Odio la Navidad.

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Odio la Navidad.

Cuando lo digo, la gente me mira con cara rara. ¿Cómo no puede gustarte la Navidad, hombre?. Es un tiempo de amor y de paz, de regalos, de comilonas, de encuentros familiares… Y ya pueden venderme la idea más romántica y preciosa de la Navidad que , a mí, no me afecta. Sigue sin gustarme.

La odio. Profundamente.

Lo del amor y la paz me produce escalofríos. Es como si el ser humano estuviera programado para amar y estar en paz y armonía esos días del año. Específicamente, esos. El resto del año tiene como una especie de carta blanca para ser anodino (ni bueno , ni malo) o un verdadero hijo de puta. Perdonad que sea tan grosero pero no sé cómo expresarlo con la contundencia que requiere. Cuando estoy concentrado , poniendo las luces, suelo crear historias de ciencia ficción que me ayuden a superar el frío y el tedio. Siempre me imagino que los extraterrestres que nos controlan ( eso ya os lo explicaré otro día), nos han insertado una especie de temporizador con una serie de botoncitos. Se divierten jugando con nosotros y, en Navidad, nos colocan en el mode Xmas, para que se activen esas características navideñas del amor y la solidaridad.

El que me decía eso de la paz y amor tiene a su madre internada en una residencia de ancianos a la que no va nunca. Eso sí, en Navidad come con ella.

Yo soy un tipo normal . Amo cada día del año a mi esposa y mi hijo y soy un ser pacífico.

Y, odio la Navidad.

A mí, las Navidades, lo que hacen es robarme el tiempo que le regalo, cada día, a mi hijo. Me hacen ir a controlar que todo está en orden y no puedo cumplir mi horario habitual.

Mi hijo es un precioso niño, gordito y sonrosado , que viene de tierras heladas. Hasta los seis años vivió en un centro de adopción y, durante todo ese tiempo, no recibió muestras de afecto ni pudo jugar.

Mi hijo no había jugado jamás.

Así que, desde que vive en nuestro hogar que ahora es el suyo, le dedico un tiempo sagrado por la tarde, antes de bañarlo y acostarlo, para jugar a aquello que más le apetezca.No le interesan los juguetes, lo que le gusta es fabricar castillos con cajas de zapatos e imaginar aventuras con los desgastados muñecos de plástico que le regalamos en su primer cumpleaños con nosotros y de los que no se ha desprendido en estos tres de convivencia. Así que lo único que me trae la maldita Navidad es alterar mi ritual sagrado del juego. Mi regalo diario a mi hijo.

¿Cómo no voy a odiar la Navidad? Me paso todo el día arriba y abajo con el elevador… Luces van, luces vienen…

Odio la Navidad. Y aún más desde el apagón del 2018.

Demasiadas Cumbres Internacionales sobre el cambio climático y poco trabajo efectivo para corregir nuestros excesos. Tras la crisis mundial que se inició en el 2009, llegaron los tiempos difíciles. Cuando en el 2016 por fin se vio la luz, se inició una etapa de nueva euforia consumista. Al mismo tiempo, el invierno empezó a ser más extremo y lo mismo pasó con el verano.

En Diciembre del 2018, todas las ciudades del mundo se engalanaron con millones de luces navideñas. Aunque eran portentos del bajo consumo, la tierra superpoblada, se llenó de bombillas de colores que anunciaban la alegría de los buenos tiempos que se avecinaban. Las temperaturas bajo cero hicieron que la población mundial pusiera en marcha sus aparatos de calefacción mientras la otra mitad de ese mundo, sofocado por el calor tropical, hacía lo propio con los de aire acondicionado.

No se sabe por qué, todo ocurrió en el mismo segundo pero lo único que se recuerda es aquel gran puuuufffffff y, después, la oscuridad total.

La tierra se apagó completamente. Era la Navidad del 2018.

A partir de ese momento, mi trabajo en el Departamento de Mantenimiento del Ayuntamiento de Barcelona, sufrió un cambio radical durante la época navideña. Las ciudades tuvieron que racionar el consumo de luz y, a la vez, requerían de la iluminación navideña que motivara a los ciudadanos a salir a la calle, a comprar y a animarse. Eso de vivir en la penumbra, nos convirtió en seres malhumorados y ariscos. Si antes me ocupaba de colocar los sesenta kilómetros de iluminación navideña en las 305 calles escogidas por el alcalde y, tras ese faenón, dejar que el susodicho apretara el botón del encendido ahora… Ahora , debíamos acudir diariamente a las 305 calles y encender los sesenta kilómetros de velas que iluminaban la ciudad. Eran velas especiales que duraban todo el mes y que debíamos encender y apagar en ciclos de veinticuatro horas.

Vuelta a las velas. Vuelta al encendido y apagado manual.

Odio la Navidad.

Y odio tener que irme a las 24:00 en el camión del Ayuntamiento para recorrer Barcelona, soplando las velas . Una a una.

Yo soy el tipo que las enciende y las apaga cada día. ¿Lo entiendes? ¿Entiendes por qué odio la Navidad?.

