Cosas tontas maravillosas.

El ser humano es tan simple, en su complejidad, que es necesario alejarlo de su zona de confort para que aprecie las simplezas que configuran su mundo.

Esa distancia, que franquea la comodidad, se convierte en un poderoso altavoz de lo fantásticas que son esas rutinas, a las que no se da importancia porque están ahí siempre y creemos que siempre estarán ahí.

Y hablo de las cosas más tontas…

 

El café con leche, por la mañana, hecho como a ti te gusta.

La lectura del periódico mientras lo paladeas y las neuronas se van encendiendo.

Tu cama.

Tus sábanas.

Tu almohada.

¡Qué maravilla!

“He vuelto”, me dice el despertador…

Una de las cosas que más me gusta de las vacaciones es NO tener que poner el despertador. Hay gente que, de forma natural, se suele despertar a la misma hora. Gente a la que la cama, le cansa y se pone en pie nada más abrir los ojos, dispuesta, incluso, a comerse el mundo.

Yo requiero, obligatoriamente, de un despertador para regular mi sueño, menos en vacaciones… En vacaciones, NO existe ese artilugio… Y no es que varíe mucho mi pauta: necesito las ocho horas (que ahora, científicamente, se consideran casi obligatorias para una vida saludable) pero en estado de relax, puedo rebasarlas o situarlas en franjas poco habituales, dependiendo de la hora a la que me fui a dormir…

La consigna es: manda el cuerpo. Y punto.

Ahora, se acaba este período de libertad y debo volver a vérmelas con el sonido armonioso del iPad, pero …este año, estoy preparada.

Ha sido un mes de agosto lleno de muchas cosas. Muchas de ellas hermosas y energéticas, pero, otras, tristes y de reflexión y en el caso de mi querida ciudad , Barcelona, heridas terribles que te sitúan en un espacio-tiempo diferente. Todas esas cosas, juntas y revueltas, almacenadas en mi cerebro, me predisponen a pensar que, no puedo ni debo quejarme. Y que qué bien que suene el despertador…

 

Bienvenidos!