El primer día o el último.

Vuelan, revolotean, se posan y posan. El escenario es el campo de mayo, el sol estridente y esa banda sonora de pájaros melodiosos e insistentes.

Mientras hago las fotos, están a lo suyo entre lavanda y salvia mediterráneas. No las molesto. No soy un depredador para ellas; solo estoy robándoles la intimidad para mostrar su belleza al mundo.

Tienen más miedo de esos gorriones que cantan sin parar o de la lagartija que ha pasado hace un rato entre las piedras. El sol las mantiene en movimiento, calentándolas, en estas pocas semanas de vida que disfrutan: de una a tres semanas para esta especie, la Pieris rapae.

Igual las estoy fotografiando en su último día o en el primero. Quién sabe. Tal vez por eso me parecen aún más bonitas.

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