Todas las noches de esta semana me acompaña un grillo. Es un sonido que no invade, que deja espacio , que reconforta aunque sea un chirrido.
En verano era otra historia. Entonces eran las cigarras, con ese zumbido implacable que lo que llenaba todo. No había silencio, ni respiro. Como si quisieran recordar que el calor no perdona. Aquello no era compañía o evocación veraniega, era estruendo.
Quizá por eso ahora agradezco tanto al grillo. Porque su voz no me molesta. Porque no me recuerda al calor que aplasta, sino a la calma que queda cuando por fin refresca.
He tenido la suerte de tener en mi vida, a un hacedor de cucharas de madera de boj. Ahora, que ya no está con nosotros, cada pieza que tengo, cada una de esas cucharas y espátulas , torcidas y hechas con la débil agilidad de unas manos ya muy viajadas, se convierte en un tesoro único. Una pieza exclusiva de una serie de Edición Limitada.
Algunas las convertí en cuadros, para que estuvieran en mis paredes, recordándome la grandeza de la máxima sencillez, pero, el resto, son piezas funcionales en mi cocina. Utilizo mis utensilios artesanos de boj, cada día…
Una de las espátulas, se me ha roto. Justamente, es la que se concibió para remover las migas pero que yo he utilizado para muchas cosas (incluso de alcanza-cosas de los estantes más altos).
Me la miraba, allí tendida, con una muesca que la hace inviable para cocinar y me ha parecido preciosa. Esa mella, es parte de una historia. De una vida. Es un objeto que tiene muchísimas cosas que contar: desde el inicio, cuando era una rama de boj en el Pirineo Aragonés hasta el momento que se empieza a dar forma, se convierte en cuchara y llega a mis manos, viviendo en mi cocina durante muchos años.
Así que seguirá entre mis utensilios, de manera testimonial, para que no se me olvide que el tiempo pasa, que hace mella, que ya tengo mi lista de los que no están, pero, también, que tengo la suerte de almacenar todas esas vivencias en una despensa emocional para cuando necesito alimentar el alma.
Sí, dejo la espátula en el bote, for ever.
Mella
Rotura o hendidura en el filo de un arma o herramienta, o en el borde o en cualquier ángulo saliente de otro objeto, por un golpe o por otra causa.
f. Vacío o hueco que queda en una cosa por faltar lo que lo ocupaba o henchía, como en la encía cuando falta un diente.
Teodora trabajaba como restauradora en el Museo de Historia de la ciudad. Se había doctorado en la especialidad de Objetos del Siglo XXI y pasaba largas horas devolviendo la vida a piezas rescatadas de los yacimientos arqueológicos de las antiguas urbanizaciones.
El último trabajo, del que estaba especialmente orgullosa, había sido la restauración de un teléfono primitivo llamado iPhone, cuya minuciosidad había sorprendido a sus superiores.
No la extrañó que la citaran en la planta de Dirección. Entró en el despacho preparada para recibir una felicitación y salió de allí emocionada: le habían confiado el encargo más importante de su vida.
El sofá amarillo.
El sofá de la Revolución.
Ese sofá.
Acababa de desembalarlo. Lo examinó con cuidado: un modelo Chester, con su capitoné característico y los brazos a la misma altura que el respaldo. La piel amarilla, gastada por el tiempo, parecía aún guardar el calor de quienes lo habían habitado. Restaurarlo exigiría toda su destreza.
Al someterlo al escáner molecular, apareció algo inesperado: un fragmento de celulosa entre los muelles centrales del respaldo.
¿Papel?
Lo extrajo con delicadeza y lo aisló en atmósfera cero. Era una carta. Una carta de papel, del siglo XXI.
Con el corazón acelerado, activó el tecno-lector. La voz del pasado comenzó a desplegarse ante sus ojos.
Aquí lo hicimos.
Aquí nació todo. Fue en este sofá. Este mismo.
Eran malos tiempos. La pobreza alcanzaba al ochenta por ciento de la población, y los recursos y el poder se concentraban en unos pocos. Nadie podía intervenir en sus decisiones. No existía el diálogo… y la miseria crecía.
Empezamos a reunirnos en las calles. Éramos centenares de desilusionados que buscábamos lo mínimo para sobrevivir. Nos encontrábamos en parques o junto a los contenedores. Hablábamos. Nos reconocíamos.
