Un Sant Jordi de libros y terraza.

Relato

Terraza viene de tierra. De lo pegado al suelo, de lo abierto al aire, de una superficie lisa expuesta a la luz. En la vida doméstica, es un espacio exterior unido a la casa: un lugar de intemperie domesticada.

A Amelia, sin embargo, fue lo que menos le interesó del piso cuando el comercial de la inmobiliaria le hizo la visita guiada.

Había sido una de las últimas veces que salió a la calle.

El hombre se empeñaba en enseñarle el tamaño —más que suficiente, según él— para poner una mesa de jardín de seis plazas y la escalera de caracol que subía al terrado, donde el piso tenía una zona de uso privativo que podía convertir en solárium. A un lado estaba la parte de libre disposición para los vecinos; al fondo, la del ático.

Pero Amelia no pensaba en el mar ni en las cenas al aire libre.

Lo que necesitaba saber, antes de decidir si compraba aquel piso, era otra cosa: cuántos metros lineales tendría para libros. Libros en estanterías y libros en cajas. Libros por leer, leídos, releídos, subrayados, heredados, comprados por impulso, rescatados de librerías de segunda mano. Necesitaba espacio. Mucho.

El comercial le dio una cifra.

A ella le bastó.

Compró el piso y lo convirtió en su casa-biblioteca.

En el salón había un sofá pequeño, una televisión, un sillón mullido con reposapiés —donde acostumbraba a leer— y una mesa de comedor que también le servía de despacho. Trabajaba como correctora y traductora para una multinacional. No necesitaba presencia física. Casi nada en su vida la necesitaba ya.

Padecía una agorafobia feroz y había dejado de salir de casa. Lo hacía solo cuando no tenía más remedio: alguna gestión presencial, una prueba diagnóstica, una visita inaplazable. Iba tan medicada que, muchas veces, apenas conservaba recuerdos de esos trayectos; el dentista, por ejemplo, era una nebulosa de luces blancas y olor a desinfectante.

Por lo demás, podía ser funcional sin poner un pie en la calle. La compra llegaba a domicilio. También el médico, el psiquiatra, los mensajeros, los paquetes, el trabajo.

No tenía fobia social. Recibía a familiares y amigos, pero siempre dentro del piso, en aquel lugar seguro, ordenado, lleno de libros.

Nadie la entendía del todo, aunque quizá tampoco importaba. Ella era feliz así. Cuando terminaba de trabajar, elegía un libro, se acomodaba en el sillón y viajaba. No necesitaba gran cosa más.

Miró el reloj.

Se acercaba la hora de Daniela.

Blue, su perro, se removió junto a la puerta, inquieto. Ya la estaba esperando.

Daniela era su vecina del primero. Vivía con su hijo, Carlitos, y con Fátima, una joven marroquí tan discreta que parecía pedir perdón al pasar. Cuando el trastorno de Amelia empeoró, comprendió que iba a necesitar ayuda para algunas tareas. La primera fue la basura.

Durante un tiempo todavía consiguió bajar las escaleras y dejar las bolsas en los contenedores, a cinco metros escasos del portal. Hasta que un día el felpudo de su casa se convirtió en una frontera. Invisible, sí. Pero tan infranqueable como un muro.

Fue por entonces cuando una gotera del baño le hizo conocer a Anselmo, el vecino de abajo. El agua se filtraba por su techo y él subió a avisarla para que llamara al seguro.

La cantidad de libros le llamó la atención. También el orden.

Amelia acumulaba libros con una disciplina casi obsesiva, una especie de síndrome de Diógenes literario, pero sin polvo ni caos. Estaban clasificados por géneros, por autores, por orden alfabético. Los que seguían en cajas llevaban por fuera una etiqueta con nombres y títulos.

No solía hablar de su enfermedad. Había aprendido que casi nadie entiende de verdad ciertas cárceles invisibles. Decir «no puedo salir de casa» rara vez sale bien parado cuando se compara con un cáncer o con un ictus.

Pero Anselmo intuyó que algo pasaba.

—¿Estás bien? Nunca te veo salir.

