El mensaje era muy breve y se autodestruyó a los pocos segundos: “Aislar a los Hacedores de Dificultad”.
Mi departamento es el que se ocupa de controlar a los Hacedores. Hay de dos tipos: los Hacedores de Facilidad, que no nos dan ningún problema. Suelen ser muy flexibles, saben negociar y tienen como objetivo poner las cosas fáciles a los demás. Los Hacedores de Dificultad son los problemáticos. Estos sujetos son capaces de hacer difícil la cosa más fácil del mundo.
Hay niveles muy superficiales, como por ejemplo el que va poniendo pegas a todos los lugares que decide el grupo de amigos para ir a tomar una copa, pero también está el que, con sus continuos obstáculos, se carga una relación familiar, organizaciones, empresas y gobiernos.
Hacía tiempo que, en el departamento, se estaban oyendo todo tipo de rumores: “Van a cargárselos a todos. Hay demasiados”, “Están buscando a todos los Hacedores de Dificultad de todos los niveles y los van a enviar a una isla desierta para que, juntos, se dificulten la vida unos a otros”. Eran habladurías; nosotros no habíamos recibido ninguna orden formal de la cúpula hasta… hace una semana.
Han sido unos días de locura, pero ya lo hemos hecho.
No nos ha costado nada identificar a los Hacedores de Dificultad. Los más leves han sido liberados, pero los de niveles profundos han sido interceptados. Todos.
Para detectarlos, solo hemos entablado un diálogo y hemos introducido una propuesta fácil a consensuar. Cuando el sujeto complicaba el argumento y daba vueltas en círculo hasta la complicación máxima, lo enviábamos a la unidad de transporte.
Ahora están todos en una isla de difícil acceso y con una geografía también muy difícil. Es difícil cazar y difícil pescar. Los árboles son tan altos que es muy difícil llegar a sus frutos. La tierra es árida y difícil de cultivar. El clima, caprichoso, no da tregua y dificulta la vida en general… Los Hacedores de Dificultad intentan constituir una República Independiente y Democrática en la que todos puedan decidir sobre las normas que regularán su convivencia en la isla, pero, de momento, no han llegado a un acuerdo. Todo son dificultades.
A día de hoy, están juntos e incomunicados. Aislados. Y el mundo parece mejor y… más fácil.
Al principio, hasta sentíamos simpatía por él. Las agresiones se centraban en pintadas en las fachadas y puertas. Se publicaban proclamas en Twitter y en blogs, y hubo quien las hizo virales. Había una cierta lógica en lo que se decía…
—Sois vosotros los que no lo veis. Estáis ciegos. Totalmente ciegos. Sois cómplices de esta barbaridad. Y culpables. Exhibís los cadáveres y os da igual. Sólo os interesa que todo “esté bonito”… Imbéciles. Malvados. Sois seres repugnantes…
Yo mismo dejé de comprar flores… Pero su locura fue avanzando a medida que conseguía más impacto social. Supongo que ese fue el detonante para que su manía se convirtiera en una psicopatía grave. Se volvió loco…
(…)
Estamos trasladando al Asesino de las Flores del juzgado al hospital psiquiátrico, donde pasará el resto de sus días. Lleva una camisa de fuerza, está esposado y con los tobillos encadenados, pero se nos ha olvidado taparle la boca. No para de vociferar. Ni las mamparas de seguridad de la furgoneta policial consiguen amortiguar sus gritos. Mi compañero sube el volumen de la radio para no oírlo. Hay un atasco en la salida… Tenemos para rato…
—No me arrepiento de nada. ¿Qué, no os dais cuenta de que son seres vivos? Nacen, crecen, se alimentan, se reproducen… ¿Os gustaría que os dejaran sin nutrientes hasta marchitar lentamente y morir? ¡Se mueren! ¡Las matáis! ¡Sois vosotros los que deberíais estar aquí!
Es un hombre muy grande. Sólo su dimensión ya da miedo… Asesinó a los propietarios de siete floristerías de la ciudad, estrangulándolos con esas manazas que imponen, incluso esposado.
