XCleanLife 3.200 Turbo

Tengo la solución definitiva para la paz mundial. ¡Sí! Habéis oído bien: paz en el mundo. Nada de guerras ni disputas… ¿No es maravilloso? Yo creo que sí, pero parece que soy la única. Nadie me cree y, claro, seguimos matándonos y peleando entre nosotros.

No solo poseo esta panacea: también quiero compartirla. La he ofrecido a todos los gobiernos, gratis. No pido nada a cambio. Incluso pongo el detergente y el suavizante, pero… nada. No hay respuesta.

Mi lavadora está en casa.

La compré en unos grandes almacenes y no fue ninguna ganga. Yo era una experta cazadora de ofertas: siempre encontraba electrodomésticos con una tara por exposición o mobiliario de otras temporadas. “Bueno, bonito y barato” era mi lema. Hasta que mi vieja lavadora hizo su último centrifugado, seguido de un gran ¡crack! que resonó en todo el piso.

Así empezó la operación lavadora nueva.

Aquella vez no fui a comparar modelos con calma. La XCleanLife 3.200 Turbo me atrapó en cuanto la vi. Y, sobre todo, en cuanto lo oí a él, el vendedor, con una voz profunda e hipnótica,..

—Esto no es una lavadora —dijo—. Es un milagro. Detecta tejidos y colores, calcula dosis, evita arrugas y hasta inicia un ciclo si la deja cerrada para que no huela a humedad. Consume lo mínimo. Hace exactamente lo necesario.

Mientras hablaba, acariciaba la máquina con una ternura extraña.

—¿Qué le parece?

Yo ya tenía la tarjeta en la mano. Y, sin saber por qué, acaricié el bombo. Sentí una euforia extraña, como si acabara de tomar una decisión importante. Un enorme acierto.

En pocos minutos lo dejé pagado todo: transporte, instalación, la lavadora más cara del mercado.

Cuando ya me iba, él me tomó del brazo y me habló al oído:

—Se lleva algo más que una lavadora. No estoy autorizado a decirle nada más que esto: la XCleanLife 3.200 Turbo… lava los trapos sucios. No lo olvide.

Me giré para preguntarle qué quería decir, pero había desaparecido. Lo busqué por la sección, entre pasillos. Nada. Harta, pensando en el atasco de salida, me fui.

Dos días después la XCleanLife 3.200 Turbo llegó a mi vida. Era tan bonita que mi cocina parecía otra cocina: más elegante, más sofisticada. Y funcionaba sola: yo metía la ropa y la sacaba. Nunca mi colada estuvo más blanca ni más perfumada.

De vez en cuando recordaba aquello de “lavar los trapos sucios”, sobre todo cuando metía los paños de la limpieza general. Salían impecables. Los miraba… y ya está.

Hasta que dejó de ser “ya está”.

Una tarde vino a verme mi amiga Herminia. Éramos amigas, aunque lo habíamos sido mucho más en otros tiempos. Entre Herminia y mi novio de entonces ocurrió algo. Ella nunca lo admitió, pero yo tenía pruebas, incluida la confesión de él. Además, yo sabía lo del lunar con forma de corazón que Herminia tiene en la ingle más profunda.

El tiempo pasó, él desapareció y yo me quedé destrozada. Herminia —paradójicamente— fue quien me obligó a levantarme. Aun así, aquello no se borró. Se quedó ahí, como una mancha pequeña pero imposible de ignorar.

Herminia admiraba la lavadora cuando escuché, no sé dónde, la voz del vendedor:

Lava los trapos sucios.

Miré a Herminia y lo supe. No lo pensé: lo supe.

Le pregunté por mi ex. Por lo que había pasado. Se quedó rígida. Y, sin entenderlo del todo, accedió cuando le pedí que se quitara una prenda.

Herminia se sacó la camiseta. Yo me saqué la mía y metí las dos en la lavadora.

—Vamos a lavar nuestros trapos sucios —dije.

El bombo empezó a girar. Hubo destellos y fogonazos de una luz dorada. Cuando terminó, nos volvimos a poner las camisetas.

Herminia me miró y, sin rodeos, confesó. Me pidió perdón.

Y yo —lo más sorprendente— la entendí y la perdoné.

