Gente que aún hace fotos…

El globo loco.
Foto de Matt Busse en Unsplash

Le gusta el pastel.
Foto de Henley Design Studio en Unsplash

La patata feliz.
Foto de Łukasz Rawa en Unsplash

Superman, el majo vestido.
Gente que aún hace fotos…

El globo loco.
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Le gusta el pastel.
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La patata feliz.
Foto de Łukasz Rawa en Unsplash

Superman, el majo vestido.
Todas las noches de esta semana me acompaña un grillo. Es un sonido que no invade, que deja espacio , que reconforta aunque sea un chirrido.
En verano era otra historia. Entonces eran las cigarras, con ese zumbido implacable que lo que llenaba todo. No había silencio, ni respiro. Como si quisieran recordar que el calor no perdona. Aquello no era compañía o evocación veraniega, era estruendo.
Quizá por eso ahora agradezco tanto al grillo. Porque su voz no me molesta. Porque no me recuerda al calor que aplasta, sino a la calma que queda cuando por fin refresca.
Me gusta este inicio de este otoño…

He tenido la suerte de tener en mi vida, a un hacedor de cucharas de madera de boj. Ahora, que ya no está con nosotros, cada pieza que tengo, cada una de esas cucharas y espátulas , torcidas y hechas con la débil agilidad de unas manos ya muy viajadas, se convierte en un tesoro único. Una pieza exclusiva de una serie de Edición Limitada.


Algunas las convertí en cuadros, para que estuvieran en mis paredes, recordándome la grandeza de la máxima sencillez, pero, el resto, son piezas funcionales en mi cocina. Utilizo mis utensilios artesanos de boj, cada día…
Una de las espátulas, se me ha roto. Justamente, es la que se concibió para remover las migas pero que yo he utilizado para muchas cosas (incluso de alcanza-cosas de los estantes más altos).

Me la miraba, allí tendida, con una muesca que la hace inviable para cocinar y me ha parecido preciosa. Esa mella, es parte de una historia. De una vida. Es un objeto que tiene muchísimas cosas que contar: desde el inicio, cuando era una rama de boj en el Pirineo Aragonés hasta el momento que se empieza a dar forma, se convierte en cuchara y llega a mis manos, viviendo en mi cocina durante muchos años.

Así que seguirá entre mis utensilios, de manera testimonial, para que no se me olvide que el tiempo pasa, que hace mella, que ya tengo mi lista de los que no están, pero, también, que tengo la suerte de almacenar todas esas vivencias en una despensa emocional para cuando necesito alimentar el alma.
Sí, dejo la espátula en el bote, for ever.

Mella
Teodora trabajaba como restauradora en el Museo de Historia de la ciudad. Se había doctorado en la especialidad de Objetos del Siglo XXI y pasaba largas horas devolviendo la vida a piezas rescatadas de los yacimientos arqueológicos de las antiguas urbanizaciones.
El último trabajo, del que estaba especialmente orgullosa, había sido la restauración de un teléfono primitivo llamado iPhone, cuya minuciosidad había sorprendido a sus superiores.
No la extrañó que la citaran en la planta de Dirección. Entró en el despacho preparada para recibir una felicitación y salió de allí emocionada: le habían confiado el encargo más importante de su vida.
El sofá amarillo.
El sofá de la Revolución.
Ese sofá.

Acababa de desembalarlo. Lo examinó con cuidado: un modelo Chester, con su capitoné característico y los brazos a la misma altura que el respaldo. La piel amarilla, gastada por el tiempo, parecía aún guardar el calor de quienes lo habían habitado. Restaurarlo exigiría toda su destreza.
Al someterlo al escáner molecular, apareció algo inesperado: un fragmento de celulosa entre los muelles centrales del respaldo.
¿Papel?
Lo extrajo con delicadeza y lo aisló en atmósfera cero. Era una carta. Una carta de papel, del siglo XXI.
Con el corazón acelerado, activó el tecno-lector. La voz del pasado comenzó a desplegarse ante sus ojos.
Aquí lo hicimos.
Aquí nació todo. Fue en este sofá. Este mismo.
Eran malos tiempos. La pobreza alcanzaba al ochenta por ciento de la población, y los recursos y el poder se concentraban en unos pocos. Nadie podía intervenir en sus decisiones. No existía el diálogo… y la miseria crecía.
Empezamos a reunirnos en las calles. Éramos centenares de desilusionados que buscábamos lo mínimo para sobrevivir. Nos encontrábamos en parques o junto a los contenedores. Hablábamos. Nos reconocíamos.
Un día apareció este sofá amarillo. Yo, agotado, me senté. Cerré los ojos un instante y alguien me saludó. Era un hombre lleno de ideas, de soluciones posibles. Mientras hablábamos, se unieron otros dos. Entre todos dimos la vuelta al mundo con palabras, con puntos de vista distintos, con ideas, muchas ideas.
Al día siguiente, el sofá nos esperaba. Y nosotros a él. La conversación continuó. Pronto llegaron más personas con otros sofás: floreados, rayados, de todos los colores.
Un mes después, las calles eran un tapiz de sofás. Cada uno rebosaba voces, conocimiento, experiencias. Así nació lo que llamaron la Revolución del Sofá.
Cuando miles de sofás ocuparon las ciudades, comprendimos que teníamos en las manos algo esencial: la fuerza de dialogar. Entonces hicimos que aquellos que decidían por nosotros se sentaran también. Que escucharan. Que respondieran.
Ese fue el inicio de una nueva era. Un tiempo en que la multitud silenciosa habló, y fue escuchada.
Ruego a quien lea estas palabras que no lo olvide nunca.
Aquí lo hicimos.

