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Continuando con lo de ayer, ¿Qué quieres ser de mayor?, ya os expliqué que, ante la imposibilidad económica de cursar “Licenciatura de la Felicidad”, decidí ser escritor. Pasaron los años e, inexplicablemente, mi profesión me hizo feliz. Escribir me complacía y me permitía vivir decentemente. Formé una familia y fui feliz hasta que un día, los del Departamento de Intrusismo Profesional llamaron a mi puerta. Ser feliz, sin la licenciatura correspondiente, se consideraba Intrusismo Profesional. Tuve que pagar una multa y dedicarme a escribir, camuflando lo mejor que podía, mi extraña felicidad intrusa. El caso es que empecé a preocuparme del futuro de los míos. ¿Qué sería de ellos? ¿Qué estudios les podría costear a mis hijos? Después, vinieron mis nietos y sin que yo me diera cuenta, los bisnietos… Mientras la vida transcurría, el mundo también lo hacía, avanzando en su propia locura. La Licenciatura de Felicidad dejó de existir. Se declararon guerras entre países por acuerdos comerciales; entre civilizaciones, por creencias religiosas. Líderes estrambóticos empezaron a dominar nuestro destino. Lo peor, por eso, fue lo imprevisible. Cuando yo era niño, se hablaba de la extinción de las abejas. Del incremento de la temperatura en la zona ártica, del descenso de krill en la Antártida , del peligro en el que se encontraban las cadenas tróficas tan bien diseñadas por la naturaleza para que el ecosistema subsistiera. Eran cosas pequeñas, que parecían insignificantes y no iban con nosotros. Pero ocurrió . La naturaleza se rebeló para intentar equilibrarse de nuevo: subió el nivel del mar, hubo terremotos, tsunamis, sequías, inundaciones, huracanes… En mi vejez, veo a mis bisnietos decidiendo su futuro. Lloro de rabia cuando oigo al más mayor, decirme que su gran sueño es tener un pequeño campo dónde cultivar trigo o guisantes o cualquier planta comestible de las que se salvaron de la catástrofe planetaria. En estos tiempos, se están vendiendo las semillas que se consignaron en el Banco de Semillas Mundial de Svalbard para poder alimentar a la tierra en caso de desastre natural. Ya no hay licenciaturas. Ni Universidades…Ahora, lo más importante es tener un trozo pequeño de tierra y unas cuantas semillas. En este mundo, en el que ya me toca morir, mi bisnieto quiere ser campesino y… no podrá. A este gran, gran privilegio, sólo acceden los que tienen recursos . No hay becas, ni ayudas para el resto de la población… Le he aconsejado que sea escritor…
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Aire.

La tienda es muy aséptica. Todo es blanco y está lleno de estanterías dónde están todas esas botellas de cristal azul. Tengo hora reservada. No hay esperas… A los pocos minutos de entrar por la puerta, estoy estirada en una cómoda camilla. Tengo una mascarilla colocada en la boca. Algo sujeta mi nariz… Oigo la voz del chico que me ha acompañado hasta allí: expire, inspire…
Una leve señal acústica, me indica que ya hemos acabado. Me piden que me espere unos minutos. El chico aparece con una tablet en las manos: le voy a comentar los resultados.

Me enseña un gráfico: 75% Barcelona ciudad, 10% Litoral Garraf, 5% Alt Empordà, 5% Litoral Costa Brava, 3% Pirineo de Huesca, 2% Sin determinar.
Como sabe, en Barcelona hay una cifra de dióxido de nitrógeno, muy superior a la que recomienda la OMS por lo que tendrá que utilizar nuestros aires más puros para neutralizarlo.
Los aires más limpios de importación que podemos ofrecerle hoy son : Tallín , Whitehorse, Sidney y Honolulu. De producción nacional, tenemos Arrecife, Marbella y Badajoz.
Me decido por un 70% Arrecife y un 30% de Honolulu.
Nunca pensé que cambiar de aires, tuviera un efecto tan rápido.
Cuando salgo de la tienda, me siento llena de energía. Nueva por dentro…Limpia.

