A solo un beso de distancia.

Gimme Shelter -Dame Refugio- (1969): la canción de The Rolling Stones que sigue sonando actual en 2025.

El título y la letra de Gimme Shelter, grabada en 1969, nos recuerdan que nuestra evolución —en lo que respecta a la concordia y al entendimiento humano— avanza con una lentitud desesperante. Hace ya 56 años, Mick Jagger cantaba “dame refugio” y advertía de que la guerra estaba a solo un disparo de distancia.

Hoy, en 2025, seguimos conviviendo con conflictos armados y millones de personas continúan necesitando refugio. No parece que hayamos aprendido demasiado.

Este tema alude a los horrores de la guerra de Vietnam y al clima de amenaza permanente que marcó una época. Aunque nunca fue lanzado como sencillo, con el tiempo se convirtió en uno de los temas favoritos del público en los directos de The Rolling Stones desde sus primeras interpretaciones.

La crítica la considera una de las mejores grabaciones de la banda y, también, una de las grandes canciones de la historia del rock.

Y, aun así, Gimme Shelter no termina mal. Con toda la energía del rock y una letra demoledora, la canción se cierra con una estrofa que deja espacio para la esperanza:

I tell you… Love, sister,
It’s just a kiss away…

Necesitamos ir más rápido en lo de la humanidad para que el significado de esta canción quede, por fin, definitivamente desfasado. Porque el amor —como decía Jagger— está a solo un beso de distancia.

NB 1 : En el contexto de la canción Gimme Shelter shelter no es solo un lugar físico, sino protección frente al caos, la violencia o la guerra.

NB 2 : Gimme Shelter fue clasificada en el puesto nº 38 de Las 500 mejores canciones de todos los tiempos, según la lista publicada en 2004 por la revista Rolling Stone.

 Versión Playing for Change.

 

Se busca antídoto.

 

Solo hay que leer el periódico a diario, ver la televisión o asomarse a los hashtags más populares de X. Si te detienes en las noticias políticas —en territorio nacional o internacional—, ves con bastante claridad que estamos afectados por el Dunning-Kruger.

El planeta se ha llenado de seres humanos que padecen el efecto Dunning-Kruger y, encima, han copado posiciones políticas. Estamos rodeados.

El efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren una sensación de superioridad ilusoria: se consideran más inteligentes que otras personas más preparadas y sobreestiman su competencia real. Este sesgo se explica por una incapacidad metacognitiva para reconocer la propia ineptitud. (Justin Kruger y David Dunning, Universidad de Cornell, 1999).

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Y mira: es posible que nos hayan contagiado y que, aunque nos cueste creerlo, vayamos por la vida ajenos a nuestra propia ignorancia. No te digo que no.

Ahora, lo urgente es encontrar el antídoto. Nos va mucho en ello…

Hacer balance.

No sé si esto es un sueño o una experiencia entre mágica y mística, pero estoy aquí. ¿Me habré dormido en el sofá? Lo último que recuerdo es estar encogida, llorando de pura tristeza, agarrada a aquel cojín…

Cada año, por estas fechas, me enfrento a eso que se llama “hacer balance”. A pocos días del 31 de diciembre, todo el mundo se empeña en aglutinar las cosas buenas, las malas, las expectativas, la esperanza y la desesperanza.
Es un comportamiento de histeria colectiva: balance, balance, balance..

El mío me lleva, inevitablemente, a un estado de frustración. Ninguno de mis planes se cumple… Ni mis deseos, ni mis sueños. Según el año, se añade a mi balance alguna buena nueva, pero también las desgracias y los dramas de la vida. Y yo sigo transitando por el tiempo, un poco despistada, afanándome en sobrevivir a cada nuevo día, pasando de año sin pena ni gloria.

Pero, en este mismo instante, nada de esto es importante. Estoy en este precioso campo lleno de lavanda. Siento el aire fresco, que me acaricia la piel, como vistiéndome y protegiéndome del frío. Soy como el aire. Me siento aire. Me desplazo, deslizándome, bailando al son del viento, deleitándome con los colores.

Quiero caminar por él. Noto la textura de la hierba en mis pies descalzos. Es suave y parece de algodón.

Mientras avanzo, vienen a mí imágenes preciosas de experiencias vividas en este año. No son grandes cosas, son nimias pero, a la vez, son hiperbellas. Un abrazo inesperado, paladear un cucurucho de helado en una cala solitaria, una inspiración con aroma a tierra húmeda, la emoción del último capítulo de un libro disfrutado, un desayuno dulce después de haber hecho el amor…

Al final del trayecto, me espera una cesta. Es sencilla y contiene todas esas cosas sencillas. Me llevo todas mis experiencias, las que yo creía insignificantes y que ahora se han convertido en un tesoro de valor incalculable.

