Este cuadro empezó como empiezan muchas cosas buenas: sin plan y con los restos de una pulsera de Formentera encima de la mesa. De esas que compras “porque sí” y luego te acompañan meses, para llevar la isla atada a … Sigue leyendo →
En invierno, los plataneros se quedan como esqueletos elegantes: ramas desnudas, cielo limpio y esas bolas cargadas de polen, esperando la primavera. Estos días se han balanceado con frenesí por el episodio de viento fuerte que hemos tenido en la … Sigue leyendo →
Solo hay que leer el periódico a diario, ver la televisión o asomarse a los hashtags más populares de X. Si te detienes en las noticias políticas —en territorio nacional o internacional—, ves con bastante claridad que estamos afectados … Sigue leyendo →
Después de unos días desconectados del entorno cotidiano, es normal hacerse la pregunta de rigor: ¿qué tal las fiestas?Esa pregunta se formula tanto “de verdad” (a los más cercanos) como en modo “automático” (a conocidos). Hablemos de esta segunda modalidad: el … Sigue leyendo →
Reyes Magos: haced magia útil. Cread una estación en el punto más solitario sobre la tierra y, la noche de Reyes, mandad allí a cualquier dirigente y su equipo, que gobierne para sí mismo y no pensando en la gente. Da igual país, ideología o bandera: billete de ida. Sin wifi, sin cámaras. Que el silencio les recuerde a quién deben servir. Y que vuelvan cuando lo entiendan (si lo entienden).
Tengo las coordenadas , por si os pueden ser útiles : Polo de Inaccesibilidad Antártico.
No sé si esto es un sueño o una experiencia entre mágica y mística, pero estoy aquí. ¿Me habré dormido en el sofá? Lo último que recuerdo es estar encogida, llorando de pura tristeza, agarrada a aquel cojín…
Cada año, por estas fechas, me enfrento a eso que se llama “hacer balance”. A pocos días del 31 de diciembre, todo el mundo se empeña en aglutinar las cosas buenas, las malas, las expectativas, la esperanza y la desesperanza.
Es un comportamiento de histeria colectiva: balance, balance, balance..
El mío me lleva, inevitablemente, a un estado de frustración. Ninguno de mis planes se cumple… Ni mis deseos, ni mis sueños. Según el año, se añade a mi balance alguna buena nueva, pero también las desgracias y los dramas de la vida. Y yo sigo transitando por el tiempo, un poco despistada, afanándome en sobrevivir a cada nuevo día, pasando de año sin pena ni gloria.
Pero, en este mismo instante, nada de esto es importante. Estoy en este precioso campo lleno de lavanda. Siento el aire fresco, que me acaricia la piel, como vistiéndome y protegiéndome del frío. Soy como el aire. Me siento aire. Me desplazo, deslizándome, bailando al son del viento, deleitándome con los colores.
Quiero caminar por él. Noto la textura de la hierba en mis pies descalzos. Es suave y parece de algodón.
Mientras avanzo, vienen a mí imágenes preciosas de experiencias vividas en este año. No son grandes cosas, son nimias pero, a la vez, son hiperbellas. Un abrazo inesperado, paladear un cucurucho de helado en una cala solitaria, una inspiración con aroma a tierra húmeda, la emoción del último capítulo de un libro disfrutado, un desayuno dulce después de haber hecho el amor…
Al final del trayecto, me espera una cesta. Es sencilla y contiene todas esas cosas sencillas. Me llevo todas mis experiencias, las que yo creía insignificantes y que ahora se han convertido en un tesoro de valor incalculable.
Ahí están todas. Mi balance.
Cuando despierto, sé que todo ha sido un precioso sueño que mi mente, caprichosa, me regala con su recuerdo. Esto me extraña, ya que nunca me acuerdo de lo que sueño… Entonces, me llega un tenue olor a lavanda y, allí, en una esquina al lado de la puerta, veo la cesta. Está llena de las flores violetas…
Confieso que cada tarde me recuesto en el sofá y agarro ese cojín. Adopto la misma posición que ese día e intento dormir para ver si hay suerte y me vuelven a llevar a ese lugar en el que todo aquello que parece insignificante se vuelve brillante.
De momento, no lo he conseguido, pero, inexplicablemente, la lavanda no se marchita y, cuando la miro o la huelo a distancia, me recuerda que debo identificar y disfrutar esos pequeños instantes maravillosos que ocurren cada día.
