Escribir un best seller.

El otro día releí un artículo de 2013 sobre cómo “fabricar” un best seller y sentí ternura hacia mí misma: yo también quería escribir uno. 

Aún hoy, me gustaría escribir ese libro que lo peta, que se vende, se recomienda, se regala y acaba teniendo adaptación audiovisual. Pero no solo por el éxito. Sobre todo, porque sé que quienes escriben historias se lo pasan en grande mientras las escriben. Doy fe.

Releyendo aquellas viejas recetas, ya no creo que la clave sea ser famoso, ni escribir siempre bonito, ni colocar un mensaje optimista con lacito. Creo que hoy un libro funciona si tiene pulso. Si provoca algo. Si te engancha.

El protagonista no tiene que ser ejemplar: tiene que ser inolvidable. El estilo no tiene que ser simple: tiene que ser claro y tener voz. Y la novela no tiene por qué ser larguísima: basta con que sea imposible de soltar.

Tampoco compro del todo eso de crear mundos escapistas. La realidad, bien mirada, ya es bastante extraña, bastante divertida y bastante feroz. Material no falta.

Llevo años haciendo pruebas. Algunas más salvajes, otras más domésticas. En todas, me lo he pasado genial escribiendo y ahí siguen La Asesina del Pollo, Íncipits, Te voy a llevar al huerto, El americano, Escríbelo y Cuentos de andar por casa.

Pero la fórmula para el best seller del mundo mundial sigue siendo un misterio. Alguna idea me ronda pero para que sea un éxito debo combinar una voz propia, emoción, personajes memorables, una trama que no te suelte y la suerte de que los lectores entren ahí dentro y se queden .Ahí no es nada. 

Y aunque, comparado con 2013, ahora haya más escaparates y más maneras de hacerse visible gracias a las redes, sospecho que en este asunto sigue habiendo un componente menos confesable: una pizca de alquimia.

Así que seguiré intentándolo.

¿Alguien conoce a un brujo o una bruja que trabaje por encargo?

El instante antes del viento

Los puntos nacen de lentejuelas de un jersey y pequeñas piedras de una pulsera.
Objetos sencillos, de la vida cotidiana, que recuerdan algo simple: la mayoría de las cosas son buenas.

Cada punto guarda una posibilidad.
Cada brillo, una esperanza.

Solo hace falta un instante. Y un poco de viento para que lo bueno empiece a esparcirse.

Que se peleen ellos.

«La guerra es un lugar en el que jóvenes que no se conocen ni se odian se matan entre sí, basándose en decisiones tomadas por viejos que sí se conocen y se odian, pero no se matan».

No he logrado encontrar la autoría de la frase. Se dice que la pronunció Paul Valéry, poeta y ensayista francés, aunque no aparece de manera literal en ninguna de sus obras. También ha circulado atribuida a Ernesto “Che” Guevara y a otros líderes y pensadores antimilitaristas.

La frase condensa una crítica recurrente a la guerra: quienes luchan y mueren son los jóvenes. La media de edad es de 18 a 35 años. En la flor de la vida. Son empujados por decisiones que no toman, mientras que quienes las dictan rara vez pagan el precioY conviene precisar: no es lo mismo defenderse que provocar. Hay guerras que se buscan y guerras que se padecen. La crítica no va contra quien protege a los suyos, sino contra quien decide encender —o mantener— el caos desde un despacho.

Caos que significa , muertes de civiles de todas las edades ( incluidos niños) y esos soldados , que si no mueren en acto de servicio , pueden regresar a sus hogares con graves lesiones físicas que, también , truncarán sus vidas.

Dejo una propuesta para los que deciden provocar una guerra: que vayan ellos, los que la declaran, la escalan o la prolongan. Que se batan en duelo. Sin jóvenes prestados.

Y como la mayoría de veces , todo es cuestión de dinero, sería un negocio redondo para quien lo retransmita en directo.

Y, curiosamente, sospecho que sería la mayor fábrica de paz de la historia…

Luces de marzo.

