Una cosa que se nos ha pasado por alto

La inteligencia artificial es uno de los temas recurrentes de la actualidad. Aparece continuamente y con grandes pretensiones. En muchos campos, su promesa será cierta. Esta herramienta podrá lograr mejoras altamente significativas para la humanidad, pero…

La IA no solo nos responde: aprende de nosotros a través de nuestras preguntas y de nuestros patrones. Le proporcionamos ingentes cantidades de datos de comportamiento humano para que se nutra, crezca y, teóricamente, se haga más inteligente.

Y ahí está el punto ciego. Lo que se nos ha pasado por alto.

A veces, el elefante está en la habitación; otras, entra directamente en la cacharrería. Y aun así, nadie parece verlo.

Si uno lee el periódico, sigue las noticias y observa el tono de las redes sociales, cuesta no preguntarse: ¿de verdad aprender del ser humano es la mejor opción para volverse más inteligente?

Algo falla en la ecuación…

Las primeras flores.

Hoy, a las 15: 46 (hora peninsular española), llegará la primavera.

Para celebrarlo, unas ilustraciones de flores. Son del libro, Master of Claude de France’s Book of Flower Studies.

Es una obra fascinante, y en realidad no es una sola imagen aislada sino un manuscrito de estudios botánicos: el Book of Flower Studies, atribuido al Master of Claude de France, un iluminador francés activo aprox. entre 1508 y 1520. El libro se fecha hacia 1510–1515.

Lo más singular es que contiene 39 iluminaciones detalladas de flores europeas, realizadas sobre pergamino con una técnica muy refinada: acuarela opaca, veladuras orgánicas, pintura de oro y plata, tinta y carbón. Hoy está en The Met Cloisters (Nueva York), dentro de la colección del Metropolitan Museum of Art.

Las imágenes son de Public Domain Review, una revista digital sin ánimo de lucro, que explora y difunde obras que están en dominio público (sin derechos de autor).

Escribir un best seller.

El otro día releí un artículo de 2013 sobre cómo “fabricar” un best seller y sentí ternura hacia mí misma: yo también quería escribir uno. 

Aún hoy, me gustaría escribir ese libro que lo peta, que se vende, se recomienda, se regala y acaba teniendo adaptación audiovisual. Pero no solo por el éxito. Sobre todo, porque sé que quienes escriben historias se lo pasan en grande mientras las escriben. Doy fe.

Releyendo aquellas viejas recetas, ya no creo que la clave sea ser famoso, ni escribir siempre bonito, ni colocar un mensaje optimista con lacito. Creo que hoy un libro funciona si tiene pulso. Si provoca algo. Si te engancha.

El protagonista no tiene que ser ejemplar: tiene que ser inolvidable. El estilo no tiene que ser simple: tiene que ser claro y tener voz. Y la novela no tiene por qué ser larguísima: basta con que sea imposible de soltar.

Tampoco compro del todo eso de crear mundos escapistas. La realidad, bien mirada, ya es bastante extraña, bastante divertida y bastante feroz. Material no falta.

Llevo años haciendo pruebas. Algunas más salvajes, otras más domésticas. En todas, me lo he pasado genial escribiendo y ahí siguen La Asesina del Pollo, Íncipits, Te voy a llevar al huerto, El americano, Escríbelo y Cuentos de andar por casa.

Pero la fórmula para el best seller del mundo mundial sigue siendo un misterio. Alguna idea me ronda pero para que sea un éxito debo combinar una voz propia, emoción, personajes memorables, una trama que no te suelte y la suerte de que los lectores entren ahí dentro y se queden .Ahí no es nada. 

Y aunque, comparado con 2013, ahora haya más escaparates y más maneras de hacerse visible gracias a las redes, sospecho que en este asunto sigue habiendo un componente menos confesable: una pizca de alquimia.

Así que seguiré intentándolo.

¿Alguien conoce a un brujo o una bruja que trabaje por encargo?

No juzgues un libro por su título. O sí

El título de una obra no es un detalle menor: es la primera puerta de entrada, el lugar desde el que el lector empieza a mirar. Puede seducir, desconcertar, emocionar o quedarse grabado antes incluso de abrir el libro.

El Bookseller/Diagram Prize for Oddest Title of the Year, organizado por The Bookseller desde 1978, lleva esa idea al extremo: premia cada año el título de libro más extraño o insólito y juzga solo el título, no el contenido. Desde 2000, el ganador se decide por votación pública.

Lo curioso es que muchos de estos títulos no intentaban ser graciosos. Proceden de libros científicos, técnicos o académicos en los que el título describe exactamente el tema, pero fuera de contexto suena completamente surrealista. Por ejemplo, el ganador del año pasado es un ensayo serio sobre cultura y arte.

Ganadores de los últimos tres años

2025
The Pornographic Delicatessen: Midcentury Montréal’s Erotic Art, Media, and Spaces
La delicatessen pornográfica: arte, medios y espacios eróticos del Montreal de mediados de siglo

2024

The Philosopher Fish: Sturgeon, Caviar, and the Geography of Desire
El pez filósofo: esturión, caviar y la geografía del deseo

2023
Danger Sound Klaxon! The Horn That Changed History
¡Alerta sonora, klaxon! La bocina que cambió la historia

Mención honorífica

El libro How to Poo on a Date: The Lovers’ Guide to Toilet Etiquette, de Mats Jonasson, ganó el Diagram Prize en 2014. Forma parte de una pequeña serie humorística sobre “etiqueta de baño”. En este caso, no se trata de un ensayo científico, sino de un manual cómico e ilustrado sobre cómo sobrevivir a una situación incómoda cuando estás con alguien que te gusta.

