Petunia.

Varios son los factores que me hacen alucinar en colores cuando veo a una gallina que se comporta como… un perro.

El primero es mi condición de urbanita. Entiendo el concepto «mascota» desde esa perspectiva de ciudad. Poco amplia, te diría… Las mascotas suelen ser perros, gatos, periquitos y cosas así, pero… ¿una gallina?

El segundo factor es que mis referentes (familiares y culturales) no incluyen gallinas como mascotas, pero hace unos días conocí a Petunia, una gallina «doméstica».

Cuando llegamos a la casa donde vive, su dueña abrió la puerta y la gallina Petunia vino a hacerle fiestas y mimos de alegría mientras se dejaba acariciar —cerraba los ojos, flipando—. Petunia vive en la masía de un pueblo adonde vamos a comprar verduras y miel. Su dueña es una pagesa extrovertida que te hace entrar en su casa para coger papel de periódico, bolsas o cajas donde colocar la compra. La gallina entró, se subió a un butacón en la cocina y se acomodó. «Es su lugar preferido», me decía la mujer mientras preparaba el pedido.

Le pregunté por ese comportamiento doméstico y nos explicó que, de pollita, su nieto se prendó de ella. La cuidó de forma individual y la gallina se acostumbró a los usos y costumbres de los humanos. Además, pone huevos…

Supongo que hay que ser abierto y aceptar a la gallina como animal de compañía.

NB : mientras lees este post, la gallina Petunia estará tan ricamente, sentada en su butaca…

El perfume más antiguo del mundo.

¡Por fin ha llovido!
Ha sido algo rápido. Primero, el sol y ese calor asfixiante que nos acompaña en los últimos días. De repente, la luz ha desaparecido, han surgido nubarrones negros de la nada y ha empezado a llover con fuerza, acompañada de viento.

La lluvia ha durado un buen rato. Cuando ha cesado, el ambiente se sentía mucho más fresco, algo que he agradecido casi con una danza tribal espontánea. Estaba en el campo, así que también he percibido ese olor intenso, casi eléctrico, que llega justo después de la lluvia.

Ese aroma maravilloso se llama petricor. Aún no está recogido oficialmente por la RAE, pero aparece en su lista de neologismos en uso habitual. No la había oído nunca…

El término petricor fue acuñado en 1964 por dos investigadores australianos. Describe el olor agradable que se libera cuando la lluvia cae sobre suelo seco. Ese perfume, tan evocador, se debe a una combinación de aceites vegetales y a una sustancia llamada geosmina, producida por bacterias del suelo.

Sí, este aroma tan característico se lo debemos a una bacteria.

Estas bacterias viven en la tierra y, al descomponer materia orgánica, generan moléculas que se liberan al aire con la lluvia. Entre ellas, la geosmina, con su olor fuerte, terroso, inconfundible.

No es perjudicial para el ser humano. De hecho, tenemos una relación extrañamente íntima con la geosmina: somos capaces de detectarla incluso en concentraciones ínfimas. Evolutivamente, se cree que esta sensibilidad nos ayudaba a localizar agua o tierras fértiles tras la lluvia.

Como curiosidad, los camellos y otros animales del desierto pueden oler la geosmina a kilómetros de distancia, guiándose por su aroma para encontrar agua o zonas húmedas.

Un escritor te diría que es uno de los perfumes más antiguos del planeta: una exhalación mineral, un toque de tierra viva que reconforta.
La ciencia te dirá que es la liberación de geosmina.

Sea como sea, es una maravilla.


Asteroide y Parlamento.

Es una coincidencia cósmica… y con mala leche.

Hoy, 30 de junio, se celebran dos cosas:

Día Internacional de los Asteroides (International Asteroid Day). Proclamado por la ONU, conmemora el evento de Tunguska ocurrido el 30 de junio de 1908 en Siberia, donde un asteroide explotó en la atmósfera y arrasó una gran extensión de bosque. El día busca concienciar sobre el riesgo de impactos de asteroides y la necesidad de vigilancia espacial.

Día Internacional del Parlamentarismo. Este día busca resaltar la importancia de los parlamentos y el diálogo en las democracias. En 1889 se creó la Unión Interparlamentaria (UIP), una organización internacional de parlamentos nacionales. La fecha fue proclamada oficialmente por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2018.

Pues bien, ves en la tele cómo parlamentan los parlamentarios del Parlamento español, cómo no parlamentan los mandatarios internacionales… y cada vez tiene más sentido lo del impacto de un asteroide.

Ironía fina…

Bautizo de la luz.

El verano astronómico empieza mañana, 21 de junio.

Nos queda un día de primavera…

A las 22:42 de mañana comenzará el solsticio de verano, el momento en que el eje de la Tierra está más inclinado hacia el Sol en el hemisferio norte.

