Las pelotas de playa en una zona de la costa mediterránea oriental.
Las pistolas de agua.
Ovila Lanö es una artista digital contemporánea que explora la paradoja entre guerra y paz a través de lo artesanal. En su serie más destacada, “Wool not War”, reinterpreta armas—tanques, pistolas, granadas—tejidas con lana (ovillos), creando imágenes poderosamente simbólicas que aluden a la transformación del conflicto en ternura y resistencia pacífica .
Cuando el terapeuta abandona la habitación 216, siempre le invade una extraña inquietud. Recuerda la sonrisa del paciente, su serenidad, el buen rollo que desprende…
“Aquí se está muy bien. No tengo que preocuparme por nada: tengo ropa limpia cada día, tomo un buen desayuno y, después, paseo por el jardín. A veces me siento en el banco que está más al sur y pinto. Me gustan los árboles que se ven en la lejanía. Ya he hecho varias series de cuadros de esos árboles…
Por la tarde, me siento en el sofá (que es comodísimo, por cierto) y leo un libro, veo la televisión o hago una segunda caminata por el sendero de las flores. Me encanta ese camino: está plagado de geranios, rosas y margaritas…
Los lunes y viernes tengo la terapia. También me gusta. Es una gran oportunidad para hablar con alguien interesante, y usted lo es.»
Es un caso difícil. La terapia tiene como objetivo que recupere el equilibrio, pero le está planteando un dilema ético: la curación será a costa de cercenar su optimismo.
Si puede, que el caso es grave…
«Doctor, no entiendo por qué me dice que, si me pongo bien, saldré pronto. Pero… ¿por qué voy a querer salir? Y, si salgo, pues tampoco pasa nada. Ahí fuera hay un mundo bellísimo.»
NB: El exceso de optimismo se denomina “optimismo tóxico”. Como todo lo que nos rodea y con lo que interactuamos, el exceso es negativo. No nos permite desarrollar una conducta adaptada. Las expectativas que nos creamos son irreales y bajamos la guardia ante los peligros y amenazas del entorno. Ni ser optimista se libra de la mesura…
Sócrates introdujo la mayéutica: cuestionar y escuchar para llegar a verdades compartidas. Fue el primer gran ejemplo de diálogo público con fines ético-políticos.
Nos situamos en la época clásica de la antigua Grecia (500–322 a. C.), cuando conversar era un arte.
Si apareciera hoy, más de dos milenios después, se encontraría con un escenario que, al principio, podría parecerle prometedor: millones de interlocutores dispuestos a opinar en las redes, diversidad de voces, temas infinitos sobre los que debatir.
Pero pronto lo veríamos mosqueado.
Descubriría que la mayoría no dialoga, sino que repite. Que lo que triunfa no es la reflexión. Y que la “verdad” no se busca, se escoge según el grupo al que perteneces. Como en una nueva versión de su caverna, la gente se rodea de ideas que confirman lo que ya piensa y reacciona con hostilidad ante cualquier disidencia.
Sócrates luchaba contra el dogmatismo haciendo preguntas incómodas. Hoy, sus preguntas serían invisibilizadas por algoritmos o directamente denunciadas. Su perfil sería cancelado o sepultado bajo una avalancha de haters sin argumentos (aunque entre ellos se contradijeran).
Pediría volver a su época lo más rápido posible, harto de un mundo donde su célebre frase “Solo sé que no sé nada”está más viva que nunca, pero con otro sentido: no sabemos nada pero creemos que lo sabemos todo…
Adjetivo que parece apropiado para una flor, aunque, en sentido botánico, no existe ninguna flor en este mundo que no se marchite. Incluso la llamada siempreviva (immortelle, en francés) no hace más que conservar su color cuando se seca, pero… se seca.
Pero sí que hay cosas inmarcesibles. No son flores, aunque podrían serlo, porque son bellas como las flores.
