Fais, fais.

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Son traicioneras, las olas de tristeza. Te pillan desprevenido, te golpean por la espalda y te bajan el bañador, dejándote el culo al aire. Suelen ser un impacto, un revolcón que te deja sin respiración unos segundos para, después, dejarte emerger hacia el oxígeno, aunque sea tosiendo y atragantado…

Yo creo que todos los seres humanos (incluyendo al ser más feliz del mundo), sufrimos del remojón de la ola de tristeza traicionera. Y la cosa es compleja porque en esto de la tristeza, hay muchas modalidades: puede ser por la cara, gratuita, sin motivo, de regalo. O por un catalizador, un estímulo externo, un algo que te ha desequilibrado el equilibrio. Puede ocurrirte de vez en cuando, a menudo o demasiado a menudo. Pueden ser olas cortitas o de esas gigantes que rompen con furia … Sea como sea la tuya, seguro que has conocido la tristeza.

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Para surfear esas olas, que nos hacen borrar de un plumazo lo bueno de nuestra vida y nos colman de esa tristeza densa que se te agarra al corazón sin saber el motivo,  existe una técnica de expulsión. Básicamente, consiste en utilizar una palabra mágica. La pronuncias dos veces y la ola se empequeñece. Toda su potencia se ve neutralizada por un conjuro.

No puede ser una palabra cualquiera: debe ser “la palabra”. Una que condensa los dos conceptos claves: 1) Si no hay motivo para la tristeza, ¿Qué coño haces aquí? y 2) Vete a …(cada uno que la mande – a la tristeza-donde mejor le vaya).

La palabreja mágica es: “Fais”. Y la debéis pronunciar dos veces: “Fais, fais”. Si pronuncias el “Fais, fais” acompañado con movimientos de las manos como de “a mí déjame en paz” , el efecto se ve reforzado.

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Te lo puedes creer o no. Pero…no te cuesta nada intentarlo. Nadie te verá, te lo juro. Al mínimo indicio de chapuzón, conjuras el “Fais, fais”. Si no toca estar triste, no toca… aunque tu cerebro tenga ganas de jugar contigo.

La Técnica del “Fais , fais” descoloca completamente a tu mente que, confusa, se olvida de que debe estar triste y centra sus esfuerzos en decodificar que es lo que significa el dichoso “Fai, fais”. Tú, que ya lo sabes, ya estás nadando hacia la superficie.

Así, sales a flote, chapoteando y, si hay suerte, con el bañador en su sitio….

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Fotos de Unplash.

Tampoco importa si vuelve…

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Se ha puesto su viejo abrigo de lana verde. Es de un tono apagado, igual que el color de su pelo, de su piel…

Como cada tarde, está sentada en un banco del parque que hay frente a su casa. A su lado, hay un termo con un poco de chocolate caliente que le ayuda mitigar el frío por dentro, cuando se desliza por su garganta y , por fuera, cuando lo abraza con sus manos para infundirse calor.

No hace nada. Al principio, esperaba pero fue pasando el tiempo…Ahora, ya no espera. Sólo observa.

Sus ojos registran los gestos, las voces, el paso de los caminantes. De vez en cuando, se queda ensimismada con los pájaros que se posan en las ramas del sauce bajo el que está su banco o en el fluir de las hojas secas, que caen en suave cascada pero… lo que más le interesa son las personas.

Esa pareja de amantes que camina, con las manos entrelazadas. Ese susurro, a medio camino entre el oído y los labios que se transforma en un suave beso.

Esa madre y sus tres niños que juegan entre la hojarasca y que ella observa, a su vez, embelesada. El más pequeño, se acerca a ella y le entrega un ramo de hojas secas, bellamente dispuestas en un ramillete. La madre sonríe, lo abraza y desordena los rebeldes rizos de aquella criatura diminuta.

Su mirada se posa en la mujer que llora en el banco de al lado. Esa mujer. No la ha visto sentarse pero sus lamentos llegan, arrastrados por el viento, y la mira. Sostiene en sus manos un papel arrugado, que de vez en cuando, alisa y vuelve a leer y entonces, el llanto se transforma y es más profundo, más desesperado.

Abre el termo y se sirve un vasito de chocolate caliente. Se lo bebe para entrar en calor pero no disfruta de la seda dulce y cremosa del cacao, ni de la sensación reconfortante que recorre su cuerpo pero que ella, no siente. La mujer que llora se levanta y camina. Pasa junto a la madre que sigue jugando con sus niños, rodeada de risas.