De Betsy MCall
NB : Las ciudades del mundo con el aire más limpio.
Rosa.
Tengo un pincel.
Ni recuerdo como llego a mi bote de cristal, en el que están todos los pinceles viejos….Este pincel es…peculiar.
Todo lo que pinta, lo hace de color de rosa… No importa que tono elijas: blanco, azul, incluso negro. El pincel sólo pinta de rosa… Al principio, claro, sólo lo utilizaba para pintar .¿Para qué más vas a utilizar un pincel, no?…Pero un día, apareció encima de mi cama. ¿Cómo? Eso ya no lo sé…
Lo cogí para dejarlo en su lugar y se me cayó al suelo, encima de mis zapatos. Entonces, mis zapatos se volvieron rosa. No quería creer que había pasado lo que habían visto mis ojos. No podía creerlo…pero sí, mis zapatos eran de ese color.
Miré el pincel y me acerqué al vestido de tul blanco que colgaba de una percha. Le di un toquecito con el pincel y…rosa.
Pensé que eran imaginaciones mías y quise…aclararme. Me dirigí al salón. Allí, en el sillón descansaba la colcha de ganchillo que me había hecho mi abuela. Era de un color crema, desvaída por los años. ¿Y rosa? –pensé…
En la cocina, había dejado unos sorbetes de limón, para que se atemperasen un poco. ¿Pruebo?
Y tenía una rodajita de limón para decorarlos…Venga.
El pincel lo pintaba todo de rosa… Pinté la cama, el iPad, la televisión, el microondas, mi pelo, mi piel… Y, entonces, se me ocurrió una idea maravillosa.
¿Por qué no pintar mi vida de rosa?
Y lo hice pero…nadie me creyó. Nadie. ..
Sí, soy esa mujer que va vestida de rosa y que lleva un pincel en la mano que no suelta jamás. Tengo ilusiones y expectativas. Soy optimista. Todo irá bien, ya lo verás…Siempre sonrío, me paro a deleitarme con los pequeños detalles de la vida y es posible que, si me dejan, hasta les de una pincelada de rosa.
Ahora, estoy aquí…Cuatro paredes blancas y acolchadas pero…son blanditas y eso está bien….Y me han dejado quedarme con el pincel. He oído como susurraban que no se puede considerar una herramienta peligrosa. ¿Peligroso un pincel que lo pinta todo de rosa?…¡Vamos, hombre!
Y ahora que me miro esta habitación, mejor que le de un poco de color. Esto lo soluciono yo con cuatro pinceladas y, de paso, también pintaré esta camisa de rosa aunque…me va a costar un poco más, con las manos atadas a la espalda…
Final Optativo (rosa)
Nadie sabe como ha podido pasar. Se ha prohibido hablar del incidente pero todos saben que la habitación de aislamiento ha amanecido de color rosa. La camisa de fuerza, del mismo color, estaba tirada en el suelo, en un rincón, al lado del dibujo de una puerta …también rosa. La mujer, la que llamaban «La del pincel» , había desaparecido.
Allí, no había nada más.
Ni nadie.
Odio la Navidad.
Odio la Navidad.
Cuando lo digo, la gente me mira con cara rara. ¿Cómo no puede gustarte la Navidad, hombre?. Es un tiempo de amor y de paz, de regalos, de comilonas, de encuentros familiares… Y ya pueden venderme la idea más romántica y preciosa de la Navidad que , a mí, no me afecta. Sigue sin gustarme.
La odio. Profundamente.
Lo del amor y la paz me produce escalofríos. Es como si el ser humano estuviera programado para amar y estar en paz y armonía esos días del año. Específicamente, esos. El resto del año tiene como una especie de carta blanca para ser anodino (ni bueno , ni malo) o un verdadero hijo de puta. Perdonad que sea tan grosero pero no sé cómo expresarlo con la contundencia que requiere. Cuando estoy concentrado , poniendo las luces, suelo crear historias de ciencia ficción que me ayuden a superar el frío y el tedio. Siempre me imagino que los extraterrestres que nos controlan ( eso ya os lo explicaré otro día), nos han insertado una especie de temporizador con una serie de botoncitos. Se divierten jugando con nosotros y, en Navidad, nos colocan en el mode Xmas, para que se activen esas características navideñas del amor y la solidaridad.
El que me decía eso de la paz y amor tiene a su madre internada en una residencia de ancianos a la que no va nunca. Eso sí, en Navidad come con ella.
Yo soy un tipo normal . Amo cada día del año a mi esposa y mi hijo y soy un ser pacífico.
Y, odio la Navidad.
A mí, las Navidades, lo que hacen es robarme el tiempo que le regalo, cada día, a mi hijo. Me hacen ir a controlar que todo está en orden y no puedo cumplir mi horario habitual.
Mi hijo es un precioso niño, gordito y sonrosado , que viene de tierras heladas. Hasta los seis años vivió en un centro de adopción y, durante todo ese tiempo, no recibió muestras de afecto ni pudo jugar.
Mi hijo no había jugado jamás.
Así que, desde que vive en nuestro hogar que ahora es el suyo, le dedico un tiempo sagrado por la tarde, antes de bañarlo y acostarlo, para jugar a aquello que más le apetezca.No le interesan los juguetes, lo que le gusta es fabricar castillos con cajas de zapatos e imaginar aventuras con los desgastados muñecos de plástico que le regalamos en su primer cumpleaños con nosotros y de los que no se ha desprendido en estos tres de convivencia. Así que lo único que me trae la maldita Navidad es alterar mi ritual sagrado del juego. Mi regalo diario a mi hijo.
¿Cómo no voy a odiar la Navidad? Me paso todo el día arriba y abajo con el elevador… Luces van, luces vienen…
Odio la Navidad. Y aún más desde el apagón del 2018.
Demasiadas Cumbres Internacionales sobre el cambio climático y poco trabajo efectivo para corregir nuestros excesos. Tras la crisis mundial que se inició en el 2009, llegaron los tiempos difíciles. Cuando en el 2016 por fin se vio la luz, se inició una etapa de nueva euforia consumista. Al mismo tiempo, el invierno empezó a ser más extremo y lo mismo pasó con el verano.
En Diciembre del 2018, todas las ciudades del mundo se engalanaron con millones de luces navideñas. Aunque eran portentos del bajo consumo, la tierra superpoblada, se llenó de bombillas de colores que anunciaban la alegría de los buenos tiempos que se avecinaban. Las temperaturas bajo cero hicieron que la población mundial pusiera en marcha sus aparatos de calefacción mientras la otra mitad de ese mundo, sofocado por el calor tropical, hacía lo propio con los de aire acondicionado.
No se sabe por qué, todo ocurrió en el mismo segundo pero lo único que se recuerda es aquel gran puuuufffffff y, después, la oscuridad total.
La tierra se apagó completamente. Era la Navidad del 2018.
A partir de ese momento, mi trabajo en el Departamento de Mantenimiento del Ayuntamiento de Barcelona, sufrió un cambio radical durante la época navideña. Las ciudades tuvieron que racionar el consumo de luz y, a la vez, requerían de la iluminación navideña que motivara a los ciudadanos a salir a la calle, a comprar y a animarse. Eso de vivir en la penumbra, nos convirtió en seres malhumorados y ariscos. Si antes me ocupaba de colocar los sesenta kilómetros de iluminación navideña en las 305 calles escogidas por el alcalde y, tras ese faenón, dejar que el susodicho apretara el botón del encendido ahora… Ahora , debíamos acudir diariamente a las 305 calles y encender los sesenta kilómetros de velas que iluminaban la ciudad. Eran velas especiales que duraban todo el mes y que debíamos encender y apagar en ciclos de veinticuatro horas.
Vuelta a las velas. Vuelta al encendido y apagado manual.
Odio la Navidad.
Y odio tener que irme a las 24:00 en el camión del Ayuntamiento para recorrer Barcelona, soplando las velas . Una a una.
Yo soy el tipo que las enciende y las apaga cada día. ¿Lo entiendes? ¿Entiendes por qué odio la Navidad?.
Making Of : Este texto lo colgué en el 2009 y en el 2013. La idea original me la inspiró : 1) la de gente que odia la Navidad, 2) la noticia del alumbrado navideño en Barcelona y 3) las noticias sobre el cambio climático que llegaban de Cancún (2009). En mi imaginación, faltaban nueve años para el gran apagón mundial. Ahora, a punto de entrar en el 2017 y con el acuerdo firmado en la Cumbre de París en junio de este año, casi una década despues, veo que sigue siendo un texto vigente. Espero que , algún día, tenga tan poco sentido que no lo quiera volver a publicar. Mientras tanto, hay que ir aprovisionando velas y cerillas…