Aquello que nos separaba se evaporó. El afecto volvió limpio, como si siempre hubiera estado ahí esperando una sola cosa: que se dijera la verdad.

Después de ese día empecé a llevar a casa a personas de confianza. Vecinas que se boicoteaban la colada por turnos de tender; dos hermanos enfrentados por una herencia; una pareja que ya solo se hablaba a base de frases con veneno. Todos traían una prenda. Todos salían distintos.

Cuando vi que funcionaba, quise probar con algo más grande.

En mi barrio había un conflicto por una biblioteca pública dentro de un edificio que iban a demoler. Se hablaba de informes amañados, de intereses cruzados, de presiones. Un amigo tenía una solución razonable, pero nadie lo escuchaba. Había demasiado dinero en juego.

La forma de mi experimento fue poco ortodoxa. Lo admito.

Conseguí somníferos y dormimos al presidente de la asociación vecinal, al nuevo propietario y al concejal de Urbanismo. Estaban reunidos y les ofrecimos un té frío atiborrado de pastillas. Les sacamos una prenda a cada uno y yo me fui a casa.

Los trapos sucios se lavan en casa, me decía la voz.

Lavé las prendas. Volví. Los vestimos. Esperamos a que despertaran.

Cuando abrieron los ojos, primero se miraron con desconfianza. Después hablaron. Hablaron de verdad.

La propuesta de mi amigo se aprobó y la biblioteca se salvó.

Y entonces , sorpresa, me denunciaron.

Por drogarlos sin consentimiento. Por sacarles la ropa. Por atentar contra su intimidad.

Me llevaron a juicio.

Herminia declaró. Mis vecinas declararon. Los hermanos declararon. Todos afirmaron que yo lavaba los trapos sucios con mi lavadora XCleanLife 3.200 Turbo.

En el centro comercial, por supuesto, no existía ningún vendedor como el que describí. En la sección de electrodomésticos solo trabajaban mujeres y un hombre que no se parecía en nada a aquella voz.

El juez, abrumado por los testimonios y por mi propia historia, decidió que yo sufría un “trastorno mental transitorio” y que debía ser tratada en una clínica especializada.

Mi condena fue un internamiento forzoso.

Y aquí estoy.

Recluida… pero por poco tiempo.

Hasta ahora solo he dicho la verdad: mi lavadora lava los trapos sucios. Pero si se lo digo a mi psiquiatra —ya lo he insinuado, incluso le propuse probarlo y no quiso— me tendrá aquí más tiempo.

Herminia me ha aconsejado que diga que ya no creo en el poder de la XCleanLife 3.200 Turbo. Que finja que es una lavadora normal.

Y lo voy a hacer.

En unas semanas estaré fuera. Podré seguir buscando la forma de llegar a los gobiernos del mundo para ofrecerles mi lavadora. Esta vez con cuidado. Pasando desapercibida. Sin darles motivos para dudar de mi cordura.

Pero entendedme: tengo que intentarlo.

Es mi misión.

Mientras tanto, para cuando salga de aquí, dejo abierta una lista de espera. La XCleanLife 3.200 Turbo estará disponible para todo aquel que tenga trapos sucios que lavar. He descubierto que casi todos tenemos algo que limpiar, así que preveo muchas peticiones.

Los turnos se establecerán por orden de contacto.

Se aceptarán donativos voluntarios para sufragar los gastos de luz, detergente y suavizante.

Síndrome Repartón

Matilda sale poco de casa. Hasta hace poco, aprovechaba la bendita prejubilación para salir a comprar y, de paso, pasear tranquila. Tenía una libretita en la cocina y un bolígrafo de cuatro colores en el que iba apuntando lo que le faltaba.

Si eran cosas de volumen o peso, las pedía online. Pero los frescos y las pequeñas cosas le gustaba ir a comprarlas ella. Se le rompía una cremallera o quería unas medias que no le interrumpieran la circulación por debajo de la rodilla: lo apuntaba para pasar por la mercería. Un tope para la puerta o un cuelgafácil para colgar unas fotos que había enmarcado: pasaba por la ferretería.