Dice que matamos las flores. Dice que las amputamos de sus raíces, desde las que absorben sus nutrientes, y las dejamos morir en un jarrón, con la única justificación de que es ornamental. Dice que alteramos la cadena trófica. Dice que los asesinos somos nosotros…
Respiramos aliviados cuando lo dejamos a cargo del personal del pabellón de alta seguridad del hospital. Su mirada, al bajar del furgón, nos hiela la sangre. Este tío es un asesino que ha matado a siete personas. Una de ellas, Juani, la propietaria de la floristería del barrio.
Cuando nos estamos alejando, oímos sus gritos desgarradores. Son como un trueno…
(…)
A los pocos días, nos enteramos de que ha muerto. ¡Qué ironía!
Las enfermeras intentan humanizar el ambiente del psiquiátrico y ponen un jarroncito de flores en todas las habitaciones. Eso es lo que se encontró el Asesino de las Flores cuando entró en su celda. Al ver las margaritas, le dio un infarto. Los médicos no pudieron reanimarlo.
De camino a la comisaría, acabando ya nuestro turno, le pido a mi compañero que pare en la Floristería Juani y compro un ramo. Hemos creado un fondo común.
Antes de dejar el coche patrulla, aparcamos en el cementerio. Las cenizas del Asesino de las Flores están en un columbario municipal. Nos acercamos hasta allí. No hay ninguna inscripción, pero nosotros sabemos que está ahí.
¡Que esto me haya pasado a mí, la persona más sosa del mundo, tiene su gracia! Mi ex suegra me llamaba «la desaborida», aunque ella lo pronunciaba «desaboría» y, para remarcar mi falta de gracejo, terminaba la palabra con una palmadita que a mí me sonaba a bofetón en todos los morros. Solo le faltaba el «olé».
Yo me habría definido como reservada o discreta pero —ya veis que lo escribo en pasado— ahora soy la alegría de la huerta, lo juro. De ser la que no hablaba en las fiestas o reuniones familiares, pasé a animar todos los saraos a los que asistía. Poseo un afinado sentido del humor que me permite decir lo ideal en cada ocasión y, además, lo hago con salero…
Antes era muy supersticiosa. Aún hoy no entiendo por qué, pero era de esas personas que, si se les cruzaba un gato negro, vivían atemorizadas esperando la mala fortuna. Jamás pasaba por debajo de una escalera, temía romper un espejo y… la sal. La sal me obsesionaba.
Nunca entregaba un salero directamente: lo dejaba sobre la mesa, cerca de quien lo necesitara, por aquello de la mala suerte. Si se derramaba un poco, me entraban taquicardias pensando en los infortunios que iban a caernos encima e, inmediatamente, lanzaba un puñado por mi hombro izquierdo. Estuviera donde estuviera y con quien estuviera.
Un día se me rompió el salero. No hay que pisar nunca la sal derramada, así que la recogí rápidamente y, presa del pánico, salí a la calle en busca de un reemplazo. Era de noche y todo estaba cerrado. Recorrí las calles del barrio pensando que, en cualquier momento, me caería una maceta en la cabeza o un meteorito, cuando vi una luz: un bazar con el rótulo «24 h».
Entré como una exhalación y pregunté a la chica del mostrador dónde estaba la sección de menaje. Me lancé por un pasillo estrecho lleno de cachivaches. Al divisar la zona de tuppers me sentí aliviada. Frené en seco buscando los saleros cuando, detrás de la estantería, apareció un anciano chino mandarín.
Lucía una fina trenza de pelo cano y el típico gorrito de Fu Manchú. Su mano arrugada, tendida hacia mí, sostenía un precioso salero. Me dijo que era de los años cincuenta, un salero muy especial. Lo tomé, extrañada, mientras el hombre repetía: «sal, cabeza; sal, cabeza». Como lo necesitaba urgentemente, me dirigí a la caja.
La dependienta lo examinó: —No es nuestro. Le respondí que me lo había dado el señor de la trenza, pero ella insistió en que estaba sola. Parecía enfadada. Me hizo un gesto de despedida y me vi en la calle con un salero gratis.