Más narcisismo, imposible.
Cuando Sara contactó conmigo para que le enviara personalizada la novela corta “Lo mío con George”, me pasaron varias cosas.
La primera, la sorpresa. Me quedé sorprendida. “Lo mío con George” es una de mis obras compulsivas de hace cuatro años y pico… Digo “compulsiva” porque en ese tiempo, producía, con facilidad, relatos de corte romántico. Me lo pasaba en grande escribiéndolos, colgándolos en este blog y en webs de libros gratuitos, dejándolos ahí, en la inmensa red, libres, para que volaran solos… Y, de repente, una lectora, Sara, me pide la novela para regalársela a una amiga .

Tras la sorpresa viene la gratitud. Es una gran sensación saber que alguien te ha leído y que le ha gustado lo que ha leído. Y que lo quiere regalar. Máximo placer. ¡Gracias, Sara!
Y, por último, apareció la necesidad de releer. Mis últimas incursiones en lo de escribir algo más que un relato breve para el blog, se han desviado por otros caminos. «La asesina del pollo«, «Íncipits»pretendiendo ser un thriller… Otro estilo, ya no me da por lo romántico…Además, ahora ya no soy tan impetuosa…Así que me enfrento a una tarea arriesgada: releer “Lo mío con George”, después de cuatro años y medio de haberlo escrito. ¡Ups! El tiempo que ha pasado, hará que mi valoración sea mucho más severa, estoy segura. Dicen que el escritor es el primer lector y quizás el más exigente…

Vuelvo a leer la novelita. Cambiaría cosas, redactaría algunas frases de otra forma, la cuidaría mucho más, pero… me gusta lo que leo. Me lo paso bien. Pienso que estoy como una chota. Sonrío …Resulta que soy un monstruo de la vanidad: releo algo que he escrito y me gusta.
Así que, gracias a Sara y a su amiga Beatriz, he recuperado «Lo mío con George»: el placer de compartirlo, la acaricia al ego de saberse leída, el que guste y … el que me haya proporcionado el placer del lector, aunque lo haya escrito yo! (paradójico)
Y lo admito, más narcisismo, imposible.

