El silencio del movimiento.

La causa fue el silencio del movimiento.

La gente caminaba por las ciudades. Por las calles circulaban coches, furgonetas, taxis, autobuses, bicicletas y patinetes.

Nada anormal, si se piensa objetivamente. Pero había un detalle que convertía aquella escena en algo especial. Anormal, incluso. Ese detalle era la calma.

En los rostros de los caminantes se dibujaban sonrisas, expresiones serenas, gestos de agrado. Los conductores transitaban sin prisa. No se oía ni un claxon. Solo la señal acústica de los semáforos, aunque incluso ese sonido parecía haberse transformado en algo melódico.

Se escuchaba el rumor de las conversaciones, las risas en las terrazas, la algarabía de los niños al salir del colegio, el susurro de las fuentes y el trinar de los pájaros, que destacaban en aquella atmósfera sosegada.

De vez en cuando, las sirenas de una ambulancia o de un coche de policía rompían la paz ambiental, pero eran sonidos temporales, livianos, porque ya no hacía falta subir el volumen. En muchas ocasiones, el parpadeo incesante de las luces bastaba para abrirse paso hacia la emergencia.

El buen humor cambió las cosas. El silencio permitía oírse mejor, tanto hacia dentro como hacia fuera, y poco a poco surgió una sociedad más dialogante. No era perfecta, pero sí más amable. Más dispuesta a escuchar.

El cambio de tendencia, de la polarización al entendimiento, empezó con el silencio en las ciudades.

Todos los vehículos se electrificaron, se mejoraron las calzadas, se plantaron más árboles y se rediseñaron las urbes para hacerlas más habitables. Ningún dispositivo destinado a movernos de un lugar a otro provocaba contaminación acústica. Tampoco atmosférica.

Había más luz. El cielo era azul. Se respiraba mejor.

Disminuyó la irritación. Aumentó la serenidad.

Disminuyeron las alteraciones del sueño. Se dormía con la ventana abierta.

Los científicos, filósofos y sociólogos que estudiaron exhaustivamente el nuevo paradigma concluyeron que la baja estimulación sonora había permitido que las ciudades fueran menos agresivas para el sistema nervioso humano.

Todos confirmaron que el catalizador del cambio había sido el silencio del movimiento.

¿O era el Movimiento del Silencio?

Tregua.

Y el jueves, el ruido diabólico de las obras casi cesó…No hay silencio, pero puedo volver a oír al petirrojo, que había desparecido de mi panorama visual. Ha vuelto a las zonas donde lo veía pararse.

El petirrojo también huyó de las obras estruendosas. Los dos, hemos sufrido una sobredosis de contaminación acústica de la que nos estamos recuperando.

Y no sé si es una tregua o volverán.

Ojalá pudiera volar como el petirrojo.

NB : Creo que está más gordito…

Silencio.

No sabía lo que me estaba afectando el ruido hasta que he llegado al silencio.

Me he ido, pero lo que hacía era huir.

De repente, mi cerebro se ha adaptado , a toda velocidad,  al trino de los pájaros, al susurro del viento . Ha sustituido las radiales , las sierras y los martillos neumáticos por una melodía sinuosa y, aunque parezca una contradicción, silenciosa…

Algún día, acabarán las obras y reformas vecinales y con ellas, el ruido constante. Mientras tanto, tendré que ir haciendo terapia de huida…

Algo bueno de aquello.

De aquellos primeros días de confinamiento, en pleno desconcierto y con el miedo en el cuerpo, hubo una cosa excepcionalmente positiva que echo de menos.

Hace un año, el silencio pasó de ser una presencia temerosa precisamente por su ausencia, a una bendición terapéutica cuando mi cerebro se adaptó a la situación pandémica.

Llegaba la primavera y los pájaros estaban especialmente activos. Sabían que los humanos estaban encerrados y su libertad se multiplicó exponencialmente. Los trinos y el cielo especialmente azul porque a la disminución de la contaminación acústica se le sumó la disminución de la contaminación atmosférica.

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Una maravilla. De las pocas cosas positivas que tenía el encierro…

Con el tiempo, los vecinos intrépidos , que conseguían materiales empezaron a “a hacer cosas”: pequeñas reformas, utilización de aspiradores de gran potencia, martilleos y sonidos metálicos al poner a punto las terrazas…

Un año después, hay algún vecino que aún está liado con sus cosas y progresando muy lentamente, los coches vuelven a circular, hay obras en la calle, camiones, aviones…

Y los pájaros se intentan hacer oír, como cada primavera.

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