Amelia se lo contó. Todo. También su angustia absurda y concreta con la basura. Y habló más de la cuenta, mucho más de lo que hablaba incluso con su psiquiatra. Anselmo la escuchó sin impaciencia, sin compadecerla demasiado, lo justo para no ofenderla. Luego se quedó pensando y le habló de Daniela.

—La chica va justa de dinero. Le puedes dar algo por bajarte las bolsas.

Y así empezó.

Daniela comenzó sacándole la basura. Poco después Amelia se hizo amiga de Anselmo. Una vez por semana, él subía con un táper en la mano y alguno de sus guisos. A veces se quedaba a comer. Otras solo charlaban un rato.

Mientras tanto, el mundo de Amelia se iba encogiendo y acolchando a la vez. Cada vez más confortable, cada vez más pequeño. Sus amigos empezaron a visitarla menos. Algo más en verano, cuando iban a la playa y luego subían a comer, pero ya había en ellos cierta incomodidad, una torpeza. Su familia —padres y hermano— observaba con preocupación que, lejos de mejorar, iba retrocediendo.

—Está ocurriendo justo lo contrario —le dijo su madre una vez—. Vas a peor, y muy deprisa.

Un día se presentaron en su casa con un cachorro de pastor belga.

A Amelia le gustaban los perros, pero nunca había querido tener uno. Menos aún en sus circunstancias. Le parecía injusto para el animal.

Su padre, sin embargo, había ideado un plan que le sonaba infalible: si adoraba al perro, acabaría saliendo a pasearlo.

En su cabeza debió de parecer una gran idea.

A Amelia no.

Discutieron. Se fueron enfadados. Y le dejaron el cachorro.

Lo llamó Blue y, por supuesto, se enamoró de él.

Mientras fue pequeño, todo resultó sencillo. Compró juguetes online, pienso equilibrado, cepillos, arneses, mordedores. Le dio amor y atención sin medida. Cuando ella leía, Blue se tumbaba a sus pies con la cabeza apoyada sobre ellos y la acompañaba en silencio, como si entendiera que la lectura también era una forma de recogimiento.

Parecía comprenderla mejor que mucha gente.

Pero creció.

Y entonces Amelia empezó a mirar de otra manera la terraza.

Allí habilitó una zona para que Blue hiciera sus necesidades. Solo se atrevía a abrir el ventanal un par de horas al día y jamás lo cruzaba. El perro correteaba por la terraza, subía la escalera de caracol, alcanzaba el terrado y volvía a bajar cada poco, ladrando para reclamar su presencia, como si no aceptara que aquel rectángulo de suelo exterior pudiera estarle vedado.

Fue entonces cuando decidió convertir la terraza en un lugar amable. Algo que la invitara a estar allí con Blue, a tomar el sol, a sentarse un rato fuera. En las últimas analíticas domiciliarias le habían detectado un déficit de vitamina D.

El nieto de Anselmo tenía una pequeña empresa de reformas. Lo contrató para cambiar el suelo —lo quiso de madera—, sustituir la escalera de caracol, instalar un toldo, arreglar la llave del agua y pintar toda la zona, incluida la parte del terrado de uso privativo.

Poco después vio un anuncio de una tienda online que parecía diseñado para ella: una terraza gris y anodina se transformaba, gracias a una campaña de primavera, en un minijardín lleno de macetas, flores y verde.

Se puso manos a la obra.

Compró una mesa para seis personas, maceteros de varios tamaños, tierra, abono, plantas, flores y una manguera que conectó al grifo de la pared. Con ayuda de Anselmo y de su nieto fue montándolo todo. Amelia preparaba las macetas en el salón y se las pasaba; ellos las colgaban de la baranda o las colocaban en el suelo siguiendo sus indicaciones. Blue brincaba a su alrededor, eufórico, como si supiera que aquello también iba a cambiar su vida.

Y la cambió.

Consiguieron crear un espacio precioso, lleno de verde y color, con una discreta muralla de arbustos al frente que lo resguardaba de las miradas de la calle. Daba ganas de sentarse allí con un libro y pasar la tarde entera sin levantarse.

En una videollamada, se la enseñó a su psiquiatra.

Él sonrió.

—Es importante. Mucho. Aunque de momento solo puedas imaginarte ahí fuera.