Esos eran los temas “puntuales”. Pero había también unos “fijos”: diarios, semanales e incluso mensuales. El pan, la prensa, un ramo de flores…

A Matilda la conocían en todos aquellos comercios y siempre intercambiaba unas palabras con el panadero, la frutera, la joven del quiosco y la florista. Cuando volvía a casa, además, se había dado un agradable paseo.

Ahora Matilda ya no frecuenta mucho la ferretería ni la mercería. Se ha acostumbrado a pedir la pieza de la cremallera, el tope de la puerta, el pan, la comida e incluso las flores por Repartón. Está hipnotizada por su inmediatez: quiere una cosa y la tiene ese mismo día o, a más tardar, al siguiente. También por su eficiencia: tiene cosas a su disposición que le cuesta encontrar en el barrio, como aquellos rotuladores metálicos permanentes para decorar un jarrón. Y si se equivoca, se lo recogen y se lo devuelven rápido.

Su vida transcurre pendiente del timbre de la puerta, a la espera del paquete de ese día, consultando el mapa del repartidor para ver a cuántas paradas está de su casa. Tiene el mundo en sus manos, a un solo clic de distancia.

La familia y los amigos están preocupados por ella. Sospechan que puede padecer un SR agudo, pero no saben cómo abordar el tema. Han mirado en el catálogo de Repartón si hay algún libro con técnicas terapéuticas para poder ayudarla.

Mientras tanto, la floristería ha puesto el cartel de “Se traspasa” y el panadero se ha jubilado. Ahora el espacio lo ocupa una tienda de fundas de móviles que, por cierto, se pueden encontrar más baratas en la plataforma.


Síndrome Repartón (SR)

Definición (no reconocida por la OMS, pero por tu timbre sí): trastorno leve por el cual una persona deja de “ir a por cosas” y pasa a “recibir cosas” en casa. Esta situación desemboca en una parálisis preventiva de las actividades que puedan impedir oír el timbre de la puerta y en la pérdida de las visitas al comercio local, con la consiguiente desaparición de la interacción social trivial (el “¿qué tal?”, el “lo de siempre” y el “hoy hace fresco… o parece que va a llover”)

Y Matilda, sin darse cuenta, cambió el paseo por la espera.

Romance.

Photo by AbsolutVision on Unsplash

Mi cuñada cree que estoy mal. Se le nota cuando entra con sus tacones —que arañan mi tarima— y su sonrisa de “hoy vengo a desordenarte”.

En mi casa las cosas van donde deben. Las revistas de decoración no se tiran en la mesa: se colocan. Alineadas, apiladas por tamaño, portada centrada. Mi cuñada se sienta, suspira y las manosea como si fueran folletos gratis: abre una, dobla otra, deja una boca abajo… encima del platito inca. Luego aparta los cojines “porque molestan”. Yo respiro, cuento hasta diez y sonrío…

Pero, hoy, por primera vez, he dudado de mí. Es urgente que os lo explique.

Abrí el cajón de la cubertería para coger la cuchara perfecta del cappuccino y vi un tenedor en el compartimento de los cuchillos. Pensé en mi cuñada, que había estado trasteando los cajones en busca de un abridor. Seguro que lo había movido para molestarme.Lo agarré para corregirlo y noté un tirón leve, una resistencia absurda del metal. Lo dejé con los tenedores. Cerré.

Sollozos.

Abrí: silencio. Y el tenedor había avanzado hacia las cucharas. Lo devolví a su lugar. .

Cerré el cajón.

Llanto. Abrí. Silencio.

Ahora estaba atravesado, perpendicular y ocupando más espacio. Tuve la sensación que el tenedor se movía a su antojo. De locos.

Salí de casa para no pensar. Volví del mercado, necesité un cuchillo para cortar la malla de las naranjas y abrí el cajón.

El tenedor estaba con los cuchillos.

Ahí lo supe: no era un error. Se trasladaba de compartimento y me estaba desafiando.

Lo tiré a la basura. Bajé la bolsa y la arrojé al contenedor, satisfecha, como quien restablece el orden mundial. Al subir, los sollozos se habían convertido en alaridos. Abrí el cajón y lo entendí demasiado tarde:

El que lloraba no era el tenedor.

Era el cuchillo.

