Que nos vaya bien.

Soy totalmente selectiva con las señales. Igual que no me creo nada de todo eso que dicen que da mala suerte, me vuelvo una crédula ferviente cuando se trata de señales buenas.

Se me cruza un gato negro y lo saludo.

Me encuentro una flor de diente de león y pido un deseo.

He abierto la ventana para ventilar y dejar que entrara un poco de aire de primavera. Y entonces lo he visto: un precioso ángel —así los llamaba mi padre— revoloteando a mi alrededor hasta posarse en la encimera de la cocina.

Con la corriente de aire, el ángel amenazaba con salir volando de nuevo. He sido rápida.

—Este deseo es mío —he pensado, mientras cogía un vaso y lo capturaba con cuidado.

Una vez que lo he tenido a buen recaudo, he salido a la terraza y lo he liberado. Ha ascendido hacia el cielo azul y más allá, y, en su viaje, se ha llevado mi deseo.

Espero que se cumpla.

Para todos.

El mono de trabajo.

Hoy ha sido un día especialmente duro. Tengo ganas de llegar a casa y quitarme la ropa de trabajo.

Cuando la cuelgo en el perchero de la entrada, siento que me libero, por fin, de toda la tensión acumulada durante la jornada. De ese peso leve y antiguo que cargo sobre los hombros.

El peor momento, sin duda, ha sido el de ese niño que estaba a punto de cruzar con el semáforo en rojo, mientras su madre, distraída, hablaba con una vecina.

Ha costado desviarlo, pero lo he conseguido.

Miro la agenda para mañana. Será un día intenso: la tengo llena de solicitudes.