Ahí están todas. Mi balance.

Cuando despierto, sé que todo ha sido un precioso sueño que mi mente, caprichosa, me regala con su recuerdo. Esto me extraña, ya que nunca me acuerdo de lo que sueño… Entonces, me llega un tenue olor a lavanda y, allí, en una esquina al lado de la puerta, veo la cesta. Está llena de las flores violetas…

Confieso que cada tarde me recuesto en el sofá y agarro ese cojín. Adopto la misma posición que ese día e intento dormir para ver si hay suerte y me vuelven a llevar a ese lugar en el que todo aquello que parece insignificante se vuelve brillante.

De momento, no lo he conseguido, pero, inexplicablemente, la lavanda no se marchita y, cuando la miro o la huelo a distancia, me recuerda que debo identificar y disfrutar esos pequeños instantes maravillosos que ocurren cada día.

De dónde han salido esa cesta, ni me lo planteo…

NB : Fotos de Léonard Cotte y Dóri Halászlaki en Unsplash

 

¿Hablamos?

Tenía que aparentar calma. Si le veía el miedo en los ojos, habría ganado.

El monstruo avanzaba con una sonrisa blanda, casi amable, y los brazos abiertos como quien va a recibirte. En cualquier instante abriría la boca y lanzaría contra ella su arma —esa contra la que no existía defensa.

Su única posibilidad era huir. Despistarlo un segundo, correr hacia los ventanales con todo el impulso que pudiera reunir y… saltar. No era mucha altura, pero tampoco sabía caer. Nunca había aprendido. Aun así, no había otra salida.

La sala era de un blanco impoluto, sin sombras. Una puerta blindada. Un ventanal enorme. Al otro lado, el cielo de un rojo raro.

Había plantas. En medio, dos butacones mullidos y confortables, separados por una mesita baja. Sobre la mesita, una bandeja: café humeante, té, agua y galletas de mantequilla.

Él se acercó un paso más.

Demasiado cerca.

Ella oyó el aire entrarle en la boca. Lo sintió preparar el sonido. El instante previo al golpe.

No podría soportarlo.

La raza humana ya no estaba hecha para eso. Habían eliminado, siglos atrás, todo lo que no fuera funcional. La comunicación se reducía a órdenes, datos, hechos: el área segura. Lo emocional se consideró un ruido peligroso, una grieta. Se había extirpado con paciencia , generación tras generación, hasta que las palabras dejaron de servir para decir lo que dolía, lo que alegraba, lo que hacía temblar por dentro.

De vez en cuando circulaban rumores: grupos de resistencia, viejas tribus obstinadas que aún conservaban aquella capacidad primitiva. Decían que secuestraban a humanos normales y los sometían a terapias bajo un lema terrorífico :

“Hablando se entiende la gente”.

Pocos sobrevivían a ese hiperestímulo cerebral y los que volvían lo hacían transformados, incapaces de sobrevivir en una sociedad aséptica.

Ahora le tocaba a ella.

Él alargó la mano y le tomó el codo delicadeza. La guio hacia los butacones.

Seguía sonriendo. En su mirada había algo que intentaba ser… ¿comprensión? ¿cuidado? Ella no supo leerlo. No tenía las herramientas.

Se sentó, rígida, en uno de los butacones. El café desprendía un aroma cálido. Las galletas olían a infancia —una palabra vieja que aún conservaba en su memoria.

Él se acomodó frente a ella. No invadió su espacio. No hizo ningún gesto brusco. Sólo la miró a los ojos, con paciencia.

Luego movió los labios.

Y lanzó el arma mortal, despacio, sin levantar la voz.

—¿Hablamos?

Nota : Aún estamos a tiempo: si volvemos a hablar de verdad, volvemos a encontrarnos como sociedad.

Casi Navidad.

Ya estamos en la casi Navidad: la de las luces en las calles, en las terrazas, en las casas, en las tiendas. Motivos navideños aquí y allá, ramas de abeto en los escaparates, mercadillos, árboles encendidos en las plazas de ciudades y pueblos. Todo parece dispuesto para que empiece algo, aunque todavía no haya empezado del todo.

Mientras la estética te envuelve, la publicidad insiste: familia , amor , nieve que cae a cámara lenta, chocolate humeante. Felicidad absoluta.

Hay quien lo disfruta, tanto la casi Navidad como la Navidad entera.
Y hay quien solo espera que pase rápido, que se evapore sin hacer demasiado ruido.