No están siempre encendidas. No hay una pauta: funcionan de forma aleatoria.
Cuando lo hacen, llaman la atención. Parpadean a toda velocidad, a ráfagas o por ciclos, siempre con un punto histérico. No son blancas, a mi pesar. Son luces de muchos colores desordenados, con predominio del rojo y el verde.

Resaltan en la oscuridad de la noche… y llevan ahí desde Navidad.

En cuanto las veo, me impactan. Son ruido visual y, por un instante, me pregunto por qué aún no las han quitado o, al menos, por qué no las han desconectado.
Soy un poco quisquillosa, lo admito.

El otro día, delante del edificio, escuché una conversación entre dos vecinas. La mayor le decía a la otra que no había quitado las luces de Navidad porque a su nieto le encantaban; cuando se quedaba a dormir, el niño las encendía y pasaban un rato jugando con ellas.

Han tardado en volver a encenderse.

Esta vez, al verlas hacer zigzag de un lado a otro de la terraza, me he alegrado. Y, también, me han parecido bonitas…

Goodbye, Febrero.

Febrero se nos escapa entre los dedos. Mañana, le decimos. goodbye
El mes más corto del año siempre parece el más veloz.

Apenas nos hemos acostumbrado a 2026 y marzo ya asoma en el calendario. Con él llega la primavera. La luz cambia. Los días se alargan. El aire empieza a oler distinto.

El tiempo pasa deprisa. Demasiado deprisa.
Quizá no se trata de frenarlo, sino de vivirlo mejor. Con más intención.

Se acaba febrero.
Prepárate para las flores.

El día de quienes hacen fotos y vídeos

Foto de Liam Shaw en Unsplash

De quienes fotografían y de quienes filman.

Hoy, 20 de febrero, se celebra el Día Mundial de los Camarógrafos y los Fotógrafos.

Feliz día a todas las personas que se dedican a ello de forma profesional, a quienes lo practican por hobby, a los maestros y a los genios… pero, sobre todo, a quienes, con una cámara al hombro, se adentran en conflictos armadoszonas devastadas y revueltas sociales. Con sus fotos y vídeos —a menudo exponiendo su integridad física— nos informan, construyen memoria visual y nos ayudan a comprender una realidad que, en estos tiempos, resulta cada vez más difícil de descifrar.

Hoy, su transmisión de lo que sucede, sin tapujos ni filtros, vale más que nunca. Porque en 2026 las imágenes pueden recrearse, modificarse, manipularse o falsearse con una facilidad y un realismo inéditos gracias a la IA, hasta el punto de confundirnos.

Por eso, la mirada humana detrás de una cámara es, muchas veces, la única garantía de que lo que vemos ocurrió de verdad.
No son robots ni algoritmos.
Están allí. Y nos lo muestran.

Ruinas de Guernica tras el bombardeo (26 abril 1937)

Foto : Bundesarchiv, Bild 183-H25224 / o. Ang., “Guernica, Ruinen” (1937). CC BY-SA 3.0 DE (vía Wikimedia Commons).

Viento extremo.

Estos días hemos tenido episodios de viento intenso en la zona donde vivo. Ha sido impresionante ver los árboles moverse en un zigzag violento y continuo. Palmeras centenarias —o casi—, pinos de troncos muy gruesos y copas frondosas… Todos, meciéndose a su pesar. Esa virulencia impone respeto y, también, temor ante las fuerzas extremas de la naturaleza.

Un viento entre 14 y 28 km/h suele ser beneficioso: transporta el polen, limpia el aire, refresca el ambiente y aligera la respiración. Pero los golpes por encima de los 80 km/h han arrancado plantas y árboles, han volcado macetas, han hecho trizas toldos y han inclinado semáforos. No se podía salir a caminar: cualquier elemento colgante o en suspensión se convertía en amenaza.

Y me ha hecho pensar en la radicalidad. En la polarización. En los extremos hacia los que, como sociedad, nos empujamos —o nos empujan— con una facilidad inquietante. Ninguno es bueno; al contrario, todos dañan.