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Making Of : Este texto lo colgué en el 2009 y en el 2013. La idea original me la inspiró  : 1) la de gente que odia la Navidad, 2) la noticia del alumbrado navideño en Barcelona y 3) las noticias sobre el cambio climático que llegaban de Cancún (2009).  En mi imaginación, faltaban nueve años para el gran apagón mundial. Ahora, a punto de entrar en el 2017 y con el acuerdo firmado en la Cumbre de París en junio de este año, casi una década despues, veo que sigue siendo un texto vigente. Espero que , algún día, tenga tan poco sentido que no lo quiera volver a publicar. Mientras tanto, hay que ir aprovisionando velas y cerillas…

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Más narcisismo, imposible.

Cuando Sara contactó conmigo para que le enviara personalizada la novela corta “Lo mío con George”, me pasaron varias cosas.

La primera, la sorpresa. Me quedé sorprendida. “Lo mío con George” es una de mis obras compulsivas de hace cuatro años y pico… Digo “compulsiva” porque en ese tiempo, producía, con facilidad, relatos de corte romántico. Me lo pasaba en grande escribiéndolos, colgándolos en este blog y en webs de libros gratuitos, dejándolos ahí, en la inmensa red, libres, para que volaran solos… Y, de repente, una lectora, Sara, me pide la novela para regalársela a una amiga .

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Tras la sorpresa viene la gratitud. Es una gran sensación saber que alguien te ha leído y que le ha gustado lo que ha leído. Y que lo quiere regalar.  Máximo placer. ¡Gracias, Sara!

Y, por último, apareció la necesidad de releer. Mis últimas incursiones en lo de escribir algo más que un relato breve para el blog, se han desviado por otros caminos. «La asesina del pollo«, «Íncipits»pretendiendo ser un thriller… Otro estilo, ya no me da por lo romántico…Además, ahora ya no soy tan impetuosa…Así que me enfrento a una tarea arriesgada: releer “Lo mío con George”, después de cuatro años y medio de haberlo escrito. ¡Ups! El tiempo que ha pasado, hará que mi valoración sea mucho más severa, estoy segura. Dicen que el escritor es el primer lector y quizás el más exigente…

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Vuelvo a leer la novelita. Cambiaría cosas, redactaría algunas frases de otra forma, la cuidaría mucho más, pero… me gusta lo que leo. Me lo paso bien. Pienso que estoy como una chota. Sonrío …Resulta que soy un monstruo de la vanidad: releo algo que he escrito y me gusta.

Así que, gracias a Sara y a su amiga Beatriz, he recuperado «Lo mío con George»: el placer de compartirlo, la acaricia al ego de saberse leída, el que guste y … el que me haya proporcionado el placer del lector, aunque lo haya escrito yo! (paradójico)

Y lo admito, más narcisismo, imposible.

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NB1 : No puedo evitar dejaros aquí el enlace de descarga en PDF : lo-mio-con-george

NB 2 : El texto está escrito de una forma que permite “personalizarlo”. Con un simple reemplazo automático en el Word, puedo hacer que la historia se convierta en “Lo mío con Brad” ( por ejemplo) y personalizar a la protagonista, para que sea el lector, directamente. Me pareció gracioso para regalar …

NB3 : Las fotos son de Sara ( gracias, de nuevo! ; – ) que lo imprimió, lo encuadernó y lo envolvió en papel violeta con lazo de plata  ( que tiene su significado en la novela… )

 

Diez minutos fantásticos.

Para disfrutar de este post, se necesitan diez minutos . Un tiempo en el que deleitarse con el cuento de José Saramago  : «La flor más grande del mundo».

Un cuento, narrado por su autor, con música de Emilio Aragón y un increíble film dirigido por Juan Pablo Echeverry, en stop-motion , en su versión plastilina,  digno de ver.

Diríamos que este cuento es uno de esos «definitivos» . Y, además,  es para niños y es para adultos. No hay escapatoria.

Reproduzco un párrafo del artículo de El País, que encontraréis en este link.

Ocho meses de trabajo para adaptar el cuento homónimo del genio portugués con técnicas stop-motion. Ocho meses para hacer que la partitura compuesta por Emilio Aragón casara a la perfección con unas postales animadas repletas de simbolismo. Diez minutos para hablar de la importancia de las cosas pequeñas y, sobre todo, de todo lo que nos rodea. Diez minutos para reflexionar sobre la infancia, la naturaleza y la ficción. Porque, ¿qué pasaría si las historias escritas para niños fueran leídas por los adultos? La respuesta, en este cortometraje.

Y, ya, sin más dilación, vienen esos fantásticos 10 minutos.

Enjoy it!

 

 

Me duele la espalda.

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Me duele la espalda. Estoy sufriendo… Nunca me había dolido tanto…

Estoy desesperada y eso me hace cometer imprudencias. Como ahora mismo… Estoy en la Plaza de los Remedios, buscando a un hombre. ¡Qué locura, por Dios! Dicen de él ,que cura todas las dolencias y yo necesito que alguien me ayude. Las calles que circundan la plaza están oscuras, muy oscuras y empiezo a tener miedo.

Oigo unos pasos y, de la oscuridad, emerge un hombre vestido con una túnica. No puedo dejar de observar esas estrellas brillantes, que decoran el raso azul . Levanto la vista y veo que lleva unas gafas grandes y…esa melena rubia de bote ¡Oh, no! Me siento decepcionada. Es terrible que mi potencial sanador sea un imitador de Rappel. Le quita credibilidad. No quiero ni imaginarme la posibilidad que lleve un tanga de leopardo, debajo de esos ropajes…

Me hace un gesto con la mano y lo sigo, recorriendo esas calles tenebrosas. ¿Pero qué hago aquí? me pregunto pero, entonces, algo me presiona la espalda , tira hacía abajo y me hunde en el intento. Duele.