Un día apareció este sofá amarillo. Yo, agotado, me senté. Cerré los ojos un instante y alguien me saludó. Era un hombre lleno de ideas, de soluciones posibles. Mientras hablábamos, se unieron otros dos. Entre todos dimos la vuelta al mundo con palabras, con puntos de vista distintos, con ideas, muchas ideas.
Al día siguiente, el sofá nos esperaba. Y nosotros a él. La conversación continuó. Pronto llegaron más personas con otros sofás: floreados, rayados, de todos los colores.
Un mes después, las calles eran un tapiz de sofás. Cada uno rebosaba voces, conocimiento, experiencias. Así nació lo que llamaron la Revolución del Sofá.
Cuando miles de sofás ocuparon las ciudades, comprendimos que teníamos en las manos algo esencial: la fuerza de dialogar. Entonces hicimos que aquellos que decidían por nosotros se sentaran también. Que escucharan. Que respondieran.
Ese fue el inicio de una nueva era. Un tiempo en que la multitud silenciosa habló, y fue escuchada.
Ruego a quien lea estas palabras que no lo olvide nunca.
Aquí lo hicimos.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Teodora. No era una mujer propensa a la emoción, pero aquel sofá agrietado parecía latir bajo su mano.
Tenía en sus manos el encargo de su vida: restaurar y preservar un símbolo.
Se enfundó el traje de protección y comenzó a trabajar.
Hoy, el sofá amarillo de la Revolución del Sofá, restaurado por la doctora Teodora Comonuevo, y la carta hallada en su interior forman parte de la exposición itinerante No hay que olvidar, que recorre las ciudades del país como memoria viva de un tiempo en que un simple mueble encendió la chispa del cambio.
Humor o humorismo (del latín: humor, -ōris) es definido como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas.
Pobre ladrillo. Lo odié durante las reformas: ladrillos, ruido, polvo.
Pero, al final, empecé a mirarlo de otro modo. Esos agujeros ordenados son muy estéticos, aunque sea un ladrillo… Busqué por qué están ahí: aligeran y ahorran material, permiten una cocción más uniforme, crean cámaras de aire que aíslan y, además, dan agarre y resistencia.
Cuando por fin terminó la obra, me enseñaron los que habían sobrado. Al verlos, amontonados y olvidados, decidí llevarme uno como recuerdo, como celebración de que ya se había acabado el ruido y el polvo.
Lo pinté, le pegué una pieza circular y coloqué ramas de plantas aromáticas en sus huecos. Ahora es un secadero natural de romero, tomillo, lavanda y menta.
Un homenaje al ladrillo: empezamos mal, hemos acabado bien…
La simetría que nos brinda la naturaleza es un lenguaje matemático (que yo no entiendo, pero percibo) integrado en nuestra vida, que —de conocerse en su totalidad y alcance— quizá esconda secretos muy importantes.
En la naturaleza nada ocurre sin razón. Todo tiene su porqué y su funcionalidad. Todo sirve para algo, aunque muchas veces no sepamos para qué…
Si observamos las semillas de este girasol, vemos que están perfectamente distribuidas, siguiendo una secuencia y una proporción. Increíblemente perfectas.
Al mirar esta composición simétrica y asombrosamente bella, estás observando una sucesión matemática que se repite en el mundo vegetal… y por todas partes.
Forma una serie de números en la que cada término es la suma de los dos anteriores (por ejemplo: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144, 233…) y se denomina, en términos matemáticos, sucesión de Fibonacci.
Vale. Me imagino a Fibonacci, alucinando, cuando se hizo evidente que esa secuencia se repetía sin cesar: en las plantas, en las telarañas, en las caracolas, en las colmenas… y preguntándose: ¿por qué siempre esta sucesión matemática?
Parece ser que, después de milenios de evolución, las plantas acomodan sus semillas de esta forma, logrando introducir una mayor cantidad en el mismo espacio, «economizando» valiosos recursos; pero por qué lo hacen siguiendo la sucesión de Fibonacci sigue siendo un misterio…
Esto de Fibonacci no acaba aquí. Los cocientes sucesivos alcanzan —o, mejor dicho, tienden a— un número concreto (1,618033989…). El phi, número áureo, portador de la «divina proporción».
Confieso que aquí ya me pierdo, y lo que hago es un acto de fe. Bueno, mejor, un acto de phi. Este número, estudiado por los renacentistas, los tenía impresionados, pues lo consideraban el ideal de la belleza; en concreto, la espiral áurea.
Espiral áurea: la razón de crecimiento es Φ, es decir, la razón dorada o phi. (√5 + 1) ÷ 2 ≈ 1,6180339887