NB1 : No puedo evitar dejaros aquí el enlace de descarga en PDF : lo-mio-con-george
NB 2 : El texto está escrito de una forma que permite “personalizarlo”. Con un simple reemplazo automático en el Word, puedo hacer que la historia se convierta en “Lo mío con Brad” ( por ejemplo) y personalizar a la protagonista, para que sea el lector, directamente. Me pareció gracioso para regalar …
NB3 : Las fotos son de Sara ( gracias, de nuevo! ; – ) que lo imprimió, lo encuadernó y lo envolvió en papel violeta con lazo de plata ( que tiene su significado en la novela… )
Diez minutos fantásticos.
Para disfrutar de este post, se necesitan diez minutos . Un tiempo en el que deleitarse con el cuento de José Saramago : «La flor más grande del mundo».
Un cuento, narrado por su autor, con música de Emilio Aragón y un increíble film dirigido por Juan Pablo Echeverry, en stop-motion , en su versión plastilina, digno de ver.
Diríamos que este cuento es uno de esos «definitivos» . Y, además, es para niños y es para adultos. No hay escapatoria.
Reproduzco un párrafo del artículo de El País, que encontraréis en este link.
Ocho meses de trabajo para adaptar el cuento homónimo del genio portugués con técnicas stop-motion. Ocho meses para hacer que la partitura compuesta por Emilio Aragón casara a la perfección con unas postales animadas repletas de simbolismo. Diez minutos para hablar de la importancia de las cosas pequeñas y, sobre todo, de todo lo que nos rodea. Diez minutos para reflexionar sobre la infancia, la naturaleza y la ficción. Porque, ¿qué pasaría si las historias escritas para niños fueran leídas por los adultos? La respuesta, en este cortometraje.
Y, ya, sin más dilación, vienen esos fantásticos 10 minutos.
Enjoy it!
Me duele la espalda.

Me duele la espalda. Estoy sufriendo… Nunca me había dolido tanto…
Estoy desesperada y eso me hace cometer imprudencias. Como ahora mismo… Estoy en la Plaza de los Remedios, buscando a un hombre. ¡Qué locura, por Dios! Dicen de él ,que cura todas las dolencias y yo necesito que alguien me ayude. Las calles que circundan la plaza están oscuras, muy oscuras y empiezo a tener miedo.
Oigo unos pasos y, de la oscuridad, emerge un hombre vestido con una túnica. No puedo dejar de observar esas estrellas brillantes, que decoran el raso azul . Levanto la vista y veo que lleva unas gafas grandes y…esa melena rubia de bote ¡Oh, no! Me siento decepcionada. Es terrible que mi potencial sanador sea un imitador de Rappel. Le quita credibilidad. No quiero ni imaginarme la posibilidad que lleve un tanga de leopardo, debajo de esos ropajes…
Me hace un gesto con la mano y lo sigo, recorriendo esas calles tenebrosas. ¿Pero qué hago aquí? me pregunto pero, entonces, algo me presiona la espalda , tira hacía abajo y me hunde en el intento. Duele.
Estoy aquí por el dolor. Quiero que me lo quite.
Al final de nuestro camino, hay una curva pronunciada que esconde un paraje maravilloso. Me sorprende el cambio repentino de texturas, pero no le doy muchas vueltas. Tampoco al hecho que estoy siguiendo a un tipo que va disfrazado de Rappel. La luz natural de las cientos de estrellas que titilan en el cielo, son suficientes para iluminar el hermoso jardín de margaritas. Hay miles y parecen sonreírme. En el centro de ese estallido floral, hay una caravana. El hombre me dice que vive allí y me invita a entrar.
Empiezo a caminar entre las margaritas, en dirección a la caravana que ya tiene la puerta abierta. Una luz blanca, suave pero radiante a la vez, se escapa del interior. En el mismo instante que rozo las flores, desaparece la sensación de inquietud que me ha embargado en la Plaza de los Remedios. No sé cómo pero estoy descalza y siento la hierba fresca bajo mis pies.
El hombre ya no se parece a Rappel. Viste una camisa blanca y unos jeans y también va descalzo. Me explica que cada Carnaval, le toca disfrazarse de un vidente famoso. Sonríe cuando me indica que el año anterior le tocó Paco Porras. Es una explicación lógica al extraño atuendo con el que me ha recibido . Lo que no la tiene, es que yo esté descalza, en medio de este campo de margaritas pero…no pregunto. No digo nada. Presiento que mi espalda va a estallar de un momento a otro. Tengo ganas de llorar.
Entro en la caravana. Todo es blanco , hasta el sofá en el que me invita a sentarme. Lo hago. No importa que este en medio de la nada , con un hombre desconocido . Lo único importante es sentarme en ese sofá blanco.
Lo hago con mucho cuidado. Mi espalda está rígida. Mi alma, también. Y me siento sola. Cuando me acomodo contra el respaldo, siento una extraña brisa que refresca el ambiente. El aroma de margaritas me envuelve.
El hombre me mira a los ojos y , de verdad, me ve. Y lo ve todo. Me pide que lo deje salir. Que se lo entregue. Cada vez estoy más cómoda y mi columna vertebral empieza a ser moldeable. Me duele menos.
Lo saco. Le hablo. Lo digo todo. Se lo doy. Comparto lo que me pesa, lo que me hace hundir los hombros. Poco a poco, pacientemente, saca la pesada losa de mi espalda.
Ya no duele. Las flores me regalan el alivio.
Ya no duele.
La caravana no está. Ni el hombre. Sólo yo, mis pies descalzos y este gran prado lleno de margaritas…