Estoy aquí por el dolor. Quiero que me lo quite.

Al final de nuestro camino, hay una curva pronunciada que esconde un paraje maravilloso. Me sorprende el cambio repentino de texturas, pero no le doy muchas vueltas. Tampoco al hecho que estoy siguiendo a un tipo que va disfrazado de Rappel. La luz natural de las cientos de estrellas que titilan en el cielo, son suficientes para iluminar el hermoso jardín de margaritas. Hay miles y parecen sonreírme. En el centro de ese estallido floral, hay una caravana. El hombre me dice que vive allí y me invita a entrar.

Empiezo a caminar entre las margaritas, en dirección a la caravana que ya tiene la puerta abierta. Una luz blanca, suave pero radiante a la vez, se escapa del interior. En el mismo instante que rozo las flores, desaparece la sensación de inquietud que me ha embargado en la Plaza de los Remedios. No sé cómo pero estoy descalza y siento la hierba fresca bajo mis pies.

El hombre ya no se parece a Rappel. Viste una camisa blanca y unos jeans y también va descalzo. Me explica que cada Carnaval, le toca disfrazarse de un vidente famoso. Sonríe cuando me indica que el año anterior le tocó Paco Porras. Es una explicación lógica al extraño atuendo con el que me ha recibido . Lo que no la tiene, es que yo esté descalza, en medio de este campo de margaritas pero…no pregunto. No digo nada. Presiento que mi espalda va a estallar de un momento a otro. Tengo ganas de llorar.

Entro en la caravana. Todo es blanco , hasta el sofá en el que me invita a sentarme. Lo hago. No importa que este en medio de la nada , con un hombre desconocido . Lo único importante es sentarme en ese sofá blanco.

Lo hago con mucho cuidado. Mi espalda está rígida. Mi alma, también. Y me siento sola. Cuando me acomodo contra el respaldo, siento una extraña brisa que refresca el ambiente. El aroma de margaritas me envuelve.

El hombre me mira a los ojos y , de verdad, me ve. Y lo ve todo. Me pide que lo deje salir. Que se lo entregue. Cada vez estoy más cómoda y mi columna vertebral empieza a ser moldeable. Me duele menos.

Lo saco. Le hablo. Lo digo todo. Se lo doy. Comparto lo que me pesa, lo que me hace hundir los hombros. Poco a poco, pacientemente, saca la pesada losa de mi espalda.

Ya no duele. Las flores me regalan el alivio.

Ya no duele.

La caravana no está. Ni el hombre. Sólo yo, mis pies descalzos y este gran prado lleno de margaritas…

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(…)

El despertador interrumpe mi sueño. ¿Margaritas? Me desperezo con lentitud : estiro mis brazos, estiro mi cuello y, por fin, estiro mi espalda. Es flexible y responde . Se alarga, cruje y reposa.

Abro la ventana . El cielo parece transparente y hay una luz preciosa. Siento, de repente, que no puedo desaprovechar este día. Estoy aquí y es hoy.

De camino a la cocina, en busca de mi café,  me tropiezo con el sofá beige mortecino que decora mi salón. Me golpeo el pie, en el meñique  y siento un dolor intenso que interrumpe mi estado flower power pero, cuando me agacho para frotarme mi dedo pequeño y dolorido, mis manos se enredan con una margarita prendida en el dobladillo del pijama.

Decido que voy a cambiar el sofá. Voy a comprar uno de color blanco.

Me pongo la margarita en el pelo y sonrío.

Ya no duele.

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NB : Las fotos son de Unplash.

Cantando…

Su armónica voz atraviesa la calle y entra por mi ventana. Después, se desliza en mi cerebro, suavemente, haciéndome abandonar el mundo de los sueños. Unooo, Doosss, Treess, Cuatrooo, Cincooo.

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 En el seisss ya suelo estar despierta. En el doooceee me estoy tomando mi café matinal, reposadamente, esperando el treeecee y la espectacular cadencia del quiiiinnnce

Tras el veintiuuuno, ya estoy duchada y vistiéndome para salir de mi pisito. Recuerdo la sensación de bienestar que me invadió cuando el agente inmobiliario me enseñó aquel coqueto piso de alquiler. Era un tesoro. Luminoso, pequeño, precioso. Precisamente lo reducido de su tamaño era uno de los inconvenientes para su renta rápida, pero a mí me iba bien y la terracita interior tipo Soho, acabó por convencerme.

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El mismo día de la mudanza y ya firmado un alquiler para diez años, el amable agente inmobiliario me advirtió de la presencia de una vecina un tanto especial. “Te va a cantar las cuarenta “, me dijo con una sonrisa extraña. Pasé todo el día un tanto nerviosa. ¿Habría una inquilina agresiva? ¿Ese era el motivo de que aquel pisito mono y a buen precio estuviera libre?

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 Treintaytrrrreeeessss. Oigo el treinta y tres, es mi número preferido sin duda alguna…La respuesta al enigma llegó por la mañana. A las ocho en punto, la hora en la que tengo programada mi alarma en el iPad, una voz dulce y armoniosa me despertó. Por el tipo de edificio y cuestiones de resonancia, el canto parecía estar en el interior de mi piso. Uno, dos, tres y así hasta el número cuarenta. Mi vecina cantaba los cuarenta números con un magnífico tono de soprano.