Será en ese instante, en ese momento exacto. Y… adiós, primavera.

Le he pedido a la IA que me diseñe un ritual inventado para el último día de primavera.

Al atardecer del último día de primavera, toma una rama de romero o de laurel.
Sumérgela en un cuenco de agua.
Piensa en:

  1. Algo que agradeces.
  2. Algo que dejas atrás.
  3. Algo que deseas para el verano.
  4. Salpica unas gotas al suelo y guarda la rama como amuleto estival.

Lo ha llamado “Bautizo de la luz” y me ha preguntado si quería que inventara una leyenda para el ritual. Le he dicho que sí.


Dicen los viejos pescadores, los pastores de montaña y los campesinos de los olivares que la última tarde de primavera es la más pura del año. El sol, al llegar a su trono más alto, derrama su luz más limpia sobre la tierra.
Si en ese instante tomas una rama viva —de laurel, de romero o de cualquier planta fuerte— y la sumerges en agua clara, atrapas un reflejo de esa luz sagrada.
Las gotas que caen después al suelo bendicen las cosechas, protegen los hogares y preparan el alma para el fuego del verano.
A ese sencillo rito lo llaman El Bautizo de la Luz, y quienes lo practican aseguran que la buena fortuna les acompaña hasta el próximo solsticio.


Yo, por si acaso, lo haría. Y si puede ser, a las 22:42. Estos algoritmos van a gobernar el mundo, y mejor estar a buenas: que vean que les hicimos caso…

Con la termorregulación loca…

Nuestro cuerpo es un ingenioso artefacto capaz de hacer cosas maravillosas, pero… algo está fallando en el tema de la termorregulación, o homeostasis.

La termorregulación, o homeostasis, es la capacidad que tiene nuestro organismo para regular su temperatura. El objetivo del sistema es mantener el cuerpo entre 35 y 37 °C. A esta temperatura, el cerebro se encuentra en su zona de confort y puede controlar las funciones metabólicas fundamentales.

Si detecta que nuestra piel está por encima de ese rango, se activan los sistemas de “refrigeración”: sudamos, nos ponemos rojos (vasodilatación periférica: los capilares y vasos sanguíneos se ensanchan hacia la zona más externa del organismo para liberar el calor) y nos ralentizamos para consumir menos energía…

Debemos cooperar para ayudar a nuestro “sistema de refrigeración”: buscamos la sombra, el agua fresca, los baños refrescantes…
Sobrellevándolo.

Y así estamos estos días, con la termorregulación loca

NB : Que las imágenes sirvan de respiro…

Tengo que comprar una mesa…


Yo he sido víctima de una mesa loca. La anterior era un modelo rústico que provenía de la casa de campo de mis padres. Estaba vieja y gastada, pero era de una madera maciza y oscura que me encantaba.

Cuando me llamó un amigo para ofrecerme la oportunidad de mi vida (conseguir una súper mesa de diseño, totalmente gratis), no dudé ni un instante y dije que sí. Lo más sorprendente es que no tuve que ir a buscarla yo: me la trajeron a casa una hora después de haberla aceptado.

Y digo sorprendente porque, cuando alguien regala un mueble, normalmente quiere deshacerse de él rápidamente (sí), pero no se quiere hacer cargo del traslado (evidentemente), y menos si se trata de un mueble voluminoso.
Normalmente, el favor que te hacen lo pagas con el favor que les haces al desplazar, fuera de sus vidas, esa cosa que ocupa un espacio importante. En este caso, sesenta minutos después de colgar el teléfono, unos señores de UPS descargaban la mesa en mi salón… y se llevaban la vieja mesa familiar.

Juro que me pareció que, cuando la bajaban por la escalera, las patas carcomidas me hicieron un gesto un tanto obsceno.

La nueva mesa era preciosa. La acaricié, pasando suavemente las palmas de las manos por la superficie brillante. Oí un gemido que ignoré y seguí mi ruta acariciante. Más gemidos… Busqué el origen del sonido, pensando en mis vecinos, pero, al cesar el contacto con la mesa, se hizo el silencio.

Al principio parecía una mesa normal, pero las cosas fueron cambiando a medida que pasaban los días.
La mesa tenía vida propia… y una personalidad irritante.

Si me olvidaba el salvamanteles (yo no sabía ni que existían) y se quemaba un poco, me sacudía con las patas. Literalmente. Patadas reales.
Si no ponía el mantel y colocaba mi portátil encima, al calentarse la batería, la mesa se enfadaba y se doblaba en dos. No aplastó mi Mac de milagro.

El mantel —que debía ser de lino y estar planchado (no toleraba las arrugas)— era lo único con lo que estaba tranquila.
Si comía sin él, extendía sus patas horizontalmente y me dejaba plantado en el suelo, con desparrame de platos y vasos.