De vuelta a casa, ya más tranquila, comprobé que no quedaban restos de sal en el suelo y lo rellené. Era muy bonito. Lo estaba mirando cuando levanté la mano automáticamente y me eché sal sobre la cabeza.
Una felicidad radiante inundó todo mi ser. La noche me pareció la más preciosa del mundo. Tenía ganas de bailar y de reír, de salir a la calle, pasear y dejar que la brisa acariciara mi rostro…
Mi estado de euforia duró varios días. Mis íntimos intentaban hacerme entrar en razón y volver a la senda de la normalidad, excepto mi amiga Puri, que me hizo pensar en el chino mandarín, en el salero y en aquello que me dijo: «sal, cabeza; sal, cabeza…». Así que probamos el experimento: Puri, el salero y yo. Nos tiramos sal sobre la cabeza y…
¡Alegría, alegría, alegría!
Nos atrevimos a probarlo con todo el que se dejaba y, sin quererlo, empecé a recibir visitas multitudinarias de gente que quería que los «saleara». Inevitablemente, se me iba acabando la sal. Había pensado que el fenómeno podía estar en la sal y no en el salero, pero eran solo conjeturas.
El viejo Fu Manchú había desaparecido. La dependienta juraba que nunca había visto al chino mandarín, y yo solo sabía que mi salero —o mi sal— quitaba las penas y llenaba de alegría. Reservé las últimas raciones para uso personal y llegó el día en que tuve que volver a rellenarlo.
¿Os podéis creer que funcionó igual de bien? Era el salero.
Es un gran tesoro que poseo y que me obliga a llevar una vida extraña aunque dichosa. Estoy encerrada en casa. No en plan prisión —no os vayáis a pensar—, sino en plan paraíso controlado: mi casa tiene mucha luz y habitaciones espaciosas. Es un lugar precioso, pero se ha corrido la voz y ya han intentado robarme el salero varias veces. Ahora lo guardo en una vitrina con cristales de máxima seguridad que se abren con una contraseña que solo conozco yo.
Y paso el día a su lado, vigilándolo. Eso sí, con alegría. Una de las cosas que más hago es conectarme a la red y leer los posts que me gustan. Pero ahora necesito que alguien publique mi historia porque esto se está complicando. He decidido hacerlo aquí, en El Blog Imperfecto.
He descubierto que el salero solo funciona cuando lo utilizo yo. Fui yo quien se encontró al chino mandarín y fue a mí a quien dio el salero, así que, ahora que ya es público, sé que me quieren a mí y al salero: las dos cosas.
No sé cuánto tardarán en burlar los sistemas de seguridad, pero me temo que ya están cerca, muy cerca.
Son muchos los que me persiguen: unos buscan la gallina de los huevos de oro; otros quieren evitar que la gente esté contenta; y también están los que no soportan que los desaboríos seamos tan salaos.
Demasiados enemigos…
En caso de que el salero y yo desaparezcamos de la faz de la Tierra, me gustaría que nadie olvidara ni mi historia ni mi salero. Buscadlo. Buscad al chino mandarín.
Si me lo preguntara, le contestaría que no. No cogería una bolsa de una de mis tiendas favoritas que estaba allí, en el hueco de un árbol, como si alguien la hubiese olvidado.
Le diría que no me acerqué como por casualidad, y que no vi que la bolsa estaba nueva, nuevísima, y que dentro había un paquete, nuevo también, envuelto en un precioso papel violeta.
Afirmaría con contundencia que no la cogí tras asegurarme de que nadie me veía, y que no corrí a una velocidad vertiginosa hasta llegar a mi casa.
Negaría haber abierto el paquete.
Nunca confesaría que encontré esos sentimientos. Que los cogí, me los llevé y los escondí en casa.
Pero escúcheme, señor juez: si lo hubiese hecho, si tuviera conmigo ese odio, ese amor, esa alegría y esa tristeza, no podría acusarme de robo.
«Al otro lado de la mirilla», es el lema de la XVII edición del Premio de Microrrelatos, convocado por las Bibliotecas Municipales del Ayuntamiento de Madrid.