Ya me he acostumbrado y, confieso, que me gusta…

Cuarentaaaaaaa.

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NB 1 : Expresión coloquial

Cantar las cuarenta:  se utiliza cuando alguien amenaza con reñir o abroncar a otra persona por algo que ha hecho, y normalmente con tanta razón que el regañado no tendrá excusa para defenderse ante las acusaciones recibidas.Su origen data de un juego tradicional de cartas español: el tute. En el juego,  el jugador que logra el caballo y el rey del palo (oro, copa, espada y basto) debe cantar en alto los 40 puntos obtenidos. Durante el juego , la expresión “te voy a cantar las cuarenta” , se usa también para amenazar a los otros jugadores con la posibilidad de lograr la máxima jugada.

NB 2 : Las fotos son de un estudio en Brooklyn …

 

Low Writery.

En estos días de vacaciones…me ha vuelto a pasar.

He tenido un brote de hipergrafía…. En realidad, no he padecido “la inevitable necesidad de escribirlo absolutamente todo”, pero sí que me topé con mi proyecto fallido del último NaNoWriMo y, tras una lectura rápida, sentí la inevitable necesidad de acabar ese texto. Y lo he hecho este mes de agosto.

Al principio, era la historia de un escritor sin historias y, al final, se ha convertido en “Low Writery”, una novela corta o un relato largo, según como se mire.

Ahora viene el mejor momento del proceso: la libero y la dejo aquí, para que sirva de alimento a los habitantes de Leganon…

Descarga en *pdf

Low Writery

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Siguiéndola…

“La única cosa realmente valiosa es la intuición”, Albert Einstein

Seguro que te preguntarás: ¿Qué hace un tipo como yo, con una gabardina en pleno mes de agosto, gafas oscuras y sombrero de ala ancha? Pues te lo voy a decir: Estoy siguiéndola.

Me he puesto el atuendo que creo que es normal para hacer los seguimientos. Es posible que esté un poco contaminado por el cine, lo sé, pero con este disfraz no me puede reconocer y, además, ando sigilosamente…

Estoy siguiéndola…

La gente que me aprecia, me lo ha aconsejado: “Sigue a tu intuición” y aquí estoy…

A ver si hay suerte…

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N.B : La intuición, es el conocimiento acumulado a través de nuestra propia experiencia. Nuestro cerebro va registrando una gran cantidad de datos, muchos de los cuales no tenemos consciencia de ellos, sin embargo, estos datos existen y se utilizan en momentos de necesidad o cuando nos encontramos relajados mentalmente.

 

El colchón de Yoko.

Esta mañana, he recibido este mail de una persona desconocida. Me ha pedido que publique su historia en el blog. Ha sido leer el mail y decidir hacer un “Copiar y Pegar”

Ahí va:

“Hola, me llamo Yoko García y te escribo para hablarte de uno de esos “objetos raros” que aparecen en tus relatos. Tú no me conoces, pero yo voy siguiéndote en el blog. Lo descubrí investigando sobre mi objeto y me ayudó saber que había otras personas que también tenían cosas, en casa, que eran …especiales. Ayer leí lo de la cajonera…En mi caso, se trata de un colchón. Un sencillo y cómodo colchón…

Soy de Valladolid: allí nací y allí vivo. Vallisoletana por los cuatro costados.

Te lo comento para que mi nombre, Yoko, no te despiste. No tengo ninguna vinculación con Japón pero si un padre absolutamente fan ( fanático) de John Lennon. Así que, cuando nací, no se le ocurrió nada mejor que ponerme el nombre de la mujer de Lennon…Yo ya estoy acostumbrada. La presencia del Beatle en mi casa, siempre ha sido una constante. Mi padre se vestía como Lennon, se peinaba igual y llevaba las mismas gafitas redondas. Sólo escuchaba su música, devoraba todos los documentales, vídeos de conciertos oficiales e inéditos, analizaba las letras de todas sus canciones y pujaba, en eBay y en las subastas serias también,  por todos los objetos que habían pertenecido al cantante…

Cuando anunció que había comprado el colchón en el que John Lennon y Yoko Ono habían protagonizado su semana  Bed-in peace, a mi madre y a mí, se nos cayó el mundo encima… ¿Un colchón de segunda mano y de…42 años?pero, evidentemente, mi padre estaba encantado. Me había explicado mil veces que en Marzo de 1969, tras su boda, John y Yoko se había encamado durante una semana en la Habitación 902 del Hotel Hilton de Amsterdam , en una acción pacifista para pedir el cese de las guerras y proclamar la paz en el mundo.  La historia me gustaba mucho pero… el colchón, no. Demasiado trote, demasiado ser humano…

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El colchón debía llegar a casa, justo la semana que yo me mudaba a mi apartamento de propiedad e inauguraba mi vida independiente. Mi padre, en un acto de generosidad extrema, me regaló “el colchón”. La cara de alivio de mi madre me indicó que lo que me iba a encontrar era lo que me esperaba encontrar: un colchón viejo y usado pero, claro, no podía defraudar a mi padre. Estaba tan ilusionado…

Mi sorpresa fue encontrarlo en condiciones óptimas. Limpio y aparentemente, bien cuidado. Sólo tenía una pequeña tara pero estaba en la parte posterior por lo que no me importó… Algún romántico había escrito con una preciosa caligrafía y rotulador indeleble: El lugar donde tus sueños se harán realidad.