En este tiempo de reunión, las ausencias se hacen presentes, se agrandan, se despiertan. En estas fechas se echa de menos más. Un poco más fuerte, un poco más hondo.

Y, sin embargo, no hay que olvidar que el paso del tiempo es inexorable.

Inexorable es una palabra curiosa: suena a puerta que se cierra sin vuelta atrás. Nombra aquello que no se detiene ni se puede desviar. Como el paso del tiempo: sigue, aunque uno quiera quedarse un momento más en lo bueno, o saltarse lo que duele.

Visto así, con esta precisión temporal casi quirúrgica, quizá haya que recordar a los navideños que lo vivan con intensidad; y a los no navideños, que respiren hondo, que tengan paciencia y que se queden, al menos, con lo hermoso que tienen las luces cuando cae la noche.

Lo inexorable tiene una certeza: la Navidad pasará.
Y, como decía mi abuela: “Y que yo lo vea”.

Expectativa Pinterest, realidad tostador ( y el olor a coliflor).

Expectativa: Quieres que la cama luzca como la de un hotel de lujo: muchos cojines de diferentes tamaños y un camino de cama perfecto sobre una colcha impecable.

Realidad: Cada noche tienes que destruir la muralla de cojines que no vas a usar, doblar el camino y la colcha y buscarles un sitio hasta el día siguiente. Y vuelta a levantar la fortaleza al otro día. Y al otro. Y al otro… Bonito, sí.


Expectativa: Una cocina minimalista: solo el exprimidor y la batidora a la vista, una planta en cesta de mimbre y un cuenco de fruta natural.

Realidad: Tienes más utensilios que usas y quieres tener a mano cuando cocinas. Y ese tostador horizontal, de bar, que te va de maravilla, te acompaña desde hace años y ya ni siquiera se fabrica. Es feo, sí, pero imprescindible.


Expectativa: Cocina abierta al comedor-salón. El espacio se ve más amplio y, cuando tienes invitados, puedes hablar con ellos mientras preparas la comida.

Realidad: Funciona si solo haces ensaladas y platos fríos, pero si guisas, te encanta el pescado a la plancha o la coliflor hervida, prepárate para abrir todas las ventanas y montar una ventilación cruzada para sacar el olor a comida de toda la casa.


La expectativa es lo que sale en las revistas y en los proyectos de interiorismo.
La realidad es la vida que pasa dentro. Y una casa vivida tiene vida. La tuya.

End S.A.

Iniciando mapping

Cerca del mar.

Oigo a las gaviotas. Huelo la sal y la crema protectora con la que mi madre nos embadurna la espalda. La paella en el chiringuito, un polo de fresa. Arena, salitre, pestañas mojadas, ojos brillantes. Jugar y jugar. Y jugar…

En el hogar.

Se está calentito y bien. Me llega el aroma de la colada recién lavada, el café recién hecho mientras en la radio, oigo la sintonía de aquel programa. Abrazos. Risas. Partidas de parchís.

En un aula.

Aprendo. Café con los amigos. Lo huelo. Oigo la música de la fiesta. Tequila. Sigo aprendiendo. Crecimiento. La primera vez me impacta y me ruborizo. Sonrío. El rostro al viento y el sonido del tubo de escape de mi Vespa. Ilusión.

En una isla.

El sol y la brisa, especial. La piel ardiente y muy sensible. El amor. El placer. El sexo. Caricias y risas. Complicidad. El “Te quiero” de verdad,.Lo vuelvo a oír. Me lo dices, te lo repito. Más sexo.

En el nuevo hogar.

Nueva ilusión. El aroma de las cosas nuevas. Las ganas de usarlas y hacerlas viejas. La expectación. Los planes. El futuro. Caminar y buscar tu lugar. Los amigos de verdad.  Más amor. Familia. Niños y nuevos juegos. Los oigo reír. Me embelesa su mirada. Abrazos. Menos sexo.

En una ciudad gris.

Lejos del mar. Pérdida. Dolor y lamento. Te veo morir. Tristeza. Huelo tu aroma a cedro. Familia y ausencias. Separación. Los niños que fueron. Los amigos que son. El crecimiento que decrece. Caer. Resurgir. La esperanza. Tiempos serenos. Seguir caminando . Hay que llegar al mar…

Cerca del mar.

De nuevo aquí. El rumor de las olas. Veo la playa desde esta ventana. Me invade la esencia de la sal. Inspiro la brisa. Contemplo mi vida. La observo. Oigo las risas. Los niños de mis niños, pestañas mojadas, ojos brillantes nuevos. Huella. Satisfacción. Suspiro. Final.

