Modelo 327D

Mi madre tiene un patio lleno de macetas. Las mima mucho y las tiene muy bonitas. Cada mañana, muy temprano, las riega y les quita las hojas marchitas. También riega los excrementos de las palomas, que han escogido su patio para tal menester. No le gustan y no le gusta la firma que dejan cada día en la terracota.

La vecina de al lado, que sabe cosas, ha colocado unos búhos de plástico que oscilan la cabeza con el viento y que espantan a los pájaros porque los identifican como depredadores y no se acercan.

Hay opiniones de todos los colores respecto a la eficacia de este método pero, de momento, y para no ser menos que la vecina, ya le hemos colocado cuatro búhos por el patio.

El secreto —nos dice mi madre, que a ella se lo ha dicho la vecina— es cambiarlos de sitio cada dos o tres días, para que las palomas no detecten que aquello es un trozo de plástico inmóvil e inofensivo.

Llevan en el patio ya una semana. Cuando riega, los va moviendo y, de momento, parece funcionar.

Y es cierto que las palomas no se acercan. Las veo en el cable eléctrico y tengo la sensación de que va a durar poco la alegría.

Me las imagino diciéndose unas a otras: «Mira, otro humano que ha comprado el pack de dos búhos espantapalomas con cabeza oscilante y colores imposibles para un búho, modelo 327D. Vamos a reírnos unos días, mientras los van moviendo de un lado para otro…»

Una luciérnaga.

Cuando estoy en el campo, me gusta sentarme en silencio, sin nada más que hacer que estar. Me deleito con los colores y estoy atenta a los sonidos de la naturaleza. A mejor tiempo, más probabilidades hay de que lo haga por la noche. Apago todas las luces ambientales e intento ver las constelaciones, las estrellas y, de nuevo, las melodías que llegan del bosque.

Hace unos días, observé Venus y Júpiter y escuché algo nuevo que no supe identificar. Me vi obligada a ir a buscar mi teléfono y tirar de apps. Por eso sé que aquellos puntos brillantes eran los dos planetas y que el «tui-tui» lastimoso era de un pequeño búho que la aplicación ya me indicaba que no era habitual por estos lares.

Pero lo que más me impactó fue una luciérnaga. Solo una. Danzando por el campo, hasta que se perdió tras los árboles.

Solo una vez he visto luciérnagas por aquí. Fue una noche de verano, en compañía de una persona muy querida que ya no está, aunque sé que está, de otra forma, en mis recuerdos, en mi vida y muy posiblemente en esa luciérnaga…

Estem bé, estimat.

Estás en mi memoria.

Con el buen tiempo, he vuelto a nadar. Es una actividad que, además de ser saludable, me permite desconectar del mundo. Algo tienen esas brazadas que te llevan a un lugar sereno y de ritmo pausado. Ese lugar me gusta.

Ahora nado en otra piscina. Es más pequeña. Apenas un metro menos.

El primer día, algo me llamó la atención. Cuando llegaba al final de la piscina, mis brazos toparon con la pared antes de lo esperado. Mi cerebro reaccionó con sorpresa: ¿ya? La sensación me produjo curiosidad. ¿Puede ser que mi cuerpo recuerde la longitud anterior?

Y resulta que sí. El fenómeno se denomina memoria motora o memoria procedimental.

El cuerpo no solo “sabe nadar”; también memoriza ritmos, distancias y patrones: cuántas brazadas sueles hacer antes de llegar a la pared, cuándo levantar la cabeza o cuándo frenar.

Es decir, mi cuerpo recuerda la piscina anterior. Esas brazadas de más, que ya no están, lo delatan.

Ahora me recalibraré. El cerebelo actuará y se adaptará a la nueva distancia.

La olvidaré, poco a poco, y la reemplazaré por otra…

N. B.: La frase “es como montar en bici” existe por esto de la memoria motora. Aunque hayas pasado mucho tiempo sin hacerlo, el equilibrio, el pedaleo y la coordinación reaparecen rápido.

Los hijos del sol.

