Es muy aproximada a la que le he mostrado, la de verdad.
Pero mientras yo fotografiaba este olivo precioso, oía el canto de los pájaros , sentía el viento suave y olía a hierba y flores ya que acababa de llover…
“La danza es la expresión perfecta de la emoción humana a través del movimiento” así la definió Jean-Georges Noverre, bailarín y coreógrafo francés, considerado el creador del ballet moderno.
Aunque soy una amante del clásico, me sirve cualquier tipo de danza.
Incluida esa danza privada, el baile desenfrenado y arrítmico con el que te dejas llevar cuando suena tu canción favorita y nadie te ve.
En ese instante, el cuerpo deja de ser un objeto y se vuelve un instrumento de expresión pura.
No importa cómo te vea el mundo. El placer está en moverte por y para ti, en soltar la mente y dejar que el alma hable en un idioma que no necesita palabras.
Bailar así conecta con emociones profundas y libera endorfinas, la hormona de la felicidad que mejora el estado de ánimo.
Menos mal que hay gente que no sigue al rebaño, que no compra ideas en oferta.
Gente que dice “¿y si no?” cuando todo el mundo dice “claro que sí”. A veces se equivocan,pero muchas otras, hacen que el mundo avance. Porque para que algo cambie, alguien tiene que atreverse a pensar diferente. A ir contracorriente.
No hacen ruido por gusto, simplemente no encajan en los moldes . Son ovejas negras, mirlos blancos, girasoles que miran hacia otro lado. Porque si todos miramos en la misma dirección… ¿quién ve lo que nos estamos perdiendo?
El cuadro de los peces es el único real. Es el más imperfecto. Tanto la exposición como el resto de obras está generado por IA.
Creo que la zona cercana a la ventana de mi dormitorio tiene una acústica increíble para insectos y pájaros. Por lo que sea, debe reunir las condiciones físicas y ambientales adecuadas para que los sonidos se amplifiquen.
Lo que me tiene desconcertada es que atraiga a criaturas de cantos monótonos, monocordes y continuos. Me pasó con la cigarra del verano y, ahora, repito con el carbonero común de la primavera.
Este precioso pajarillo emite un canto tipo “ti-tu, ti-tu” para atraer pareja y marcar territorio. Lo hace a una hora temprana, cuando más silencio hay en la calle.
La intensidad es máxima, y se ha venido arriba. El carbonero común que resuena en mi ventana a las seis de la mañana no es común. Se cree que es un Pavarotti con plumas…
No es mi intención silenciar a la naturaleza, pero, si no encuentra pareja pronto, le agradecería que cambiara de horario y lo retrase un par de horas.
Lo malo es que no sé cómo decírselo. A ver si encuentro el código oculto en el “ti-tu, ti-tu”…
El chocolate es uno de los protagonistas indiscutibles de las celebraciones de Semana Santa y Pascua en muchas partes del mundo. Su presencia está ligada al final de la Cuaresma, un periodo tradicional de ayuno y abstinencia que concluye el Domingo de Pascua.
El chocolate, considerado un placer o lujo, simboliza la recompensa y la alegría del renacimiento.
La forma más común de celebrarlo es a través de los huevos de Pascua de chocolate, que se regalan en países como Alemania, Francia, Italia, Suiza, Reino Unido, Estados Unidos o Canadá. En los países anglosajones, es típico que el conejo de Pascua «esconda» estos huevos para que los niños los encuentren en una divertida búsqueda.
En España, especialmente en regiones como Cataluña, la Comunidad Valenciana o Aragón, destaca la tradición de la Mona de Pascua, que ha evolucionado de un pastel con huevo cocido a elaboradas figuras de chocolate.
En Italia son típicos los uova di Pasqua rellenos con sorpresa, mientras que en Francia también se elaboran figuras de campanas, gallinas y conejos.
Vayas donde vayas, el riesgo de sobredosis te acompaña…
Si me lo preguntara, le contestaría que no. No cogería una bolsa de una de mis tiendas favoritas que estaba allí, en el hueco de un árbol, como si alguien la hubiese olvidado.
Le diría que no me acerqué como por casualidad, y que no vi que la bolsa estaba nueva, nuevísima, y que dentro había un paquete, nuevo también, envuelto en un precioso papel violeta.
Afirmaría con contundencia que no la cogí tras asegurarme de que nadie me veía, y que no corrí a una velocidad vertiginosa hasta llegar a mi casa.
Negaría haber abierto el paquete.
Nunca confesaría que encontré esos sentimientos. Que los cogí, me los llevé y los escondí en casa.
Pero escúcheme, señor juez: si lo hubiese hecho, si tuviera conmigo ese odio, ese amor, esa alegría y esa tristeza, no podría acusarme de robo.
En estos momentos, muchas de las cosas que pasan y pasarán en el mundo, dependen de un señor que firma actas pomposas y presidenciales, con unos rotuladores que, después , regala como souvenir.
Lo más curioso es que ese rotulador es un producto de la economía globalizada. Posiblemente lo ensamblaran 100% en su país, el de este señor, pero es casi inevitable que , participen muchos países, en la fabricación de ese y casi todos los productos que compramos cada día en el mundo.
La situación es paradójica.
El rotulador que se esgrime como arma de nacionalización y enfrentamiento , es un producto fruto de estos tiempos modernos en los que todo está interconectado.
Una solución adecuada, acertada y en consonancia con el mensaje sería una piedra , un cincel y un martillo. Todo materia prima del país. Se tardará más en firmar las actas, hasta es posible que durante este tiempo , se cambie de opinión y se prepare otra piedra para firmar otra cosa.
Y se hace ejercicio físico.
Todo ventajas.
Componentes de un rotulador. Tintas/pigmento: Del país y otros químicos que pueden venir de China, Alemania o India. Plásticos : Posiblemente de Asia, aunque moldeados en el país final. Puntas (fibras): Posiblemente, de Japón o Corea.
Cuando me dijeron que existía esa tienda, no me lo creí. Tampoco me creí las instrucciones: si conoces la ubicación —que es efímera y cambia constantemente—, debes ir al lugar exacto. Una vez allí, no todo el mundo ve lo mismo. No me preguntéis por qué; nadie lo sabe. La teoría que circula es que la tienda detecta si, de verdad, crees en lo que allí se vende. Si es así, la tienda se llama “NO ME LO CREO”, y los frascos contienen un ingrediente secreto que te permite no creer en nada de lo que te indigna o te duele. Si vas en plan escéptico, el rótulo reza “NO TE LO CREES” y, en los frascos, solo hay golosinas. Así que, si eres un crédulo honesto y has conseguido uno de los frascos, ya puedes vivir tranquilo. Yo soy el ejemplo. Me dices que me haga con un kit de supervivencia por si hay una guerra, y no me lo creo. Me dices que unos cuantos locos idiotas gobiernan el mundo, y no me lo creo. Me dices que nunca habrá paz, y no me lo creo. No me digas nada que me duela, porque como no me lo creo, no me preocupa.
«Al otro lado de la mirilla», es el lema de la XVII edición del Premio de Microrrelatos, convocado por las Bibliotecas Municipales del Ayuntamiento de Madrid.
«Una mirilla no deja de ser una abertura que comunica dos espacios diferenciados. Probablemente la primera idea al leer la palabra nos lleve a la abertura en la puerta de casa que comunica con el descansillo. Lógico, pero con este tema queremos abrir las posibilidades, ese es nuestro objetivo: ampliar las miras y dejarnos llevar por una infinidad de aberturas que comunican mundos, espacios, emociones…»