Escribo con el metal clavado en el pecho, gimoteando histéricamente. Ha sido un crimen pasional: el cuchillo y el tenedor se amaban. No soportaron la separación. El exilio del tenedor despertó al monstruo del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado aquí, clavado en el centro de mi corazón , llorando por su amor perdido.

Me queda poco.

Mi última voluntad es simple:

Que este cuchillo sea entregado, como herencia, a mi cuñada.

A ser posible, sin funda.

Gracias.

Photo by Stoica Ionela on Unsplash

 

 

Hacer balance.

No sé si esto es un sueño o una experiencia entre mágica y mística, pero estoy aquí. ¿Me habré dormido en el sofá? Lo último que recuerdo es estar encogida, llorando de pura tristeza, agarrada a aquel cojín…

Cada año, por estas fechas, me enfrento a eso que se llama “hacer balance”. A pocos días del 31 de diciembre, todo el mundo se empeña en aglutinar las cosas buenas, las malas, las expectativas, la esperanza y la desesperanza.
Es un comportamiento de histeria colectiva: balance, balance, balance..

El mío me lleva, inevitablemente, a un estado de frustración. Ninguno de mis planes se cumple… Ni mis deseos, ni mis sueños. Según el año, se añade a mi balance alguna buena nueva, pero también las desgracias y los dramas de la vida. Y yo sigo transitando por el tiempo, un poco despistada, afanándome en sobrevivir a cada nuevo día, pasando de año sin pena ni gloria.

Pero, en este mismo instante, nada de esto es importante. Estoy en este precioso campo lleno de lavanda. Siento el aire fresco, que me acaricia la piel, como vistiéndome y protegiéndome del frío. Soy como el aire. Me siento aire. Me desplazo, deslizándome, bailando al son del viento, deleitándome con los colores.

Quiero caminar por él. Noto la textura de la hierba en mis pies descalzos. Es suave y parece de algodón.

Mientras avanzo, vienen a mí imágenes preciosas de experiencias vividas en este año. No son grandes cosas, son nimias pero, a la vez, son hiperbellas. Un abrazo inesperado, paladear un cucurucho de helado en una cala solitaria, una inspiración con aroma a tierra húmeda, la emoción del último capítulo de un libro disfrutado, un desayuno dulce después de haber hecho el amor…

Al final del trayecto, me espera una cesta. Es sencilla y contiene todas esas cosas sencillas. Me llevo todas mis experiencias, las que yo creía insignificantes y que ahora se han convertido en un tesoro de valor incalculable.

Ahí están todas. Mi balance.

Cuando despierto, sé que todo ha sido un precioso sueño que mi mente, caprichosa, me regala con su recuerdo. Esto me extraña, ya que nunca me acuerdo de lo que sueño… Entonces, me llega un tenue olor a lavanda y, allí, en una esquina al lado de la puerta, veo la cesta. Está llena de las flores violetas…

Confieso que cada tarde me recuesto en el sofá y agarro ese cojín. Adopto la misma posición que ese día e intento dormir para ver si hay suerte y me vuelven a llevar a ese lugar en el que todo aquello que parece insignificante se vuelve brillante.

De momento, no lo he conseguido, pero, inexplicablemente, la lavanda no se marchita y, cuando la miro o la huelo a distancia, me recuerda que debo identificar y disfrutar esos pequeños instantes maravillosos que ocurren cada día.

De dónde han salido esa cesta, ni me lo planteo…

NB : Fotos de Léonard Cotte y Dóri Halászlaki en Unsplash

 

Quita. Vete. Calla. Déjame.

Hay una voz en mi cabeza. Es muy clara y nítida pero…sólo la oigo yo.

Hay una voz en mi cabeza que recita, sin descanso, todos los dichos del refranero popular. Quita. Vete. Calla. Déjame.

Me duelen los brazos. El hacha pesa mucho y empieza a hacer frío.

Hay una voz en mi cabeza que me hace observar mi lengua en el espejo para ver si allí hay pelos o no. Que me ha incitado a construir una cama con ramas de laurel.

Hay una voz en mi cabeza que me ha obligado a comprar un loro y darle chocolate. A atar a mi perro con longanizas. A buscar por toda el pueblo, a ese gato que tiene tres pies. A marear a todas las perdices que me encuentro. Me llaman loco. Quita. Vete. Calla. Déjame.