O los hijos de la playa…

Hubo una generación —la mía— que vivió un sol más amable.

Los hijos del sol mediterráneo éramos niños que pasábamos el día entero en la playa. Luego, al crecer, seguimos volviendo a ella: para ponernos morenos, como lugar de encuentro por las mañanas, como refugio secreto para romances de verano… Pero lo del moreno era esencial.

El embadurne de entonces se hacía con cremas bronceadoras sin factor de protección que —al menos en teoría— aceleraban el color. Había una crema marrón que te teñía la piel al instante, como si el bronceado pudiera aplicarse a brochazos. También hubo una moda de cremas de zanahoria, de laboratorios varios, con las que una se aseguraba el tono oficial del verano. En aquella época, si me hubiese imaginado a mí misma usando una crema de protección 50, no me lo habría creído.

Estos últimos días de mayo está haciendo calor como si fuera julio. Ha habido un festivo y la playa está abarrotada. Se aprecia un crisol de pieles blancas exponiéndose al sol en busca de ese atractivo tono dorado. Son cuerpos de todas las edades: tumbados, sentados, entregados. Tostándose.

Algo ha cambiado en mí. Puede ser mi cuerpo y su nueva tolerancia al astro rey. O puede ser que el sol ya no sea aquel sol. La exposición directa me molesta y me asfixia.

Me rebozo en protección como si fuera una croqueta. Necesito moverme, necesito el agua y, si me estiro, que sea bajo una sombra fresca y acogedora.

Como mis vestigios de niña de playa siguen latiendo en la memoria, todavía me tienta a veces aquella postura de estirada —vuelta y vuelta, como carne en una parrilla— en busca de un color más integral. Pero basta dejar que el sol me lama la piel durante unos minutos para darme cuenta de que mi relación de amor con él pertenece ya al pasado.

Este es un sentimiento extraño para los hijos del sol: no tomar el sol. A mí me ha costado un tiempo de adaptación, pero ya estoy rehabilitada. Ahora disfruto enormemente del agua y de la sombra de un parasol de brezo.

Ni el sol ni yo somos como antes.

He mutado a hija del agua.

Lo vuelvo a oír.

Empieza suavemente, al atardecer.
El grillo ha vuelto, pienso. Pero no. Es otro grillo. Nuevo.

No hay grillo que viva ocho meses. Su vida, cuando ya son adultos, se estima en unas seis u ocho semanas. Así que, o bien es un pariente cercano —porque ahí quedaron las ninfas—, o bien es otro grillo que ha encontrado la misma grieta, el mismo lugar donde vivir.

Porque la sensación acústica es esa: que el sonido proviene exactamente del mismo sitio.

Aunque sea otro grillo.

Hola de nuevo, por cierto.

Tampoco importa si vuelve…

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Se ha puesto su viejo abrigo de lana verde. Es de un tono apagado, igual que el color de su pelo, de su piel…

Como cada tarde, está sentada en un banco del parque que hay frente a su casa. A su lado, hay un termo con un poco de chocolate caliente que le ayuda mitigar el frío por dentro, cuando se desliza por su garganta y , por fuera, cuando lo abraza con sus manos para infundirse calor.

No hace nada. Al principio, esperaba pero fue pasando el tiempo…Ahora, ya no espera. Sólo observa.

Sus ojos registran los gestos, las voces, el paso de los caminantes. De vez en cuando, se queda ensimismada con los pájaros que se posan en las ramas del sauce bajo el que está su banco o en el fluir de las hojas secas, que caen en suave cascada pero… lo que más le interesa son las personas.

Esa pareja de amantes que camina, con las manos entrelazadas. Ese susurro, a medio camino entre el oído y los labios que se transforma en un suave beso.

Esa madre y sus tres niños que juegan entre la hojarasca y que ella observa, a su vez, embelesada. El más pequeño, se acerca a ella y le entrega un ramo de hojas secas, bellamente dispuestas en un ramillete. La madre sonríe, lo abraza y desordena los rebeldes rizos de aquella criatura diminuta.