Confieso que el colchón era muy cómodo y que, ya desde el principio, se adaptó a mi cuerpo con precisión. Tampoco es que yo fuera muy exigente: soy de ese tipo de personas que pueden dormir en cualquier lugar y lo hago a los pocos minutos de ubicarme. Además, mi sueño es profundo y reparador, aunque…no sueño. Bueno, los expertos dicen que todos soñamos por la noche pero que, la mayoría de las veces, no recordamos los sueños y yo soy de las que no me acuerdo de nada.

También dicen que los sueños se pueden provocar, pero yo tampoco he tenido éxito en este tema. Intento imaginar, fabular historias antes de dormir para que me acompañen en el sueño, pero no me ha dado ningún resultado.

En algunas ocasiones, muy pocas, cuando me despierto, tengo en mi mente retazos de lo que ha pasado en mi mundo onírico, aunque se dispersan con rapidez. En una de esas ocasiones, durmiendo en el colchón, se produjo el primer suceso.

Tuve un sueño erótico. Mira, como no me conoces, te diré la verdad: pornográfico. Me sorprendió despertarme con una excitación sexual, real como la vida misma, mientras acudían a mí los destellos del sueño. La historia tenía una cierta lógica en mi vida, ya que, en el sueño, pasaba la noche practicando sexo salvaje con un compañero del trabajo del que estaba enamorada secretamente. Podía ser, claramente, la expresión de un deseo, pero…, me sentí extraña al despertar por todas esas corrientes de sensualidad que no me abandonaban…Por los detalles que recordaba, tan nítidos y tan…como de verdad.  Además, los pocos sueños que podía recordar en toda mi vida, no tenían un argumento lógico, no concluían y, en este, concluí, te lo puedo asegurar.

Ese día, al ver a mi compañero de trabajo, sentí una vergüenza inmensa. Él me miró cómo si supiera lo que mi cerebro calenturiento había fabricado por la noche. Pero su mirada, no me decía que no. Me decía: “Sí”. ¡Si! Ese fin de semana, después de una noche espectacularmente romántica, acabé rodando por la cama y haciendo, de verdad, todo lo que había hecho en mi sueño X…y cuando me besó y su barba acarició mi rostro, supe que era la segunda vez que eso pasaba…

Pensarás que es fantástico, ¿no?

 ¿Te imaginas un colchón que hace realidad tus sueños? pero… ¿Todos, t-o-d-o-s los sueños?…

Al cabo de un tiempo, mis sospechas sobre el colchón se habían calmado. El colchón era eso, un simple colchón…

Seguía sin soñar y durmiendo plácidamente. Mi aventura amorosa era una delicia y nada parecía enturbiar mi vida. Es más, me creía que estaba viviendo uno de esos momentos dulces y, entonces, un día, me desperté con esos destellos de un sueño que me había hecho pasarlo mal.

Al salir del trabajo, me fui a un centro comercial a hacer unas compras y sin saber por qué, me desnudé. Cuando vi que la gente me miraba (entiendo que no es normal, ver a una chica desnuda en pleno centro comercial), empecé a correr hacia el parking para meterme en el coche. Mis piernas, ágiles y entrenadas, se quedaron pegadas al suelo. Me costaba mucho despegarlas y empezar a correr y, a la vez, veía acercarse a mí un grupo de chicos con pintas de pertenecer a una banda urbana, con pretensiones poco amables. El terror me sacudió, pero seguía sin poder moverme. Cuando mis piernas reaccionaron, lo hicieron como a cámara lenta y por un momento, casi pude sentir una mano rozándome el hombro y a punto de atraparme.

Consciente de mi desnudez , corrí todo lo deprisa que me dejaba ese extraño ritmo que se respiraba en la atmósfera y llegué al ascensor. Pulsé el botón de apertura de las puertas, mientras sentía que el peligro se acercaba por la espalda. A los pocos segundos, las puertas se abrieron y me precipité al interior pero allí, no había ascensor . Lo que había era un gran vacío y… caí, lentamente, sin que el final llegará nunca y sintiendo, en mi estómago, una sensación continua del gran loop de una montaña rusa. Aterricé en el suelo, sin daños aparentes y completamente vestida. No sé cómo encontré mi coche, ni cómo pude acertar con la llave. Cuando me senté, dejé caer mi cabeza sobre el volante. Estaba paralizada por el miedo: todo lo que me había pasado era lo que ya había soñado la noche anterior… La chica desnuda en el Centro Comercial, salió en el noticiario de las nueve de la noche. Menos mal que la imagen era borrosa…

Mi gran suerte ha sido que no me acuerdo de mis sueños. Parece ser el factor determinante para que el colchón los haga realidad, sean cuales sean. Si no los recuerdas, no se activan. Los pocos que he recordado, se han hecho reales : me he vuelto a encontrar en la Facultad, a punto de entrar a un examen oral, con los nervios a flor de piel y esa inseguridad tan desagradable de cuando te quedas en blanco delante de más de cien personas;  he asistido a extrañas comidas o fiestas con gente que no conocía de nada pero tenían las caras de mis amigos, aunque no fueran ellos ; he cenado con John Lennon y mi padre, en un hotel al que fui hace muchos años en Mallorca,…y me he hundido en una especie de agujero lleno de serpientes del que no tengo forma de salir hasta que uno de los reptiles empieza a reptar por mi muslo…

Son pocos, pero ya he tenido bastante. Más que nada porque yo no sé controlar lo que sueño y aunque sea poco, es angustioso. Sueños felices o más normalitos, pocos. Eróticos, nada de nada. En eso también he pensado seriamente: ¿Y si me da por soñar cosas con quien no debo y… me acuerdo, y… se convierten en realidad? ¿Qué pasaría con mi novio?… Demasiados problemas…Así que he decidido donarlo.