(…)
El despertador interrumpe mi sueño. ¿Margaritas? Me desperezo con lentitud : estiro mis brazos, estiro mi cuello y, por fin, estiro mi espalda. Es flexible y responde . Se alarga, cruje y reposa.
Abro la ventana . El cielo parece transparente y hay una luz preciosa. Siento, de repente, que no puedo desaprovechar este día. Estoy aquí y es hoy.
De camino a la cocina, en busca de mi café, me tropiezo con el sofá beige mortecino que decora mi salón. Me golpeo el pie, en el meñique y siento un dolor intenso que interrumpe mi estado flower power pero, cuando me agacho para frotarme mi dedo pequeño y dolorido, mis manos se enredan con una margarita prendida en el dobladillo del pijama.
Decido que voy a cambiar el sofá. Voy a comprar uno de color blanco.
Me pongo la margarita en el pelo y sonrío.
Ya no duele.

NB : Las fotos son de Unplash.
Cantando…
Su armónica voz atraviesa la calle y entra por mi ventana. Después, se desliza en mi cerebro, suavemente, haciéndome abandonar el mundo de los sueños. Unooo, Doosss, Treess, Cuatrooo, Cincooo.

En el seisss ya suelo estar despierta. En el doooceee me estoy tomando mi café matinal, reposadamente, esperando el treeecee y la espectacular cadencia del quiiiinnnce…
Tras el veintiuuuno, ya estoy duchada y vistiéndome para salir de mi pisito. Recuerdo la sensación de bienestar que me invadió cuando el agente inmobiliario me enseñó aquel coqueto piso de alquiler. Era un tesoro. Luminoso, pequeño, precioso. Precisamente lo reducido de su tamaño era uno de los inconvenientes para su renta rápida, pero a mí me iba bien y la terracita interior tipo Soho, acabó por convencerme.

El mismo día de la mudanza y ya firmado un alquiler para diez años, el amable agente inmobiliario me advirtió de la presencia de una vecina un tanto especial. “Te va a cantar las cuarenta “, me dijo con una sonrisa extraña. Pasé todo el día un tanto nerviosa. ¿Habría una inquilina agresiva? ¿Ese era el motivo de que aquel pisito mono y a buen precio estuviera libre?

Treintaytrrrreeeessss. Oigo el treinta y tres, es mi número preferido sin duda alguna…La respuesta al enigma llegó por la mañana. A las ocho en punto, la hora en la que tengo programada mi alarma en el iPad, una voz dulce y armoniosa me despertó. Por el tipo de edificio y cuestiones de resonancia, el canto parecía estar en el interior de mi piso. Uno, dos, tres y así hasta el número cuarenta. Mi vecina cantaba los cuarenta números con un magnífico tono de soprano.
Ya me he acostumbrado y, confieso, que me gusta…
Cuarentaaaaaaa.