Solo tenía que dar un paso. Uno solo. Cruzar el ventanal, dejar atrás el salón y sentarse en la silla más cercana.

No pudo.

Anselmo presenció una de sus crisis de pánico cuando intentó apoyar el pie en el suelo de la terraza. No fue la peor que había sufrido, pero bastó: la respiración se le descompuso, el aire dejó de llegarle, el corazón empezó a golpearle el pecho con violencia y el sudor le empapó las manos.

Anselmo se asustó, sí. Pero no se rindió.

Desde entonces iba cada día a su casa, abría el ventanal y la invitaba a salir. Nunca la empujaba ni la sermoneaba. No decía frases de calendario. Si veía que ella se quedaba bloqueada, cerraba la puerta de cristal y se llevaba a Blue a pasear por la playa.

—Está muy grande ya, Amelia. Tiene que correr, oler, revolcarse. Vivir como perro. Él no tiene agorafobia. Pídele a Daniela que lo saque cuando baje la basura. Os hará bien a todos. Sobre todo a él, que es un santo.

Así empezó Daniela a pasearlo. Algunas mañanas lo hacía Anselmo; al atardecer, casi siempre, bajaba Daniela con Carlitos y se lo llevaba a la playa.

Carlitos también se había enamorado de Blue.

Desde el salón, Amelia los veía alejarse calle abajo hacia el paseo marítimo. Lo hacía con unos prismáticos de última generación. Pero los arbustos le tapaban parte de la vista y tenía que subirse a un taburete. Un día perdió el equilibrio y cayó mal. No se hizo gran cosa, solo una pierna dolorida, pero el aviso fue claro: o renunciaba a observarlos o salía por fin a la terraza.

Lo intentó una y otra vez.

No pudo.

Así que cada tarde oía los ladridos de Blue y los chillidos de alegría de Carlitos sin llegar a verlos, hasta que un día, a esa música habitual, se añadió el chirrido de un frenazo y un coro de gritos.

Tenía entre las manos un ejemplar de Flush, de Virginia Woolf, y el susto casi se lo arrancó de los dedos.

Cogió los prismáticos, abrió el ventanal y salió.

Sin pensar.

Apartó unas plantas y enfocó la calle. Daniela increpaba a un conductor. Carlitos estaba a salvo en la acera. Y Blue, plantado frente al coche, ladraba con una furia desconocida.

Todos estaban bien.

Entonces Amelia notó la brisa del mar sobre la piel. La luz anaranjada del atardecer caía sobre la terraza con una suavidad nueva. Respiró hondo.

Estaba fuera.

Así, en apenas unos segundos, la terraza dejó de ser una amenaza y empezó a parecerse a un lugar seguro. No la calle, no todavía. Pero sí un borde habitable del mundo.

Pasó allí cada vez más tiempo.

Aquello se convirtió en su particular ventana indiscreta, aunque fuera una terraza. Ella misma la rebautizó en secreto como «La terraza indiscreta». Encargó incluso una placa, como las de las calles, donde se leía «Woolrich Avenue», en homenaje a Cornell Woolrich, el autor de It Had to Be Murder, el relato en que se basó la película de Hitchcock. Era uno de sus favoritos.

En la terraza tomaba cerveza con Anselmo, comía con su familia, recibía a los pocos amigos que seguían visitándola, leía al sol mientras Blue patrullaba entre las macetas y observaba, medio oculta entre las plantas, la vida de los vecinos con sus prismáticos.

Fue conociéndolos así.

Y, como no podía evitarlo, acabó asignándole un libro a cada uno.

A Anselmo le correspondía El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Tenía algo de Allan Karlsson: la humanidad, el humor seco, cierta ligereza sabia de quien ya ha visto bastante.

Si madrugaba y el día salía claro, Amelia aprovechaba la terraza para leer con la primera luz. El sillón del salón había quedado para las noches y para el invierno. A esas horas oía unos pasos, el roce de unas ruedas, la cadencia regular de alguien que empieza el día con prisa contenida.

Era Ignacio, el vecino del bajo.

