ser tarde. Me levanto con cierta inquietud: la ausencia de sonidos me perturba.
Escucho. Nada. Ni coches, ni motos, ni aviones. Ni siquiera los perros.
Al día siguiente, bajo la luz del sol, el silencio me oprime. Ningún trino, ningún motor. La calle conserva su aspecto normal, pero está vacía. Entro en el supermercado cercano: puertas abiertas, electricidad en marcha, estanterías repletas. Nadie.
Salgo de nuevo. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Por qué no se oye nada?
Han pasado más de tres meses.
La electricidad persiste, pero no hay wifi, ni 5G, ni televisión. La radio sólo devuelve un zumbido. No he encontrado a nadie en cincuenta kilómetros a la redonda. Cada día salgo a buscar lo necesario. No me falta de nada. Me distraigo con los viejos DVD que guardaba en una caja olvidada: Los Soprano, A dos metros bajo tierra… Ahora me espera 24horas.
A veces salgo a la calle con una cacerola y una cuchara de madera, golpeando con fuerza, como si alguien pudiera escucharme. El silencio es insoportable. Me salva la música.
Mi única esperanza cuelga en la nevera: un calendario. Tacho los días uno a uno. El 3 de marzo de 2026 habrá otro eclipse total de Luna, aunque no se verá desde España. Me aferro a la idea de que esa noche todo volverá a la normalidad. Si no, esperaré al 28 de agosto, cuando habrá un parcial. Tengo todas las fechas anotadas: iba a escribir un artículo sobre eclipses para mi blog, pero nunca llegué a hacerlo.
Y si tampoco ocurre nada, me quedará el 31 de diciembre de 2028.
Ese día desearé con todas mis fuerzas la normalidad: las personas, el bullicio, los vecinos, los petardos, los perros… Incluso a esos conductores que disfrutan de su rugido infernal.
El verano astronómico empieza mañana, 21 de junio.
Nos queda un día de primavera…
A las 22:42 de mañana comenzará el solsticio de verano, el momento en que el eje de la Tierra está más inclinado hacia el Sol en el hemisferio norte.
Será en ese instante, en ese momento exacto. Y… adiós, primavera.
Le he pedido a la IA que me diseñe un ritual inventado para el último día de primavera.
Al atardecer del último día de primavera, toma una rama de romero o de laurel. Sumérgela en un cuenco de agua. Piensa en:
Algo que agradeces.
Algo que dejas atrás.
Algo que deseas para el verano.
Salpica unas gotas al suelo y guarda la rama como amuleto estival.
Lo ha llamado “Bautizo de la luz” y me ha preguntado si quería que inventara una leyenda para el ritual. Le he dicho que sí.
Dicen los viejos pescadores, los pastores de montaña y los campesinos de los olivares que la última tarde de primavera es la más pura del año. El sol, al llegar a su trono más alto, derrama su luz más limpia sobre la tierra. Si en ese instante tomas una rama viva —de laurel, de romero o de cualquier planta fuerte— y la sumerges en agua clara, atrapas un reflejo de esa luz sagrada. Las gotas que caen después al suelo bendicen las cosechas, protegen los hogares y preparan el alma para el fuego del verano. A ese sencillo rito lo llaman El Bautizo de la Luz, y quienes lo practican aseguran que la buena fortuna les acompaña hasta el próximo solsticio.
Yo, por si acaso, lo haría. Y si puede ser, a las 22:42. Estos algoritmos van a gobernar el mundo, y mejor estar a buenas: que vean que les hicimos caso…
He visto un cielo muy estrellado. Por lo menos para lo que estoy acostumbrada. En mi ambiente urbano, si miro al cielo, debo ver como mucho veinte estrellas y si me esfuerzo mucho. Estos días, por lo menos había cincuenta …
Se estima que en nuestra galaxia, la Vía Láctea, existen más de 200 mil millones de estrellas. Imagínatelo , como puedas, porque es una cifra enorme.
Sin embargo, desde la Tierra, a simple vista y en condiciones óptimas, solo podemos observar unas 6.000 de ellas, con suerte y según donde vivas.Incluso con los telescopios más potentes, apenas rozamos la superficie de ese inmensidad.
Y las hay muy grandes, más de lo que puedas imaginar. Si lo has intentado antes con 200 mil millones de estrellas, aquí otro dato.
En nuestra insignificancia, creemos que el Sol es el astro rey… Porque brilla, porque nos da vida, porque lo vemos cada día. Hasta que, un día, te topas con una estrella como VY Canis Majoris.
Una hipergigante roja, situada a unos 3.900 años luz de aquí. No está en ninguna foto de familia. No cabe en ningún mapa escolar.
Tiene un diámetro unas 1.420 veces mayor que el del Sol. Si la Tierra fuera una bolita de 6 cm, ella mediría casi 13 kilómetros.
Para darle una vuelta volando a velocidad de crucero, un avión necesitaría más de 800 años.
Y entonces entiendes. Que el Sol no es el rey. Que lo que creemos enorme solo es cuestión de escala. Que mirar al cielo también es una forma de poner los pies en la tierra.
Es muy aproximada a la que le he mostrado, la de verdad.
Pero mientras yo fotografiaba este olivo precioso, oía el canto de los pájaros , sentía el viento suave y olía a hierba y flores ya que acababa de llover…
Hay momentos en los que deseo volar. Me da igual si es con un par de alas que emerjan de mi espalda de forma indolora o con una capa como la de los súper héroes.
También podría ser, por qué sí : simplemente extendiendo los brazos y estirando el tronco y las piernas.
Hay quien lo consigue, sólo cerrando los ojos…
La huida, por eso, debe ser por el aire. Surcando cielos azules, atravesando nubes algodonosas o guiándose por el fulgor de las estrellas. Me llevaría música…
Si pudiera volar, emprendería un viaje. Escogería un desierto, blanco, de sal. Uno de los más grandes del mundo.
En ese desierto, después de haber llovido, la cuenca acogerá una fina capa de agua y por un tiempo, nacerá un lago superficial de aguas cristalinas que reflejará el cielo y parecerá el cielo.
Sera el mayor espejo natural que se divisará desde el espacio.
Y es que esta ruta que uno emprende, requiere de un espejo. Un lugar dónde pararse y mirarse, de verdad.
Después, el clima árido evaporará el agua y se precipitará la sal que dará lugar a un gran desierto blanco y enorme.
Estos son viajes que sirven para volver. El camino que se emprende tiene como único objetivo recalar, de nuevo, en el lugar del que vienes, en el que habitas.
Y, vuelves, sin olvidar ese espejo en el que te miraste.
Y sin olvidar lo que viste en él.
Fotos de Takaki Watanabe
NB : Imágenes del Salar de Uyuni en Bolivia.Es uno de los lugares más evocadores y misteriosos del planeta, el salar más grande del mundo con 12.106 kilómetros cuadrados de extensión. Esta gran concentración de sal está situada al suroeste de Bolivia, se formó por la evaporación de antiguos mares que bañaban el continente americano en épocas remotas. Está conformado por aproximadamente 11 capas de sal, cuyo espesor varía entre los 2 y 10 metros. Adicionalmente este Salar se constituye en una de las mayores reservas de litio del mundo y está situado a una altura de 3700 m.s.n.m.