Las pelotas de playa en una zona de la costa mediterránea oriental.
Las pistolas de agua.
Ovila Lanö es una artista digital contemporánea que explora la paradoja entre guerra y paz a través de lo artesanal. En su serie más destacada, “Wool not War”, reinterpreta armas—tanques, pistolas, granadas—tejidas con lana (ovillos), creando imágenes poderosamente simbólicas que aluden a la transformación del conflicto en ternura y resistencia pacífica .
Sócrates introdujo la mayéutica: cuestionar y escuchar para llegar a verdades compartidas. Fue el primer gran ejemplo de diálogo público con fines ético-políticos.
Nos situamos en la época clásica de la antigua Grecia (500–322 a. C.), cuando conversar era un arte.
Si apareciera hoy, más de dos milenios después, se encontraría con un escenario que, al principio, podría parecerle prometedor: millones de interlocutores dispuestos a opinar en las redes, diversidad de voces, temas infinitos sobre los que debatir.
Pero pronto lo veríamos mosqueado.
Descubriría que la mayoría no dialoga, sino que repite. Que lo que triunfa no es la reflexión. Y que la “verdad” no se busca, se escoge según el grupo al que perteneces. Como en una nueva versión de su caverna, la gente se rodea de ideas que confirman lo que ya piensa y reacciona con hostilidad ante cualquier disidencia.
Sócrates luchaba contra el dogmatismo haciendo preguntas incómodas. Hoy, sus preguntas serían invisibilizadas por algoritmos o directamente denunciadas. Su perfil sería cancelado o sepultado bajo una avalancha de haters sin argumentos (aunque entre ellos se contradijeran).
Pediría volver a su época lo más rápido posible, harto de un mundo donde su célebre frase “Solo sé que no sé nada”está más viva que nunca, pero con otro sentido: no sabemos nada pero creemos que lo sabemos todo…
En estos momentos, muchas de las cosas que pasan y pasarán en el mundo, dependen de un señor que firma actas pomposas y presidenciales, con unos rotuladores que, después , regala como souvenir.
Lo más curioso es que ese rotulador es un producto de la economía globalizada. Posiblemente lo ensamblaran 100% en su país, el de este señor, pero es casi inevitable que , participen muchos países, en la fabricación de ese y casi todos los productos que compramos cada día en el mundo.
La situación es paradójica.
El rotulador que se esgrime como arma de nacionalización y enfrentamiento , es un producto fruto de estos tiempos modernos en los que todo está interconectado.
Una solución adecuada, acertada y en consonancia con el mensaje sería una piedra , un cincel y un martillo. Todo materia prima del país. Se tardará más en firmar las actas, hasta es posible que durante este tiempo , se cambie de opinión y se prepare otra piedra para firmar otra cosa.
Y se hace ejercicio físico.
Todo ventajas.
Componentes de un rotulador. Tintas/pigmento: Del país y otros químicos que pueden venir de China, Alemania o India. Plásticos : Posiblemente de Asia, aunque moldeados en el país final. Puntas (fibras): Posiblemente, de Japón o Corea.
Cuando me dijeron que existía esa tienda, no me lo creí. Tampoco me creí las instrucciones: si conoces la ubicación —que es efímera y cambia constantemente—, debes ir al lugar exacto. Una vez allí, no todo el mundo ve lo mismo. No me preguntéis por qué; nadie lo sabe. La teoría que circula es que la tienda detecta si, de verdad, crees en lo que allí se vende. Si es así, la tienda se llama “NO ME LO CREO”, y los frascos contienen un ingrediente secreto que te permite no creer en nada de lo que te indigna o te duele. Si vas en plan escéptico, el rótulo reza “NO TE LO CREES” y, en los frascos, solo hay golosinas. Así que, si eres un crédulo honesto y has conseguido uno de los frascos, ya puedes vivir tranquilo. Yo soy el ejemplo. Me dices que me haga con un kit de supervivencia por si hay una guerra, y no me lo creo. Me dices que unos cuantos locos idiotas gobiernan el mundo, y no me lo creo. Me dices que nunca habrá paz, y no me lo creo. No me digas nada que me duela, porque como no me lo creo, no me preocupa.
La piedra está harta. Décadas, siglos, milenios viendo cómo la humanidad tropieza con ella una y otra vez.
Tropezamos. Siempre con la misma piedra. Le hemos puesto nombres: ideología, religión, patria, mercado, orgullo, algoritmo. A veces la pintamos de colores y la llamamos bandera.
Podríamos aprender. Podríamos esquivarla. Pero preferimos tropezar con estilo, grabarlo en TikTok y culpar al suelo.
Desde arriba, el bosque se ve precioso. Copas frondosas, árboles de todos los colores, un cielo azul al que le puedes dar un mordisco… Un espacio, desde el que, ni queriendo, puedes ver lo que hay abajo.
Parecen irreales, como si viéramos capítulos de una serie de éxito, con grandes efectos especiales. Una de esas distópicas, repleta de tópicos recurrentes:
Ocurren cosas que, al principio, parecen insignificantes.
Los protagonistas se acostumbran a guerras y cadáveres, incluso de niños.
El planeta sigue consumiéndose sin que nadie logre detener su degradación.
Locos y payasos llegan al poder. La gente observa, pasiva, consciente de que debe actuar como sociedad, como humanidad, pero no lo hace. No sabe cómo. Solo mira. Incrédula.
Anuncian que un meteorito se acerca a la Tierra con cierta probabilidad de impacto.
La probabilidad aumenta.
Mientras siguen en sus guerras , carecen de tecnología para evitar la colisión, como hizo Bruce Willis, en Armageddon.
El meteorito impacta.
La humanidad se extingue.
El planeta renace. Surge otra humanidad, teóricamente más consciente y feliz.
Me viene a la cabeza el dicho: La realidad supera la ficción. Y así estamos. Los eventos reales pueden resultar más sorprendentes, inverosímiles o impactantes que cualquier historia imaginada.
De nuevo, recurro al querido Bruce . Necesitamos un giro de guion urgente y contundente, como en El sexto sentido, para que esta temporada de nuestra serie tenga un final verdaderamente bueno. Bueno para todos.