Ellas, sienten. Ella, sólo observa.

Ya atardece. El termo ya no le da calor. Ya no queda chocolate y nadie pasea por los caminos.

Hoy, tampoco vendrá. No lo esperaba porque ella ya no espera, sólo observa,  pero se levanta, sabiendo que debe volver a su casa vacía antes de que la noche invada el parque.

Ya han pasado tres años desde el día que la encontró en aquel banco, desgarrada de dolor. Había conocido el amor y la felicidad intensa, pero en un doloroso instante lo había perdido todo. Cuando la llamaron y le dieron la triste noticia,  dejó caer el teléfono y empezó a llorar. Salió a la calle, incapaz de soportar estar en su hogar destrozado y empezó a correr hasta llegar al parque. Extenuada, se dejó caer en el banco. Ese banco…

Y apareció aquel hombre vestido de negro con su extraño maletín. Se sentó a su lado y le ofreció la posibilidad de no volver a sentir jamás. La tomó de la mano y, al instante,  notó que su alma dejaba de dolerle.

Puedo hacer que sea así para siempre”, le dijo mientras ella se apartaba de su caricia, asustada. Entonces, al cesar el contacto, el dolor intenso de la pérdida volvió a ella y la sacudió con violencia.

Dolía tanto, mucho, más.

Él le tendió la mano de nuevo y ella se aferró a él, dispuesta a aliviar el desgarro. Pensó que ya lo había sentido todo, lo bueno y lo malo. Lo que la colmaba y lo que la dañaba. Y era tanto el dolor infinito que no quería volver a sentir.

Nada.

Ese nada total y absoluto.

No le soltó la mano. Ella aceptó y el hombre la besó suavemente. En el instante que sus labios se posaron en los suyos y su respiración se fusionó, notó como la tristeza la abandonaba.

En ese momento, no le importó que también se fugara la alegría…

Cuando abrió los ojos, el hombre de negro había desaparecido. Y, ella… Ella ya no sentía nada.

Nada.

Un escalofrío recorre su cuerpo al recordar pero es una reacción física. No hay ningún sentimiento… Se levanta por fin y camina hacia su casa.

Hay algo minúsculo, diminuto, casi ahogado entre esa masa de insensibilidad que le hace observar a esa pareja de enamorados, a esa madre con sus hijos, a esa mujer que llora…¿ Qué habrán sentido? Y esa misma pieza microscópica de su alma, es la que insiste en observar pero…esperando.

Esperando al hombre de negro con su extraño maletín para pedirle que le devuelva su sentir aunque… No importa que él no haya vuelto por allí.

Tampoco importa si vuelve…

N.B: La incapacidad para identificar las emociones y expresarlas, es un desorden neurológico denominado Alexitimia.

Receta de la tristeza al asalto.

La tristeza acostumbra a “asaltar”. Todos sabemos que en algún momento de la vida, se producirá ese asalto…La tristeza está adherida, como una segunda piel , a muchas situaciones vitales.

Pero hay otra, la de un día cualquiera. La del Patapam. La de no- sé-porqué ( o sí-lo-sé-pero-ahora-no-toca) .Esa tristeza, es especialista en “asaltar” :

  1. tr. Acometer impetuosamente una plaza o fortaleza para entrar en ella escalando las defensas.
  2. tr. Acometer repentinamente y por sorpresa.

Para prevenir un asalto, hemos de poner barreras. Hay que cerrar bien puertas y ventanas, poner rejas y alarmas. Si aun así, la tristeza consigue ejecutar el asalto, lo único que podemos hacer es…defendernos.

Como es muy impetuosa, hay que buscar armas efectivas que la obliguen a dejar de escalar nuestras murallas para hacerse con el castillo. Cada uno tiene su arma y mi arma es una cuchara de madera de boj, una sartén y unas cuantas verduritas. Y música ( en un volumen políticamente incorrecto, advierto.)

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Para combatir el asalto, salteo… Pocho una cebolla, sofrío unas zanahorias y un calabacín, cortaditos en juliana. Después, unos champiñones troceados… Salteo y salteo durante el asalto…Sal y pimienta blanca ( la negra no le va). Recién molida, como la tristeza.

Voy haciendo las verduritas y las reservo mientras en una olla con sal, cuezo una deliciosa pasta italiana ( Rummo, fantástica pasta). La vigilo , no vaya a escaparse.