Lo regalo, pero… con una condición. Una única condición: que la persona que se lo quede sea capaz de controlar sus sueños. Deberá firmar un documento en el que, confirma esta capacidad y asume que actuará bajo su responsabilidad.

Si no es así, mejor que el colchón se quede en el guardamuebles en el que está actualmente.

Si te parece un objeto lo suficiente interesante para tu colección, te agradecería que publicaras esta carta y mi mail de contacto. Si alguien quiere el colchón puede contactar conmigo. Abstenerse quien no cumpla “la condición” y coleccionistas de objetos de John Lennon.

Gracias por tu atención.

Yoko García

yokog1@gmail.com»

………………………………………………

N.B : La habitación 702 del Hilton  Amsterdam, fue remodelada y actualmente es la Suite de John & Yoko. Puedes pasar una noche allí por 1750€… Eso sí, en nombre de la paz y el amor… ; – )

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El décimo cajón.

 

Pepa era una mujer práctica. Todo lo que la rodeaba era funcional. Podía haber una coincidencia entre “bonito” y “funcional” y si la había, Pepa se decantaba por lo “bonito” pero…siempre “funcional”.

Había vivido muchos años, sumergida en la agobiante atmósfera del piso de su madre . Allí los tapetes de ganchillo, los jarrones con flores ( de plástico), los recuerdos de bodas, comuniones y bautizos, las fotografías enmarcadas en plata, de todos los miembros de la familia, las cajitas que no servían para nada pero se coleccionaban ( de niña, las había contado: más de doscientas!) ), las cortinitas con volantes, los libros falsos para dar prestancia a la librería de diseño barroco,…La mayoría de objetos que habitaban con la familia, no servían para nada. “pero queda bonito” le decía su madre.

A Pepa ,tanto tiempo bajo el reinado de  “lo-bonito-de-su-madre”, se le había desequilibrado la percepción de lo que era bonito y lo que era feo. Ya no lo sabía. Así que lo único que le importaba de las cosas, era que le fueran útiles.

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Al contrario de lo que puedes estar pensando ahora mismo, la casa de Pepa era bonita. Liviana y clara, de paredes blancas diáfanas, sin cuadros. Había pocos muebles, pero los que había llamaban la atención. Una gran mesa giratoria presidía la sala, y sobre ella descansaba una gran tele extraplana que podía verse perfectamente desde cualquier ángulo. Le gustaba ver la tele.

No tenía sofá. Siempre acaba estirada , en posición horizontal , así que decidió facilitarse la vida y , directamente, comprar una chaise longue ( doble, por sí tenía visita).

Los libros ocupaban una estantería que llegaba al techo, de listones blancos y sencillos con una escalera con ruedas. Lo importante era tenerlos todos a la vista y llegar fácilmente.

El salón se completaba con una gran mesa , rodeada de seis sillas ( para las cenas con amigos), en la que siempre estaba presente su MacBook, abierto y conectado.

En su habitación, sólo había una gran cama y otra tele colgada en la pared. Un gran vestidor daba paso al lavabo en el que había unas mullidas toallas blancas , un albornoz y un espejo-armario en el que guardaba los productos de belleza ( también pocos pero imprescindibles).En el vestidor,  tenía clasificada su práctica ropa : camisas y camisetas blancas, pantalones y faldas negras, jeans , unas cuantas americanas y chaquetas…. Los zapatos , horrorosos pero muy cómodos, ocupaban una zona preferencial y Pepa, había situado una banqueta para sentarse y otra, inclinada, para apoyar el pie y abrocharse los cordones, cremalleras o hebillas más cómodamente.

No había flores, ni plantas. Ni jarroncitos. Ni cajitas.

A Pepa le habían dicho que era la máxima expresión del minimalismo y a ella ya le iba bien. Prefería que la llamaran minimalista que rara…Y es que no le quedaba más remedio que reconocer que aquella aversión por cualquier elemento superfluo a su alrededor, era raro.

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Hacía unos meses que Pepa tenía un amante. Una aventura. Un no-sé.-qué. Ya hacía tiempo que había dejado de buscar una relación seria y formal. No sabía si era por su rareza o por la superficialidad de los amores que  había encontrado pero no tenía pretensiones más allá de compartir unos buenos momentos con otro ser humano. Esta vez, habían pasado los límites temporales habituales y aquel hombre estaba cada vez más afianzado en su vida, muy cómodo en su casa espartana y absolutamente encandilado con Pepa. Ni siquiera le había pedido que se pusiera otro tipo de zapatos… De una forma natural, ella también se empezó a encandilar.

