Tengo la solución definitiva para la paz mundial. ¡Sí! Habéis oído bien: paz en el mundo. Nada de guerras ni disputas… ¿No es maravilloso? Yo creo que sí, pero parece que soy la única. Nadie me cree y, claro, seguimos matándonos y peleando entre nosotros.
No solo poseo esta panacea: también quiero compartirla. La he ofrecido a todos los gobiernos, gratis. No pido nada a cambio. Incluso pongo el detergente y el suavizante, pero… nada. No hay respuesta.
Mi lavadora está en casa.

La compré en unos grandes almacenes y no fue ninguna ganga. Yo era una experta cazadora de ofertas: siempre encontraba electrodomésticos con una tara por exposición o mobiliario de otras temporadas. “Bueno, bonito y barato” era mi lema. Hasta que mi vieja lavadora hizo su último centrifugado, seguido de un gran ¡crack! que resonó en todo el piso.
Así empezó la operación lavadora nueva.
Aquella vez no fui a comparar modelos con calma. La XCleanLife 3.200 Turbo me atrapó en cuanto la vi. Y, sobre todo, en cuanto lo oí a él, el vendedor, con una voz profunda e hipnótica,..
—Esto no es una lavadora —dijo—. Es un milagro. Detecta tejidos y colores, calcula dosis, evita arrugas y hasta inicia un ciclo si la deja cerrada para que no huela a humedad. Consume lo mínimo. Hace exactamente lo necesario.
Mientras hablaba, acariciaba la máquina con una ternura extraña.
—¿Qué le parece?
Yo ya tenía la tarjeta en la mano. Y, sin saber por qué, acaricié el bombo. Sentí una euforia extraña, como si acabara de tomar una decisión importante. Un enorme acierto.
En pocos minutos lo dejé pagado todo: transporte, instalación, la lavadora más cara del mercado.
Cuando ya me iba, él me tomó del brazo y me habló al oído:
—Se lleva algo más que una lavadora. No estoy autorizado a decirle nada más que esto: la XCleanLife 3.200 Turbo… lava los trapos sucios. No lo olvide.
Me giré para preguntarle qué quería decir, pero había desaparecido. Lo busqué por la sección, entre pasillos. Nada. Harta, pensando en el atasco de salida, me fui.
Dos días después la XCleanLife 3.200 Turbo llegó a mi vida. Era tan bonita que mi cocina parecía otra cocina: más elegante, más sofisticada. Y funcionaba sola: yo metía la ropa y la sacaba. Nunca mi colada estuvo más blanca ni más perfumada.
De vez en cuando recordaba aquello de “lavar los trapos sucios”, sobre todo cuando metía los paños de la limpieza general. Salían impecables. Los miraba… y ya está.
Hasta que dejó de ser “ya está”.
Una tarde vino a verme mi amiga Herminia. Éramos amigas, aunque lo habíamos sido mucho más en otros tiempos. Entre Herminia y mi novio de entonces ocurrió algo. Ella nunca lo admitió, pero yo tenía pruebas, incluida la confesión de él. Además, yo sabía lo del lunar con forma de corazón que Herminia tiene en la ingle más profunda.
El tiempo pasó, él desapareció y yo me quedé destrozada. Herminia —paradójicamente— fue quien me obligó a levantarme. Aun así, aquello no se borró. Se quedó ahí, como una mancha pequeña pero imposible de ignorar.
Herminia admiraba la lavadora cuando escuché, no sé dónde, la voz del vendedor:
Lava los trapos sucios.
Miré a Herminia y lo supe. No lo pensé: lo supe.
Le pregunté por mi ex. Por lo que había pasado. Se quedó rígida. Y, sin entenderlo del todo, accedió cuando le pedí que se quitara una prenda.
Herminia se sacó la camiseta. Yo me saqué la mía y metí las dos en la lavadora.
—Vamos a lavar nuestros trapos sucios —dije.
El bombo empezó a girar. Hubo destellos y fogonazos de una luz dorada. Cuando terminó, nos volvimos a poner las camisetas.
Herminia me miró y, sin rodeos, confesó. Me pidió perdón.
Y yo —lo más sorprendente— la entendí y la perdoné.
Aquello que nos separaba se evaporó. El afecto volvió limpio, como si siempre hubiera estado ahí esperando una sola cosa: que se dijera la verdad.
Después de ese día empecé a llevar a casa a personas de confianza. Vecinas que se boicoteaban la colada por turnos de tender; dos hermanos enfrentados por una herencia; una pareja que ya solo se hablaba a base de frases con veneno. Todos traían una prenda. Todos salían distintos.
Cuando vi que funcionaba, quise probar con algo más grande.
En mi barrio había un conflicto por una biblioteca pública dentro de un edificio que iban a demoler. Se hablaba de informes amañados, de intereses cruzados, de presiones. Un amigo tenía una solución razonable, pero nadie lo escuchaba. Había demasiado dinero en juego.
La forma de mi experimento fue poco ortodoxa. Lo admito.
Conseguí somníferos y dormimos al presidente de la asociación vecinal, al nuevo propietario y al concejal de Urbanismo. Estaban reunidos y les ofrecimos un té frío atiborrado de pastillas. Les sacamos una prenda a cada uno y yo me fui a casa.
Los trapos sucios se lavan en casa, me decía la voz.
Lavé las prendas. Volví. Los vestimos. Esperamos a que despertaran.
Cuando abrieron los ojos, primero se miraron con desconfianza. Después hablaron. Hablaron de verdad.
La propuesta de mi amigo se aprobó y la biblioteca se salvó.
Y entonces , sorpresa, me denunciaron.
Por drogarlos sin consentimiento. Por sacarles la ropa. Por atentar contra su intimidad.
Me llevaron a juicio.
Herminia declaró. Mis vecinas declararon. Los hermanos declararon. Todos afirmaron que yo lavaba los trapos sucios con mi lavadora XCleanLife 3.200 Turbo.
En el centro comercial, por supuesto, no existía ningún vendedor como el que describí. En la sección de electrodomésticos solo trabajaban mujeres y un hombre que no se parecía en nada a aquella voz.
El juez, abrumado por los testimonios y por mi propia historia, decidió que yo sufría un “trastorno mental transitorio” y que debía ser tratada en una clínica especializada.
Mi condena fue un internamiento forzoso.
Y aquí estoy.
Recluida… pero por poco tiempo.
Hasta ahora solo he dicho la verdad: mi lavadora lava los trapos sucios. Pero si se lo digo a mi psiquiatra —ya lo he insinuado, incluso le propuse probarlo y no quiso— me tendrá aquí más tiempo.
Herminia me ha aconsejado que diga que ya no creo en el poder de la XCleanLife 3.200 Turbo. Que finja que es una lavadora normal.
Y lo voy a hacer.
En unas semanas estaré fuera. Podré seguir buscando la forma de llegar a los gobiernos del mundo para ofrecerles mi lavadora. Esta vez con cuidado. Pasando desapercibida. Sin darles motivos para dudar de mi cordura.
Pero entendedme: tengo que intentarlo.
Es mi misión.
Mientras tanto, para cuando salga de aquí, dejo abierta una lista de espera. La XCleanLife 3.200 Turbo estará disponible para todo aquel que tenga trapos sucios que lavar. He descubierto que casi todos tenemos algo que limpiar, así que preveo muchas peticiones.
Los turnos se establecerán por orden de contacto.
Se aceptarán donativos voluntarios para sufragar los gastos de luz, detergente y suavizante.