El amor verdadero, que no se debilita; la memoria de un ser querido, cuyo recuerdo permanece intacto; la belleza de una obra de arte; la dignidad que se mantiene incluso ante la adversidad; la amistad que no cambia aunque cambie la vida; el conocimiento, una vez adquirido…
Nuestro cuerpo es un ingenioso artefacto capaz de hacer cosas maravillosas, pero… algo está fallando en el tema de la termorregulación, o homeostasis.
La termorregulación, o homeostasis, es la capacidad que tiene nuestro organismo para regular su temperatura. El objetivo del sistema es mantener el cuerpo entre 35 y 37 °C. A esta temperatura, el cerebro se encuentra en su zona de confort y puede controlar las funciones metabólicas fundamentales.
Si detecta que nuestra piel está por encima de ese rango, se activan los sistemas de “refrigeración”: sudamos, nos ponemos rojos (vasodilatación periférica: los capilares y vasos sanguíneos se ensanchan hacia la zona más externa del organismo para liberar el calor) y nos ralentizamos para consumir menos energía…
Debemos cooperar para ayudar a nuestro “sistema de refrigeración”: buscamos la sombra, el agua fresca, los baños refrescantes… Sobrellevándolo.
Y así estamos estos días, con la termorregulación loca…
Yo he sido víctima de una mesa loca. La anterior era un modelo rústico que provenía de la casa de campo de mis padres. Estaba vieja y gastada, pero era de una madera maciza y oscura que me encantaba.
Cuando me llamó un amigo para ofrecerme la oportunidad de mi vida (conseguir una súper mesa de diseño, totalmente gratis), no dudé ni un instante y dije que sí. Lo más sorprendente es que no tuve que ir a buscarla yo: me la trajeron a casa una hora después de haberla aceptado.
Y digo sorprendente porque, cuando alguien regala un mueble, normalmente quiere deshacerse de él rápidamente (sí), pero no se quiere hacer cargo del traslado (evidentemente), y menos si se trata de un mueble voluminoso. Normalmente, el favor que te hacen lo pagas con el favor que les haces al desplazar, fuera de sus vidas, esa cosa que ocupa un espacio importante. En este caso, sesenta minutos después de colgar el teléfono, unos señores de UPS descargaban la mesa en mi salón… y se llevaban la vieja mesa familiar.
Juro que me pareció que, cuando la bajaban por la escalera, las patas carcomidas me hicieron un gesto un tanto obsceno.
La nueva mesa era preciosa. La acaricié, pasando suavemente las palmas de las manos por la superficie brillante. Oí un gemido que ignoré y seguí mi ruta acariciante. Más gemidos… Busqué el origen del sonido, pensando en mis vecinos, pero, al cesar el contacto con la mesa, se hizo el silencio.
Al principio parecía una mesa normal, pero las cosas fueron cambiando a medida que pasaban los días. La mesa tenía vida propia… y una personalidad irritante.
Si me olvidaba el salvamanteles (yo no sabía ni que existían) y se quemaba un poco, me sacudía con las patas. Literalmente. Patadas reales. Si no ponía el mantel y colocaba mi portátil encima, al calentarse la batería, la mesa se enfadaba y se doblaba en dos. No aplastó mi Mac de milagro.
El mantel —que debía ser de lino y estar planchado (no toleraba las arrugas)— era lo único con lo que estaba tranquila. Si comía sin él, extendía sus patas horizontalmente y me dejaba plantado en el suelo, con desparrame de platos y vasos.
No podía dejar que aquella mesa me venciera. Era un mueble. Era una mesa. Así que emprendí una lucha sin cuartel. Quería doblegarla.
Comía con espinilleras y coderas. Ideé un sistema de barras de hierro para impedir que se doblara e, incluso, apilé libros debajo, cubriendo su altura para que no pudiera desplomarse.
Mis amigos me confesaron que creían que estaba loco en esa época de mi vida… y es verdad. Estaba loco. Y la mesa, también.