Y encandilándose , encandilándose , un día se descubrió admirando un mueble cajonero en el escaparate de una tienda. Cuando lo vio, su corazón empezó a latir más deprisa. Una sensación de anhelo la recorrió,  de arriba abajo,  mientras su mirada recorría y acariciaba las formas de la cajonera. Lo más extraordinario del suceso es que aquel mueble, no le servía para nada. No lo necesitaba. Era inútil.

Pepa intentó resistirse a la tentación y cada día, se desviaba de su ruta para no pasar por delante del escaparate pero cuando entraba en su habitación, se imaginaba el mueble cajonero perfectamente integrado en una de las paredes…Vacío, claro, porque no lo necesitaba para nada.

Era tal su obsesión que Pepa le explicó su desazón a su amorcito. Al día siguiente, el mueble cajonero llegaba a su puerta, coronado con un gran lazo rojo y un mensaje que decía : Te quiero.

A Pepa nunca le habían dicho te quiero. Ni de viva voz, ni por escrito ni siquiera con un gesto así que se vio aplastada por una onda de amor desbordante y no pudo evitar que el mueble cajonero que no le servía para nada, acabara en la esquina izquierda de su habitación.

En el ultimo cajón encontró una nota del diseñador. El mueble constaba de diez cajones y su nombre era “La Cajonera Definitiva Nº 10”. Explicaba que el décimo cajón era un archivador definitivo. Cualquier cosa que se introdujera allí, quedaría definitivamente archivada y fuera de su vida. Sonrío ante la audacia del diseñador y del departamento de Marketing pero no pudo evitar explorar el décimo cajón para ver si allí había algo especial o fuera de lo común. Cómo era de esperar, sólo encontró un compartimiento vacío…

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Pasaron los días y se fue acostumbrando a la cajonera. El primer cajón le resulto útil y, aunque sólo fuera uno, aquello ya le daba un sentido al mueble. Cada día, lo abría para soltar las llaves del coche y las de casa. Ese, era el cajón de las llaves…Al cabo de un tiempo, utilizó el segundo para dejar las monedas y el cambio pesado que tenía en los bolsillos. Ese , se convirtió en el cajón de las monedas.

Y mientras le otorgaba una función a cada cajón de su mueble, su historia de amor, la que la tenía encandilada, se convertía en una relación sólida , duradera, formal…

Cuando Pepa ya iba por el quinto cajón ( ese sería el de los cargadores de móvil), el amor de su vida le planteó la posibilidad de vivir juntos.  Ella , dudó. Todo era muy “bonito” y , por fin, había sabido que significaba aquello. Sabía que aquello era “bonito”.

No era funcional y práctico…era hermoso. Y tenía miedo…Tal vez, sólo tal vez, aquella faceta minimalista de su alma, podía acabar con aquella relación …Con toda aquella belleza…. Pero Pepa, que ante todo era muy práctica, reflexionó y pensó que podían hacer una prueba. Un “ a ver qué tal”. Si la cosa se intuía mal, siempre podían volver a ser amantes y amigos.

Las vacaciones , les otorgaban una semana de tiempo libre y… de test. El amor de Pepa, hizo su maleta para pasar una semana con ella. Llegó a su casa y no esperó a acomodar sus cosas sin antes besarla, abrazarla y hacerle el amor. Cenaron, vieron películas antiguas estirados en la chaise longue y se fueron a dormir. Al entrar en la habitación, se demoraron admirando el mueble cajonero, símbolo de su querer y leyeron, de nuevo, la curiosa etiqueta que había en el décimo cajón.

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Al día siguiente, desayunaron haciéndose arrumacos mientras se juraban amor eterno. Pepa estaba tan emocionada que estaba dispuesta a aceptar unas flores para ponerlas en un jarrón. No servían para nada pero…¡eran tan bonitas!…

Mientras se duchaba, oyó la voz del amor de su vida. Lo había dejado deshaciendo su maleta : Cariño, ocuparé el último cajón para mi ropa interior. ¡El décimo y definitivo!- dijo mientras reía.

Y cuando Pepa oyó la última palabra, un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Salió de la ducha, envuelta en su albornoz y no vio a nadie en la habitación. La maleta no estaba en su sitio. Recorrió la casa y revisó todas las habitaciones, mientras iba preguntando ¿Amorcito?. No había ni rastro.

Temblaba descontroladamente cuando entró, de nuevo, en su dormitorio. El décimo cajón del mueble cajonero, emitía una luz roja intermitente. El pomo se desplazó hacia fuera y desplegó una pantalla digital . No era bonita pero sí muy funcional…

Lo último que Pepa vio, antes de desmayarse ,fue el mensaje que parpadeaba en el display del pomo del cajón : “Archivado y Fuera de Su Vida” .

 

El autobús dorado que solo veía el abuelo.

Recupero este texto  del 2011…

Es tierno… Para contrarrestar a La Asesina del Pollo … ; – )

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Rogelio Rojo Reja había nacido en el autobús número 27 de la Línea 2 , casi llegando a la calle Balmes de Barcelona. Y digo casi, porque el conductor tuvo a bien parar el autobús, en medio de la calzada , a un semáforo de esa calle y ayudar a la madre de Rogelio a dar a luz ..