El instante antes del viento

Los puntos nacen de lentejuelas de un jersey y pequeñas piedras de una pulsera.
Objetos sencillos, de la vida cotidiana, que recuerdan algo simple: la mayoría de las cosas son buenas.

Cada punto guarda una posibilidad.
Cada brillo, una esperanza.

Solo hace falta un instante. Y un poco de viento para que lo bueno empiece a esparcirse.

Que se peleen ellos.

«La guerra es un lugar en el que jóvenes que no se conocen ni se odian se matan entre sí, basándose en decisiones tomadas por viejos que sí se conocen y se odian, pero no se matan».

No he logrado encontrar la autoría de la frase. Se dice que la pronunció Paul Valéry, poeta y ensayista francés, aunque no aparece de manera literal en ninguna de sus obras. También ha circulado atribuida a Ernesto “Che” Guevara y a otros líderes y pensadores antimilitaristas.

La frase condensa una crítica recurrente a la guerra: quienes luchan y mueren son los jóvenes. La media de edad es de 18 a 35 años. En la flor de la vida. Son empujados por decisiones que no toman, mientras que quienes las dictan rara vez pagan el precioY conviene precisar: no es lo mismo defenderse que provocar. Hay guerras que se buscan y guerras que se padecen. La crítica no va contra quien protege a los suyos, sino contra quien decide encender —o mantener— el caos desde un despacho.

Caos que significa , muertes de civiles de todas las edades ( incluidos niños) y esos soldados , que si no mueren en acto de servicio , pueden regresar a sus hogares con graves lesiones físicas que, también , truncarán sus vidas.

Dejo una propuesta para los que deciden provocar una guerra: que vayan ellos, los que la declaran, la escalan o la prolongan. Que se batan en duelo. Sin jóvenes prestados.

Y como la mayoría de veces , todo es cuestión de dinero, sería un negocio redondo para quien lo retransmita en directo.

Y, curiosamente, sospecho que sería la mayor fábrica de paz de la historia…

Unas «viejas» Polaroid…

He encontrado una viejas Polaroid 2.0.

Las hice con una app que imita el efecto de aquellas fotos instantáneas. Las tenía en una carpeta olvidada con la etiqueta de «Fotos viejas» y ya tocaba ir eliminando cosas del portátil.

 

arrastrapenas1

El arrastra penas es «eso» que te distrae durante un segundo y te aleja de las penas.Sea lo que sea «eso»…

llegar

No importa el lugar, el estado, el propósito. Grande o microscópico. Fácil o costoso. Rápido o lento. Lo valioso es llegar.

diferentes

Las diferencias nunca nos separan, siempre nos mejoran.Viva la diferencia.

aquinoes

Esta casa está en Ibiza aunque se nieguen a admitirlo…

brother

El protagonista de la foto es el peine. La hice en Chicago.

artisan

El espíritu artesanal del que escribe un blog. Cualquier “expresión” en el ciberespacio es artesanía. O por lo menos, así era hasta que llegó la IA.

Goodbye, Febrero.

Febrero se nos escapa entre los dedos. Mañana, le decimos. goodbye
El mes más corto del año siempre parece el más veloz.

Apenas nos hemos acostumbrado a 2026 y marzo ya asoma en el calendario. Con él llega la primavera. La luz cambia. Los días se alargan. El aire empieza a oler distinto.

El tiempo pasa deprisa. Demasiado deprisa.
Quizá no se trata de frenarlo, sino de vivirlo mejor. Con más intención.

Se acaba febrero.
Prepárate para las flores.

La culpa es del siringol.

El olfato es un sentido que va directo al sistema límbico, sin pedir permiso. Un olor puede llevarte, en un instante, a un recuerdo, una sensación o incluso a una expectativa.

Tu nariz detecta un aroma y lanza una alerta por la autopista emocional del cerebro. Pasa con el petricor, ese perfume de tierra mojada después de la lluvia… y pasa también con la brasa.

Paseando por mi calle, me llega el inconfundible olor a leña, a fuego, a humo limpio. Y al segundo se enciende una sensación placentera. Hay una explicación biológica, química y antropológica detrás. 

Por un lado, el cuerpo se adelanta: salivas, el estómago se prepara. Viene comida.

Por otro, se despierta el modo prehistórico premium. El fuego controlado fue uno de nuestros grandes inventos: durante milenios significó calor, seguridad, reunión y alimento más digerible. En resumen: tribu.

Y sí, la culpa de todo la tiene el siringol. Cuando la leña se calienta, la madera no “se quema” sin más: se descompone. La lignina —el “esqueleto” aromático del árbol— se rompe y libera fenoles volátiles. Entre ellos, el siringol (con su colega el guayacol), moléculas pequeñas, rápidas y tremendamente reconocibles: huelen a tostado, a hogar.

Y después, ya no te digo cuando aparecen los calçots, las butifarras y la carne… el siringol se viene arriba y entra en modo festivo.

Pobre cuadro azul.

Hubo una época en la que me dio por jugar con texturas. Recuerdo lo gratificante que era extender aquella pasta de arena y, después, pasar un tenedor por encima. Empecé usando guantes y acabé descubriendo lo satisfactorio que es trabajar el material con las manos.

Mi casa estaba decorada en tonos azul cobalto. Los cuadros que pintaba buscaban acompañar aquel espacio, así que este que veis ahora en blanco roto, beige y oro viejo, entonces estaba hecho en distintos tonos de azul.

Años después, el pobre cuadro azul se ha reciclado y ha pasado a ser una pieza de colores neutros, los mismos que ahora habitan mi hogar.

Podría etiquetarlo como #artesostenible, #artecircular o #arteadaptativo. Está reciclado, viaja conmigo y puede volver a cambiar de color…