La muy bruja nunca se mostraba hostil cuando había alguien en casa. Lo hacía en la intimidad, con el único objetivo de fastidiarme… Llegamos a los insultos (la mesa hablaba) y a las manos (y a sus patas). Descubrí, con horror, que no podía moverla. Ni cortarla con una sierra del tamaño de la de Viernes 13. La situación se hizo muy, muy tensa y, lo peor, no veía solución.
Al mes de tener la mesa loca en casa, el que estaba a punto de volverse loco era yo. Aunque penséis que ya lo estaba (¿quién batalla contra una mesa?), os prometo que todo lo que os he explicado es verdad. No fueron imaginaciones mías. Tengo vídeos y fotos que lo demuestran.
Así que, consciente de lo inusual de la situación y del peligro que corría, tomé una decisión: ella o yo.
Y fui yo.
Puse el piso a la venta a un precio atractivo e incluí “todos los muebles”. No tardé en venderlo, perdiendo dinero pero ganando, al fin, la batalla contra la mesa loca.
Allí se quedó… De momento, el nuevo propietario no ha contactado conmigo, aunque también es verdad que me cambié de teléfono e intenté borrar mi rastro lo mejor que pude.
Me fui a vivir a las afueras, y, cuando llegó el momento de amueblar el apartamento, no me vi capaz de comprar una mesa nueva.
Tengo un trauma. Serio.
Mi terapeuta dice que solo lo superaré si compro una mesa.
Y me he decidido. Tengo la espalda hecha polvo y cada vez me cuesta más comer en el suelo.
Iré a la maldita tienda y prestaré atención a las mesas que allí habitan. Tendré que controlarme para no dar unas patadas a las patas o pasar las manos por la superficie para observar su reacción… Me llevaré un punzón y un mechero. Y las espinilleras.
El mensaje era muy breve y se autodestruyó a los pocos segundos: “Aislar a los Hacedores de Dificultad”.
Mi departamento es el que se ocupa de controlar a los Hacedores. Hay de dos tipos: los Hacedores de Facilidad, que no nos dan ningún problema. Suelen ser muy flexibles, saben negociar y tienen como objetivo poner las cosas fáciles a los demás. Los Hacedores de Dificultad son los problemáticos. Estos sujetos son capaces de hacer difícil la cosa más fácil del mundo.
Hay niveles muy superficiales, como por ejemplo el que va poniendo pegas a todos los lugares que decide el grupo de amigos para ir a tomar una copa, pero también está el que, con sus continuos obstáculos, se carga una relación familiar, organizaciones, empresas y gobiernos.
Hacía tiempo que, en el departamento, se estaban oyendo todo tipo de rumores: “Van a cargárselos a todos. Hay demasiados”, “Están buscando a todos los Hacedores de Dificultad de todos los niveles y los van a enviar a una isla desierta para que, juntos, se dificulten la vida unos a otros”. Eran habladurías; nosotros no habíamos recibido ninguna orden formal de la cúpula hasta… hace una semana.
Han sido unos días de locura, pero ya lo hemos hecho.
No nos ha costado nada identificar a los Hacedores de Dificultad. Los más leves han sido liberados, pero los de niveles profundos han sido interceptados. Todos.
Para detectarlos, solo hemos entablado un diálogo y hemos introducido una propuesta fácil a consensuar. Cuando el sujeto complicaba el argumento y daba vueltas en círculo hasta la complicación máxima, lo enviábamos a la unidad de transporte.
Ahora están todos en una isla de difícil acceso y con una geografía también muy difícil. Es difícil cazar y difícil pescar. Los árboles son tan altos que es muy difícil llegar a sus frutos. La tierra es árida y difícil de cultivar. El clima, caprichoso, no da tregua y dificulta la vida en general… Los Hacedores de Dificultad intentan constituir una República Independiente y Democrática en la que todos puedan decidir sobre las normas que regularán su convivencia en la isla, pero, de momento, no han llegado a un acuerdo. Todo son dificultades.