De dónde han salido esa cesta, ni me lo planteo…
NB : Fotos de Léonard Cotte y Dóri Halászlaki en Unsplash
Tengo un regalo prenavideño: un anillo único en el mundo. Sin molde, sin posibilidad de repetición. Una edición limitada a una sola unidad, numerada entre risas y afecto.
Nació en un taller de joyería de cuatro horas. Sierra, lima, pulidora, ácido, soldadura. Y nosotros allí, sentados, atentos, siguiendo las indicaciones de una joyera simpática y muy paciente para convertir una idea en metal: una joya hecha a mano, a nuestra medida.
La experiencia fue agradable, divertida y, sobre todo, reveladora.
Porque ahora tengo una pieza que, además de bonita, contiene cariño.
Y es irrepetible: una estrella imperfecta; una curva que no me salió del todo bien, pese al martillo de nailon. Ni queriendo podrías imitarla. Solo hay que ponerse a limar la estrellita del centro para entenderlo: cada gesto deja su pequeña huella.
Y, más allá del regalo, me llevé otra cosa. Después de verme serrando la plata —cuatro veces tuvieron que cambiarme la sierra— salí del taller con una idea clara: reivindicar la joyería artesanal.
Estamos acostumbrados a piezas que nacen de moldes, se cortan con láser en fábricas y se reproducen por miles. Piezas perfectas, sí, pero idénticas. En cambio, en un banco de trabajo, el tiempo pesa de otra manera: paciencia, precisión, oficio. Alguien crea, ajusta, corrige, vuelve a empezar. Mima cada detalle como si fuese el único.
Hay gente que pone árbol: es bonito, luce bien, huele a infancia y proclama la Navidad. Y también están quienes, sin renunciar a la fiesta, se las ingenian sin árbol.
Cualquier cosa sirve para crear la estética navideña: una pirámide de ovillos, de libros, una escalera, una constelación de luces o una forma triangular hecha con lo que ya tienen en casa.
Es un árbol que, además de luces, tiene imaginación. Y convierte la Navidad en un gesto creativo.
Propongo una nueva tradición, a libre disposición de quien quiera adoptarla: cada año hay que inventar un árbol distinto… sin árbol. Y si queda torcido, mejor: es más real.
Tenía que aparentar calma. Si le veía el miedo en los ojos, habría ganado.
El monstruo avanzaba con una sonrisa blanda, casi amable, y los brazos abiertos como quien va a recibirte. En cualquier instante abriría la boca y lanzaría contra ella su arma —esa contra la que no existía defensa.
Su única posibilidad era huir. Despistarlo un segundo, correr hacia los ventanales con todo el impulso que pudiera reunir y… saltar. No era mucha altura, pero tampoco sabía caer. Nunca había aprendido. Aun así, no había otra salida.
La sala era de un blanco impoluto, sin sombras. Una puerta blindada. Un ventanal enorme. Al otro lado, el cielo de un rojo raro.
Había plantas. En medio, dos butacones mullidos y confortables, separados por una mesita baja. Sobre la mesita, una bandeja: café humeante, té, agua y galletas de mantequilla.
Él se acercó un paso más.
Demasiado cerca.
Ella oyó el aire entrarle en la boca. Lo sintió preparar el sonido. El instante previo al golpe.
No podría soportarlo.
La raza humana ya no estaba hecha para eso. Habían eliminado, siglos atrás, todo lo que no fuera funcional. La comunicación se reducía a órdenes, datos, hechos: el área segura. Lo emocional se consideró un ruido peligroso, una grieta. Se había extirpado con paciencia , generación tras generación, hasta que las palabras dejaron de servir para decir lo que dolía, lo que alegraba, lo que hacía temblar por dentro.
De vez en cuando circulaban rumores: grupos de resistencia, viejas tribus obstinadas que aún conservaban aquella capacidad primitiva. Decían que secuestraban a humanos normales y los sometían a terapias bajo un lema terrorífico :
“Hablando se entiende la gente”.
Pocos sobrevivían a ese hiperestímulo cerebral y los que volvían lo hacían transformados, incapaces de sobrevivir en una sociedad aséptica.
Ahora le tocaba a ella.
Él alargó la mano y le tomó el codo delicadeza. La guio hacia los butacones.
Seguía sonriendo. En su mirada había algo que intentaba ser… ¿comprensión? ¿cuidado? Ella no supo leerlo. No tenía las herramientas.