Una lágrima resbaló por la mejilla de Teodora. No era una mujer propensa a la emoción, pero aquel sofá agrietado parecía latir bajo su mano.
Tenía en sus manos el encargo de su vida: restaurar y preservar un símbolo.
Se enfundó el traje de protección y comenzó a trabajar.
Hoy, el sofá amarillo de la Revolución del Sofá, restaurado por la doctora Teodora Comonuevo, y la carta hallada en su interior forman parte de la exposición itinerante No hay que olvidar, que recorre las ciudades del país como memoria viva de un tiempo en que un simple mueble encendió la chispa del cambio.

Pobre ladrillo. Lo odié durante las reformas: ladrillos, ruido, polvo.

Pero, al final, empecé a mirarlo de otro modo. Esos agujeros ordenados son muy estéticos, aunque sea un ladrillo… Busqué por qué están ahí: aligeran y ahorran material, permiten una cocción más uniforme, crean cámaras de aire que aíslan y, además, dan agarre y resistencia.
Cuando por fin terminó la obra, me enseñaron los que habían sobrado. Al verlos, amontonados y olvidados, decidí llevarme uno como recuerdo, como celebración de que ya se había acabado el ruido y el polvo.

Lo pinté, le pegué una pieza circular y coloqué ramas de plantas aromáticas en sus huecos. Ahora es un secadero natural de romero, tomillo, lavanda y menta.

Un homenaje al ladrillo: empezamos mal, hemos acabado bien…
Lo que más me costó fue parar.
Quería transmitir calma y, al mismo tiempo, tenía un propósito decorativo claro. Mi idea era dejar el bastidor casi vacío, porque sabía que iba a convivir con un pequeño taburete de mimbre y un jarrón. No hacía falta que compitiera con ellos: todos los elementos debían tener su propio espacio para respirar.

Fui disciplinada: pinté la base, pegué las estrellas que había ido encontrando en estos últimos tiempos y las situé en la parte superior, para que quedaran visibles. Después, dejé que la gran superficie en blanco hablara por sí misma, sostenida solo por la textura del fondo.

Pero no fue fácil. Con los cascos puestos, pintando al aire libre, las manos pedían seguir. El impulso era llenar, añadir, completar. Me costó detenerme.
Al final lo logré. Aunque confieso que estuve a dos canciones de rendirme.

Una puerta puede ser refugio o frontera. Puede guardar un secreto o marcar el fin de algo.
Hay puertas que se cierran por dentro y otras que no se abren nunca.


Fotos de Luis Alfonso Orellana en Unsplash
Pero también están las que que invitan. Las que se cruzan sin mirar atrás.
La ves. Se abre. Es tu oportunidad.

Foto de angela pham en Unsplash
Cuando una puerta se cierra, otra se abre; pero a menudo miramos tanto tiempo la puerta cerrada que no vemos la que se ha abierto para nosotros.»
Alexander Graham Bell

Foto de Bayo Adegunloye en Unsplash
Pero hay una, solo una, que se abre sin ruido, sin permiso, sin miedo. No es más alta ni más brillante, pero cuando la cruzas, sabes que algo nuevo empieza.
Hay que encontrar esa puerta…

Este es un juego para activar las neuronas.
Las pistas son palabras que, juntas, forman el título de cada imagen que veréis a continuación.
corazón · lengua · tinta · lluvia · trapo · dudas · piedra · mar · ríos · pies · ideas · plomo






El último acertijo.

No voy a poner la solución… ; – )
Estamos sumidos en un gran “coffee-ring”. Es un efecto físico de flujo capilar que se observa perfectamente en una gota de café, de ahí su nombre.
El borde de la gota se evapora más rápido; el líquido, al intentar compensar esa pérdida, arrastra partículas hacia el perímetro, dejando el centro vacío.

Así estamos, política y socialmente. El único espacio donde caben puntos de reencuentro —en todo el perímetro: izquierda, derecha, arriba y abajo— está completamente vacío.
En el centro no hay nadie…

La ciencia dice —simplificando mucho— que podríamos volver a llenar el centro con los flujos de Marangoni, si añadimos un tensioactivo que disminuya la tensión superficial y rehidrate el centro común.
No es tan difícil encontrar tensioactivos. Están en los jabones, la pasta de dientes, los geles, los champús…
¿Guerras de pompas de jabón?
¿Fiestas de espuma?
Quizás haya que empezar por ahí.
Por algo que suavice.
Por algo que nos reúna en el centro.

Compré una botella (o garrafa) de aceite de oliva virgen extra. Cuando se acabó el aceite, quise aprovechar el envase de vidrio con el detalle de mimbre en la base.

Nada complicado: spray de pintura de pizarra y un rotulador negro. Una vez conseguí un color crema uniforme, empecé con los puntos que, por cierto, siempre me salen mal alineados, pero me relajan.

Anverso: parte principal de una cosa, material o inmaterial.
En este caso, el anverso es la parte de mi botella de aceite que considero “principal”. No hay duda: la de los puntos, la que tiene muchos.


Reverso: parte opuesta al frente de una cosa.
La cosa es, pues, la botella decorada con muchos puntos; y la parte opuesta, su versión minimalista, con pocos.


Podría deciros que, en plena elaboración artística, se me ocurrió que podía tener un objeto con dos decoraciones. Según el día y el ánimo, puedo mostrar una cara u otra. Pero la realidad es que, en plena faena, se me acabó la tinta del rotulador…