NB 1 : Expresión coloquial
Cantar las cuarenta: se utiliza cuando alguien amenaza con reñir o abroncar a otra persona por algo que ha hecho, y normalmente con tanta razón que el regañado no tendrá excusa para defenderse ante las acusaciones recibidas.Su origen data de un juego tradicional de cartas español: el tute. En el juego, el jugador que logra el caballo y el rey del palo (oro, copa, espada y basto) debe cantar en alto los 40 puntos obtenidos. Durante el juego , la expresión “te voy a cantar las cuarenta” , se usa también para amenazar a los otros jugadores con la posibilidad de lograr la máxima jugada.
NB 2 : Las fotos son de un estudio en Brooklyn …
Low Writery.
En estos días de vacaciones…me ha vuelto a pasar.
He tenido un brote de hipergrafía…. En realidad, no he padecido “la inevitable necesidad de escribirlo absolutamente todo”, pero sí que me topé con mi proyecto fallido del último NaNoWriMo y, tras una lectura rápida, sentí la inevitable necesidad de acabar ese texto. Y lo he hecho este mes de agosto.
Al principio, era la historia de un escritor sin historias y, al final, se ha convertido en “Low Writery”, una novela corta o un relato largo, según como se mire.
Ahora viene el mejor momento del proceso: la libero y la dejo aquí, para que sirva de alimento a los habitantes de Leganon…
Descarga en *pdf