Su mirada se posa en la mujer que llora en el banco de al lado. Esa mujer. No la ha visto sentarse pero sus lamentos llegan, arrastrados por el viento, y la mira. Sostiene en sus manos un papel arrugado, que de vez en cuando, alisa y vuelve a leer y entonces, el llanto se transforma y es más profundo, más desesperado.

Abre el termo y se sirve un vasito de chocolate caliente. Se lo bebe para entrar en calor pero no disfruta de la seda dulce y cremosa del cacao, ni de la sensación reconfortante que recorre su cuerpo pero que ella, no siente. La mujer que llora se levanta y camina. Pasa junto a la madre que sigue jugando con sus niños, rodeada de risas.

Ellas, sienten. Ella, sólo observa.

Ya atardece. El termo ya no le da calor. Ya no queda chocolate y nadie pasea por los caminos.

Hoy, tampoco vendrá. No lo esperaba porque ella ya no espera, sólo observa,  pero se levanta, sabiendo que debe volver a su casa vacía antes de que la noche invada el parque.

Ya han pasado tres años desde el día que la encontró en aquel banco, desgarrada de dolor. Había conocido el amor y la felicidad intensa, pero en un doloroso instante lo había perdido todo. Cuando la llamaron y le dieron la triste noticia,  dejó caer el teléfono y empezó a llorar. Salió a la calle, incapaz de soportar estar en su hogar destrozado y empezó a correr hasta llegar al parque. Extenuada, se dejó caer en el banco. Ese banco…

Y apareció aquel hombre vestido de negro con su extraño maletín. Se sentó a su lado y le ofreció la posibilidad de no volver a sentir jamás. La tomó de la mano y, al instante,  notó que su alma dejaba de dolerle.

Puedo hacer que sea así para siempre”, le dijo mientras ella se apartaba de su caricia, asustada. Entonces, al cesar el contacto, el dolor intenso de la pérdida volvió a ella y la sacudió con violencia.

Dolía tanto, mucho, más.

Él le tendió la mano de nuevo y ella se aferró a él, dispuesta a aliviar el desgarro. Pensó que ya lo había sentido todo, lo bueno y lo malo. Lo que la colmaba y lo que la dañaba. Y era tanto el dolor infinito que no quería volver a sentir.

Nada.

Ese nada total y absoluto.

No le soltó la mano. Ella aceptó y el hombre la besó suavemente. En el instante que sus labios se posaron en los suyos y su respiración se fusionó, notó como la tristeza la abandonaba.

En ese momento, no le importó que también se fugara la alegría…

Cuando abrió los ojos, el hombre de negro había desaparecido. Y, ella… Ella ya no sentía nada.

Nada.

Un escalofrío recorre su cuerpo al recordar pero es una reacción física. No hay ningún sentimiento… Se levanta por fin y camina hacia su casa.

Hay algo minúsculo, diminuto, casi ahogado entre esa masa de insensibilidad que le hace observar a esa pareja de enamorados, a esa madre con sus hijos, a esa mujer que llora…¿ Qué habrán sentido? Y esa misma pieza microscópica de su alma, es la que insiste en observar pero…esperando.

Esperando al hombre de negro con su extraño maletín para pedirle que le devuelva su sentir aunque… No importa que él no haya vuelto por allí.

Tampoco importa si vuelve…

N.B: La incapacidad para identificar las emociones y expresarlas, es un desorden neurológico denominado Alexitimia.

Lo sabe.

Me gusta oír el trino de los pájaros y más ahora, en primavera, que tengo un concierto multicultural: tórtolas, herrerillos, golondrinas, mirlos, serines, verdecillos, carboneros y gaviotas… Los identifico con una app especializada que descubrí el año pasado, cuando quise identificar al pájaro que daba la nota, al amanecer, al lado de mi dormitorio. Hasta ahora, parece que la app ha sabido decirme cuáles son las aves que rondan por el territorio, menos una. Hay un pájaro que se dedica a lanzar silbidos ascendentes, de una sola nota y sin repetición continua. Parece casi humano. Busco información y aparece como candidato estrella el mirlo común. Esta ave domina el arte del silbido elegante y, a veces, lanza su canto en solitario para que no haya dudas de quién manda en el vecindario, pero la cosa es que no lo pillo.