No podía dejar que aquella mesa me venciera. Era un mueble. Era una mesa. Así que emprendí una lucha sin cuartel.
Quería doblegarla.

Comía con espinilleras y coderas. Ideé un sistema de barras de hierro para impedir que se doblara e, incluso, apilé libros debajo, cubriendo su altura para que no pudiera desplomarse.

Mis amigos me confesaron que creían que estaba loco en esa época de mi vida… y es verdad. Estaba loco.
Y la mesa, también.

La muy bruja nunca se mostraba hostil cuando había alguien en casa. Lo hacía en la intimidad, con el único objetivo de fastidiarme… Llegamos a los insultos (la mesa hablaba) y a las manos (y a sus patas). Descubrí, con horror, que no podía moverla. Ni cortarla con una sierra del tamaño de la de Viernes 13.
La situación se hizo muy, muy tensa y, lo peor, no veía solución.

Al mes de tener la mesa loca en casa, el que estaba a punto de volverse loco era yo. Aunque penséis que ya lo estaba (¿quién batalla contra una mesa?), os prometo que todo lo que os he explicado es verdad. No fueron imaginaciones mías. Tengo vídeos y fotos que lo demuestran.

Así que, consciente de lo inusual de la situación y del peligro que corría, tomé una decisión: ella o yo.

Y fui yo.

Puse el piso a la venta a un precio atractivo e incluí “todos los muebles”. No tardé en venderlo, perdiendo dinero pero ganando, al fin, la batalla contra la mesa loca.

Allí se quedó… De momento, el nuevo propietario no ha contactado conmigo, aunque también es verdad que me cambié de teléfono e intenté borrar mi rastro lo mejor que pude.

Me fui a vivir a las afueras, y, cuando llegó el momento de amueblar el apartamento, no me vi capaz de comprar una mesa nueva.

Tengo un trauma. Serio.

Mi terapeuta dice que solo lo superaré si compro una mesa.

Y me he decidido. Tengo la espalda hecha polvo y cada vez me cuesta más comer en el suelo.

Iré a la maldita tienda y prestaré atención a las mesas que allí habitan. Tendré que controlarme para no dar unas patadas a las patas o pasar las manos por la superficie para observar su reacción…
Me llevaré un punzón y un mechero.
Y las espinilleras.

Por si acaso.


Hacedores de dificultad.


El mensaje era muy breve y se autodestruyó a los pocos segundos: “Aislar a los Hacedores de Dificultad”.

Mi departamento es el que se ocupa de controlar a los Hacedores. Hay de dos tipos: los Hacedores de Facilidad, que no nos dan ningún problema. Suelen ser muy flexibles, saben negociar y tienen como objetivo poner las cosas fáciles a los demás. Los Hacedores de Dificultad son los problemáticos. Estos sujetos son capaces de hacer difícil la cosa más fácil del mundo.

Hay niveles muy superficiales, como por ejemplo el que va poniendo pegas a todos los lugares que decide el grupo de amigos para ir a tomar una copa, pero también está el que, con sus continuos obstáculos, se carga una relación familiar, organizaciones, empresas y gobiernos.

Hacía tiempo que, en el departamento, se estaban oyendo todo tipo de rumores: “Van a cargárselos a todos. Hay demasiados”, “Están buscando a todos los Hacedores de Dificultad de todos los niveles y los van a enviar a una isla desierta para que, juntos, se dificulten la vida unos a otros”. Eran habladurías; nosotros no habíamos recibido ninguna orden formal de la cúpula hasta… hace una semana.

Han sido unos días de locura, pero ya lo hemos hecho.

No nos ha costado nada identificar a los Hacedores de Dificultad. Los más leves han sido liberados, pero los de niveles profundos han sido interceptados. Todos.

Para detectarlos, solo hemos entablado un diálogo y hemos introducido una propuesta fácil a consensuar. Cuando el sujeto complicaba el argumento y daba vueltas en círculo hasta la complicación máxima, lo enviábamos a la unidad de transporte.

Ahora están todos en una isla de difícil acceso y con una geografía también muy difícil. Es difícil cazar y difícil pescar. Los árboles son tan altos que es muy difícil llegar a sus frutos. La tierra es árida y difícil de cultivar. El clima, caprichoso, no da tregua y dificulta la vida en general… Los Hacedores de Dificultad intentan constituir una República Independiente y Democrática en la que todos puedan decidir sobre las normas que regularán su convivencia en la isla, pero, de momento, no han llegado a un acuerdo. Todo son dificultades.

A día de hoy, están juntos e incomunicados.
Aislados.
Y el mundo parece mejor y… más fácil.


Solitarium Malvis.