Anselmo le había hablado de él. Divorciado, instalado allí tras la separación en un piso heredado de sus padres, muertos durante la pandemia. Algunos días salía corriendo; otros, empujando una bicicleta que no montaba hasta llegar al paseo marítimo. Ingeniero, al parecer. «Buena gente», decía Anselmo, con esa convicción suya que no admitía réplica.

Amelia lo pensaba como un personaje de Murakami.

Su particular Toru.

Más tarde aparecía Daniela, casi siempre tirando de Carlitos, siempre con prisa. A esas alturas Amelia ya intuía mejor su historia: la huida del maltrato, la precariedad, un país extraño, la intemperie de ser joven y estar sola con un hijo. Y, sin embargo, Daniela conservaba una alegría luminosa, casi insolente frente a la desgracia. Llevaba siempre una sonrisa prendida en la cara.

Le recordaba a Ifemelu, la protagonista de Americanah. No tanto por la biografía como por esa mezcla de dignidad, inteligencia y resistencia.

Enseguida doblaba a la derecha para dirigirse a las casas de primera línea, donde limpiaba sin contrato y cobrando en efectivo.

Un poco después pasaba Fátima. Alta, fina, silenciosa, con el velo cubriéndole el cabello. Más que andar, parecía deslizarse. Siempre con la mirada baja, como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible. Daniela le había contado algo de ella: su timidez, sus dificultades, esa vida suspendida entre la obediencia y el deseo de otra cosa.

A Amelia le venía entonces a la cabeza El harén político, de Fatima Mernissi.

No porque creyera conocer a Fátima —sabía que apenas la veía pasar—, sino porque algunas mujeres arrastran, incluso al caminar, el peso entero de dos mundos.

Después de Ignacio y de las dos chicas, la calle se calmaba. Anselmo salía a comprar, a pescar o simplemente a dar una vuelta.

Manuela, la vecina del segundo, era la que más se dejaba ver. Iba a comprar, iba a la peluquería, volvía con el pelo armado de otra manera, más lustroso, más firme. Tenía dos hijos y una nieta. Amelia los había visto poco, pero lo suficiente. Sabía también que en su casa todo el que entraba debía ponerse unas zapatillas como las de hotel para no dañar el parquet recién pulido.

La idea le hizo tanta gracia que Amelia compró una cesta y veinticinco pares en Amazon. Daniela le pasó el enlace.

De Manuela sabía menos que del resto. Era viuda, cocinaba bien y se quejaba de que sus hijos la visitaban poco. Cada vez que Amelia tanteaba a Anselmo sobre ella, él se ponía raro, parco, casi ruborizado. Amelia sospechaba que entre los dos empezaba a asomar algo.

Para esa historia le encajaba These Foolish Things, de Deborah Moggach: gente que ya ha vivido mucho y, aun así, no ha terminado del todo con las segundas oportunidades.

El único vecino que la descolocaba era el del ático.

A Blue no le gustaba nada.

Si coincidían en el terrado, el perro se tensaba y le ladraba con estridencia. El hombre tenía aspecto de ejecutivo de multinacional —Amelia los conocía bien; trabajaba para una—. Salía muy temprano, regresaba muy tarde y, por las noches, fumaba en el terrado mientras hablaba por teléfono. A veces en inglés. Otras, en ruso.

Ni Anselmo ni Daniela sabían gran cosa. Anselmo creía que el piso pertenecía a una empresa que lo usaba para alojar temporalmente a sus directivos. Piso turístico no era: la comunidad había votado en contra en la última reunión y, además, el Ayuntamiento tenía paralizadas las nuevas licencias.

A Amelia le bastaba con la reacción de Blue.

Aquel hombre le evocaba a Patrick Bateman.

No porque supiera nada de él, sino por esa pulcritud sin calor, por una rigidez impecable que no inspiraba confianza.

Blue ladró junto a la puerta.

Su ladrido alegre.

Amelia fue a por las tres bolsas de basura reciclada que guardaba en el patio. Abrió. Saludó a Daniela con dos besos y a Carlitos, que ya acariciaba el lomo del perro como si fuera suyo. Los vio bajar entre risas por la escalera.

Se quedó un momento quieta.

Bajó la vista.

Sus pies estaban sobre el felpudo.

Entonces dio un paso atrás, sorprendida de sí misma.