Ya queda poco…Se me están congelando las manos. Me duelen. Me duelen mucho .Los escalofríos me impiden acertar. Ya se me han congelado las pestañas y la nariz pero…tengo que seguir.

Me lo dice esa voz en mi cabeza. Tengo mucho sueño. Me dormiría. El hacha pesa mucho. Me duermo.

Quita. Vete. Call…

Pobre hombre, dicen en el pueblo. Lo encontraron congelado, aún con el hacha en sus manos.

A sus pies, el árbol caído y un montoncito de leña…

calla

ANEXO — DOCUMENTO INCORPORADO AL EXPEDIENTE

Caso: 47/IX-22
Nombre figurado del sujeto: E. M.
Localización del cuerpo: Sendero forestal, margen norte del bosque municipal
Objeto encontrado en el bolsillo interior de la chaqueta
(Documento manuscrito, deterioro leve por humedad y congelación)

Transcripción de frases manuscritas halladas en poder del sujeto.

  1. No tener pelos en la lengua

  2. Dormirse en los laureles

  3. Atar los perros con longanizas

  4. Darle chocolate al loro

  5. Buscar tres pies al gato

  6. Marear la perdiz

  7. Hacer leña del árbol caído

Cuentos de andar por casa.

De andar por casa” : algo sencillo, casero y nada sofisticado.

Esta es una recopilación de diez relatos breves de andar por casa porque, si los lees, recorrerás una casa: recibidor, baño, dormitorio, cocina, salón, terraza… Espacios de hogar, espacios de vida.

Os invito a cruzar la puerta. 

Lo primero que encontraréis es un recibidor y a Manuela.

End S.A.

Iniciando mapping

Cerca del mar.

Oigo a las gaviotas. Huelo la sal y la crema protectora con la que mi madre nos embadurna la espalda. La paella en el chiringuito, un polo de fresa. Arena, salitre, pestañas mojadas, ojos brillantes. Jugar y jugar. Y jugar…

En el hogar.

Se está calentito y bien. Me llega el aroma de la colada recién lavada, el café recién hecho mientras en la radio, oigo la sintonía de aquel programa. Abrazos. Risas. Partidas de parchís.

En un aula.

Aprendo. Café con los amigos. Lo huelo. Oigo la música de la fiesta. Tequila. Sigo aprendiendo. Crecimiento. La primera vez me impacta y me ruborizo. Sonrío. El rostro al viento y el sonido del tubo de escape de mi Vespa. Ilusión.

En una isla.

El sol y la brisa, especial. La piel ardiente y muy sensible. El amor. El placer. El sexo. Caricias y risas. Complicidad. El “Te quiero” de verdad,.Lo vuelvo a oír. Me lo dices, te lo repito. Más sexo.

En el nuevo hogar.

Nueva ilusión. El aroma de las cosas nuevas. Las ganas de usarlas y hacerlas viejas. La expectación. Los planes. El futuro. Caminar y buscar tu lugar. Los amigos de verdad.  Más amor. Familia. Niños y nuevos juegos. Los oigo reír. Me embelesa su mirada. Abrazos. Menos sexo.

En una ciudad gris.

Lejos del mar. Pérdida. Dolor y lamento. Te veo morir. Tristeza. Huelo tu aroma a cedro. Familia y ausencias. Separación. Los niños que fueron. Los amigos que son. El crecimiento que decrece. Caer. Resurgir. La esperanza. Tiempos serenos. Seguir caminando . Hay que llegar al mar…

Cerca del mar.

De nuevo aquí. El rumor de las olas. Veo la playa desde esta ventana. Me invade la esencia de la sal. Inspiro la brisa. Contemplo mi vida. La observo. Oigo las risas. Los niños de mis niños, pestañas mojadas, ojos brillantes nuevos. Huella. Satisfacción. Suspiro. Final.

Finalizando mapping…

tras

Apreciado cliente,

El servicio extra de confección de su Mapa de Vida que contrató con nuestra empresa End S.A. ha finalizado con éxito.

Nuestro objetivo es enriquecer los últimos 30 segundos de “visionado” de su vida que se ofrecen en el contrato básico de traspaso al otro mundo. Esperamos haber cumplido sus expectativas.