Lo oigo y, si tengo el móvil cerca, activo la app. Ya no silba. Cierro la app, silba. Esté más o menos rato con el grabador activado, solo silba cuando no lo estoy grabando. Parece como si lo supiera…

Solo tengo una opción: camuflarme. Buscar un atuendo que me funda con el entorno y esperar pacientemente a que silbe y me pille con la grabadora activada.

En casa se ríen de mí…

Nota: mientras escribo este post, ha silbado dos veces… Lo sabe.

Forever (Homenaje a la camiseta vieja)

Usada y suave. Machacada tras tantos lavados. Flexible, adaptable y cómoda. El algodón adquiere una textura única a base de tiempo y uso.

Es difícil que otra camiseta pueda reemplazar a esa vieja amiga que conoce nuestras costuras más íntimas. Habrá otras, favoritas y especiales: por los lugares, por las manos que las regalaron, por lo que significan, por el color o por esa medida exacta de ancho y de largo… Pero hay una, solo una, que ocupa el lugar de querida y vieja camiseta.

Siempre está en nuestro armario, en nuestras noches, en nuestro descanso. Cuando lo políticamente correcto deja de importar: en familia, recién duchados, como pijama…

Hacía días que no sabía nada de ella. Se había escondido entre las prendas dobladas, quizá buscando un poco de intimidad en esa vida incansable de cuerpo a lavadora. Pero hoy la he encontrado. La he desplegado y he sentido ese tenue olor a ropa limpia. Me la he puesto con satisfacción. Las mangas me quedan largas y me gusta sujetarlas con las manos, estirándolas aún más. Ha sido un gran reencuentro.

Mientras escribo, con mi camiseta como testigo, pienso que seré incapaz de tirarla nunca. Acumula una historia que me pertenece.

Cuando sea ya una reliquia casi transparente, cuando de tanto usarla se nos haya acabado el amor, entonces —y solo entonces— la clavaré en un marco y la convertiré en una obra de arte.

Juro solemnemente que no haré trapos con ella…

Flower Power.

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Haruka Misaw  ve flores en sus lápices y en las serraduras que crean al utilizar el sacapuntas.

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Seb Janiak, en cambio, ve flores en las alas de los insectos y visto así, yo también…

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Yunona Josan hacen cupcakes con increíbles formas de flores. Da pena comérselos…

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Flower Power

 

Feliz No Cumpleaños.

Ya os aviso desde el principio: hoy celebro el mío.

No os voy a confesar cuántos cumplo. Para saberlo, tendría que multiplicar 364 por mi número de años, y de ahí saldría una cifra tan astronómica que prefiero no conocer. Al margen de la edad, el concepto me parece brillante

Pasamos de tener un solo día de celebración a disponer de 364.

Alguien podría decir que, así, el cumpleaños pierde parte de su magia. Pero todo depende del enfoque. Hay quienes, si les regalas 364 días para celebrar, son capaces de exprimirlos todos. O casi. Y hay quienes no saben muy bien cómo hacerlo. A veces, ni siquiera con uno.

Por eso, más que celebrar un No Cumpleaños, lo verdaderamente interesante es el cambio de rumbo que propone: aprender a festejar lo cotidiano, incluso cuando no ocurre nada extraordinario.

Hoy voy a hacerle caso al Sombrerero Loco. La idea del unbirthday pertenece al universo de Lewis Carroll, aunque se hizo universal gracias a la película animada de Disney, Alice in Wonderland (1951), donde el Sombrerero la convierte en canción y en fiesta: “Very Merry Unbirthday”.

Así que felicidades a quienes hoy celebráis vuestro No Cumpleaños. Y también, por supuesto, a quienes celebráis el cumpleaños de toda la vida.

Porque celebrar también es una forma de entender la vida.