El felpudo seguía siendo una frontera. Pero ya no parecía tan férrea.

Volvió a la terraza. Cogió el libro que estaba leyendo, Eleanor Oliphant está perfectamente, de Gail Honeyman, y lo abrió por la página donde había dejado el marcapáginas. Nunca doblaba una esquina ni usaba la solapa.

Empezó a leer:

«A veces lo único que necesitas es tener a alguien agradable a tu lado mientras lidias con las cosas».

He elegido este texto para Sant Jordi porque es, en el fondo, un homenaje a los libros y a las personas que viven a través de ellos. Amelia mira el mundo desde su terraza, pero también desde su biblioteca: lee a los demás como si fueran personajes y encuentra en la literatura una forma de compañía, de refugio y de esperanza. Me parecía un texto especialmente adecuado para un día como Sant Jordi, en el que celebramos precisamente eso: el poder de los libros para ayudarnos a entender la vida y sentirnos menos solos.

Forma parte de Cuentos de andar por casa, una colección de relatos de lo cotidiano.

Mañana, libros y rosas.

Sant Jordi.

La cita con los libros y las rosas.

Es el día de los amantes de la lectura, de quienes sueñan con viajar a mil lugares y abrir la mente entre las páginas de un libro.

Un buen día, lectores del mundo.

Leamos más!

Feliz Día del Libro.

Feliç Sant Jordi.

La Secta de los Lectores del Mundo.

g1

La Secta de Lectores del Mundo está constituida , oficialmente, por todos los seres humanos del mundo que leen como actividad lúdica.

g2

En su último comunicado, advierten del inicio de una activa estrategia de captación de miembros para su Organización.

Si quieres participar en sus planes mundiales de contagio masivo de lectura, regala un libro a una de esas personas de tu entorno que no leen nunca o casi nunca. Hay libertad de elección de autor y obra.

Fecha de la acción de guerrilla : 23 /04/2024( Día Internacional del Libro)

g4

NB1 : Las fotos son de una acción de las Bibliotecas Públicas de Bélgica en la Semana Internacional del libro de hace unos años. Este lector gigante apareció en Amberes y estuvo una semana leyendo sin parar. Provisto de wifi, durante ese tiempo, regaló 15 libros de descarga gratuita a todo el que se quiso pasar por allí y descargárselos….

 

 

Insisto. #SantJordi23

Hoy es el Día del Libro. Mi querido Día de Sant Jordi : Libros, rosas y aquel precioso ambiente primaveral en todas las ciudades… Y aquí estoy yo , insistiendo ( creo que cada año lo hago) en montar mi paradita de libros virtual con una de las cosas que he escrito .

Si te gusta el thriller y  te apetece una historia liviana pero intensa  y no muy larga ( solo son 89 páginas ) ,Íncipits es para tí.

Una de las críticas más hermosas que ha recibido es esta :

Mezclar literatura, metaliteratura, trama sociópata entre jefazos universitarios chupasangres manejando siervos psicópatas y nihilistas, con el desarrollo de la investigación policial de tres asesinatos, además de una gran idea, es, el caso, uno de los aciertos en la elección de lecturas de la temporada 2019. Impepinable.Da miedo comentar algo más. Podría torpedearse de entrar estúpidamente al detalle con un desliz laudatorio. El autor, la autora, no lo merece. No miente y sabe contar mundos en 89 páginas. Se agradece la hayas mostrado, es pura lectura.

Un saludo. Julio de entrescritores.com

«Íncipits” es muy típica. Va de un asesino muy loco y un poli , a punto de jubilarse.

Un thriller. Un duelo. Libros y Bibliotecas.

Para la novela , elegí tres bibliotecas de mi ciudad, Barcelona. Dos las conozco personalmente y doy fe que son preciosas . Estos son los escenarios en los que se mueve el Inspector Eusebio Flórez, uno de los personajes principales de Íncipits.

La primera de ellas es la Biblioteca de La Santa Creu i Sant Pau. En el S. XV fue un Hospital. Después, pasó a ser Biblioteca. Es el lugar en el que se inicia el juego del Asesino del Íncipit.