Le deseamos un Feliz Traspaso.

 

 

 

 

 

Las horas contadas.

7:00 a. m.

Camino hacia la panadería que hay a cinco manzanas de mi casa. El pan es artesano, hecho en horno de leña… Parece pan de verdad, de esos que no adquieren la consistencia de goma a las tres horas de haberlo comprado…

El paseo es relajante. Lo necesito. No hay forma de que se calle.

Últimamente no duermo bien. Doy tantas vueltas, surcando todos los rincones de la cama, que acabo levantándome… Veo la tele, escribo, leo, me preparo una infusión relajante… Transito en la noche…

Por lo menos, lo que me cuenta en el paseo es agradable y me hace olvidar que me estoy volviendo loco…

La calle, tan bella, engalanada con farolillos y árboles frondosos. Los bancos de madera, envejecidos por el uso… Las hojas, desmayadas en el suelo. A veces, danzando con el viento, arremolinándose… Al caminar, un delicioso crujido anuncia que el otoño ya está aquí y, a lo lejos, casi intuyéndose, ese bendito olor a pan calentito, recién hecho…

7:30 a. m.

La puerta de la panadería se abre al compás de un tintineo delicioso. Hay unas campanitas colgadas en la parte superior que avisan de la entrada de la clientela. Tras el suave repiqueo, llega el aroma. No sólo hay pan. Se abre una puerta y, por el aire, se esparce el azúcar. Huele a dorado, a mantequilla y a nata…

El pan está ordenado por tipos, en unas preciosas cestas de mimbre. Hay pan con nueces y pipas, rústico, integral… Y ciabatta: suave, ligera, con mucho poro y corteza crujiente.

La chica que atiende en la panadería es muy agradable, aunque no para de hablar. Desde que han sonado las campanitas hasta este mismo momento, no he podido decir más que “Buenos días”. Mientras pone mi ciabatta en una bolsa de papel kraft, me explica que un vecino, conocido común, está muy enfermo. Y entonces me dice: “Tiene las horas contadas”.

Y yo pienso —que no digo porque no puedo—: “Yo también tengo las horas contadas”.

Camino ya de vuelta. Escojo otra ruta. Por lo menos, lo que me cuente será diferente. Variado.

Tomo el camino más largo, el que atraviesa la pequeña plaza donde montan el mercado semanal.

8:00 a. m.

Hoy es día de mercado.

Los tenderetes están perfectamente situados en cinco líneas rectas y paralelas. Cada uno tiene una forma diferente. Los colores de las verduras, las frutas y las hortalizas dibujan un estampado espectacular. Perfectas pirámides de tomates y manzanas. Apilamiento simétrico de lechugas y espinacas. Ristras de naranjas y limones. Cestas llenas de setas. Precioso.

Pronto serán las ocho. Ya se acaba esta hora y… vendrá otra. Y otra, y otra. Y todas, cada una de ellas, me serán contadas por esa voz que oigo en mi cabeza, volviéndome más loco.

He intentado lo de las horas muertas, a ver si así se calla, pero… me cuenta esa hora muerta de no hacer nada con todo tipo de detalles: “Estirado en el sofá, mientras el aire se desliza por la ventana entreabierta. Se oyen las risas de los niños que juegan. Más allá, una alarma insistente. Una mosca vuela bajo, buscando alimento para su prole. Se detiene en un vaso con restos de Coca-Cola… bla, bla, bla…”

No hay forma de acallar a ese narrador que sólo oigo yo. Siempre. Hasta los sueños me cuenta…

Será por horas… Horas bajas…

Y cuando oigo eso de “tenerlas contadas”, pienso que sí, que las tengo contadas. Todas. Minuto a minuto. Y que quizá, gracias a eso, veo cosas que los demás no ven.

Porque, mientras me las cuenta, no sólo camino: siento el aire frío en la cara, el peso tibio de la bolsa de pan en la mano, el crujido de las hojas que se rompen bajo la suela. Huelo la mantequilla antes de probarla. Distingo el brillo distinto entre un tomate muy maduro y uno que aún está duro. Escucho cómo suenan las campanitas de la panadería…

Si se callara del todo, quizá también se apagarían esas cosas pequeñas. No sé.