Se sentó, rígida, en uno de los butacones. El café desprendía un aroma cálido. Las galletas olían a infancia —una palabra vieja que aún conservaba en su memoria.
Él se acomodó frente a ella. No invadió su espacio. No hizo ningún gesto brusco. Sólo la miró a los ojos, con paciencia.
Luego movió los labios.
Y lanzó el arma mortal, despacio, sin levantar la voz.
—¿Hablamos?
Nota : Aún estamos a tiempo: si volvemos a hablar de verdad, volvemos a encontrarnos como sociedad.
En pocos minutos, mi mesa de trabajo era un desastre. El lienzo recién empezado, la música sonando en mis cascos y yo encantada de la vida texturando. Pinturas y pasta de relieve, tarros con agua, pinceles de varias medidas… todo disperso. Mis manos, manchadas con los colores elegidos —mea culpa: odio los guantes— y pintura en la ropa, justo en la zona que el delantal no alcanza a cubrir.
Un cuadro, nunca mejor dicho.
En mitad de ese caos me vinieron a la cabeza los vídeos que me enseñan las redes. Esos reels de artistas de la pintura que muestran todo el proceso: talleres de revista, luz perfecta, plantas bonitas en las esquinas y ni una gota fuera de sitio. Ellos pintan sin acabar pareciendo una obra de arte abstracta llena de manchurrones. Terminan con elegancia, se limpian las manos, limpias, con un trapo igualmente inmaculado, y detrás se ve el cuadro perfecto. Ni rastro de plástico protector en el suelo; justo lo contrario que en mi caso, donde cubro todo lo que se pueda manchar… y aun así algo siempre se escapa.
Y entonces me pregunto: ¿es realmente la realidad frente a las redes? ¿O soy yo, que todavía tengo que aprender a pintar con más orden y concierto… o aceptar, simplemente, que mi proceso creativo es un pequeño y feliz caos?
El color seleccionado para 2026 por el Pantone Color Institute es Cloud Dancer — un blanco suave con matices sutiles, identificado oficialmente como Pantone 11-4201.
Calma y claridad en un mundo agitado: Cloud Dancer se describe como un “blanco aireado” que aporta serenidad, claridad mental y una sensación de paz en medio del ruido cotidiano. Es un “susurro de calma y paz en un mundo ruidoso”. (People.com)
Es un blanco suavizado que no se parece al blanco puro. Hay matices de marfil, crema o gris según la incidencia de la luz.
Pero lo que más me gusta de este color , es el nombre con el que lo ha bautizado Pantone…
La Navidad se va acercando y el blog entra en modo navideño. Hoy, con espíritu Grinch.
El Grinch-Gruñón es ese duendecillo verde, con una mala baba increíble, que intentó robar la Navidad. Se dice que su corazón es dos tallas más pequeño. Es curioso que se haya convertido en la figura oficial de quien odia la Navidad cuando, en realidad, al final del fantástico cuento del Dr. Seuss, el Grinch se da cuenta de su gran equivocación, se ablanda y se vuelve casi adorable. Su error fue pensar que, robando los adornos navideños y los regalos, podía cargarse la fiesta. La moraleja es que la Navidad es mucho más que luces y paquetes. A él, incluso, le crece el corazón…
A mí, el Grinch me cae simpático. Sobre todo ahora, que empiezo a entender perfectamente eso de robar adornos navideños. No es mala idea…
Sobre todo si empezamos por los que contaminan visualmente. Mi vecino ya ha colgado sus luces, como cada año y las veo desde a mi ventana: una auténtica bofetada visual, ya os lo digo. No tanto por los colores , que creo que están todos los posibles, si no por el parpadeo histérico. Van locas.
Debería colgar un letrero con un aviso tipo : “Este balcón contiene luces estroboscópicas que pueden afectar a personas fotosensibles.”
Es posible que las eche de menos el día que no las ponga, pero ahora mismo me sale el espíritu Grinch.
Este año, además, venía con innovación y emitían una melodía navideña, pero la canción dejó de sonar al segundo día. Menos mal.
Ahora mismo, mientras escribo, las estoy viendo con su intermitencia desquiciada.
No consigo que me inunde el ambiente navideño, y mira que me gusta observar las decoraciones que voy viendo cuando camino por las calles; y aunque la de mi vecino no sea en absoluto de mi estilo y respeto su entusiasmo navideño, no hay manera de que me acostumbre a ese caos visual arrítmico.
Mejor dejo el tema antes de que me brote el pelaje verde.