La Biblioteca del Dipòsit de les Aigües de la Universitat Pompeu Fabra. Preciosa es una palabra que se queda corta. Un antiguo depósito de agua, reconvertido en Biblioteca tras usos diversos.

Fotos de Simón García

La tercera, que no conozco personalmente, es la Biblioteca Arús. Está como camuflada en la ciudad…Utilicé estas fotos para hacer la descripción de las escenas en las que aparece en Íncipits.

Si os picado la curiosidad, tenéis tiempo, ganas o simplemente queréis conocer a este asesino en serie fanático de la literatura y al increíble inspector Eusebio Flórez,  aquí la dejo…

Descarga en PDF

INCIPITS

Feliz #DíadelLibro / Feliz #DíadeSantJordi

incpitfotoshop3

NB : Íncipit

Del lat. incĭpit, 3.ª pers. de sing. del pres. de indic. de incipĕre ‘empezar’.

1. m. En las descripciones bibliográficas, primeras palabras de un escrito o de un impreso antiguo.


					

Jordi, Jorge, George…

Jordi, Jorge, George ,era un hombre que vivió ( supuestamente) en los años 280-300. 

Imagen de Freepik.es

Un guerrero, que trabajaba como guardia personal del emperador romano Diocleciano .Se sabe que allá por el  303, el emperador emitió un edicto autorizando la persecución de los cristianos por todo el imperio. Jorge, que recibió órdenes de participar se negó y confesó que él también era cristiano. Diocleciano ordenó que le torturaran y se le ejecutara.

Tiene mérito que, dieciocho siglos después, sigamos  invocando su nombre el día en que fue torturado y degollado por negarse a masacrar cristianos (supuestamente, en Nicomedia el 23 de abril de 303).   

Fue tal la repercusión de este hecho,  que se fue transmitiendo, de boca en boca y pasando de Oriente a Occidente, con aquellos que iban y venían de Las Cruzadas .

Como ocurre en esa fantástica aventura de la transmisión oral, la historia se  fue transformando, modelando y cada voz fue haciendo suya la leyenda de un hombre–guerrero-héroe-mártir-santo…

El argumento, tenía todos los ingredientes para configurar una historia de éxito, un best seller. : primero,  un hombre valiente, sacrificado por su religión. Después, con los aderezos de la transmisión oral, aparece la chica, una princesa y el mal, personificado en un dragón, un monstruo universal.

Jorge y su hazaña, siguió en el ideario colectivo, en cada zona del mundo con sus características especiales hasta que se”escribió” : es uno de los relatos hagiográficos ( de Santos) de la compilación conocida como La Leyenda Dorada del dominico Santiago de la Vorágine, arzobispo de Génova. Esta prescripción mediática, supone el espaldarazo definitivo para la historia de Jorge..

El marketing de la Iglesia en plena Edad Media era brutal…

La Leyenda Dorada fue uno de los libros más copiados durante la Baja Edad Media y aún hoy existen más de un millar de ejemplares incunables. Con la invención de la imprenta, dos siglos más tarde, su reputación se había consolidado y antes del fin del siglo XV aparecieron numerosas ediciones impresas. A partir de ese momento, en el que se accede a la “distribución”,  el fenómeno “Jorge” es imparable.

Ilustración de Laia Pampols

Se apareció a Reyes como Pedro I de Aragón y Jaime El Conquistador ( que serían otros grandes prescriptores del personaje)…Se empezó a utilizar su símbolo en escudos y banderas. Se convirtió en alguien importante en muchos lugares de España,  pero también en Grecia, Georgia. Inglaterra), Alemania, Etiopía, etc, etc…

Súmale que va la UNESCO y elige el día  23 de abril para hacerlo , oficialmente, el Día Internacional del Libro ( más imagen de marca para Jorge!).

Como diría un experto en marketing : un producto redondo y con un ciclo de vida interminable. Ha conseguido estar de moda , durante 18 siglos…Ahí es nada…

En Cataluña lo celebramos con libros y rosas. El ambiente , en la calle, es precioso. Ver a la gente en los tenderetes de libros. Las calles llenas de paradas de rosas. Una maravilla de día, la verdad.