El viento moderado, en forma de brisa, es una maravilla: mueve sin romper, limpia sin arrasar. Su versión más radical, en cambio, es destructiva. Sacude estructuras, desordena la vida y puede hacernos daño.

Y da miedo preguntarse hacia dónde nos empuja el viento…

Tú.

LLegan los corazones de Ovila Lanö: ovillos de lana convertidos en símbolos.

Hay familias de corazones, distintos en tamaño y color, que hablan de amor y de diversidad sin etiquetas: todos laten en el mismo lenguaje.

Y uno lo resume todo: el corazón rojo que se abraza a sí mismo. Porque antes de cualquier “nosotros”, está el amor más importante.

Enamórate de ti.

SOS Mafalda

Vuelve, Mafalda.


En serio. Ayúdanos a humanizar este mundo del revés. Métete en redes, viralízate y haz que la gente piense , entre meme y meme, antes de opinar. Pon la empatía en trending topic, deja en evidencia la estupidez y conviértete en la voz del momento, con tu ironía y tu dulzura, sin necesidad de insultar.

Voy a conjurarla. No pierdo nada por intentarlo.

SOS Mafalda

Síndrome Repartón

Matilda sale poco de casa. Hasta hace poco, aprovechaba la bendita prejubilación para salir a comprar y, de paso, pasear tranquila. Tenía una libretita en la cocina y un bolígrafo de cuatro colores en el que iba apuntando lo que le faltaba.

Si eran cosas de volumen o peso, las pedía online. Pero los frescos y las pequeñas cosas le gustaba ir a comprarlas ella. Se le rompía una cremallera o quería unas medias que no le interrumpieran la circulación por debajo de la rodilla: lo apuntaba para pasar por la mercería. Un tope para la puerta o un cuelgafácil para colgar unas fotos que había enmarcado: pasaba por la ferretería.

Esos eran los temas “puntuales”. Pero había también unos “fijos”: diarios, semanales e incluso mensuales. El pan, la prensa, un ramo de flores…

A Matilda la conocían en todos aquellos comercios y siempre intercambiaba unas palabras con el panadero, la frutera, la joven del quiosco y la florista. Cuando volvía a casa, además, se había dado un agradable paseo.

Ahora Matilda ya no frecuenta mucho la ferretería ni la mercería. Se ha acostumbrado a pedir la pieza de la cremallera, el tope de la puerta, el pan, la comida e incluso las flores por Repartón. Está hipnotizada por su inmediatez: quiere una cosa y la tiene ese mismo día o, a más tardar, al siguiente. También por su eficiencia: tiene cosas a su disposición que le cuesta encontrar en el barrio, como aquellos rotuladores metálicos permanentes para decorar un jarrón. Y si se equivoca, se lo recogen y se lo devuelven rápido.

Su vida transcurre pendiente del timbre de la puerta, a la espera del paquete de ese día, consultando el mapa del repartidor para ver a cuántas paradas está de su casa. Tiene el mundo en sus manos, a un solo clic de distancia.

La familia y los amigos están preocupados por ella. Sospechan que puede padecer un SR agudo, pero no saben cómo abordar el tema. Han mirado en el catálogo de Repartón si hay algún libro con técnicas terapéuticas para poder ayudarla.

Mientras tanto, la floristería ha puesto el cartel de “Se traspasa” y el panadero se ha jubilado. Ahora el espacio lo ocupa una tienda de fundas de móviles que, por cierto, se pueden encontrar más baratas en la plataforma.


Síndrome Repartón (SR)

Definición (no reconocida por la OMS, pero por tu timbre sí): trastorno leve por el cual una persona deja de “ir a por cosas” y pasa a “recibir cosas” en casa. Esta situación desemboca en una parálisis preventiva de las actividades que puedan impedir oír el timbre de la puerta y en la pérdida de las visitas al comercio local, con la consiguiente desaparición de la interacción social trivial (el “¿qué tal?”, el “lo de siempre” y el “hoy hace fresco… o parece que va a llover”)

Y Matilda, sin darse cuenta, cambió el paseo por la espera.