Tal vez no deje nunca de hablarme. Tal vez me siga narrando cada hora como si fuera la última. Pero, mientras lo hace, me regala detalles que, de otra forma, pasarían de largo.

Y eso, hoy, me basta. Me lo repito constantemente, para no volverme loco…

Camino con mi pan caliente y pienso: vale. Que me cuente esta hora.

A ver si mañana, deja de contármelas…

Mantis.


No uso perfume.
Yo soy perfume.

Parecerá una figura poética, pero lo digo en sentido literal: mi cuerpo exuda aroma.

No siempre el mismo. Me habría gustado tener una “marca de la casa”, un solo perfume, único, irrepetible. Pero lo que tengo es una colección viva, cambiante, impredecible… aunque siempre exquisita.

Mi infancia fue una sinfonía de olores. Flor de azahar en los campos vecinos, el jabón de espliego de la abuela, agua de rosas en la bañera de mi madre, ramos de romero y lavanda adornando la casa… Aromas que me envolvían como una segunda piel.

Crecí rodeada de fragancias tan complejas que desarrollé un don. Distinguía cada matiz, incluso los más leves o desagradables. Me convertí en una nariz. Hoy, soy una créateur de parfums en París. El perfume es mi vida.

Yo misma soy perfume.

Fue mamá quien lo notó primero. Si estaba feliz, mi cuerpo creaba un halo floral —jazmín, rosa blanca, mimosa— que se expandía por la habitación. Si me sentía tensa, la fragancia se tornaba cítrica: bergamota, lima, limón, y ese filo de fresia que anunciaba tormenta. Mis emociones aromatizaban el aire. Había días en que podía perfumar una ciudad entera sin salir de casa.

Era un don hermoso. Inofensivo. Hasta que me enamoré.

Mi primer amor… Y mi primer cadáver.

El poder se multiplicó. Emitía lirios, frutas maduras, gardenias. Fragancias dulces, sedosas, nuevas. La pasión trajo consigo el calor del sándalo, la caricia del narciso, la embriaguez de las lilas. Nos envolvimos en un torbellino de terciopelo aromático.

Y entonces, tras el clímax, ocurrió.

Él sonreía. Inmóvil. Desmadejado sobre mí.
Lo toqué. No reaccionó.
Lo sacudí. Nada.

Y llamé a mamá.

Pensamos en un fallo del corazón. Era joven, sano. Queríamos creerlo. Pero el segundo, un compañero de la facultad, confirmó lo que mamá ya sospechaba:
mi perfume los mataba.

Nos deshicimos del cuerpo.

Elegí el celibato. Viví recluida en mis aromas acuáticos: lirios de agua, albahaca, notas limpias. Bellas, sí, pero distantes. Aún así, aquella fragancia espesa y almizclada seguía flotando en las calles. La prensa la bautizó como La Noche Perfumada. Nadie sabía la verdad. Solo mamá. Y yo.

El tercero… también fue ella quien me ayudó. Yo ya no podía más. Prometí no repetirlo jamás.

Ese cuerpo duerme en el jardín de mamá.

Con el tiempo, me convertí en una perfumista célebre. Nadie se sorprendía de que siempre oliera bien. Era mi talento. Mi escudo.

Los años pasaron. Perdí a mamá en un accidente. Dolió. Mucho. Pero seguí. Rutina. Éxito. Control.

Hasta ahora.

Me he enamorado.
Locamente.
Profundamente.

Intento mantener mi don a raya, pero es tortuoso. Mi aroma se descompone, se enrarece: pimienta negra, mandarina, sombra. Y otra vez, inevitablemente, el sándalo. Otra vez ese perfume denso, embriagador, fatal.

Y no he podido evitarlo.

Estoy enamorada.
Y no he podido evitarlo.

Hoy, tras la ensoñación, lo observo.
Sonríe. Desnudo. Inmóvil.

Le acaricio la cara.
No responde.

Lo abrazo una vez más. Brevemente.

Ya no está mamá.
Y me tengo que deshacer del cuerpo.

Otra vez.

Como la mantis.
Hermosa.
Letal.
Perfumada…