A día de hoy, están juntos e incomunicados. Aislados. Y el mundo parece mejor y… más fácil.
Una que se pasea con su cámara, rastreando la foto… Las flores dan para mucho. Son muestras de arquitectura natural y de pantones espontáneos. Mucha belleza disponible y una tentación.
Lo que ocurre es que me gusta saber el nombre de mis modelos. Ya que se prestan tan generosamente a la foto despiadada, me parece una cuestión de respeto saber cómo se llaman.
Esta flor captó mi atención por su soledad. Por la sensación casi zen que transmite, ahí sola, coronando con mil flores la cima de ese tallo que parece que no las va a poder sostener.
La cuestión es que no sabía su nombre, la bauticé como la Solitaria. Para darle más empaque, podríamos denominarla Solitarium Malvis.
Comento lo de la Solitarium a alguien que sabe de flores y mira mi foto y me dice que es muy, muy similar al…ajo.
Curioso final para esta serie romántica de fotos. Todo parece apuntar a que esto es un “ajo ornamental” (allium). Sí, señor: una planta de ajo que no se come. Adorna.
Lo siento, pero más que ajo silvestre, la quiero recordar como SolitariumMalvis…
El progreso humano ha sido muchas veces el fruto de una mezcla, no de una pureza. La escritura cuneiforme nace del comercio entre pueblos distintos. El número cero llega a Europa desde la India, viajando con sabios árabes. El chocolate, el tomate, el maíz… América los compartió con un mundo que no sabía que los necesitaba.
La filosofía griega bebió de Egipto y Mesopotamia. La medicina moderna se nutrió de prácticas chinas, persas, africanas.
Los colores se mezclan y dan lugar a nuevas tonalidades.
Hoy, cuando una app se diseña en Corea, se programa en Alemania y se usa en España, seguimos haciendo lo mismo: mezclar. Aprender del otro no nos divide. Nos amplía.
Quizás el desarrollo no consista en ser más, sino en ser más diversos. Porque no hay avance sin cruce.
No hay innovación sin mezcla. No hay futuro sin diálogo.
Y eso, a veces, se olvida.
NB : Hoy es el Día Internacional de la Diversidad Cultural para el diálogo y el desarrollo .
He visto un cielo muy estrellado. Por lo menos para lo que estoy acostumbrada. En mi ambiente urbano, si miro al cielo, debo ver como mucho veinte estrellas y si me esfuerzo mucho. Estos días, por lo menos había cincuenta …
Se estima que en nuestra galaxia, la Vía Láctea, existen más de 200 mil millones de estrellas. Imagínatelo , como puedas, porque es una cifra enorme.
Sin embargo, desde la Tierra, a simple vista y en condiciones óptimas, solo podemos observar unas 6.000 de ellas, con suerte y según donde vivas.Incluso con los telescopios más potentes, apenas rozamos la superficie de ese inmensidad.
Y las hay muy grandes, más de lo que puedas imaginar. Si lo has intentado antes con 200 mil millones de estrellas, aquí otro dato.
En nuestra insignificancia, creemos que el Sol es el astro rey… Porque brilla, porque nos da vida, porque lo vemos cada día. Hasta que, un día, te topas con una estrella como VY Canis Majoris.
Una hipergigante roja, situada a unos 3.900 años luz de aquí. No está en ninguna foto de familia. No cabe en ningún mapa escolar.
Tiene un diámetro unas 1.420 veces mayor que el del Sol. Si la Tierra fuera una bolita de 6 cm, ella mediría casi 13 kilómetros.
Para darle una vuelta volando a velocidad de crucero, un avión necesitaría más de 800 años.
Y entonces entiendes. Que el Sol no es el rey. Que lo que creemos enorme solo es cuestión de escala. Que mirar al cielo también es una forma de poner los pies en la tierra.