Si Jordi, Jorge, George, levantara la cabeza el próximo domingo, se quedaría impresionado. En los medios, en las redes, se hablará de él. Acaparará la atención mediática, tendrá su propio hashtag en Twitter (#SantJordi), los niños cantarán y recitarán la Leyenda, habrá fiestas en muchos lugares del planeta. Siglos y siglos después, Jordi, Jorge, George, siguen estando de moda.

Foto de Debby Hudson en Unsplash

#Encasa ( lo del autobombo.)

Hoy es el Día del Libro. Mi querido Día de Sant Jordi : Libros, rosas y aquel precioso ambiente primaveral en todas las ciudades…

Como estamos confinados y hay tiempo para leer, me atrevo a realizar un autobombo directo y descarado de una novela negra que escribí en otros tiempos. Imaginadlo :  ¡Salíamos a la calle, como si tal cosa!

Lectores de mucha calidad, se la han leído durante el confinamiento y me aconsejan seguir con estos personajes y crear una «saga».  Cuando recibo estas críticas tan positivas, la vuelvo a leer y me animo. Aún hoy, me parece increíble que esa historia la escribiera yo…

Hay un comentario en la web entrescritores.com que me dejó especialmente apabullada. Os prometo que no conozco a Julio de nada. ; – )

Mezclar literatura, metaliteratura, trama sociópata entre jefazos universitarios chupasangres manejando siervos psicópatas y nihilistas, con el desarrollo de la investigación policial de tres asesinatos, además de una gran idea, es, el caso, uno de los aciertos en la elección de lecturas de la temporada 2019. Impepinable.
Da miedo comentar algo más. Podría torpedearse de entrar estúpidamente al detalle con un desliz laudatorio. El autor, la autora, no lo merece. No miente y sabe contar mundos en 89 páginas. Se agradece la hayas mostrado, es pura lectura.

Un saludo. Julio de entrescritores.com

«Íncipits” es muy típica. Va de un asesino muy loco y un poli , a punto de jubilarse… Una novela corta de 89 páginas de nada. Un thriller. Un duelo. Libros y Bibliotecas.

Para la novela , elegí tres bibliotecas de mi ciudad, Barcelona. Dos las conozco personalmente y doy fe que son preciosas . Estos son los escenarios en los que se mueve el Inspector Eusebio Flórez, uno de los personajes principales de Íncipits.

La primera de ellas es la Biblioteca de La Santa Creu i Sant Pau. En el S. XV fue un Hospital. Después, pasó a ser Biblioteca. Es el lugar en el que se inicia el juego del Asesino del Íncipit.

La Biblioteca del Dipòsit de les Aigües de la Universitat Pompeu Fabra. Preciosa es una palabra que se queda corta. Un antiguo depósito de agua, reconvertido en Biblioteca tras usos diversos.

Fotos de Simón García

La tercera, que no conozco personalmente, es la Biblioteca Arús. Está como camuflada en la ciudad…Utilicé estas fotos para hacer la descripción de las escenas en las que aparece en Íncipits.

Si os picado la curiosidad, tenéis tiempo, ganas o simplemente queréis conocer a este asesino en serie fanático de la literatura y al increíble inspector Eusebio Flórez,  aquí la dejo…

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INCIPITS

Feliz #DíadelLibro / Feliz #DíadeSantJordi

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NB : Íncipit

Del lat. incĭpit, 3.ª pers. de sing. del pres. de indic. de incipĕre ‘empezar’.

1. m. En las descripciones bibliográficas, primeras palabras de un escrito o de un impreso antiguo.


 

Píldoras de Sant Jordi y el Día del Libro.

j3Ya llega Sant Jordi. Y el Día del Libro… Rosas, libros, dragones…

Empezaremos por las rosas… Barcelona se viste de rosas y se perfuma de rosas… Es una de las fiestas más visuales de la ciudad… Es cierto que los puestos de rosas en las rotondas, con esos cubos de plástico y esa mesa plegable, le quitan parte de su encanto pero si paseamos por el centro de cualquier ciudad catalana,veremos rosas, muchas rosas… Para quien no pueda o no quiera o le apetezca hacer una rosa «artesana» aquí os dejo unas ideas:

La rosa gigante

rosagigante

La roja tradicional

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Y ahora, libros.