Rogelio, que así se llamaba el señor conductor , fue el que sostuvo los delicados hombros de Rogelio Jr y lo giró y estiró y lo sacó del interior de su madre para darle la bienvenida al mundo, en un autobús viejo y desvencijado. El niño lloró como un poseso, inundado sus pulmones del aire que había en el autobús, rodeado de los escasos viajeros que hacían la ruta del 27, a las 5:30 a.m . En aquella mañana fría de invierno, Rogelio se convirtió en una anécdota enternecedora que explicarían a sus hijos y a sus nietos. Siempre recordarían la oscura madrugada en la que vieron nacer a un niño en un autobús…

Rogelio nunca se sintió diferente por haber nacido en un autobús. Desde muy pequeño, había hecho la misma ruta con su madre una y otra vez y sabía el lugar exacto en el que había hecho su aparición estelar en el planeta. Incluso, antes de que desguazarán el autobús , el tío Rogelio, su chofer durante tantos años, había conseguido los dos sillones en los que su madre lo había parido . Los conservaban en el garaje, bien lustrados y brillantes.

El día que cumplía 18 años, Rogelio estaba en la esquina, a unos metros de la calle Balmes ,donde el tío Rogelio había estacionado el vehículo y él había nacido, celebrando su mayoría de edad. Hacía dos años que faltaba su madre y desde su desaparición aquel ritual de ir a aquella esquina y observar la circulación, la calle y a las personas que caminaban había cobrado un sentido diferente. En aquel lugar se sentía conectado a ella…Estaba ensimismado, reflexionando sobre que decisión tomar en su vida en ese momento tan trascendental. Quería estudiar derecho en la Universidad pero también le atraía la Sociología. Estaba hecho un lío. Además, la chica por la que bebía los vientos iba a hacer Psicología y esa facultad estaba en el mismo edificio que la de Sociología y…Sus ojos detectaron un destello. Un autobús ascendía por la calle, en dirección Balmes y el sol incidía en la carrocería de forma que parecía envuelto en un halo dorado. Rogelio lo contempló fascinado y casi se le detuvo el corazón cuando vió cómo el autobús estacionaba en la esquina. No se abrieron las puertas, ni había nadie en su interior. En el lateral que quedaba frente a su mirada, había un gran anuncio de relucientes letras y luces de neón que decía: “Derecho en la Autónoma”. El autobús reemprendió la marcha y se perdió calle arriba mientras Rogelio recuperaba la respiración sabiendo, ya , que iba a estudiar la carrera de Derecho. Y en la Autónoma.

Al año siguiente, el suceso se repitió. Apareció el autobús dorado con un mensaje concreto : «Quédate en España». Y Rogelio rechazó una beca para un intercambio en una ciudad europea que se vio arrasada por un terremoto. El epicentro se produjo en las inmediaciones de la Facultad de Derecho…

Año tras año, Rogelio acudía a aquella esquina el día de su cumpleaños y año tras año, el anuncio del autobús le guiaba en las decisiones que debía tomar . Escogió un trabajo en un bufete pequeño aún teniendo la posibilidad de trabajar en uno de renombre. Al poco tiempo, el gran bufete se vio afectado por un gran escándalo que hundió la carrera de los abogados que allí trabajaban. Su despacho ganó reconocimientos internacionales en temas de Derecho Medioambiental y Rogelio se convirtió en una figura de gran prestigio en este campo. Se casó con una finlandesa, enamorada de la ecología ,aunque a punto estuvo de dejarla escapar…pero el anuncio del autobús le mostró hasta el anillo de compromiso que debía regalarle. Rogelio conoció el amor y tuvo dos niños preciosos, Rog y Elio, que lo hicieron inmensamente feliz.

Vendió las acciones que había heredado cuando se lo indicó el autobús y consiguió una considerable fortuna. Dejó su trabajo en el momento indicado y se dedicó a escribir. El título de su primera novela, basada en una trama de desastres medioambientales que fue best-seller mundial, también fue cosa del autobús…

Pasó el tiempo, sus hijos se casaron y su querida esposa falleció. La pena lo dejó agotado , hasta que el autobús le anunció que volvería a ver a su finlandesa y que estaba bien. Tuvo tres nietos a los que les explicaba la historia de su nacimiento en el número 27 de la Línea 2, a unos metros de la calle Balmes y que lo acompañaban, el día de su cumpleaños, a ver el autobús dorado que sólo veía el abuelo

Rogelio envejeció rodeado de cariño y nunca dejó de acudir a su cita de aniversario. Los niños ya habían crecido y ya no les divertía aquello de estar en la esquina, viendo al abuelo con aquella gran sonrisa y la mirada perdida, mirando algo que nadie podía ver así que llegó un día que Rogelio volvió a ir sólo, sin hijos ni nietos .

Lo vieron feliz cuando los abrazó y se despidió. Nunca más supieron de él.

Los que estaban en aquella esquina , no repararon el aquel anciano de gran sonrisa y semblante sereno, que se esfumó en el aire como por arte de magia. Nadie vio el autobús dorado que se paraba en la esquina, con un gran anuncio que decía : “Bienvenido.” Ni se percataron de cómo Rogelio subía a él y se abrazaba a los viajeros. Su madre, el tío Rogelio y su querida finlandesa…

A unos metros de la calle Balmes, el autobús se perdió en el horizonte…Dejó una estela dorada pero…casi nadie la pudo ver . Los que sintieron aquel destello momentáneo , aseguran que era el autobús número 27 de la Línea 2.