En un mortero , la esencia mediterránea : un ajito y perejil y un chorrito mínimo (sólo para que se deslice) de aceite de oliva virgen extra… Esperan su momento… Cada golpe de mazo es una bofetada a la tristeza asaltante.

Cuando quedan unos minutos ( tres como mínimo), todas las verduritas a la sartén. Unas tiritas de jamón de jabugo las acompañan. Toma cerdo, tristeza! Y, a veces, también unos piñones. Más munición contra el asalto…

La picadita de ajo se une a la fiesta y sólo con ese aceite ( que si no queda blando y oleoso) y, venga, a hacer saltar la zanahoria, la cebolla, el calabacín…Que se fusionen con el ajo y perejil, que se mezclen con el jamoncito y entre ellas. ¿Tristeza a mí? Mira que jolgorio que hay en esta sartén.

El aviso sonoro del horno, me informa que ya han pasado 9 minutos desde que la pasta empezó a hervir. No a borbotones, no. De manera constante que es como le gusta a esta pasta italiana.

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Es el momento de escurrir. . Me guardo un poco de esa agua redentora (apenas una taza de café). La tristeza se va escapando por el desagüe. Este asalto lo gano yo. Seguro.

Llega el momento definitivo. Es ahora o nunca. Vuelco la pasta en la sartén y empiezo a remover, con mi cuchara de madera de boj. Esa tacita de agua se incorpora a mi asalto final y le da suavidad al conjunto.

Sigo removiendo de forma constante y suave apenas unos minutos… Salgo a mi pequeño y querido huerto y corto unas hojas de rúcula. Acaricio la albahaca con la mano y el aroma se expande…Hoy no. A esta tristeza le pega más el olor áspero y potente de esta hierba invasora.

Sirvo en los platos mi pasta con verduritas ( anti tristeza). Los decoro con las hojas de rúculay unas muescas de parmeggiano, sólo para dar el toque.

Mi plato es precioso y suculento.

Mi tristeza, también…

Limpio la cuchara y la dejo con los otros cachivaches de la cocina..

Sé que este asalto , lo he ganado yo.

 

 

NB : Añado un párrafo del Tratado de culinaria para mujeres tristes del escritor colombiano H é c t o r  A b a d  F a c i o l i n c e. Un libro muy especial y…diferente. Altamente recomendable.

Mi fórmula es confusa. He hallado que en mi arte pocas reglas se cumplen. Desconfía de mí, no cocines mis pócimas si te asalta la sombra de una duda. Pero lee este intento falaz de hechicería: el conjuro, sí sirve, no es más que su sonido: lo que cura es el aire que exhalan las palabras.

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

La habitación nº 26.

En la habitación nº 26…

“Me siento triste. Mi tristeza contamina todas las zonas de mi alma y se expande. Se hace grande , gigantesca…A veces, es tan grande que no sé como gestionarla. No me cabe.

Tengo un miedo terrible a explotar. Ese día,  en el que mi tristeza sea tan descomunal que presione las paredes de mi alma y de mi cerebro, sé que estallaré. Los mil pedazos de mi tristeza rota, saldrán desperdigados hacia todos los lugares. Puede que mi tristeza llegue, incluso a la luna…

 Lo de explotar, me preocupa de verdad. A veces pienso que lo que haré será implosionar pero no puedo estar segura. Si me voy hacia afuera, desgraciadamente mis gajos de tristeza  , propulsados por la explosión , pueden tocar a muchos. No quiero que mi tristeza toque a nadie….En cambio, si implosiono, me replegaré en mil recovecos hasta desaparecer. No sé si será más o menos doloroso que saltar por los aires pero creo que sería la forma más responsable…No quiero que nadie se contagie.

No puedo controlar esta tristeza. Ni siquiera cuando soy feliz, consigo vaciarme de ella. Siempre está ahí, acumulativa. Haciéndose grande y fuerte.

Noto que ya estoy rebosante. Una de estas, será la gota que colmé el vaso y entonces…o explotaré o implosionaré. Siento toda esa energía que se acumula y que tensa, tensa, tensa…”

(…)

-. Sé que es científicamente imposible pero, ¿es posible que la paciente de la número 26 se esté haciendo más…pequeña?

-. ¿Pequeña? ¿Qué quieres decir?