Por libros, que no sea… En el formato que cada uno prefiera.

Lo importante es leer.

lectura

librodigital

Y como sirven también los libros digitales, en este día de  Sant Jordi, San Jorge y el Día del Libro en el Mundo , inauguro mi «Fábrica de Best-Sellers». Era un blog que tenía por ahí….(*) que he aprovechado para remodelar y colgar todas mis novelas, novelitas y relatos, para su descarga en PDF.

(*)Abro paréntesis ( cuando empecé en esto del Blog, tuve la tentación de darle a esa tecla de wordpress que dice «Crear otro blog», varias veces. Uno de esas veces , fue para crear «La Fábrica de Best-Sellers» ) Cierro paréntesis.

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La Fábrica de Best-Sellers

Otra de las píldoras , tiene que ver con leer… Leer eligiendo como continuar la historia…Leer, diferente y diferentes. Es «The Last Bee».

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Esto ocurrirá el próximo día 25 de Abril a las 20:00 horas ( hora española) y este Blog participa… : – )

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Uno de los dos letreritos quehe hecho por ser el gran «Día Del Libro».

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Un poco de la historia de Sant Jordi y recopilatorio de otros posts en este link : Jordi, Jorge , George

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Y el último… ; – )

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Feliz Día de Sant Jordi, de San Jorge y del Libro!!!

( y felicidades a los Jordis, Georginas & Jorges)

 

Me está pasando…(Hacia el ebook.)

Hoy que es el Día del Libro, me confieso.

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Me voy a mirar unos libros pero, mientras curioseo, me doy cuenta ( y soy consciente) de que hace meses que no leo en papel. ¿Será posible? Lo es. Totalmente.

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Todo lo que he leído en los últimos cuatro meses, es digital. Me quitas el iPad y me da un algo…

Me está pasando…Me estoy convirtiendo en una lectora digital. Soy una e-reader.

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¿Y aquello del olor a papel y a tinta?¿El tacto?…¿Y la sensación cuando tienes el librito deseado, nuevo, allí? …

No lo estoy echando de menos…Para nada. Al revés. Me estoy acomodando. Me está pasando…

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Me dicen que cuando vaya a la playa , necesitaré el papel( vale, ahí “touché” pero seguro que falta poco para la tablet sumergible ; – ), que si me quedo sin batería,… No me ha pasado. Supongo que leeré un libro tradicional cuando sea necesario pero…Estoy sufriendo una transformación. Me está pasando…

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He llegado a casa con mis rosas ( que no huelen!) y “Brújulas que buscan sonrisas perdidas” de Albert Espinosa, nuevecito, en el iPad   ( que está a tope de batería).

Me está pasando…

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Curiosidad : Y, hoy, que los autores firman sus libros…¿Qué haría con mi ebook? Aquí, la solución.

A pocos días de Sant Jordi /Día del Libro.

23 de Abril. Ya se acerca…

Uno de los días más bellos del año, en Barcelona y en el mundo.

Se conmemora el placer de leer.

¿No es una maravilla?

Este año, la Unesco ha elegido el lema “Leer para vivir” y la capital del libro, ese día, será Bangkok.

lechugapubli

Se hablará de libros y en mi ciudad, además, las rosas  teñiran las calles de color y aroma… Un tempo perfecto, un escenario ideal,  para publicar la última aventura que emprendí en esto del escribir.

 

lechugahipnosis

Durante el mes de noviembre, participé en el NaNoWrimo, con el objetivo de escribir 50.ooo palabras en un mes. De este reto, nació “Te voy a llevar al huerto” , una novela (pequeña) que trata de un huerto urbano y del amor…Así, entre lechugas.

Propongo una cosa diferente para este Sant Jordi ; – )

Va de lechugas…

lechugatrendy

Ya ha pasado la prueba de varios lectores ( mil gracias!!!), ya la he editado y ya la he preparado en PDF. Ahora la publico, en este ,El Blog Imperfecto,para que  todo aquel que ose, se atreva , se arriesgue o quiera …se la pueda descargar.

lechugaSantJordi2

DESCARGA EN PDF :

tevoyallevaralhuerto

Será por lechugas…