Alma de cántaro
Rescato este relato de hace tres años (¿ya?????)
Aviso : tiempo de lectura de 12 minutos.
Alma de Cántaro, según el insigne Diccionario del Uso del Español María Moliner es: Persona despreciable, insensible, incapaz de entusiasmo, generosidad o cualquier sentimiento o interés noble. Lo de “Cántaro” viene porque está hueco. Vacío. Alma Vacía podía ser, también ,una definición .Curiosamente, yo utilizo esta expresión de forma incorrecta o, por lo menos, diferente. Para mí, alma de cántaro es alguien ingenuo, inocente… Esta es la acepción en la que se basa este relato…ingenuo.
Se sentía feliz.
Tal vez “feliz” fuera una palabra demasiado gorda para aquella sensación de bienestar y satisfacción que le embargaba pero no tenía otra en su repertorio verbal para dar cabida a la bonanza y serenidad de su espíritu.
Por primera vez en muchos años, sentía que su vida funcionaba razonablemente bien.
Mientras saboreaba un delicioso espresso, 100% Arábica, dejó de prestar atención a la prensa para mirar por la ventana. Su vista se perdió en el pequeño jardín que su mujer, había convertido en un espacio natural y con un cierto aire rústico. Las vigas envejecidas sobre el césped, el mimbre, las cortinas de lino color crema que resguardaban del sol en el porche…y el cántaro…
Ese cántaro.
Sonrío al recordar cómo lo habían encontrado. En una casa ya prácticamente derruida. En un pequeño pueblo. Su esposa se había encaramado en lo alto de una montaña de escombros hasta poder alcanzar aquel cántaro. Sin sus esfuerzos de sujeción, por eso, nada de eso hubiese sido posible, ya que en toda la operación, estuvo sosteniendo su delicioso y gran trasero, a pulso, con las dos manos… Como era previsible, la torre se desmoronó y los dos cayeron al suelo pero, el cántaro, sobrevivió al impacto. Ahora, además de ser la anécdota aventurera preferida de la pareja, adornaba uno de los rincones más especiales del jardín, bajo el sauce llorón.
Transcurrió una semana y, después, un mes y durante ese tiempo , siguió sintiendo esa sensación de felicidad, bienestar, equilibrio, satisfacción o…lo que fuera eso.
Magnífico.
Pero , un día, lo dejó de percibir. Ya no se sentía feliz… Descubrió que su vida, en esencia, no había cambiado ni un ápice pero sí la de los otros…Nada de lo que sucedió lo afectó directamente .En cambio, en el entorno más cercano, se produjeron sucesos vitales que alteraron su paz interior : Su padre y las pruebas médicas que confirmaron la demencia, sus amigos del alma divorciándose o el despido masivo de muchos compañeros en la empresa en la que trabajaba. Lo que acaecía en esas vidas, no le permitía disfrutar plenamente de su momento estelar de satisfacción personal…
Aunque fuera un pensamiento egoísta, debería estar aislado del resto de la humanidad para así evitar que esa sensación de angustia, se fuera extendiendo en su vida pero…precisamente su naturaleza generosa y su vínculo con familia y amigos, no le permitía más que sufrir ante el infortunio de los suyos. En eso pensaba, sentado en uno de los butacones del porche, tomando un whisky de malta que debería estar paladeando con deleite…
Entonces, oyó un susurro hueco que no supo adivinar de dónde venía. ¿Era su nombre? ¿Quién estaba llamándolo? Se levantó e inspeccionó el pequeño espacio verde que había conseguido entre tanto cemento al comprar un bajo con jardín. Escudriñó la parcela ya que dominaba visualmente los cuarenta metros cuadrados que ocupaba e, incluso, se apostó al lado de la valla del vecino, a ver si era él el que lo llamaba, aunque le parecía improbable después del incidente “Barbacoa”: “El-humo-llega-a-mi-casa”, “Me-ha ensuciado-la –ropa-tendida” y la respuesta de su mujer “Cómprate-una-secadora”… Volvió a sentarse, seguro que el viento y su abstracción le habían jugado una mala pasada cuando oyó, de nuevo, la vocecilla con un eco sordo, increpándole. Parecía venir del sauce, allí dónde estaba el cántaro…
Dentro del cántaro, el alma de cántaro pugnaba por salir de allí. Unos la llamaban “alma”, otros “genio” , otros “superstición” e, incluso, había quien había osado a llamarla “botijo”, cosa que le dolía profundamente…Llevaba años encerrada en el cántaro, esperando que uno de esos estúpidos seres humanos, lo llenara de agua y bebiera de él a la vez que pedía un deseo. ¡Mira que era fácil! Pero… los Dioses no habían tenido en cuenta la evolución de toda esta gente que, de repente , dejó de ir a los ríos y a las fuentes a por agua. Lo que antes era un artefacto de uso diario, ahora se había convertido en un objeto obsoleto, sin ninguna utilidad… Puro adorno en los jardines domésticos de los bajos de urbanización…Ahora mismo, el cántaro estaba situado, debajo de un sauce, muy pesado, que no hacía más que llorar…Sus hojas, caducas, caían en su interior, ensuciándolo y haciendo más difícil que algún día, lo llenaran de agua y se la bebieran…Era duro admitirlo pero…¡Si por lo menos hubiese sido un botijo!
Cuando se acercó al sauce y aguzó el oído, detectó que el susurro provenía del cántaro. “Soy el alma de cántaro”, le dijo. Antes de agacharse para mirar que había dentro, se aseguró que no le estaban gastando una broma y volvió a inspeccionar el terreno. Nadie…Dentro del cántaro no había más que hojas caídas del sauce. Si allí había un enanito parlanchín o, en su defecto, un alma parlante era totalmente invisible…Se sonrío ante la tontería y de repente, decidió limpiarlo .Lo acercó a la manguera y , tras vaciarlo de hojarasca, lo llenó de agua limpia, lo enjuagó y lo dejó reluciente. Sin saber por qué, volvió a llenarlo de agua…Como un autómata, cogió su whisky de malta y regó el sauce con él. Llenó el vaso vacío de agua del cántaro, que en aquel momento le pareció lo más cristalino, fresco y apetecible del mundo y pensando en que «todo mejoraría para todos», apuró el contenido de un trago.
El alma de cántaro no cabía en sí de gozo. Había tenido que utilizar artimañas no aprobadas por los genios de los otros cántaros, pero, por fin, uno de esos seres humanos, había bebido agua del cántaro. Hacía tantos años que no ocurría, que el alma de cántaro se emocionó y en pleno éxtasis conjuró: Todo mejorará para todos.
El agua le supo a gloria. Le extrañó no detectar el sabor a cloro o aquellos sedimentos de cal blanquecina… Dejó el cántaro, de nuevo, bajo el árbol y entró en casa. A los pocos minutos, el teléfono empezó a sonar: el diagnóstico de su padre era erróneo. Sus amigos se habían reconciliado. La empresa había conseguido un contrato millonario y no habría despidos…Fue sólo el principio.