«Una mirilla no deja de ser una abertura que comunica dos espacios diferenciados. Probablemente la primera idea al leer la palabra nos lleve a la abertura en la puerta de casa que comunica con el descansillo. Lógico, pero con este tema queremos abrir las posibilidades, ese es nuestro objetivo: ampliar las miras y dejarnos llevar por una infinidad de aberturas que comunican mundos, espacios, emociones…»
Me despierto en una casa que no es mi casa pero que yo creo que es mi casa. La sensación es muy rara .
El dormitorio, lleno de color, no tiene nada que ver con el que yo creo que es el mío, de colores crema y blanco roto. Minimalista y soso. En cambio, las sabanas coloristas, la caja decapada que hace de mesita de noche, las flores,…todo aquello me pertenece. Estoy segura.
Me levanto de la cama, mullida y cómoda. Estoy confusa y expectante .Mi cuerpo está descansado y me dice que se duerme muy bien en mi cama. Sé qué dirección tomar sin dudar. Aquella es mi casa aunque no la conozca ( que sí).
En la cocina, el desayuno está servido. Me espera.
De nuevo, los colores me impactan. No dudo en tomarme unos croissants y un cappuccino. Algo me dice que voy a necesitarlo.
Tras el desayuno, me doy una vuelta por esta casa que no es mi casa. Estoy en la playa. Genial!
Me detengo en la buhardilla con ganas de tener un libro en mis manos y todo el tiempo del mundo.
Llego a una habitación en la que hay un sillón lleno de cojines y unas maletas. Todo es precioso. Me podría acostumbrar a vivir aquí. Prendido del respaldo, hay un sobre con mi nombre manuscrito.Leo la nota que contiene. No debo olvidar que esto es un sueño…¿verdad?.
“ Si te sientas en este sillón, aquí te quedarás para siempre. Si eliges las maletas, seguirás tu camino”.
Entiendo que en este sueño de una casa preciosa que-es-mía-pero-no, debo tomar una decisión. Puedo sentarme en esta preciosa butaca y dejar que el tiempo pase, en este lugar hermoso que, ahora , me pertenece pero miro las maletas y me digo. ¿Por qué parar aquí? ¿Por qué no seguir caminando?…
…¿No es ese el gran secreto de la vida?
No me hace falta más. Elijo la maleta de color violeta y me digo que sí puedo elegir, de verdad, ahora quiero montaña.
Y me despierto, de nuevo, en una cama diferente pero que yo reconozco. Es otra de esas camas mías.
Cada vez que limpio el filtro, me asombra la cantidad de pelusa que se acumula. Es el desgaste de las fibras textiles por la fricción durante el secado. Me da la impresión de que se pierde demasiada fibra. Algo falla en este sistema…
Con esta idea en mente, le pedí a la IA que escribiera un texto de terror donde la pelusa se convierte en un monstruo, una ilustración y un vídeo de 10 segundos.
El monstruo.
Al principio era solo una mota gris en el filtro de la secadora. Pero creció. Se alimentó del polvo, del pelo caído, de fibras invisibles.
Una noche, la masa esponjosa se arrastró por el suelo, trepó la cama y cubrió el rostro de Clara. Ella no despertó.
Dicen que la pelusa sigue allí, expandiéndose en rincones oscuros, esperando su próxima víctima.
El video da miedo…
2) La lavadora.
El minuto final de la lavadora es de las cosas que más me irritan cuando espero que termine. Ese temporizador es una mentira.
Según la IA, el «minuto final» dura más porque el software ajusta el tiempo según distintos factores:
Nivel de humedad: Prolonga el ciclo si la ropa sigue húmeda.
Desequilibrio de carga: Pausa para redistribuir la ropa.
Control de temperatura: Espera que se enfríe antes de desbloquear la puerta.
Drenaje: Se asegura de que no quede agua residual.
Optimización energética: Ajusta el ciclo para mayor eficiencia.
Esa fase final está diseñada para mejorar el resultado, así que puede extenderse mucho más de un minuto…
El portal espacio-tiempo.
Dicen que si te quedas mirando el «último minuto» de la lavadora, el tiempo se rompe. Al principio parece normal, pero pasan cinco… diez minutos… y sigue marcando 1:00.