Finalizando mapping…

tras

Apreciado cliente,

El servicio extra de confección de su Mapa de Vida que contrató con nuestra empresa End S.A. ha finalizado con éxito.

Nuestro objetivo es enriquecer los últimos 30 segundos de “visionado” de su vida que se ofrecen en el contrato básico de traspaso al otro mundo. Esperamos haber cumplido sus expectativas.

Le deseamos un Feliz Traspaso.

 

 

 

 

 

Tantas cosas y una sola.

Una mudanza lleva asociada una actualización del inventario de tu vida.
En las cajas, rotuladas con una máquina de etiquetas, hay objetos: los que sacaste o descolgaste porque ya no quedaban bien en el salón; aquellos de los que te cansaste pero, por ser de aquel viaje, no te atreves a tirar; y otros que guardas porque te los regalaron personas que te importan. Muchas cosas nunca saldrán de esas cajas.

También hay papeles, textos, cartas, teléfonos viejos, CDs y DVDs.
Clasificas y etiquetas, cada caja con lo suyo, hasta que llegas a las fotos.

Álbumes de fotos, de las de antes: de papel.
Son momentos irrepetibles; sentimientos que aparecen sin control, mezclados: melancolía y alegría, añoranza y sonrisa.

Son muchas cosas acumuladas en los años vividos. A ratos gana la tristeza por quienes ya no están y no sabrán de esta mudanza; pero, al final, cuando los recuerdos se aposentan, te queda una sola cosa: la sensación de que esta vida ha estado bien.
Cierras la última caja. Pegas la cinta. Apagas la luz. Y lo agradeces profundamente…

Menú infinito.

Te sientas a la mesa. El primer contacto es amable. Pides algo de beber. Llega un platito de aceitunas y la carta. Agradeces que no sea un QR. En DIN A4 se lee mejor que en el teléfono.

La carta es grande, y no solo de tamaño. La oferta desborda: entrantes fríos y calientes, ensaladas, arroces, pescados y carnes. En cada apartado, opciones a mansalva.

Cuando algo te apetece, lo marcas mentalmente; dos líneas más abajo aparece otra tentación. Ni siquiera has salido de «Entrantes» y ya dudas.

Sigues, porque quedan muchas propuestas por descubrir. La abundancia, más que abrir el apetito, lo divide.

Terminas la lectura empachado de posibilidades, y aún descubres una hoja suelta: «Sugerencias del día». Diez más.

Mejor cartas cortas: la elección es más amable y, si hay pocos platos del día, suelen ser, de verdad, del día.

Lo escribió Baltasar Gracián, un autor barroco del Siglo de Oro español : Lo bueno, si breve, dos veces bueno. (*)

(*) Baltasar Gracián (1601–1658). Aparece en su Oráculo manual y arte de prudencia (1647), dentro del aforismo “No cansar”. La forma completa es: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo».

Jardines que fueron.


Saludo a una vecina en la panadería. No tenemos mucho trato, pero durante años nos hemos intercambiado frases corteses.
Es una mujer mayor, agradable y educada, que habla con un marcado acento francés que la hace aún más encantadora. La llamábamos “la francesa”, aunque su nombre es Marie.
Se va a vivir a Francia, a su pueblo natal, y ha vendido la casa.

La noticia me impacta : la casa de la francesa ha sido un mito en mi vida. Ella pasaba horas en el jardín y desde allí nos saludaba. Ni la casa ni el jardín son grandes, pero todo encaja: los pilares del porche con la glicinia enredada, los maceteros de terracota velados por el tiempo, el lila suave que colorea la tarde. Hay laureles, lavanda y romero; algún granate entre los arbustos.
El limonero ya es enorme, como el roble bajo el que se adivina un sillón. Plantó rosales, hortensias y varias clases de jazmín. El aroma te invade al pasar.

Es un jardín salvaje y mediterráneo. Una maravilla.
Y esa es su pena: dejarlo.

Marie dice que la casa no le importa, aunque allí haya sido feliz. Lo que le duele es el jardín. Se necesitan años de cuidados para armar ese puzle de flores, arbustos y árboles; solo el tiempo y la dedicación logran esa armonía de colores y perfumes.
En unas semanas, otras personas ocuparán la casa y ella está muy disgustada: se ha enterado de que quieren arrancar la trepadora del porche porque, dicen, favorece roedores e insectos.

«Si pudiera, me llevaría el jardín conmigo», nos dice antes de despedirse, amablemente, como siempre y para siempre.

La casa de la francesa ya no será la casa de la francesa.
Al atardecer, cuando retiren la glicinia, el porche dejará de teñir de lila la pared y el jardín, por primera vez en años, ya no nos saludará.