En el mundo, la insatisfacción era una epidemia. No estábamos satisfechos con nuestras vidas, con nuestros cuerpos, con nuestras casas, con nuestros hijos, con nuestros trabajos,…Siempre, había uno o varios motivos de insatisfacción en una vida. Unos eran importantes, otros se solucionaban en una peluquería o con un coche deportivo pero… el número de insatisfechos-por-algo aumentaba día a día igual que el stress, la ansiedad y la angustia… Entonces, sin que nadie pudiera evitarlo, empezaron a ocurrir cosas extrañas…
De un día para otro, el dinero dejó de ser el valor más importante del planeta. El ser humano perdió interés en ir acumulando bienes ( casas, coches, ropa) y se manifestó inmensamente feliz al vivir en un entorno más amable y sostenible. La industria del automóvil y la industria del lujo se hundieron. Lo mismo pasó con la cosmética y la moda. Y con los “modelos corporales”. Nadie parecía necesitar cremas milagrosas, ni Operación Bikini…La gente procuraba estar sana , aceptando su cuerpo y sus diferencias…De la misma forma, se acabó con enfermedades crónicas, dominadas por la industria farmacológica. También se hundió la industria de la autoayuda .No hacía falta terapia, ni fármacos, ni psiquiatras…El consumo de Prozac, Trankimacín y derivados disminuyó hasta casi desparecer. Las guerras se acabaron y con ellas, los traficantes y multinacionales de armas .Y los ejércitos…
El bien común se impuso como Filosofía Política…
De repente, todo iba bien para todos … Eran tiempos felices…
Como cada tarde, se sentó en el sofá de su porche, encantado de la vida, oyendo piar a los pajaritos que jugueteaban en las ramas del sauce. El mundo había cambiado y nadie sabía qué había causado aquel cambio pero, los efectos eran tan maravillosos que no se preguntaron de dónde procedía aquella sensación de bienestar que se iba propagando por el planeta.
Le pareció oír un ruido, desde el otro lado de la valla, pero no le dio más importancia. Se levantó y se acercó al sauce. Nuevos brotes verdes aparecían en las ramas . El árbol, aquel año, prometía un desarrollo espectacular. Las ramas desmayadas, eran tantas y tan frondosas que ocultaban el cántaro, lleno de agua de lluvia…
–Tenemos al objetivo a tiro. ¿Procedemos, Señor?
Nadie oyó el disparo. Casi era inconcebible entre tanta, tanta felicidad…
Él sólo sintió una vibración en el aire y un extraño calor en el centro del pecho. Después, cayó al suelo en una acción a tres tiempos, en el que primero se agarró a las ramas del sauce, después abrazó el tronco y finalmente, se derrumbó contra el cántaro.
El agua, empezó a derramarse. Él, empezó a morir…
– Objetivo derribado, Señor.
– Recojan el Artefacto del lugar, borren huellas y desparezcan de ahí.
Unos hombres armados y vestidos de negro, como en las películas, aparecieron en su pequeño jardín de 40 metros cuadrados. Los oía hablar y dar instrucciones. Supo que lo habían identificado como el Propagador del Virus de la Felicidad. ¿Él?
Buscaban “el Artefacto”. ¿De qué hablaban? El dolor era intenso y todo lo que había a su alrededor, empezaba a desvanecerse. Quería saber quién eran esos tipos y por qué le habían disparado pero ya no había tiempo. Se dejó caer, la cara aplastada en la tierra, y el cuello del cántaro a su vera, inclinado, dejando caer gotas de agua de lluvia…Pensó en su mujer y en lo que le gustaba aquel cántaro y sonrió. Una gota cayó en sus labios y la bebió. Su último pensamiento fue “Espero que nunca encontréis ese Artefacto, cabrones infelices”.
El alma de cántaro seguía en el interior del cántaro, esperando que alguien activara el rito de nuevo. Notó como el cántaro se tambaleaba y cómo caía al suelo, resquebrajándose en la base. No iba a quedar más remedio que buscar otro cántaro… Fastidiada, el alma salió de allí, en busca de otro recipiente donde cobijarse por unos siglos más. Antes de hacerlo, concedió el deseo a aquel ser humano que bebía el agua de lluvia que había guardado en su interior. Que no encuentren el Artefacto, nunca.
Los Lobby de las industrias más poderosas del planeta, entrenaron a un equipo especial para acabar con la felicidad generalizada. Descubrieron que el Hombre- Normal -del –Bajo- Con- Jardín, era El Propagador. A partir de él, había surgido la cadena que se había extendido de forma exponencial.
Sin insatisfacción, no había negocio.
Demasiada gente feliz para sus intereses.
Identificado El Propagador había que acabar con él y buscar “la llave” que activaba todo aquella satisfacción mundial. Sabían que era un objeto, que estaba en su poder y ubicado en aquel jardín minúsculo. Una vez que lo tuvieran, volverían a poner las cosas en su sitio…
Metieron el cuerpo en una bolsa de lona negra. Lo harían desaparecer sin dejar rastro. Revisaron el jardín con minuciosidad. Sus detectores señalaban a la zona del sauce. Analizaron los últimos minutos de la vida del Propagador y observaron cómo se abrazaba al tronco, antes de caer encima de aquel cántaro…Estaba roto. Con mucho cuidado, extrajeron el árbol, intentando conservar las raíces y lo trasladaron al laboratorio.
Los trozos de barro, se dispersaron entre la tierra removida… El alma ya había salido de su escondite y flotaba en el aire, buscando otro cántaro en el que vivir…
En el edificio de Análisis Especial de Wichita, los especialistas seguían intentando encontrar el código que activara el sauce llorón. Lo habían trasplantado en una habitación con todas las variables de crecimiento controladas. Simulaban clima, vientos, temperatura…pero el árbol seguía sin hacer nada más que perder la hojas en invierno y volver a renacer en primavera… Estudiaron las imágenes que habían grabado del Propagador. ¿Podía ser que abrazara al árbol al caer?… Y, así, cada día, los componentes del Equipo de Análisis Especial de Wichita, abrazaban al sauce, le hablaban, se tomaban un whisky de malta a su vera, pero nada surgió efecto.
La felicidad siguió extendiéndose…
Imparable.
El alma de cántaro estuvo barajando la posibilidad de irse a vivir a una botella de plástico pero le dijeron que eran de un solo uso y que se vería obligada a saltar continuamente de botella en botella. Además, ser Alma de Botella no era tan glamuroso como ser Alma de Cántaro… Finalmente, se decidió por un botijo muy bonito y redondito que estaba colgado de una higuera, en un campo labrado. No era un cántaro pero se parecía mucho…











