Calor infernal.

Este año me quedo con una sola palabra para resumir el verano: calor. Le añadiría el adjetivo «infernal». Las tórridas temperaturas continuadas han cambiado el verano, y parece que para siempre.

En el pueblo, en las paredes de piedra, ya empiezan a aparecer las unidades condensadoras de los aparatos de aire acondicionado. La piedra fría que conservaba una temperatura agradable en el interior, y las noches ligeras que refrescaban el ambiente, son ya cosas del pasado. Los horarios de las reuniones de calle han cambiado radicalmente: nadie sale con ese calor.

En la costa, el concepto «chiringuito en la playa» tiene otro matiz: son pocos los locales con interior y refrigeración, así que esas comidas veraniegas —mirando el mar, bajo la sombra del cañizo— se convirtieron en experiencias incómodas. Las cartas y los menús, a modo de abanico, en movimiento constante. Los ventiladores, moviendo aire caliente.

Los paseos, las caminatas, todo en horario milimetrado para que no te atrape el calor. Las noches tropicales, sin estar en el trópico.

El agua del mar, caliente. También la de las piscinas. Todo ha sido el calor, el calor, el calor.

Y, finalmente, lo peor sin duda: los desgarradores incendios que han asolado el país. Se me partía el alma viendo imágenes de la naturaleza ardiendo, sabiendo que solo el agua podía detenerlos.

Ahora esperamos la lluvia. Una que sea buena y benigna, que apague, que refresque, que haga nacer nueva vida y que nos haga olvidar el maldito calor infernal de este verano… hasta el siguiente.

Lo único bueno: casi no me han picado los mosquitos que cada año me atacan de forma despiadada.

Puedes leer, puedes escribir , puedes hacer lo que quieras...

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.