Empiezas a oír voces: «La toalla sigue húmeda…». El tambor gira como un vórtice interdimensional, y el filtro de pelusas se convierte en un portal al más allá.
Cuando finalmente la pantalla marca «FIN», no sabes si pasaron minutos… o siglos.
Nunca mires el minuto final. Es la trampa perfecta del universo.
Todo lo que habéis leído y visto se ha hecho en pocos minutos…
Hay momentos en los que deseo volar. Me da igual si es con un par de alas que emerjan de mi espalda de forma indolora o con una capa como la de los súper héroes.
También podría ser, por qué sí : simplemente extendiendo los brazos y estirando el tronco y las piernas.
Hay quien lo consigue, sólo cerrando los ojos…
La huida, por eso, debe ser por el aire. Surcando cielos azules, atravesando nubes algodonosas o guiándose por el fulgor de las estrellas. Me llevaría música…
Si pudiera volar, emprendería un viaje. Escogería un desierto, blanco, de sal. Uno de los más grandes del mundo.
En ese desierto, después de haber llovido, la cuenca acogerá una fina capa de agua y por un tiempo, nacerá un lago superficial de aguas cristalinas que reflejará el cielo y parecerá el cielo.
Sera el mayor espejo natural que se divisará desde el espacio.
Y es que esta ruta que uno emprende, requiere de un espejo. Un lugar dónde pararse y mirarse, de verdad.
Después, el clima árido evaporará el agua y se precipitará la sal que dará lugar a un gran desierto blanco y enorme.
Estos son viajes que sirven para volver. El camino que se emprende tiene como único objetivo recalar, de nuevo, en el lugar del que vienes, en el que habitas.
Y, vuelves, sin olvidar ese espejo en el que te miraste.
Y sin olvidar lo que viste en él.
Fotos de Takaki Watanabe
NB : Imágenes del Salar de Uyuni en Bolivia.Es uno de los lugares más evocadores y misteriosos del planeta, el salar más grande del mundo con 12.106 kilómetros cuadrados de extensión. Esta gran concentración de sal está situada al suroeste de Bolivia, se formó por la evaporación de antiguos mares que bañaban el continente americano en épocas remotas. Está conformado por aproximadamente 11 capas de sal, cuyo espesor varía entre los 2 y 10 metros. Adicionalmente este Salar se constituye en una de las mayores reservas de litio del mundo y está situado a una altura de 3700 m.s.n.m.
Muy bonita, sí, pero cerrada. Lo intenté todo para abrirla. No era para menos.
¿No era esa la puerta cerrada de la que hablaba mi abuelo, quien lo había escuchado de mi bisabuelo, que a su vez lo supo por mi tatarabuelo? La puerta más famosa de mi familia. Aquella que, según la historia, guardaba el tesoro más fabuloso que un hombre pudiera imaginar. Todo parecía indicar que era esa puerta.
Los primeros años la visité con cerrajeros y ladrones expertos, convencido de que no había cerradura que se les resistiera. Después probé con palancas, sopletes y martillos; incluso la embestí con mi coche. Nada. La puerta seguía intacta. Siempre cerrada.
Con el tiempo, me convertí en un experto en puertas. Sabía de bisagras, maderas y anclajes. También memoricé todas las frases célebres sobre puertas que encontré. De forma inexplicable, esa puerta cerrada moldeó mi vida. Escribí libros, di conferencias, y fotografié puertas que luego expuse con éxito en las mejores galerías del mundo.
En una de esas exposiciones conocí a la persona que amo, con quien formé una familia y un proyecto de vida maravilloso.
Hoy estaba frente a la puerta cerrada cuando comprendí que, en realidad, esa puerta había sido el origen de una vida feliz. Me planté frente a aquel trozo de madera y, mirando la cerradura, le dije:
—Gracias.
Oí un crujido y luego el chirrido de los goznes. La puerta se abrió ante mis ojos.
Y sí, allí estaba el tesoro más fabuloso que un hombre pudiera imaginar.
La cerré y volví a casa.
Me gusta cenar con mis hijos y tengo que preparar la presentación de mi exposición sobre puertas andaluzas, que se inaugurará en el MOMA el mes que viene.