Una que se pasea con su cámara, rastreando la foto… Las flores dan para mucho. Son muestras de arquitectura natural y de pantones espontáneos. Mucha belleza disponible y una tentación.

Lo que ocurre es que me gusta saber el nombre de mis modelos. Ya que se prestan tan generosamente a la foto despiadada, me parece una cuestión de respeto saber cómo se llaman.

Esta flor captó mi atención por su soledad. Por la sensación casi zen que transmite, ahí sola, coronando con mil flores la cima de ese tallo que parece que no las va a poder sostener.

La cuestión es que no sabía su nombre, la bauticé como la Solitaria. Para darle más empaque, podríamos denominarla Solitarium Malvis.

Comento lo de la Solitarium a alguien que sabe de flores y mira mi foto y me dice que es muy, muy similar al…ajo.

Curioso final para esta serie romántica de fotos. Todo parece apuntar a que esto es un “ajo ornamental” (allium). Sí, señor: una planta de ajo que no se come. Adorna.


Lo siento, pero más que ajo silvestre, la quiero recordar como Solitarium Malvis

Por lo del romanticismo.

Por lo menos, cincuenta estrellas…

He visto un cielo muy estrellado. Por lo menos para lo que estoy acostumbrada. En mi ambiente urbano, si miro al cielo, debo ver como mucho veinte estrellas y si me esfuerzo mucho. Estos días, por lo menos había cincuenta …

Se estima que en nuestra galaxia, la Vía Láctea, existen más de 200 mil millones de estrellas. Imagínatelo , como puedas, porque es una cifra enorme.

Sin embargo, desde la Tierra, a simple vista y en condiciones óptimas, solo podemos observar unas 6.000 de ellas, con suerte y según donde vivas.Incluso con los telescopios más potentes, apenas rozamos la superficie de ese inmensidad.

Y las hay muy grandes, más de lo que puedas imaginar. Si lo has intentado antes con 200 mil millones de estrellas, aquí otro dato.

En nuestra insignificancia, creemos que el Sol es el astro rey…
Porque brilla, porque nos da vida, porque lo vemos cada día.
Hasta que, un día, te topas con una estrella como VY Canis Majoris.

Una hipergigante roja, situada a unos 3.900 años luz de aquí.
No está en ninguna foto de familia. No cabe en ningún mapa escolar.


Tiene un diámetro unas 1.420 veces mayor que el del Sol.
Si la Tierra fuera una bolita de 6 cm, ella mediría casi 13 kilómetros.

Para darle una vuelta volando a velocidad de crucero,
un avión necesitaría más de 800 años.

Y entonces entiendes.
Que el Sol no es el rey.
Que lo que creemos enorme solo es cuestión de escala.
Que mirar al cielo también es una forma de poner los pies en la tierra.

Día Internacional de la luz.


Hoy, 16 de mayo, es, según la UNESCO, el Día Internacional de la Luz.


Un día fantástico para recordar el apagón que vivimos recientemente en todo el país.

Nos pilló en el coche y con la radio puesta, así que estuvimos informados desde el primer momento, escuchando a científicos y expertos serios que nos transmitieron confianza.

Serían unas horas, paciencia… pero la luz volvería.

Ya en casa, localizamos la vieja radio a pilas y sacamos las linternas para tenerlas a mano al anochecer. Las luces solares del exterior nos vinieron fenomenal…


Durante el día, sin mayores problemas, la espera se hizo más llevadera de lo previsto. Los libros de papel fueron buenos compañeros, la radio redescubierta y los niños del vecino jugaban con la pelota…Pero al llegar la noche, con la oscuridad total en las calles, se evidenció la importancia de la luz.

Me hizo pensar en ese momento histórico de la humanidad, cuando el hombre descubrió el fuego.


Viviremos, casi en directo, los grandes hitos que se acercan: desde la curación de enfermedades hoy incurables hasta la exploración de otros planetas pero ese momento, el de la primera chispa, solo podemos recrearlo.

Imagino una noche cerrada, sin luna. Oscuridad profunda, no como la de las calles el día del apagón, sino más negra e intensa.
Un grupo de homínidos, probablemente Homo erectus, se refugia en la entrada de una cueva. De repente, un rayo cae sobre un árbol seco y lo incendia.

Lo que ven es luz pura. Un fulgor que rasga la noche y convierte lo invisible en visible.


Supongo que el primer sentimiento fue el terror ante lo desconocido, pero después, la fascinación absoluta.

Con el fuego, llega la luz en la noche…

Estoy pensando en escribir este post, cuando en casa vuelve la luz.


Y, como buen Homo sapiens, me pongo a bailar con los brazos alzados y una linterna girando en círculos sobre mi cabeza, como si invocara al sol, celebrando el regreso de la luz con una danza primitiva.