-. No sé. Está igual: mide lo mismo, pesa lo mismo pero…me parece …diminuta. ¿Te has fijado que duerme hecha un ovillo?

-. Yo también lo hago, no sé que tiene eso de raro.

-. No, fíjate. Se enrosca, pies y cabeza, protegiéndose con las manos, de una forma especial. Casi parece una contorsionista.

-. Ya me fijaré. Tengo guardia esta noche… La nº 26 me despierta  especial  ternura…Siempre que coincido con ella…No sé…Tiene algo… No entiendo por qué está aquí. Según el historial, sufre de delirios …Dice que va explotar…Ha puesto su vida en peligro en varias ocasiones…

-. ¿Y por qué no la vacían? Cualquier día , tenemos un disgusto…¿No se la puede obligar?

-. No acepta el tratamiento. Ya sabes que es voluntario. Sólo te pueden vaciar de tu tristeza, con tu consentimiento. Hay gente que prefiere no perder los escasos buenos momentos de la vida y elige que no la vacíen. Supongo que en unos años, se podrá vaciar la tristeza sin que te tengas que quitar, también, la felicidad acumulada. Se están haciendo grandes avances .Lo he oído en el laboratorio…

-. No sé. Tengo la sensación de que no le queda mucho tiempo. Está a punto de rebosar…

(…)

La técnico-cuidadora se deslizaba por el pasillo de la Planta 7, con especial sigilo. Era la tercera ronda de la noche y sabía que sus pacientes disfrutaban de un sueño profundo. Respetaba esas horas de calma y serenidad de los espíritus que , en la vigilia, se veían perturbados por la tristeza. Mientras dormían, estaban en paz.

Tras comprobar que todos dormían apaciblemente, volvió sobre sus pasos, hacia la habitación nº 26. Su compañera tenía razón: aquella joven estaba menguando… Era todo lo contrario a lo establecido por las leyes de la naturaleza  tristológica: la tristeza hincha . Te agranda. Te puede hacer explotar pero…¿menguar?

(…)

 “Siento que me encojo. Ya está. Estoy a punto. No quiero que nada me haga olvidar esa sonrisa, ni esa mirada. Es mía y sólo mía y no quiero que desaparezca jamás. “

(…)

La técnico-cuidadora abrió la puerta de la habitación nº 26 con delicadeza. Al dirigir su mirada hacia la cama de la paciente, sintió que algo no iba bien. Lo que le pareció oír en ese momento, según especifican los informes, fue un suspiro seguido de una suave carcajada. Sintió, también, una brisa perfumada, agradable. No supo identificar aquel aroma.  Declaró que la habitación estaba vacía. Se precipitó hacia la cama y movió las sábanas que se mostraban huecas y sin volumen. Especifica que al realizar esa acción, notó como algo pequeño y brillante, del tamaño de un guisante, caía en el suelo. Emitió unos preciosos destellos, durante unos segundos y desapareció.

No se supo nada más de la paciente nº 26. Se comunicó su desaparición a las autoridades pertinentes y se procedió a eliminar los datos de su expediente.

(…)

La técnico-cuidadora que ese día, estaba de guardia en la Planta 7, debe realizar una sesión de vaciado.Ya le toca…

Nadie sabe por qué no ha acudido a la cita. No duele y te deja como nuevo. Vacío pero como nuevo….

Hace tiempo que no saben de ella. Se acogió a una excedencia y apenas ha tenido contacto con el Centro…Todos saben que algo ocurrió en la habitación nº 26 …

(…)

No se va a vaciar…. Ya está decidido. Convivirá con sus tristezas …No sabe explicar qué es lo que pasó  en la habitación nº 26 y por eso, no lo mencionó en la investigación pero, por unos instantes, disfrutó de una intensa sensación de felicidad, plena, que la dejó conmocionada. A su mente acudió una imagen : una sonrisa, después…una mirada. Fueron unos instantes, ridículos, diminutos , al compás de un simple destello pero sintió como su cuerpo absorbía aquella sensación y la hacía suya.

Ya han pasado más de tres meses desde aquel suceso y debería haberlo olvidado pero , de forma increíble, ha conseguido rememorar “ese” instante en varias ocasiones y apreciar, aunque sea de refilón, esa felicidad deliciosa. Son pequeñas dosis , muy pequeñas, pero ya sabe que no va a poder renunciar a ellas…

En algún lugar,  hay una sonrisa, hay una mirada que le pertenece…